Ecumenismo

Ecumenismo

Jesucristo ha enviado a sus discípulos hasta los confines de la tierra para llevar la Buena Nueva de la salvación a todas las naciones: “Id pues y haced discípulos a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.”

Pero antes de anunciar la fe a los demás, hay que poner orden en la propia casa. Este es precisamente el núcleo de la labor ecuménica. El término ecumenismo viene de las palabras griegas “oikéin” (habitar) y “oikós” (casa) que han tenido diversos significados a lo largo de la historia. Los cristianos las han empleado para hablar de la Iglesia, la gran casa de Cristo. La labor ecuménica se refiere a todos los que viven en esta casa, y fomenta su unidad, “de acuerdo con las diversas necesidades... y las posibilidades de los tiempos.”

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El diálogo con el Islam

Catequesis de S.S. Juan Pablo II en la audiencia general de los miércoles

 

5 de mayo de 1999

1. Profundizando en el tema del diálogo interreligioso, reflexionemos hoy en el diálogo con los musulmanes, que «adoran con nosotros al Dios único y misericordioso» (Lumen gentium, 16; cf. Catecismo de la Iglesia católica, n. 841). La Iglesia los mira con aprecio, convencida de que su fe en Dios trascendente contribuye a la construcción de una nueva familia humana, fundada en las más altas aspiraciones del corazón humano.

Como los judíos y los cristianos, también los musulmanes contemplan la figura de Abraham como un modelo de sumisión incondicional a los designios de Dios (cf. Nostra aetate, 3). Siguiendo el ejemplo de Abraham, los fieles se esfuerzan por reconocer en su vida el lugar que corresponde a Dios, origen, maestro, guía y fin último de todos los seres (cf. Consejo pontificio para el diálogo interreligioso,Mensaje a los musulmanes con ocasión del fin del Ramadán, 1997). Esta disponibilidad y apertura humana a la voluntad de Dios se traduce en una actitud de oración que expresa la situación existencial de toda persona ante el Creador.

En la trayectoria de la sumisión de Abraham a la voluntad divina se encuentra su descendiente la Virgen María, Madre de Jesús que, especialmente en la piedad popular, es invocada con devoción también por los musulmanes.

2. Con alegría los cristianos reconocemos los valores religiosos que tenemos en común con el islam. Quisiera hoy repetir lo que dije hace algunos años a los jóvenes musulmanes en Casablanca: «Creemos en el mismo Dios, el Dios único, el Dios vivo, el Dios que creó el mundo y que lleva a todas las criaturas a su propia perfección» (19 de agosto de 1985, n. 1: L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 15 de septiembre de 1985 p. 14). El patrimonio de textos revelados de la Biblia afirma de modo unánime la unicidad de Dios. Jesús mismo la reafirma, haciendo suya la profesión de Israel: «El Señor, nuestro Dios, es el único Señor» (Mc 12, 29; cf. Dt 6, 4-5). Es la unicidad expresada también en estas palabras de alabanza que brotan del corazón del apóstol san Pablo: «Al Rey de los siglos, al Dios inmortal invisible y único, honor y gloria por los siglos de los siglos. Amén» (1 Tm 1, 17).

Sabemos que, a la luz de la plena revelación en Cristo, esa unicidad misteriosa no se puede reducir a una unidad numérica. El misterio cristiano nos lleva a contemplar en la unidad sustancial de Dios a las personas del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo: cada una posee la entera e indivisible sustancia divina, pero una es distinta de la otra en virtud de su relación recíproca.

3. Las relaciones no atenúan en lo más mínimo la unidad divina como explica el IV concilio de Letrán celebrado el año 1215: «Cualquiera de las tres personas es aquella realidad, es decir, la sustancia, esencia o naturaleza divina (...). Aquél ser ni engendra, ni es engendrado, ni procede» (DS 804). La doctrina cristiana sobre la Trinidad reafirmada en los concilios, rechaza explícitamente cualquier «triteísmo» o «politeísmo». En este sentido, o sea, en referencia a la única sustancia divina, hay una significativa correspondencia entre cristianismo e islam.

Sin embargo, esa correspondencia no debe hacernos olvidar las diferencias que existen entre las dos religiones. En efecto, sabemos que la unidad de Dios se expresa en el misterio de las tres divinas personas, pues, dado que es Amor (cf. 1 Jn 4, 8), Dios es desde siempre Padre que se dona enteramente engendrando al Hijo, unidos ambos en una comunión de amor que es el Espíritu Santo. Esta distinción y compenetración (??????????? ) de las tres personas divinas no se añade a su unidad, sino que es su expresión más profunda y caracterizante.

Por otra parte, no hay que olvidar que el monoteísmo trinitario típico del cristianismo sigue siendo un misterio inaccesible a la razón humana, la cual, sin embargo, está llamada a aceptar la revelación de la íntima naturaleza de Dios (cf. Catecismo de la Iglesia católica, n. 237).

4. El diálogo interreligioso, que lleva a un conocimiento mas profundo y a la estima recíproca, es un gran signo de esperanza (cf. Consejo pontificio para el diálogo interreligioso, Mensaje a los musulmanes con ocasión del fin del Ramadán, 1998). Las tradiciones cristiana y musulmana tienen una larga historia de estudio, reflexión filosófica y teológica, arte, literatura y ciencia, que ha dejado huellas en las culturas occidentales y orientales. La adoración del único Dios, Creador de todos, nos impulsa a intensificar en el futuro nuestro conocimiento recíproco.

En el mundo de hoy, marcado trágicamente por el olvido de Dios, cristianos y musulmanes están llamados a defender y promover siempre, con espíritu de amor, la dignidad humana, los valores morales y la libertad. La peregrinación común hacia la eternidad debe expresarse mediante la oración, el ayuno y la caridad, pero también con un compromiso solidario en favor de la paz y la justicia, la promoción humana y la protección del ambiente. Avanzando juntos por el camino de la reconciliación y renunciando, con humilde sumisión a la voluntad divina, a toda forma de violencia como medio para resolver las divergencias, las dos religiones podrán dar un signo de esperanza, haciendo que resplandezca en el mundo la sabiduría y la misericordia del único Dios, que creó y gobierna la familia humana.