Ecumenismo

Ecumenismo

Jesucristo ha enviado a sus discípulos hasta los confines de la tierra para llevar la Buena Nueva de la salvación a todas las naciones: “Id pues y haced discípulos a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.”

Pero antes de anunciar la fe a los demás, hay que poner orden en la propia casa. Este es precisamente el núcleo de la labor ecuménica. El término ecumenismo viene de las palabras griegas “oikéin” (habitar) y “oikós” (casa) que han tenido diversos significados a lo largo de la historia. Los cristianos las han empleado para hablar de la Iglesia, la gran casa de Cristo. La labor ecuménica se refiere a todos los que viven en esta casa, y fomenta su unidad, “de acuerdo con las diversas necesidades... y las posibilidades de los tiempos.”

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Dos antropologías

Carlos Velarde.
alfayomega.com
nº 187

Dos concepciones, luterana y católica, durante siglos enfrentadas, encerraban dos filosofías distintas sobre el hombre, aunque no tanto que no pueda llegarse a una reconciliación en ciertos temas, si se estudian con objetividad y profundidad.

La antropología de Martín Lutero parte de una concepción pesimista del hombre, expuesta principalmente en su Comentario a la Carta a los Romanos de san Pablo. El pecado original habría herido y manchado de tal manera toda la naturaleza humana que, desde entonces, el hombre es incapaz de realizar obras agradables a Dios. Aun haciendo obras buenas, pecamos, escribe. El hombre está dominado siempre por la concupiscencia invencible que brotó del pecado original, a la que considera ya pecado y fuente incontenible de pecados. El hombre no puede ni cumplir la ley, ni agradar a Dios, ni merecer el perdón. Hasta el fin de la vida estamos en pecado. Entonces ¿qué hacer? ¿Caerá el hombre en la desesperación al experimentarse irremediablemente concupiscente y pecador, y por ello condenado? ¿Cómo liberarse de tal angustia?

En el invierno de 1514 a 1515, Lutero tuvo lo que creyó una iluminación a la que llama la experiencia de la Torre (Turmerlebnis). Creyó entender súbitamente que la justicia de Dios de la que habla san Pablo hay que interpretarla como una fe por la que, sin nosotros, Dios nos hace justos, ya que nos aplica gratuitamente los méritos infinitos de Cristo.Entonces me sentí absolutamente renacido como si se me abriesen las puertas y entrase yo mismo en el Paraíso. Al fin estaba salvado, no por sus propias obras sino sólo por las del Redentor. El hombre es simul iustus et peccator, justo y pecador al mismo tiempo. Justo no por sus obras sino por una justificación externa a él, por la aplicación, que Dios hace a quien quiere, de los méritos de Cristo. Pecador por sí mismo.

Esto supuesto, lo único que se requiere para aparecer justos ante Dios es la fe ciega en Él. Al que cree sin dudar, Dios le aplica los méritos de Cristo y, en virtud de ellos, le salva. Una fe no apoyada en raciocinios humanos que los considera vacíos, sino una fe fiducial, confiada, sin razones, ciega, y cuanto más creas con esa fe, más seguro estarás de tu justificación y de tu salvación. De ahí que le escriba a Melachthon: Sé pecador y peca fuertemente, pero aún con más fuerza confía y alégrate en Cristo que es el vencedor del pecado, de la muerte y del mundo. Dios, por lo demás, es un Deus absconditus, un Dios escondido y misterioso que sólo se revela en la vida de Cristo, en las paradojas de la fe, y que actúa con decretos de su libre e inescrutable voluntad.

Si el hombre no puede hacer obras buenas, es claro que entonces está sometido a un fatal determinismo hacia el mal: se ponía en juego la libertad humana y, con ello, la vida moral. Erasmo salió en defensa de la libertad con su breve tratado De libero arbitrio. Lutero enfurecido le respondió con un extenso libro, De servo arbitrio. Niega la libertad. La voluntad humana está en medio como un jumento: si la cabalga Dios la voluntad quiere y va a donde quiere Dios. Si la cabalga Satán va a donde quiere Satán, y no está en su mano buscar a uno u otro jinete. En consecuencia, Dios destina al cielo o al infierno sin contar con los méritos de cada uno. Para Lutero, el hombre es la cosa de Dios, de la que Dios hace lo que bien le viene sin la menor consideración, le condena o le salva porque sí, nunca mira al hombre como a un hijo objeto de sus ternuras (G. M. Cottier).

Porque Lutero era un carácter vehemente y contradictorio, pocos años después (1525), para defenderse de la acusación de que destruía la moral, en un opúsculo más serenoSobre la fe y las obras, aceptaba la posibilidad de las buenas obras con tal que procedan de la fe que es la más alta de todas las obras. Rechaza sólo las obras buenas que se hacen externamente o por hipocresía, como peregrinaciones, rosarios, procesiones, etc.

UN HOMBRE MÁS HUMANO

La antropología católica expuesta en la sesión sexta del Concilio de Trento, era más objetiva y optimista. El pecado original no destruyó totalmente ni la razón ni la libertad humana. Ni la concupiscencia que experimentamos es pecado, si no consentimos libremente en su incitación al mal. Debemos, en buena parte, a Diego Laínez la afirmación conciliar: El libre arbitrio en manera alguna quedó extinguido. Además, por el bautismo todos quedamos renacidos, limpios e intrínsecamente santificados por los méritos de Cristo Jesús, no por los nuestros. Tanto que todos podemos llamarnos hijos adoptivos de Dios, pues lo somos. La justificación ante Dios nos viene ciertamente de Jesucristo y sólo de Él. El Espíritu Santo nos mueve después a que correspondamos a la vocación de hijos de Dios. Al hombre le queda la respuesta libre a esa llamada. Su destino último, su mérito o demérito está en su libertad.

¿Puede decirse entonces que el hombre es al mismo tiempo justo y pecador? Sí, pero entendido de distinta manera a como lo entendía Lutero. La Redención de Cristo, la gracia santificante recibida en los sacramentos nos limpia y nos hace intrínsecamente justos y agradables a Dios, como hijos suyos. Somos también pecadores en cuanto que por nuestra naturaleza caída, pero no radicalmente mala, estamos inclinados a la desobediencia a Dios, y de hecho tropezamos en muchas infidelidades.

La interpretación católica del hombre es más humana y más divina. Dios, gratuitamente ha entablado una alianza de amor con nosotros. Somos libres para ser fieles a esa alianza o rechazarla. Nuestro destino no está decidido. Lo decidimos nosotros movidos por la gracia. Y aun cuando a veces rompamos la alianza, atraídos por su llamada podemos reconciliarnos con el Padre bueno y volver a caminar hacia Él.

Más allá de las polémicas, el documento suscrito por autoridades protestantes y católicas, en Augsburgo, significa un acercamiento fraterno hacia una comprensión mejor de las dos antropologías que tienen no pocos puntos de contacto, y, al fin, de la obra salvadora de Jesucristo en la que unos y otros creemos.