El Sacramento de la Penitencia

El Sacramento de la Penitencia

"A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.»" Juan 20,23

El sacramento de la Penitencia, o Reconciliación, o Confesión, es el sacramento instituido por Nuestro Señor Jesucristo para borrar los pecados cometidos después del Bautismo.

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Conversando con mis amigos evangélicos sobre la confesión

Por José Miguel Arráiz

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La Iglesia

Continuando con la serie de conversaciones entre amigos sobre temas de apologética, les comparto un nuevo diálogo ficticio en donde se trata el tema de la confesión de los pecados, o sacramento de la penitencia. En esta ocasión, los argumentos los he tomado de algunas Webs de apologética protestante. Los nombres de quien participan no son reales.

Miguel: José, me gustaría que nos explicaras por qué ustedes confiesan sus pecados a un hombre cuando en la Biblia no aparece absolutamente nada parecido.

Marlene: Es más, la Biblia es bien clara en que es Dios quien perdona el pecado, no el hombre: “Era yo, yo mismo el que tenía que limpiar tus rebeldías por amor de mí y no recordar tus pecados” (Isaías 43,25); “Bendice, alma mía, a Jehová, y no olvides ninguno de sus beneficios. Él es quien perdona todas tus maldades, el que sana todas tus dolencias” (Salmo 103,2-3).

José: Un momento, antes de comenzar dejemos algo claro. Nosotros los católicos creemos que es Dios quien perdona los pecados, pero allí no termina la historia. Me parece bien que hayas comenzado tomando unos textos del Antiguo Testamento, porque yo quiero ponerte unos ejemplos tomados también de allí para que nos analicemos:

Si un hombre se acuesta maritalmente con una mujer que es una sierva perteneciente a otro, sin que haya sido rescatada ni liberada, será él castigado, pero no con pena de muerte, pues ella no era libre. El ofrecerá un carnero, su sacrificio de reparación para Yahveh, a la entrada de la Tienda del Encuentro; será un carnero de reparación. Con el carnero de reparación, el sacerdote hará expiación por él ante Yahveh por el pecado que cometió, y se le perdonará su pecado.” (Levítico 19,20-22)

Hay muchos otros textos del Antiguo Testamento donde ocurre algo similar, por ejemplo en Levítico 4, 27-35, en los que se observa que aunque es Dios quien perdona el pecado, un sacerdote es utilizado como instrumento para conceder el perdón, por lo que el hecho de que sea Dios quien perdona el pecado en Isaías 43,25 o en el Salmo 103 de ninguna manera elimina la posibilidad de la existencia de un sacerdocio ministerial establecido por Dios para comunicar ese perdón.

Marlene: Yo puedo entender que Dios se sirviera de sacerdotes en el Antiguo Testamento para administrar el perdón de los pecados, pero el Nuevo Testamento enseña que todos los creyentes son sacerdotes: “Pero vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable.” (1 Pedro 2,9). También dice: “nos hizo reyes y sacerdotes para Dios, su Padre, a él sea gloria e imperio por los siglos de los siglos” (Apocalipsis 1,6), y también “nos has hecho para nuestro Dios un reino y sacerdotes, y reinaremos sobre la tierra” (Apocalipsis 5,10).

En el Antiguo Pacto, los fieles tenían que aproximarse a Dios a través de los sacerdotes. Los sacerdotes eran mediadores entre Dios y el pueblo. Los sacerdotes ofrecían sacrificios a Dios en nombre de la gente. Eso ya no es necesario, porque por el sacrificio de Jesucristo, podemos aproximarnos al trono de Dios confiadamente: “Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro.” (Hebreos 4,16). Con la muerte de Jesús, el velo del templo se rasgó por la mitad, destruyendo así el símbolo de la pared divisoria que había entre Dios y la humanidad. Podemos acercarnos a Dios directamente por nosotros mismos, sin el uso de un mediador humano, porque Jesucristo es nuestro Sumo Sacerdote (Hebreos 4,14-15; 10,21), y el único mediador entre Dios y nosotros (1 Timoteo 2,15). El Nuevo Testamento enseña que debe haber ancianos (1 Timoteo 3), diáconos (1 Timoteo 3), obispos (Tito 1,6-9), y pastores (Efesios 4,11) – pero no sacerdotes[1].

José: En la Iglesia Católica también creemos que todos los cristianos somos sacerdotes, pero distinguimos entre el sacerdocio común de los fieles, y el sacerdocio ministerial[2]. Recuerden que Cristo, “mediador de la nueva alianza” (Hebreos 9,15), establece en consecuencia los “ministros de la alianza nueva” (2 Cor 3,6); que lo representan a lo largo del espacio y del tiempo, o sea, en todos los lugares y en todas las épocas. Su capacidad no es de origen humano sino divino (2 Cor 3,5).

Pero de esta distinción podemos hablar más adelante, lo que les quiero hacerles notar es que en la Nueva Alianza, al igual que en la Antigua, el hecho de que Cristo sea único mediador entre Dios y los hombres, no excluye que se sirva instrumentalmente de sus ministros para comunicar el perdón. Recuerden que San Pablo, refiriéndose al ministerio que desempeñan ellos como apóstoles, dice “que los hombres los consideren como servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios” (1 Corintios 4,1) y además afirma que a ellos se les ha concedido el ministerio de la reconciliación: “todo esto proviene de Dios, quien nos reconcilió consigo mismo por Cristo, y nos dio el ministerio de la reconciliación” (2 Corintios 5,18).

Es a ellos a quien les envía como el poder y autoridad que recibió del Padre y les concede la autoridad y poder de perdonar los pecados: “Entonces Jesús les dijo otra vez: «¡Paz a vosotros! Como me envió el Padre, así también yo os envío». Y al decir esto, sopló y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les serán perdonados, y a quienes se los retengáis, les serán retenidos” (Juan 20,21-23).

Marlene: Pero en todo el Nuevo Testamento no se ve a nadie confesando sus pecados a ningún hombre, sino que en 1 Juan 1,8-9 vemos que el pecado se confiesa directamente a Dios: “Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos y la verdad no está en nosotros. Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad”.

José: Vamos por partes. En primer lugar, ese texto no dice a quien se debe confesar el pecado, solo dice que debe confesarse.

En segundo lugar, no es cierto que en el Nuevo Testamento no aparezca por ninguna parte a nadie confesando sus pecados a un ministro de Dios. Ya en tiempos de Juan el Bautista “acudía a él gente de toda la región de Judea y todos los de Jerusalén, y eran bautizados por él en el río Jordán, confesando sus pecados” (Marcos 1,5).

Si bien en Juan 20,23 no se menciona explícitamente que se deba confesar el pecado, está fuertemente explícito en el hecho de que para que un ministro pueda absolver o retener un pecado, tiene primero que conocerlo a través de la confesión del pecador. Precisamente por eso, en el libro de los Hechos de los apóstoles se narra cómo los creyentes acudían a los apóstoles a confesarles sus pecados: “Y muchos de los creyentes, o fieles, venían a confesar y a declarar todo lo malo que habían hecho.” (Hechos 19,18). Querías un texto bíblico donde ver cristianos confesando sus pecados a los apóstoles, y allí lo tienes.

Miguel: José, allí no se menciona un confesionario como lo tienen los católicos hoy en día, allí ellos confesaban públicamente los pecados que habían cometido como muestra de arrepentimiento.

José: Pero entonces queda claro que no se cumple aquello de que en la Nueva Alianza solo se confesaba el pecado directamente a Dios, y allí tenemos un testimonio tomado del Nuevo Testamento de que no era así.

Ahora bien, cuando hablamos del sacramento de la penitencia, tenemos que distinguir entre lo sustancial y lo circunstancial. Lo sustancial es que Cristo instituyó el ministerio de la reconciliación, otorgando a sus apóstoles y sucesores el poder de perdonar pecados, y para que el sacerdote pueda absolver el pecado tiene que conocerlo. Si lo hace dentro de un confesionario o al aire libre, es algo que no es sustancial y puede cambiar a lo largo de la historia. Por ejemplo, en la Iglesia primitiva, la confesión del pecado era pública[3]: “Confesaos, pues, mutuamente vuestros pecados y orad los unos por los otros, para que seáis curados. La oración ferviente del justo tiene mucho poder” (Santiago 5,14). Posteriormente el sacerdote era quien luego de escuchar el pecado, decidía si este tenía que ser confesado en público o bastaba la confesión al sacerdote, y finalmente se desarrolla el sacramento tal como lo conocemos hoy, que busca preservar la privacidad de la persona por medio de la confesión exclusivamente privada y del secreto de confesión[4].

Marlene: Supongamos por un momento que tienes razón y Cristo concedió a los apóstoles el poder de perdonar pecados. No se ve en ninguna parte de la Biblia que este poder pasara a sus sucesores. La promesa de Jesús era específicamente dirigida a los apóstoles.

José: El apostolado es un ministerio, y los ministerios en la Iglesia son permanentes porque fueron instituidos para la edificación de los fieles que son parte del cuerpo de Cristo (1 Corintios 12,27-29). Mientras exista la Iglesia en esta tierra existirán los ministerios y entre ellos el apostolado, ahora desempeñado por los obispos: “El mismo «dio» a unos el ser apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelizadores; a otros, pastores y maestros, para el recto ordenamiento de los santos en orden a las funciones del ministerio, para edificación del Cuerpo de Cristo, hasta que lleguemos todos a la unidad de la fe y del conocimiento pleno del Hijo de Dios, al estado de hombre perfecto, a la madurez de la plenitud de Cristo” (Efesios 4,11-13). De nada hubiera servido que Cristo les concediese ese poder mientras vivían sólo los apóstoles, cuando la misión de ellos superaría la duración de sus vidas. Recuerda que se les ordenó hacer discípulos a todas las naciones (Mateo 28) y prometió asistirles y estar con ellos hasta el fin del mundo.

La Palabra de Dios es sagrada, y no debemos permitir que los prejuicios que podamos tener nos impidan ser honestos con lo que en verdad enseña la Escritura[5]. Es el propio Cristo quien concede a sus apóstoles el poder de perdonar pecados, y vemos a los primeros cristianos acudiendo a ellos para confesarse, sin que en ningún modo eso contradiga el hecho de que es Dios quien perdona el pecado. No seamos como aquellos que se escandalizaban cuando Jesús perdonaba los pecados con la autoridad que recibió del Padre, cuando los apóstoles y sus sucesores lo hacen con la autoridad que recibieron de Cristo: “Como me envió el Padre, así también yo os envío” (Juan 20,21).

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NOTAS

[1] Este argumento lo he tomado del artículo ¿Qué dice la Biblia acerca de la confesión de pecados a un sacerdote?, publicado en la Web de apologética cristiana evangélica GotQuestions.org.

[2] El sacerdocio común de los fieles no excluye el sacerdocio ministerial o jerárquico, sino que “se ordena el uno para el otro, aunque cada cual participa de forma peculiar del sacerdocio de Cristo. Su diferencia es esencial no solo gradual. Porque el sacerdocio ministerial, en virtud de la sagrada potestad que posee, modela y dirige al pueblo sacerdotal, efectúa el sacrificio eucarístico ofreciéndolo a Dios en nombre de todo el pueblo: los fieles, en cambio, en virtud del sacerdocio real, participan en la oblación de la eucaristía, en la oración y acción de gracias, con el testimonio de una vida santa, con la abnegación y caridad operante” (Concilio Vaticano II, Constitución Dogmática de la Iglesia Lumen Gentium, 15-17)

[3] Algunos hermanos evangélicos interpretan Santiago 5,16 entendiendo que se refiere a la petición de perdón de uno otro cuando se ofendían. Esta interpretación no es justa con el texto, ya que allí se habla de confesar pecados, no de pedir perdón por las ofensas. Es necesario distinguir, que si bien una ofensa al prójimo es un pecado, no todo pecado es una ofensa al prójimo.

[4] Para una explicación más detallada del desarrollo del Sacramento de la penitencia a lo largo de la historia puede consultar mi libro: Compendio de Apologética Católica, Segunda Edición, Editorial Lulu, Venezuela 2014.

[5] Inicialmente las Iglesias evangélicas no rechazaban la confesión de los pecados al confesor y los luteranos no lo hacen tampoco hoy día. La Confesión de Augsburgo, la cual es considerada la Confesión Protestante más antigua, es la base en la que se funda la Iglesia Luterana y el modelo más universalmente aceptado por dichas Iglesias (escrita por Lutero y Melancthon en el año 1530) sostenía: “Respecto a la confesión se enseña que la absolución privada debe conservarse en la iglesia y que no debe caer en desuso, si bien en la confesión no es necesario relatar todas las transgresiones y pecados, por cuanto esto es imposible. «Los errores, ¿quién los entenderá?» (Salmo 19:12).” En su Catecismo Menor, Martín Lutero reafirma la necesidad de confesar los pecados, y en su Catecismo Mayor dedica una breve exhortación a la confesión en donde trata duramente y llama “puercos que no deberían tener parte en el evangelio” a aquellos que rechazan el sacramento de la confesión:

Pero, ahora estas cosas las sabe cualquiera. Por desgracia, lo aprendieron demasiado bien, de modo que hacen lo que quieren y están usando de la libertad como si jamás tuvieran el deber o la necesidad de confesar. Porque muy pronto captamos lo que nos agrada y donde el evangelio es suave y benigno penetra en nosotros con suma facilidad. Mas, como dije, semejantes puercos no deberían vivir bajo el evangelio, ni deberían tener parte en él, sino permanecer bajo el papado y más que antes dejarse llevar y mortificar, de manera que tengan que confesar, ayunar, etc, más que nunca. Quien no quiere creer en el evangelio, ni vivir de acuerdo con él, ni hacer lo que debe hacer un cristiano, tampoco debe disfrutar el evangelio. ¿Qué ocurriría si tú quisieses únicamente sacar provecho de alguna cosa, sin hacer ni aplicar nada de ti mismo? Por lo tanto, no queremos haber predicado a semejantes hombres, ni tenemos la voluntad de concederles algo de nuestra libertad, ni permitir que gocen de ella. Más bien volveremos a entregarlos al papa y a sus adictos para que los fuercen, como bajo un verdadero tirano. Al populacho que no quiere obedecer al evangelio, no le corresponde sino tal torturador que es un diablo y un verdugo de Dios. Pero, a los demás que aceptan su palabra, hemos de predicar siempre y debemos animarlos, estimularlosy atraerlos para que no dejen pasar en vano un tesoro tan precioso y consolador, presentado a ellos por el evangelio. En consecuencia, diremos también algo sobre la confesión para enseñar y exhortar a la gente sencilla.”

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