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Columna de fuego

Columna de fuego

AUNQUE SEAS TU CATÓLICO O NO, tal vez te hagas preguntas acerca de la Fe católica. A lo mejor has oído desafíos a la afirmación de la iglesia católica que dice que es  la intérprete y guardiana de las enseñanzas de Jesucristo.

Tales desafíos vienen de misioneros que van de puerta-en-puerta y  le preguntan a uno: «¿Estás a salvo?», de la presión de grupo que te ponen (amigos, compañeros de trabajo y escuela, y hasta miembros de la familia), que te empujan a amoldarte a la cambiante moral del mundo, y de una cultura secular que  constantemente insinúa que Dios no existe.

Tú no puedes responder a estos desafíos a menos que conozcas con certeza los fundamentos básicos de la Fe católica. Este folleto te presenta con tales fundamentos.

En la Fe católica tú encontrarás respuestas a preguntas más preocupantes sobre la vida: ¿Por qué estoy aquí? ¿Quién fue mi creador? ¿Qué debo creer? ¿Cómo debo comportarme? Todas estas preguntas pueden ser contestadas a tu satisfacción, si te consagras a la gracia de Dios, regresas a la Iglesia que Él estableció, y sigues el plan que Él tiene para ti. (Jn 7:17 ).

UNA HISTORIA ININTERRUMPIDA

Jesús dijo que su Iglesia sería «la luz del mundo.» Él observó que «una ciudad asentada sobre un monte no se puede esconder» (Mt 5:14). Esto significa que su Iglesia es una organización visible. Ha de tener características que la identifiquen claramente y la distingan de otras iglesias. Jesús prometió: «… sobre esta roca edificaré mi iglesia; y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella» (Mt 16:18). Esto quiere decir que la Iglesia nunca será destruida y nunca se desprenderá de Él. Su Iglesia sobrevivirá hasta que Él regrese.

La Iglesia Católica es la única iglesia cristiana y universal que ha existido desde la época de Jesús. Todas las demás iglesias cristianas son derivadas de la Iglesia Católica. Las iglesias Ortodoxas Orientales rompieron la unidad con el papa en el año 1054. Las comunidades Protestantes se establecieron durante la Reforma, que empezó en 1517. (La mayoría de las comunidades Protestantes hoy día, en realidad son derivadas de las derivadas Protestantes originales).

Sólo la Iglesia Católica existía en el siglo X, en el siglo V, y en el siglo primero (I), enseñando fielmente las doctrinas que Cristo entregó a los apóstoles, sin omitir nada. Los Papas pueden rastrearse, en sucesión ininterrumpida, hasta San Pedro mismo. Esto es un hecho inigualado por ninguna institución en toda la historia.

Aun el gobierno más antiguo, queda  nuevo comparado al pontificado, y las iglesias que mandan misioneros de puerta-en-puerta, son jóvenes comparadas a la Iglesia Católica. Muchas de estas iglesias se fundaron tan recientemente como en los siglos XIX y XX. Algunas de ellas comenzaron durante el curso de tu vida. Ninguna de ellas puede pretender ser la Iglesia que Jesús fundó.

La Iglesia Católica ha existido por casi dos mil años, a pesar de la oposición constante del mundo. Esto sirve de testimonio al origen divino de la Iglesia. Ha de ser más que una organización meramente humana, en particular cuando se considera que sus miembros humanos  – e incluso algunos de sus líderes – han sido imprudentes, corruptos, o propensos a la herejía.
Cualquier organización meramente humana con ese tipo de miembro pronto hubiera fracasado. La Iglesia Católica hoy día es la iglesia más vigorosa del mundo (y la más grande, con un billón/mil millones de miembros, una sexta parte de la humanidad) y esto da testimonio, no al ingenio de los líderes de la Iglesia, sino a la protección del Espíritu Santo.

LAS CUATRO CARACTERÍSTICAS DE LA IGLESIA VERDADERA

Si deseamos  encontrar a la Iglesia fundada por Jesús, debemos identificar a  aquÉlla que tenga las cuatro marcas o cualidades principales de su Iglesia. La Iglesia que buscarnos ha de ser una, santa, católica, y apostólica.

La Iglesia es una

(Ro 12:15, 1 Co 10:17, 12:13, CIC* 813-822) *Catecismo de la Iglesia Católica.
Jesús estableció una sola Iglesia, no una colección de iglesias que difieran entre sí (Luterana, Bautista, Anglicana, etc.). La Biblia afirma que la Iglesia es la esposa de Cristo (Ef 5:23-32). Jesús no puede tener más de una esposa, y su esposa es la Iglesia Católica.

Su Iglesia enseña, además, un solo conjunto de doctrinas, las cuales han de ser las mismas que las enseñadas por los apóstoles (Jud 3). Es esta la unidad de creencia a la que las Escrituras nos llama (Fil 1:27, 2:2).

Aunque algunos católicos disiden de doctrinas oficialmente enseñadas, los maestros oficiales de la Iglesia – el papa y los obispos en unión con Él -jamás han cambiado una doctrina. A través de los siglos, a medida que las doctrinas son examinadas en mayor detalle, la Iglesia llega a entenderlas con mayor profundidad (Jn 16:12-16), pero nunca las llega a interpretar de manera opuesta a la original.

La Iglesia es santa

(Ef 5:25-27, Ap 19:7-8, CIC 823-829)
Por medio de su gracia Jesús hace a su Iglesia santa, así como Él es santo. Esto no quiere decir que cada miembro de la Iglesia es siempre santo. Jesús dijo que habría miembros tanto buenos como malos en la Iglesia (Jn 6:70), y que no todos los miembros irían al cielo (Mt 25: 31–46).
Pero la Iglesia en sí es santa porque es la fuente de la santidad y la guardiana de los medios especiales de gracia establecidos por Jesús, los sacramentos (Ef 5:26)

La Iglesia es católica

(Mt 28:19-20, Ap 5:9-10, CIC 830-856)
A la Iglesia de Jesús se le llama católica («universal» en grirgo) porque es su regalo a todas las personas. El les instruyó a sus apóstoles que se dispersaran por el mundo e hicieran discípulos «a todas las gentes» (Mt 28:19-20).

A través de 2,000 años, la Iglesia Católica ha llevado a cabo esta misión, predicando la buena nueva de que Cristo murió por todos los hombres y que Él desea que todos seamos miembros de su familia universal (Gá 3:28).

Hoy en día la Iglesia Católica se encuentra en todas las partes del mundo y todavía envía misioneros a que «hagan discípulos a todas las gentes» (Mt 28:19).

La Iglesia que Jesús estableció se conocía por su nombre más común, «la Iglesia Católica,» desde el principio, por lo menos desde el año 107, cuando Ignacio de Antioquía usó ese título para describir a la única Iglesia que Jesús fundó. El título aparentemente era ya antiguo en la época de Ignacio, lo cual significa que probablemente viene desde la época de los apóstoles.

La Iglesia es apostólica

(Ef 2:19-20, CIC 857-865)

La Iglesia que Jesucristo fundó es apostólica porque Él nombró a los apóstoles los primeros líderes de la Iglesia, y sus sucesores serían los futuros líderes. Los apóstoles fueron los primeros obispos y, desde el primer siglo, ha habido una línea ininterrumpida de obispos católicos transmitiendo fielmente lo que los apóstoles les enseñaron a los primeros cristianos en las Escrituras y en la Tradición oral (Tm 2:2).

Estas creencias incluyen la Resurrección corporal de Jesús, la Presencia Real de Jesús en la Eucaristía, la naturaleza de sacrificio de la Misa, el perdón de los pecados por medio de un sacerdote, la regeneración bautismal, la existencia del purgatorio, el papel especial de María, y mucho más – incluso la doctrina de la sucesión apostólica misma.

Las primeras escrituras cristianas confirman que los primeros cristianos eran completamente
católicos en sus creencias y su práctica, y que consideraban a los sucesores de los apóstoles sus líderes. Lo que estos primeros cristianos creían lo cree aún hoy día la Iglesia Católica. No existe ninguna otra iglesia que pueda hacer esta declaración.

Columna de fuego, columna de la verdad

Esto no se debe al ingenio humano. La Iglesia ha permanecido una, santa, católica, y apostólica no por medio del esfuerzo humano, sino porque Dios preserva la Iglesia que Él fundó (Mt 16:18; 28:20). El guio a los israelitas durante su fuga de Egipto por medio de una columna de fuego para alumbrar sus pasos a través del oscuro desierto (Ex 13:21). Hoy en día Él nos guía a nosotros a través de su Iglesia Católica.

La Biblia, la Sagrada Tradición y las escrituras de los primeros cristianos dan testimonio de que la Iglesia enseña con la autoridad de Jesús. En esta época que hay un sin número de religiones en competencia, cada una clamando la atención, una voz se alza por encima del estruendo: la Iglesia Católica, a la que la Biblia llama «columna y fundamento de la verdad» (1 Tm 3:15).

Jesús les aseguró a los apóstoles y a sus sucesores, los papas y los obispos: «Quien a ustedes les escuche, a mí me escucha; y quien a ustedes les rechace, a mí me rechaza» (Lc 10:16). Jesús prometió guiar a su Iglesia hacia toda la verdad (Jn 16:12-13).  Él cumple sus promesas. Podemos estar completamente seguros de que su Iglesia enseña la verdad de Cristo.

LA ESTRUCTURA DE LA IGLESIA  

Jesús escogió a los apóstoles como líderes de la Iglesia. Él les otorgó su propia autoridad para enseñar y gobernar, no como dictadores, sino como amorosos pastores y padres. Es por eso que los católicos llaman a su líder espiritual «padre.» Al hacerlo así seguimos el ejemplo de Pablo: «en Cristo Jesús yo os engendré por medio del evangelio» (1 Co 4:15).

Los apóstoles, en cumplimiento de la voluntad de Jesús, ordenaron obispos, sacerdotes y diáconos, y les transmitieron su ministerio apostólico – el más alto nivel de ordenación a los obispos, niveles menores a los sacerdotes y a los diáconos.

El papa y los obispos

(CIC 880-883)

Jesucristo le dio a Pedro una autoridad especial entre los apóstoles (Jn 21:15-17) y lo indicó al cambiar su nombre de Simón a Pedro, que significa «piedra» (Jn 1:42). El dijo que Pedro sería la piedra sobre la cual construiría su Iglesia (Mt16:18)

En arameo, el lenguaje que Jesucristo hablaba, el nuevo nombre de Simón era Kepha (lo cual significa ‘piedra sólida’). Más tarde este nombre se tradujo al griego como Petras (Jn 1:42) y en castellano como Pedro. Cristo le dio solamente a Pedro las «llaves del Reino de los Cielos» (Mt 16:19) y prometió que las decisiones de Pedro serían autoridad en el cielo. También les dio autoridad similar a los demás apóstoles (Mt 18:18), pero sólo Pedro recibió las llaves, símbolos de su autoridad para gobernar la Iglesia en la tierra en ausencia de Jesús.

Cristo, el Buen Pastor, nombró a Pedro como el pastor principal de su Iglesia (Jn 21:15-17). Él le confirió a Pedro la tarea de fortalecer en la Fe a los demás apóstoles, asegurando que la Fe de la Iglesia nunca sería en estado de error (Lc 22:31-32). Pedro guio a la Iglesia en la proclamación del evangelio y en la toma de sus decisiones (Hch 2:1-41; 15:7-12).

Las escrituras de los primeros cristianos nos cuentan que los sucesores de Pedro, los obispos de Roma (quienes desde los tiempos más antiguos han gozado del título afectuoso de «papa,» que significa «papá»), continuaron ejerciendo el ministerio de Pedro en la Iglesia. El papa es el sucesor de Pedro como obispo de Roma. Los demás obispos del mundo son sucesores de los apóstoles en general.

LA MANERA EN QUE DIOS NOS HABLA

Dios habla a su Iglesia por medio de la Biblia y la Sagrada Tradición. Para asegurar que le entendamos, Él guía a la autoridad de enseñanza de la Iglesia – el magisterio – para que siempre interprete la Biblia y la Tradición con precisión. Este es el don de la infalibilidad.  Como las tres patas de un taburete, la Biblia, la Tradición y el magisterio son todos imprescindibles para la estabilidad de la Iglesia y para garantizar una doctrina sólida.

La Sagrada Tradición

(CIC 75-83)

No se debe confundir la Sagrada Tradición con las tradiciones meramente humanas, las cuales se llaman a menudo costumbres o disciplinas. En ocasiones Jesucristo condenó ciertas costumbres o disciplinas, pero sólo si eran contrarias a los mandatos de Dios (Mr 7:8). El nunca condenó la Sagrada Tradición, y tampoco condenó toda tradición humana.

La Sagrada Tradición y la Biblia no son revelaciones diferentes ni rivales. Son dos medios por los cuales la Iglesia transmite el evangelio. Las enseñanzas apostólicas, tales como la Trinidad, el bautizo de infantes, la infalibilidad de la Biblia, el purgatorio, y la virginidad perpetua de María, han sido enseñadas de manera más clara por medio de la Tradición, aunque figuran implícitamente en (y no en contra de) la Biblia. La Biblia en sí nos dice que nos aferremos a la

Tradición ya sea que nos llegue de forma escrita u oral (2 Ts 2:15; 1 Co 11:2)
No ha de confundirse la Sagrada Tradición con las costumbres y disciplinas, tales como el rosario, el celibato sacerdotal, y el no comer carne los viernes de Cuaresma. Estas son costumbres muy buenas y beneficiosas, pero no son doctrinas. La Sagrada Tradición preserva las doctrinas que fueron enseñadas primero por Jesús a los apóstoles de manera oral, y que más tarde nos fueron transmitidas por medio de la Iglesia, por la dirección de los sucesores de los apóstoles, el papa y los obispos.

Las Escrituras

(CIC 101-141)

Las Escrituras, con lo cual nos referimos al Antiguo y Nuevo Testamento, fueron inspiradas por Dios (2 Tm 3:16). El Espíritu Santo guio a los autores bíblicos a escribir lo que Él quería que escribieran. «Los libros inspirados enseñan la verdad. ‘Como todo lo que afirman los hagiógrafos,  o autores inspirados, lo afirma el Espíritu Santo, se sigue que los libros sagrados enseñan sólidamente, fielmente y sin error, la verdad que Dios hizo consignar en dichos libros para salvación nuestra» [Concilio Vaticano 11, Dei Verbum 21](CIC 107).

Algunos cristianos dicen «la Biblia es todo lo que necesito,» pero esta noción no es enseñada por la Biblia misma. De hecho, la Biblia enseña lo contrario (2 P 1:20-21; 3:15-16). En los primeros tiempos de la Iglesia nadie creía en la teoría de «solamente la Biblia.»

Esta teoría es nueva, habiendo surgido solamente desde la Reforma Protestante en los años 1500. Esta teoría es una «tradición de hombres» que invalida la Palabra de Dios, distorsiona el verdadero papel de la Biblia, y socava la autoridad de la Iglesia que Jesús estableció (Mc 7,1-8).

Aunque goza de popularidad entre muchas comunidades de «cristianos bíblicos, «la teoría” «sólo la Biblia» no funciona. La evidencia histórica la refuta. Cada año vemos mayor separación entre las religiones «Biblia – creyentes.» Hoy existen miles de denominaciones que compiten entre sí, cada cual insistiendo en que su interpretación de la Biblia es la acertada. Las divisiones que resultan han causado confusión incalculable entre millones de cristianos sinceros pero mal encaminados.

Simplemente abre las Páginas Amarillas de tu guía telefónica y observa el gran número de distintas denominaciones religiosas que se enumeran allí, cada una afirmando que sigue «sólo la Biblia»; pero no hay dos que concuerden en cuanto a lo que la Biblia significa exactamente.

Una cosa sabemos con certeza: el Espíritu Santo no puede ser el autor de esta confusión (1 Co 14:33). Dios no puede conducir a la gente a creencias contradictorias porque su verdad es una. ¿La conclusión? La teoría de «sólo la Biblia» ha de ser falsa.

El magisterio

(CIC 85-87, 888-892)

Juntos, el papa y los obispos forman la autoridad de enseñanza de la Iglesia, que se llama el magisterio (del latín «maestro»). El magistrado, guiado y protegido de error alguno por el Espíritu Santo, nos aporta con certeza en cuestiones de doctrina. La Iglesia es la guardiana de la Biblia que fiel y exactamente proclama su mensaje, tarea que ha sido otorgada con el poder de Dios para que se cumpla.

Ten en mente que la Iglesia vino antes del Nuevo Testamento, y no el Nuevo Testamento antes de la Iglesia. Miembros inspirados divinamente escribieron el Nuevo Testamento, así como escritores inspirados divinamente escribieron el Antiguo Testamento, y la Iglesia es guiada por el Espíritu Santo para ser guardiana e interpretar toda la Biblia, tanto el Antiguo como el Nuevo testamento.

Un intérprete tan oficial es absolutamente necesario si nosotros hemos de interpretar la Biblia apropiadamente. (Todos nosotros sabemos lo que La Constitución quiere decir, pero necesitamos a la Corte Suprema para que interprete su significado).
El magisterio es infalible cuando enseña oficialmente, porque Jesús prometió enviar al Espíritu Santo para guiar a los apóstoles y sucesores «a toda la verdad» (Jn 16:12-13).

COMO DIOS DISTRIBUYE SUS DONES

Jesús prometió que no nos dejaría huérfanos (Jn14:18), sino que enviaría al Espíritu Santo para guiarnos y protegernos. Nos dio los sacramentos para sanar, alimentar, y fortalecernos. Los siete sacramentos – el bautismo, la Eucaristía, la penitencia (también llamada la reconciliación o la confesión), la confirmación, las órdenes sagradas, el matrimonio, y la unción de los enfermos-no son solamente símbolos. Son símbolos que actualmente transmiten la gracia y el amor de Dios.

Los sacramentos se ven presagiados en el Antiguo Testamento por cosas que no comunicaban realmente la gracia, sino que simplemente la simbolizaban (la circuncisión, por ejemplo, prefiguró el bautismo, y la cena Pascual prefiguró la Eucaristía). Cuando Cristo vino, Él no abolió los símbolos de la gracia de Dios. Los sobrenaturalizó, activándolos con gracia. Los transformó en algo más que símbolos. Dios usa constantemente cosas materiales para mostrar su amor y poder.

Después de todo, la materia no es mala. Cuando Dios creó el universo físico, todo lo que creó era «muy bueno» (Gn 1:31). El encuentra tanto deleite en la materia que aún la dignificó por medio de su propia Encarnación (Jn 1:14).

Durante su ministerio en la tierra Jesús curó, alimentó, y fortaleció a la gente por medio de elementos humildes como lodo, agua, pan, aceite y vino. Él hubiera podido efectuar sus milagros de manera directa, pero prefirió hacer uso de cosas materiales para conceder su gracia.

En su primer milagro público, Jesús convirtió el agua en vino, a petición de su madre, la Virgen María (Jn 2:1-11). Sanó a un ciego al aplicar lodo a sus ojos (Jn 9:1-7). Multiplicó un poco de pan y pescado, alimentando a miles de personas (Jn 6:5­13). Transformó al pan y al vino a su propio Cuerpo y Sangre (Mt 26:26-28). Por medio de los sacramentos el continúa sanando, alimentando, y fortaleciéndonos.

El bautismo

(CIC 1213-1284)

Debido al pecado original, nacemos sin gracia en nuestras almas, por lo cual no tenemos medio alguno para disfrutar de comunión con Dios. Jesús se hizo hombre para traernos a esta unión con su Padre. Él dijo que nadie puede entrar en el reino de Dios a menos que nazca primero «de agua y de Espíritu» (Jn 3:5) – esto se refiere al bautismo.

Por medio del bautismo renacemos, pero esta vez a nivel espiritual en vez de físico. Somos lavados en el baño de regeneración (Tt 3:5). Fuimos bautizados en la muerte de Cristo y, por tanto, compartimos en su Resurrección (Ro 6:3-7). El bautismo borra nuestro pecado y trae al Espíritu Santo y su gracia a nuestras almas (Hch 2:38, 22:16, 1 P 3:21). Y el apóstol Pedro es tal vez el más franco de todos: «El bautismo . . . ahora nos salva» (1 P 3:21). El bautismo es la puerta hacia la Iglesia.

La penitencia

(CIC 1422-1498)

A veces en nuestra jornada hacia la tierra celestial prometida nos tropezamos y caemos en el pecado. Dios siempre está dispuesto a levantarnos y devolvernos a la comunión llena de gracia con Él. Esto lo lleva a cabo por medio del sacramento de la penitencia que también es conocido como la confesión o reconciliación.

Jesús les dio a sus apóstoles el poder y la autoridad necesarios para reconciliarnos con el Padre. Recibieron el poder mismo de Jesús de perdonar pecados cuando Él sopló sobre ellos y dijo: «Reciban el Espíritu Santo. A quienes perdonen los pecados, les quedarán perdonados; a quienes se los retengan, les quedan retenidos» (Jn 20:22-23).

San Pablo hace notar que «todo proviene de Dios, que nos reconcilió consigo por Cristo y nos confirió el ministerio de la reconciliación. . . Somos, pues, embajadores de Cristo, como si Dios estuviera llamando a través de nosotros ( 2 Co, 5: 18-20 ). Por medio de la confesión a un sacerdote, ministro de Dios, nuestros pecados son perdonados y recibimos la gracia que nos ayuda a resistir las tentaciones futuras.

La Eucaristía

(CIC 1322-1419)

Una vez convertidos en miembros de la familia de Cristo, Él no permite que pasemos hambre, sino que nos alimenta con su propio Cuerpo y Sangre por medio de la Eucaristía. En el Antiguo Testamento, mientras se preparaban para emprender viaje por el desierto, Dios ordenó a su pueblo que sacrificara un cordero y se rociara su sangre sobre los topes de sus puertas, para que el Ángel de la Muerte pasara de largo frente a sus casas. Luego comieron el cordero para sellar su alianza con Dios.

Este cordero prefiguró a Jesús. Él es el verdadero «Cordero de Dios» que quita los pecados del mundo (Jn 1:29). Por medio de Jesús entramos en una Nueva Alianza con Dios, (Le 22:20) quien nos protege de la muerte eterna. El pueblo de Dios del Antiguo Testamento comió el cordero de la Pascua. Ahora, nosotros hemos de comer el Cordero que es la Eucaristía. Jesús dijo: «Si no coméis la carne del Hijo del hombre, y bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros» (Jn 6:53).

En la Última Cena, Jesús tomó el pan y el vino y dijo: «Tomad, esto es mi cuerpo … y esto es mi sangre, del pacto, que es derramada en favor de muchos» (Me 14:22-24). Así instituyó Jesús el sacramento de la Eucaristía, la comida de sacrificio que los católicos consumen en cada Misa.

La Iglesia Católica enseña que el sacrificio de Cristo en la cruz ocurrió «una vez; y para siempre»; no puede repetirse (Hb 9:26-28). Cristo no «muere de nuevo» durante la Misa, pero el mismo sacrificio que ocurrió en el Calvario se hace presente en el altar. Es por eso que la Misa no es «otro» sacrificio, sino más bien una participación en el sacrificio mismo de Jesucristo en la cruz, efectuado «una vez y para siempre.»

Pablo nos recuerda que el pan y el vino realmente se convierten, por medio de un milagro de la gracia de Dios, en el Cuerpo y la Sangre de Jesús: «De manera que cualquiera que coma este pan o beba esta copa del Señor indignamente, será culpable del cuerpo y de la sangre del Señor» (1 Co 11:27-29). Después de la consagración del pan y del vino, no queda pan o vino alguno sobre el altar. Sólo queda Jesús mismo, bajo la apariencia de pan y vino.

La confirmación

(CIC 1285-1321)

Dios fortalece nuestros espíritus de otra manera, a través del sacramento de la Confirmación. Aunque los discípulos de Jesús recibieron la gracia antes de la Resurrección, el día de Pentecostés el Espíritu Santo vino a fortalecerles con nuevas gracias para la difícil tarea que quedaba por delante.

Salieron a predicar sin miedo alguno el Evangelio y llevaron a cabo la misión que Jesucristo les había asignado. Más tarde, impusieron las manos sobre otros para fortalecerlos de igual modo (Hch 8:14-17; 9:17). Por medio de la confirmación tú también eres fortalecido para enfrentar los desafíos espirituales de tu vida.

El matrimonio

(CIC 1601-1666)

La mayoría de la gente ha sido llamada a la vida de matrimonio. Por medio del sacramento del matrimonio Dios concede gracias especiales quea yudan a las parejas casadas en medio de las dificultades cotidianas, en particular para ayudarles a educar a sus hijos como discípulos amantes a Cristo.

El matrimonio está compuesto de tres partes: la novia, el novio, y Dios. Cuando dos cristianos reciben el sacramento del matrimonio, Dios está con ellos, presenciando y bendiciendo su alianza matrimonial. «El sacerdote (o el diácono) que asiste a la celebración del matrimonio, recibe el consentimiento de los esposos en nombre de la Iglesia y da la bendición de la Iglesia. La presencia del ministro de la Iglesia (y también de los testigos) expresa visiblemente que el matrimonio es una realidad eclesial» (CIC 1630).

Un matrimonio sacramental es permanente, sólo la muerte puede romperlo (Mr 10:1-12, Ro. 7:2-3, 1 Co 7:10-11). Esta unión sagrada es un símbolo vivo de la relación entre Cristo y la Iglesia (Ef 5:21-33).

Las órdenes sagradas

(CIC 1536-1600)

Otros han sido llamados a compartir de manera especial en el sacerdocio de Cristo. En la Antigua Alianza, incluso a pesar de que Israel era un reino de sacerdotes (Ex 19:6), el Señor llamó a ciertos hombres a un ministerio sacerdotal especial (Ex 19:22). En la Nueva Alianza, a pesar de que los cristianos son un reino de sacerdotes (1 P 2:9), Jesús llama a ciertos hombres a un ministerio sacerdotal especial (Ro 15:15-16).  Este sacramento se llama órdenes sagradas.

Por medio de Él, los sacerdotes son ordenados y se les da autoridad de servir a la Iglesia (2 Tm:1­7) como pastores, maestros, y padres espirituales que sanan, alimentan, y fortalecen al pueblo de Dios, y principalmente a través de la predicación y la administración de los sacramentos.

La unción de los enfermos

(CIC 1499-1532)

Los sacerdotes cuidan de nosotros cuando estamos físicamente enfermos. Lo hacen por medio del sacramento que se conoce como la unción de los enfermos. La Biblia nos instruye: «¿Está enfermo alguno entre vosotros? Llame a los ancianos de la iglesia, y oren sobre Él, ungiéndole con aceite en el nombre del Señor. Y la oración de la Fe salvará al enfermo, y el Señor lo levantará; y si ha cometido pecados, le serán perdonados» (St 5:14-15). La unción de los enfermos no sólo nos ayuda a sufrir la enfermedad, sino que limpia nuestras almas y nos prepara para encontrarnos con Dios .

HABLANDO CON DIOS Y CON SUS SANTOS

Una de las actividades más importantes para un católico es la oración. Sin ella no puede haber una vida verdaderamente espiritual. Por medio de la oración personal y la oración comunitaria de la Iglesia, especialmente la Misa, adoramos y alabamos a Dios, expresamos arrepentimiento por nuestros pecados e intercedemos por los demás (1 Tm 2:1-4). A través de la oración, crecemos en nuestra relación con Cristo y con otros miembros de la familia de Dios (CIC 2663-2696).

Esta familia incluye a todos los miembros de la Iglesia, sea en la tierra, en el cielo, o en el purgatorio. Como Jesús no tiene más que un solo cuerpo, y como la muerte no puede separarnos de Cristo (Ro 8:38), los cristianos que están en el cielo o que, antes de entrar en el cielo se purifican en el purgatorio por medio del amor de Dios (1 Co 3:12-15), aún forman parte del Cuerpo de Cristo.(CIC 962)

Jesús dijo que el mandamiento de segunda importancia es «amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Mt 22:39). Los que están en el cielo nos aman con más intensidad que la que habrían podido amarnos en la tierra. Oran por nosotros incesantemente (Ap 5:8), y sus oraciones son poderosas (St 5:16, CIC 956, 2683, 2692).

Nuestras oraciones a los santos en el cielo, en las que pedimos que oren por nosotros, y su intercesión con el Padre no socavan el papel de Cristo como mediador único (1 Tm 2:5). Al pedir a los santos que oren por nosotros seguimos las instrucciones de San Pablo: «Exhorto que se hagan rogativas, oraciones, peticiones, y acciones de gracias por todos los hombres» «porque esto es bueno y agradable delante de Dios nuestro Salvador» (1 Tm 2:1,3).

Todos los miembros del Cuerpo de Cristo están llamados a ayudarse unos a otros por medio de la oración (CIC 2647) Las oraciones de María por nosotros son especialmente eficaces debido a su relación con su Hijo (Jn 2:1-11).

Dios le dio a María un papel especial (CIC 490-511, 963-975). La salvó de todo pecado (Lc 1:28,47), la hizo singularmente bendita entre todas las mujeres (Lc 1:42) y la convirtió en modelo para todo cristiano (Le 1:48). Al final de su vida, la llevó, cuerpo y alma, al cielo-una imagen de nuestra resurrección al final del mundo (Ap 12:1-­2).

Y CUAL ES EL PROPÓSITO DE LA VIDA?

Los catecismos antiguos solían preguntar: «¿Para qué hemos sido creados?» La respuesta era: «Para conocer, amar, y servir a Dios en esta vida, y después verle y gozarle eternamente en la otra.» Aquí, en apenas diecinueve palabras, tenemos la razón integral de nuestra existencia. Jesús contestó la pregunta aún más brevemente: «Yo he venido para que tengan vida y para que la tengan en abundancia» (Jn 10:10).

El plan que Dios tiene para ti es sencillo. Tu Padre amoroso desea darte todo lo bueno – y en particular – la vida eterna. Jesús murió en la cruz para salvarnos a todos del pecado y de la separación eterna de Dios, que el pecado ocasiona (CIC599-634). Cuando Él nos salva, nos hace parte de su Cuerpo, que es la Iglesia (1 Co 12:27-30). Así nos unimos a Él y a todos los cristianos donde quiera que estén (en la tierra, el cielo, y el purgatorio).

Lo que has de hacer para tu salvación

Lo mejor de todo es que la promesa de la vida eterna es un regalo, el cual Dios nos ofrece gratis (CIC 1727). Nuestro perdón inicial y nuestra justificación no son cosas que nosotros «ganamos»(CIC 2010). Jesús es el mediador que llena el vacío del pecado que nos separa de Dios (1 Tm 2:5); Él lo llenó al morir por nosotros. Él ha escogido hacernos colaboradores suyos en el plan de salvación (1 Co 3:9).

La Iglesia Católica enseña lo que los apóstoles enseñaron y lo que la Biblia enseña: somos salvados sólo por medio de la gracia y no sólo por medio de la Fe (como lo enseñan los «cristianos bíblicos»; ve Santiago 2:24).

Cuando venimos a Dios por primera vez y somos justificados (es decir, cuando entramos en una relación debida con Dios), ninguna cosa que preceda la justificación, sea la Fe o las buenas obras, nos gana la gracia. Es más tarde, cuando Dios siembra su amor en nuestros corazones, que hemos de vivir nuestra Fe por medio de obras de amor (Gá 6:2).

A pesar de que sólo la gracia de Dios nos capacita para amar a los demás, estas obras de amor le agradan, y Él promete premiarlos con la vida eterna (Ro 2:6-7; Ga 6:6-10). Por tanto, las buenas obras son meritorias. Cuando por primera vez nos acercamos a Dios en Fe, tenemos las manos vacías, sin tener qué ofrecerle. Pero luego Él nos concede la gracia con que obedecer sus mandamientos con amor, y nos premia con la salvación cuando le ofrecemos estas obras de amor nuevamente a Él (Ro 2:6-11, Gá 6:6-10, Mt 25:34­-40).

Jesús dijo que no basta con tener Fe en Él; también hemos de obedecer sus mandamientos. «¿Por qué me llamáis: ‘Señor, Señor,’ y no hacéis lo que digo?» (Le 6:46, Mt 7:21-23, 19:16-21).

Nosotros no nos «ganamos» nuestra salvación por medio de las buenas obras (Ef 2:8-9; Ro 9:16), pero nuestra Fe en Cristo nos coloca en una relación especial de gracia con Dios, de manera que nuestra obediencia y amor, combinados con nuestra Fe, se vean premiadas con la vida eterna (Ro. 2:7, Gá 6:8-9).

Pablo dijo: «Porque Dios es el que en vosotros opera tanto el querer como el hacer, por su buena voluntad» (Fil 2:13). Juan explicó que «Y en esto sabemos que hemos llegado a conocerle: si guardamos sus mandamientos. El que dice: ‘Yo he llegado a conocerle y no guarda sus mandamientos, es un mentiroso, y la verdad no está con Él;» (1 Jn 2:3-4, 3:19-24, 5:3-4).

Dado que al recipiente no se le puede forzar ningún regalo – los regalos siempre pueden ser rechazados – aún después de haber sido justificados podemos desechar el don de la salvación. Lo desechamos por medio del pecado (mortal) grave (1 Jn 15:5-6 Ro 11:22-23, 1 Co 15:12; CIC 1854-­1864). San Pablo nos dice: «Pues la paga del pecado es la muerte» (Ro 6:23).

¡Lee sus cartas y ve con qué frecuencia, Pablo alertó a los cristianos en contra del pecado! Uno no se habría sentido obligado a hacerlo si sus pecados no hubieran podido excluirlos del cielo (ve, por ejemplo, 1 Co. 6:9-10, Gá 5:19-21).

Pablo les recordó a los cristianos de Roma que Dios «el cual pagará a cada uno conforme a sus obras: vida eterna a los que perseverando en hacer bien, buscan gloria y honra e inmortalidad, pero ira y enojo a los que son contenciosos y no obedecen a la verdad; sino que obedecen a la injusticia.» (Ro 2:6-8).

Los pecados no son más que malas obras (CIC 1849-1850). Podemos evitar pecar por medio de la práctica habitual de buenas obras. Todo santo ha sabido que la mejor manera de mantenerse libre de pecado es el adoptar la oración regular, los sacramentos (sobre todo la Eucaristía) y las obras de caridad.

¿Te está garantizado el cielo?

Algunos promueven una idea especialmente atractiva: todo cristiano verdadero, independientemente de la manera en que viva, tiene una garantía absoluta de salvación, una vez que acepte a Jesús en su corazón como «su Señor y Salvador personal.» El problema es que esta creencia es contraria a la Biblia y a la constante enseñanza cristiana.

Recuerda lo que Pablo les dijo a los cristianos de su época: Si hemos muerto con Él (en el bautismo; ve Ro 6:3-4) también viviremos con Él; si nos mantenernos firmes, también reinaremos con Él (2 Trn 2:11-12).

Si no perseveramos, no reinaremos con Él. En otras palabras, los cristianos pueden perder su derecho al cielo (CIC 1861-1864).

La Biblia deja claro que los cristianos tienen una seguridad moral de salvación (Dios permanecerá fiel a su palabra y otorgará la salvación a los que tienen Fe en Cristo y le son obedientes [1 Jn 4:19-24]), pero la Biblia no enseña que los cristianos tienen una garantía del cielo. No puede haber una garantía absoluta de salvación.

Escribiendo a los cristianos, Pablo dijo: «Mira, pues, la benignidad y la severidad de Dios; la severidad ciertamente para con los que cayeron, pero la benignidad para contigo, si permaneces en esa benignidad; pues de otra manera tú también serás separado.» (Ro 11:22, Mt 18:21­35,1 Co 15:1-2, 2 P 2:20-21).

Observa que Pablo incluye una condición importante: «si permaneces en esa benignidad. «El está diciendo que los cristianos pueden perder su salvación al desecharla. El advierte: «Así que, el que piensa estar firme, mire que no caiga» (1 Co 10:12).

Si tú eres católico y alguien te pregunta si estás «a salvo,» deberías responder: «He sido redimido por la sangre de Cristo, confío sólo en Él para mi salvación y, como enseña la Biblia, ‘procurad vuestra salvación con temor y temblor’ (Fil 2:12), a sabiendas de que es el don de la gracia de Dios el que obra en mí.»

LA OLA DEL FUTURO

Todas las alternativas al Catolicismo están mostrando ser un fracaso: el secularismo gastado que
nos rodea por todas partes y que a nadie satisfice ya, los extraños cultos y movimientos que ofrecen una comunidad temporal pero no un hogar permanente, e incluso las demás religiones cristianas incompletas.

A medida que nuestro mundo cansado se desespera más y más, la gente está regresando a
la única alternativa nunca considerada antes: la Iglesia Católica. Están encontrando la verdad en el lugar donde menos esperaban encontrarla.

Nunca popular, siempre atractiva

¿Cómo puede ser esto? ¿Por qué hay tanta gente considerando la Iglesia Católica por primera vez? Algo les está atrayendo hacia ella. Ese algo es la verdad.

Esto sabemos: La gente no está considerando las llamadas de la Iglesia debido a un deseo de ganarse el favor público. El Catolicismo, por lo menos hoy día, nunca es popular. Uno no gana concursos de popularidad por ser un católico fiel.

Nuestro mundo en decadencia recompensa a los listos, no a los buenos. Si un católico es alabado, es a causa de los talentos mundanos que posee y no por sus virtudes cristianas.

A pesar de que la gente trata de evitar las verdades doctrinales y morales difíciles que la Iglesia Católica le ofrece (porque las verdades difíciles exigen que cambien sus vidas), la gente se siente, aun así, atraída a la Iglesia.
Cuando escuchan al papa y a los obispos en unión con Él, escuchan palabras que suenan a verdad-incluso cuando encuentran difícil el vivir conforme a esa verdad.

Cuando contemplan la historia de la Iglesia Católica y la vida de sus santos, se dan cuenta de que debe haber algo especial, tal vez algo sobrenatural, en una institución que puede producir a personas santas como San Agustín, Santo Tomás de Aquino, y la Madre Teresa.

Cuando dejan atrás la bulliciosa calle para entrar a los pasillos de una iglesia católica aparentemente vacía, sienten, no un vacío completo, pero una presencia. Sienten que Alguien reside allí, esperando para consolarlos.

Se dan cuenta que la oposición constante que enfrenta a la Iglesia Católica – sea de parte de no creyentes o de parte de los «cristianos bíblicos,» o incluso de la gente que insiste en llamarse católica – es una señal del origen divino de la Iglesia (Jn 15:18-21).

Y llegan a sospechar que la Iglesia Católica, por encima de todo, es la ola del futuro.

El cristianismo incompleto no basta

En las últimas décadas muchos católicos han dejado a la Iglesia, muchos retirándose por completo de toda religión, muchos otros afiliándose a otras iglesias. Pero el tráfico no ha sido en una sola dirección.

El tráfico hacia Roma ha crecido rápidamente. Hoy en día estamos viendo más de ciento cincuenta mil convertidos entrando a la religión Católica cada año en los Estados Unidos, y en otros lugares como en el continente de África, hay más de un millón de convertidos cada año.

Gente sin religión, católicos inactivos, y miembros de otras iglesias cristianas están «encontrando su hogar en Roma.»

Se sienten atraídos a la Iglesia por diversas razones, pero la razón principal por la que se convierten es la razón principal por la cual  has de permanecer católico: la sólida verdad de la Fe católica.

Nuestros hermanos separados tienen muchas verdades cristianas, pero no todas. Podemos comparar sus religiones a una vidriera de colores en la que algunos cristales originales se han perdido y han sido reemplazados con vidrios opacos: algo de lo que estaba al principio se ha perdido ahora, y algo que no encaja se ha insertado para llenar el espacio que quedó vacío. La unidad de la ventana original se ha echado a perder.

Cuando, hace siglos, se separaron de la Iglesia Católica, los antepasados teólogos de estos cristianos eliminaron algunas creencias auténticas y añadieron algunas nuevas de su propia invención. Las formas de cristianismo que establecieron realmente constituyen un cristianismo incompleto. Sólo la Iglesia Católica fue fundada por Jesús y sólo ella ha podido preservar toda la verdad cristiana sin error – y gran número de personas están dándose cuenta de ello.

TUS DEBERES COMO CATÓLICO

Tus deberes como católico, sin importar tu edad, son tres:

Conoce tu Fe católica. Uno no puede vivir su Fe si no la conoce, y tú no puedes compartir con otros lo que no has hecho tuyo primero (CIC 429). El aprender acerca de tu Fe católica exige un esfuerzo, pero el esfuerzo vale la pena porque este estudio es, literalmente, infinitamente gratificante.

Vive tu Fe católica. Tu Fe católica es un asunto público. No está diseñada para dejarla cuando sales de la casa (CIC 2472). Más, has de estar prevenido: el ser un católico público implica un riesgo y pérdida. Encontrarás que algunas puertas se te cierran. Perderás algunos amigos. Se te considerará un intruso. Pero, como consuelo, recuerda las palabras de nuestro Señor a los perseguidos: «Gozaos y alegraos, porque vuestro galardón es grande en los cielos» (Mt 5:12).

Disemina tu Fe católica. Jesucristo desea que conduzcamos al mundo entero al cautiverio de la verdad, y la verdad es el mismo Jesús, quien es «el Camino, la Verdad, y la Vida» (Jn 14:6).Diseminar la Fe es un deber no sólo de los obispos, sacerdotes, y religiosos – es un deber de todo católico (CIC 905).

Poco antes de su Ascensión, nuestro Señor instruyó a sus apóstoles: «Por tanto, id, y haced discípulos en todas las naciones, bautizándolas en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todas las cosas que os he mandado» (Mt 28:19-20).

Si deseamos acatar todo lo que Jesús nos mandó, si deseamos creer todo lo que nos enseñó, entonces debemos seguirle por medio de su Iglesia. Esto es nuestro gran reto y gran privilegio.

Fuente: Catholic Answers 

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© 1997 Catholic Answers. Está prohibida la reproducción de este folleto en cualquier forma sin permiso de Catholic Answers por escrito.

Publicado en ApologeticaCatolica.org con permiso expreso y por escrito por Catholic Answers en colaboración con José Rivera-Santander y Alfredo Bayon Landa.

Catholic Answers (Respuestas Católicas) es la organización de apologética más grande de Norteamérica formado por personas laicas poniendo nuestros esfuerzos con dedicación plena para promover la religión católica a través de libros, folletos, cintas grabadas, una revista mensual, seminarios parroquiales, y presentaciones por radio y televisión, y otros medios de difusión como YouTube..

Nihil Obstat:
Concluyo que este texto está sin errores doctrinales o morales.
Bernadeane Carr
Censor Librorum
July 30, 1997

lmprimatur:
Según el canon 827 §3 del Código del Derecho Canónico de 1983, permiso para publicar esta obra está otorgado por:
XRobert H. Brom
Obispo de San Diego
August 6, 1997

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