La Iglesia Católica nos enseña que Cristo nuestro Señor, plenitud de la Revelación, mandó a los Apóstoles a predicar el Evangelio como fuente de toda verdad salvadora y de toda norma de conducta, comunicándoles así los bienes divinos: el Evangelio prometido por los Profetas, que el mismo cumplió y promulgó con su boca.

La transmisión del Evangelio, según el mandato del Señor, se hizo de dos maneras:

Oralmente: Los Apóstoles, con su predicación, sus ejemplos, sus instrucciones, transmitieron de palabra lo que habían aprendido de las obras y enseñanzas de Cristo y lo que el Espíritu Santo les enseñó.

Por escrito: Los mismos Apóstoles y otros de su generación pusieron por escrito el mensaje de la salvación inspirados por el Espíritu Santo.

A la transmisión de forma oral la llamamos “Sagrada Tradición” (o más brevemente en este contexto por “Tradición”) y a la transmisión de forma escrita la llamamos “Sagrada Escritura”. Ambas están íntimamente unidas y compenetradas, porque surgiendo ambas de la misma fuente, se funden en cierto modo y tienden a un mismo fin.

Definición de tradición

Pero la palabra “tradición” en sí misma hace referencia solamente a la transmisión de creencias, enseñanzas y prácticas tanto por medios orales o escritos. Esto es lo que significa tradición: un mensaje que pasa de mano en mano, de generación en generación.

La tradición en la Biblia

Si nos preguntamos qué dice la Biblia respecto a la palabra tradición, encontraremos que la respuesta varía dependiendo del tipo de tradiciones a la que se haga referencia, entre las cuales están:

Tradiciones humanas

Son tradiciones cuyo origen es el hombre, no necesariamente son malas, a excepción de que sean costumbres o conductas contrarias a los mandamientos o a la voluntad de Dios. Solamente en esas circunstancias se ve que Jesús rechaza ese tipo de tradiciones[1]:

“Y al ver que algunos de sus discípulos comían con manos impuras, es decir no lavadas, – es que los fariseos y todos los judíos no comen sin haberse lavado las manos hasta el codo, aferrados a la tradición de los antiguos, y al volver de la plaza, si no se bañan, no comen; y hay otras muchas cosas que observan por tradición, como la purificación de copas, jarros y bandejas -. Por ello, los fariseos y los escribas le preguntan: «¿Por qué tus discípulos no viven conforme a la tradición de los antepasados, sino que comen con manos impuras?» Él les dijo: «Bien profetizó Isaías de vosotros, hipócritas, según está escrito: Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. En vano me rinden culto, ya que enseñan doctrinas que son preceptos de hombres. Dejando el precepto de Dios, os aferráis a la tradición de los hombres.» Les decía también: «¡Qué bien violáis el mandamiento de Dios, para conservar vuestra tradición! Porque Moisés dijo: Honra a tu padre y a tu madre y: el que maldiga a su padre o a su madre, sea castigado con la muerte. Pero vosotros decís: Si uno dice a su padre o a su madre: «Lo que de mí podrías recibir como ayuda lo declaro Korbán – es decir: ofrenda -», ya no le dejáis hacer nada por su padre y por su madre, anulando así la Palabra de Dios por vuestra tradición que os habéis transmitido; y hacéis muchas cosas semejantes a éstas».”[2]

Jesús rechaza aquí tradiciones cuyo origen eran costumbres humanas a las cuales los fariseos se aferraban, como lavarse las manos antes de comer, la purificación de los objetos, incluso utilizaban excusas para librarse de la obligación de sostener a sus padres. A ese mismo tipo de tradiciones el Apóstol Pablo se refiere cuando habla de tradiciones humanas “según los elementos del mundo y no según Cristo”:

“Mirad que nadie os esclavice mediante la vana falacia de una filosofía, fundada en tradiciones humanas, según los elementos del mundo y no según Cristo.”[3]

Pablo distingue estas tradiciones “según el mundo”, de las tradiciones de la Iglesia basadas en la enseñanza de Jesús, y por eso la aclaración: “y no según Cristo”.

Tradiciones de la Iglesia

Hay otro conjunto de tradiciones que Pablo no condena y manda a preservar:

“Os alabo porque en todas las cosas os acordáis de mí y conserváis las tradiciones tal como os las he transmitido.”[4]

“Así pues, hermanos, manteneos firmes y conservad las tradiciones que habéis aprendido de nosotros, de viva voz o por carta.”[5]

“Hermanos, os mandamos en nombre del Señor Jesucristo que os apartéis de todo hermano que viva desordenadamente y no según la tradición que de nosotros recibisteis.”[6]

En estos textos se distingue entre los distintos tipos de tradición, y es el mismo Apóstol que por un lado ordena apartarse de las tradiciones “según los elementos del mundo y no según Cristo” el que a su vez ordena mantener las tradiciones que recibieron de él y del resto de los Apóstoles.

Es importante notar que San Pablo no está hablando solamente de aquellas tradiciones que recibieron por escrito, sino aquellas que también han recibido de forma oral o “de viva voz”.

Paradosis. Palabra griega utilizada en la Biblia para tradición

La palabra griega utilizada en todos los pasajes anteriores es “paradosis” que significa literalmente “tradición”. En Mateo 15,2 y Colosenses 2,8 es utilizada para describir tradiciones humanas, pero en 1 Corintios 11,2 y 2 Tesalonicenses 2,15; 3,6 es utilizada para describir tradiciones apostólicas.

No es casual que en muchas traducciones protestantes de la Biblia[7], en los pasajes donde “paradosis” se utiliza para hacer referencia a tradiciones humanas es traducida exclusivamente con la palabra “tradición”, pero en los pasajes en que se utiliza para significar tradiciones apostólicas es sustituida por palabras como “doctrinas” o “instrucciones”. Si bien podría alegarse que pueden considerarse sinónimos, el efecto que produce es que los lectores tienden a asociar la palabra “tradición” exclusivamente con tradiciones humanas. No es de extrañar que los protestantes sientan tanta aversión a las tradiciones cuando sus propias Biblias traducen de forma selectiva esta palabra.

Evidentemente los traductores de estas Biblias lo saben, pues esta palabra (didaskalia) es utilizada también en Marcos 7,7 y allí traducen correctamente como “doctrinas”. En Marcos 7,5 aparece la palabra “paradosis” y ellos la traducen correctamente como “tradición”.

Validez de la Tradición Oral

Una vez hecha la distinción entre aquellas tradiciones humanas y las tradiciones apostólicas, es oportuno profundizar en la validez que tiene la tradición como parte de la Revelación del Evangelio:

Una palabra griega afín a tradiciones es “paradidomi” cuyo significado es “entregar”, “transmitir” y es utilizada al menos siete veces para hacer referencia a tradiciones cristianas:

“Puesto que muchos han intentado narrar ordenadamente las cosas que se han verificado entre nosotros, tal como nos las han transmitido los que desde el principio fueron testigos oculares y servidores de la Palabra.”[8]

Lucas afirma que estas tradiciones que han ido siendo transmitidas, eran narraciones fiables de testigos oculares. Estas tradiciones, como ya hemos visto en pasajes como 2 Tesalonicenses 2,15 eran también orales “de viva voz”, y no por eso eran consideradas menos confiables:

Porque yo recibí del Señor lo que os he transmitido: que el Señor Jesús, la noche en que fue entregado, tomó pan, después de dar gracias, lo partió y dijo: «Este es mi cuerpo que se da por vosotros; haced esto en recuerdo mío».”[9]

En el pasaje anterior, Pablo no explica detalladamente cómo hacer la fracción del pan, simplemente les recuerda lo que ya les ha transmitido oralmente, y les da exhortaciones y recomendaciones finales a este respecto.

Por esta razón, Pablo aclara que él transmite lo que antes ha recibido:

Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras.”[10]

“Queridos, tenía yo mucho empeño en escribiros acerca de nuestra común salvación y me he visto en la necesidad de hacerlo para exhortaros a combatir por la fe que ha sido transmitida a los santos de una vez para siempre.”[11]

“Pues más les hubiera valido no haber conocido el camino de la justicia que, una vez conocido, volverse atrás del santo precepto que le fue transmitido.”[12]

Incluso hay pasajes donde queda de manifiesto la preferencia de Juan de transmitir el Evangelio de forma oral en vez de forma escrita:

“Aunque tengo mucho que escribiros, prefiero no hacerlo con papel y tinta, sino que espero ir a veros y hablaros de viva voz, para que nuestro gozo sea completo.”[13]

Nuevamente allí, Juan también (al igual que Pablo) utiliza la expresión “de viva voz” para referirse a la transmisión del mensaje del Evangelio en forma oral. Es importante notar que Juan no está diciendo que quiere ir a explicarles la carta; para él es más importante la enseñanza que les pueda dar oralmente que lo que ellos puedan leer. Sabe que con su predicación oral el gozo del pueblo será completo. Ellos estaban conscientes de que Jesús los mandó a predicar, no a escribir[14], de aquí que sólo cinco discípulos dejaran parte de su enseñanza por escrito: Pedro, Juan, Santiago el menor, Judas y Mateo, mientras que el resto de los doce predicaban sin papel.

Esto también lo vemos reflejado en la solicitud de Pablo hacia Timoteo sobre aquello que le escuchó (forma oral), de transmitirlo a hombres fieles y capaces, que a su vez puedan instruir a otros.

“y cuanto me has oído en presencia de muchos testigos confíalo a hombres fieles, que sean capaces, a su vez, de instruir a otros.”[15]

Otra palabra griega utilizada en la Biblia relacionada con la tradición de la Iglesia es “paralambano” que significa “recibido”. Esta palabra aparece al menos siete veces en relación con la tradición cristiana y apostólica:

“Os recuerdo, hermanos, el Evangelio que os prediqué, que habéis recibido y en el cual permanecéis firmes, por el cual también sois salvados, si lo guardáis tal como os lo prediqué… Si no, ¡habríais creído en vano!”[16]

Observe que la transmisión de este mensaje era no solamente de forma escrita, sino de forma oral, era un Evangelio predicado: “Os recuerdo, hermanos, el Evangelio que os prediqué”. Y es por eso que los primeros cristianos acogieron esta predicación apostólica, no como enseñanzas humanas (a pesar de que eran predicadas por hombres) sino como palabra de Dios misma:

“De ahí que también por nuestra parte no cesemos de dar gracias a Dios porque, al recibir la Palabra de Dios que os predicamos, la acogisteis, no como palabra de hombre, sino cual es en verdad, como Palabra de Dios, que permanece operante en vosotros, los creyentes.”[17]

La palabra de Dios era principalmente “predicada”, y esto tenía que ser así ya que para este punto no existía todavía lo que hoy conocemos como Nuevo Testamento. Se estima que el Evangelio de Marcos fue el primero en ser escrito entre los años 65-75 d.C., el Evangelio de Mateo entre el 64-110 d.C., el Evangelio de Lucas luego del 70 d.C., y el Evangelio de Juan probablemente entre el 95-100 d.C. Esto sin contar que el canon del Nuevo Testamento fue determinado en el 397 d.C. Aún después de esto, la predicación oral era ampliamente utilizada, ya que transcribir una Biblia podía tomar de 10 a 20 años del trabajo de una persona, lo que significaba un costo inmenso[18].

Escritura, Magisterio y Tradición

Así, desde las épocas más tempranas de la Iglesia, los cristianos han formulado teología en base a tres pilares básicos: Escritura, Magisterio y Tradición. La Escritura y la Tradición servían como principios materiales de teología, puesto que contenían las enseñanzas recibidas de los Apóstoles por medios orales y escritos, y era el Magisterio de la Iglesia el que permitía saber con seguridad el significado correcto de la Revelación, fungiendo como principio formal de teología.

Se entiende por Magisterio, el oficio de interpretar auténticamente la Revelación oral o escrita, ejercido en nombre de Jesucristo, por los obispos en comunión con el sucesor del Apóstol Pedro. El Magisterio era responsable de mantener la ortodoxia de la doctrina cristiana, de protegerla de las distorsiones de quienes la malinterpretaban y tergiversaban. A este respecto el Apóstol Pedro deja varias advertencias:

“Pero, ante todo, tened presente que ninguna profecía de la Escritura puede interpretarse por cuenta propia; porque nunca profecía alguna ha venido por voluntad humana, sino que hombres movidos por el Espíritu Santo, han hablado de parte de Dios.”[19]

“La paciencia de nuestro Señor juzgadla como salvación, como os lo escribió también Pablo, nuestro querido hermano, según la sabiduría que le fue otorgada. Lo escribe también en todas las cartas cuando habla en ellas de esto. Aunque hay en ellas cosas difíciles de entender, que los ignorantes y los débiles interpretan torcidamente – como también las demás Escrituras – para su propia perdición. Vosotros, pues, queridos, estando ya advertidos, vivid alerta, no sea que, arrastrados por el error de esos disolutos, os veáis derribados de vuestra firme postura.”[20]

La Reforma Protestante y la Sola Escritura

En el capítulo siguiente se analizará a fondo este punto, en este nos limitaremos a decir que el modelo donde los creyentes solamente se rigen por aquello que ellos entienden de la Escritura no tenía precedentes en la historia de la Iglesia, pues nunca fue la solución a los conflictos que se presentaban que cada quien definiera por separado y de forma individualista cada doctrina de fe. Un ejemplo lo encontramos ya en el capítulo 15 de los Hechos de los Apóstoles, donde se narra el primer problema grave que vivió la Iglesia[21]. Fueron los Apóstoles unidos a los obispos y presbíteros asistidos por el Espíritu Santo quienes zanjaron el asunto.

“Que hemos decidido el Espíritu Santo y nosotros no imponeros más cargas que éstas indispensables: abstenerse de lo sacrificado a los ídolos, de la sangre, de los animales estrangulados y de la impureza. Haréis bien en guardaros de estas cosas. Adiós.”[22]

De esta misma manera y a través de los distintos Concilios Ecuménicos y definiciones magisteriales, la Iglesia pudo ir erradicando los distintos errores a lo largo de la historia y mantenerse unida doctrinalmente, sin embargo ahora gracias a la doctrina de los reformadores, ningún creyente tenía ya que someterse a estas decisiones si él consideraba que no estaban de acuerdo a su propia interpretación de la Biblia. Los dogmas pasaban a ser relativos al juicio de cada persona.

Aunque este enfoque permitió a los reformadores usurpar la autoridad del Magisterio, también dio a cada persona el mismo derecho. La gran contradicción con su propio principio la sufrieron en carne propia cuando de forma alarmante y en un número cada vez mayor surgieron disidentes que diferían de ellos en puntos que consideraban fundamentales (y no tan fundamentales). Como demostraremos más adelante, cuando los reformadores sintieron que su “Reforma” comenzaba a fragmentarse en sectas, dejaron de lado el principio del juicio privado en la práctica, y en la mayoría de los países protestantes, la Sola Biblia se convirtió en la Sola Biblia al modo Lutero, al modo Calvino, al modo Zwinglio, o al modo del reformador de turno[23], por lo menos mientras estos pudieron mantener su dominio. Hoy día hay más de 30.000 denominaciones protestantes distintas y el número sigue creciendo cada día.

Pero la doctrina de la Sola Escritura no solamente engendraba el germen de la división, sino que contradecía la misma Escritura. Esto, porque según ella, si una doctrina es verdadera debe ser probada por la Escritura y exclusivamente a través de ella. Si esto es así, también la Sola Escritura debe ser probada de este modo, ya que también es una doctrina. Sin embargo, en la misma Escritura hay evidencia suficiente para demostrar que ni los Apóstoles ni la Iglesia primitiva pensaban de esa manera. Ellos, por supuesto, consideraban la Escritura como norma de fe, pero no consideraban que absolutamente todas las enseñanzas de la Iglesia debieran estar contenidas en ella, y mucho menos que cada creyente pudiera por su propia cuenta definir aquello que era doctrina de fe para la Iglesia.

“Hay además otras muchas cosas que hizo Jesús. Si se escribieran una por una, pienso que ni todo el mundo bastaría para contener los libros que se escribieran.”[24]

Evidentemente muchas cosas hizo y enseñó Jesús a sus Apóstoles que no quedaron escritas en la Biblia, lo mismo que muchas explicaciones que incluían la correcta interpretación de las propias Escrituras[25]. El Apóstol Pablo manda a examinar las enseñanzas que recibían de los Profetas y retener lo bueno[26], no rechazar de manera ciega e irreflexiva todo aquello que creyeran no encontrar en la Biblia.

Argumentos generalmente utilizados por protestantes para justificar la Sola Escritura

Hay una gran cantidad de textos que los protestantes suelen citar para intentar probar la Sola Escritura, ninguno sin embargo lo hace con éxito. Veámoslos:

“Jesús realizó en presencia de los discípulos otras muchas señales que no están escritas en este libro. Estas han sido escritas para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre.”[27]

El pasaje anterior es utilizado con cierta frecuencia para afirmar que si bien es cierto que en la Biblia no sale todo, si está todo lo necesario para la salvación.

Ante todo hay que notar que el pasaje no habla de la Biblia sino de “este libro” (el Evangelio de Juan), por lo que interpretar el pasaje de este modo, significaría dejar fuera enseñanzas del resto de la Escritura, tan importantes como el Padre Nuestro (Mateo y Lucas), la infancia de Jesús (Mateo y Lucas), la última cena (Mateo, Marcos y Lucas), etc. Este pasaje no está indicando que solamente lo que esté allí nos sirva para hacer tratados doctrinales sobre religión, ni para incluir la totalidad de la enseñanza de la doctrina cristiana, sino solamente mostrarles a los judíos que Jesús es el Mesías como primer paso para salvarse.

Otro pasaje muy utilizado para apoyar la Sola Escritura es el siguiente:

“Tú, en cambio, persevera en lo que aprendiste y en lo que creíste, teniendo presente de quiénes lo aprendiste, y que desde niño conoces las Sagradas Letras, que pueden darte la sabiduría que lleva a la salvación mediante la fe en Cristo Jesús. Toda Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, para argüir, para corregir y para educar en la justicia; así el hombre de Dios se encuentra perfecto y preparado para toda obra buena.”[28]

Sin embargo, no hay forma de leer este texto de manera que sirva para probar la Sola Escritura. Decir que algo es útil para algo, no quiere decir que solamente eso es útil para ello. Yo puedo decir que un martillo es una herramienta útil para un carpintero, y eso no quiere decir que solamente puede servirse de esta herramienta para hacer su trabajo. Lo mismo en el caso de este texto el Apóstol no está diciendo que solamente puede utilizarse la Escritura para enseñar, argüir, corregir o educar.

Al comienzo de este capítulo veíamos varios textos que sí contradicen explícitamente la Sola Escritura. El ejemplo más claro lo tenemos en 2 Tesalonicenses 2,15, en donde Pablo manda a conservar las tradiciones que hemos aprendido de ellos, de viva voz o por carta. Si Pablo hubiera estado pensando cómo piensan los defensores de la Sola Escritura se hubiera limitado a ordenar mantener aquellas tradiciones recibidas por escrito, pero no lo hace.

Es importante notar también que San Pablo hace aquí referencia a las Escrituras que Timoteo había aprendido en su infancia. Una buena parte del Nuevo Testamento no fue escrito durante su niñez, e incluso algunas de las Epístolas Católicas no habían sido escritas cuando escribió esto. Él se refiere, por tanto, a las Escrituras del Antiguo Testamento, y si el argumento de este pasaje probara algo, probaría demasiado, a saber, que las Escrituras del Nuevo Testamento no eran necesarias para la regla de fe.

Un texto también citado por los defensores de la Sola Escritura es este:

“En esto, hermanos, me he puesto como ejemplo a mí y a Apolo, en orden a vosotros; para que aprendáis de nosotros aquello de «No propasarse de lo que está escrito» y para que nadie se engría en favor de uno contra otro.”[29]

Pero basta leer el contexto para entender que todo el pasaje es una exhortación ética para evitar el orgullo, la arrogancia y el favoritismo, pero en ningún momento implica que sólo la enseñanza escrita sea una especie de patrón global sobre el cual regirse exclusivamente, despreciando la Tradición o enseñanza oral. Recordemos que si la interpretación de este pasaje es como lo quieren dar a entender, estaríamos nuevamente ante una doctrina de sólo Antiguo Testamento.

Argumentos menos serios para apoyar la Sola Escritura, consisten en citar pasajes de los Evangelios en donde Jesús al ser interrogado por sus enemigos sobre algún punto de la doctrina les responde centrando la atención en algún pasaje del Antiguo Testamento[30]. Esta clase de versículos se pueden usar válidamente para probar que el Antiguo Testamento tiene autoridad doctrinal; pero no pueden ser usados para probar la Sola Escritura.

Cuando Jesús cita el Antiguo Testamento para probar una doctrina, muestra solamente que consideró que esa doctrina podía ser probada por algún pasaje en particular. Es obvio que no creía que toda la doctrina podía ser probada por el Antiguo Testamento y por eso no es sorprendente ver que Jesús también responde a sus opositores apelando a su propia autoridad o a otras fuentes fuera de la Escritura:

“Él les dijo: «¿Conque también vosotros estáis sin inteligencia? ¿No comprendéis que todo lo que de fuera entra en el hombre no puede contaminarle, pues no entra en su corazón, sino en el vientre y va a parar al excusado?» – Así declaraba puros todos los alimentos -”[31]

Este es uno de tantos ejemplos donde Jesús también enseña cosas con su propia autoridad, y cosas que no estaban escritas ni reveladas todavía. Otro texto bíblico utilizado por los defensores de la Sola Escritura es este:

“Yo advierto a todo el que escuche las palabras proféticas de este libro: «Si alguno añade algo sobre esto, Dios echará sobre él las plagas que se describen en este libro. Y si alguno quita algo a las palabras de este libro profético, Dios le quitará su parte en el árbol de la Vida y en la Ciudad Santa, que se describen en este libro».”[32]

Este pasaje es frecuentemente interpretado por protestantes para dar a entender que no se debe agregar nada a la enseñanza de la Biblia. Pero este texto se refiere solamente a quienes alteren o adulteren el texto del libro del Apocalipsis. Cuando un autor bíblico quiere hacer referencia a un libro en particular, se refiere a él como Juan lo hace aquí, o como lo hace en Juan 20,30. Es importante también reconocer la diferencia que la Biblia hace del término “Escritura” en singular[33] para referirse a un libro en particular, al término “Escrituras” en plural[34] para referirse a la totalidad de las Escrituras. Por supuesto, el texto no pretende en ningún momento negar a la Iglesia la potestad de definir verdades de fe producto de la reflexión sobre el dato revelado.

Scott Hahn, antiguo ministro evangélico, autor del libro “Roma dulce hogar”, narra la siguiente anécdota:

“Un alumno hizo al profesor Scott Hahn una pregunta embarazosa que él nunca había escuchado: ¿dónde enseña la Biblia que la Escritura es nuestra única autoridad en materia de fe? Scott dio una respuesta débil que no dejó satisfecho al alumno y luego cambió de tema. Veamos lo que sucedió luego:

“Mientras volvía a casa aquella noche, miré las estrellas y murmuré: “Señor, ¿qué está pasando? ¿Dónde enseña la Escritura Sola Escritura?”

Eran dos las columnas sobre las que los protestantes basaban su revolución contra Roma. Una ya había caído y la otra se estaba tambaleando. Sentí miedo.

Estudié durante toda la semana sin llegar a ninguna conclusión. Llamé incluso a varios amigos, pero no hice ningún progreso. Finalmente hablé con dos de los mejores teólogos de América y también con algunos de mis ex-profesores. Todos aquellos a los que consultaba se sorprendían de que yo les hiciera esa pregunta y se sentían aún más trastornados cuando yo no quedaba satisfecho con sus respuestas. A un profesor le dije:

–Tal vez sufro de amnesia, pero he olvidado las simples razones por las que los protestantes creemos que la Biblia es nuestra única autoridad.

–Scott, qué pregunta tan tonta.

–Pues deme una respuesta tonta.

–Scott –replicó–, en realidad tú no puedes demostrar la doctrina de Sola Escritura con la Escritura. La Biblia no enseña explícitamente que ella sea la única autoridad para los cristianos. En otras palabras, Scott, Sola Escritura es en esencia la creencia histórica de los reformadores, frente a la pretensión católica de que la autoridad está en la Escritura y, además, en la Iglesia y la Tradición. Para nosotros, por tanto, ésta es sólo una presuposición teológica, nuestro punto de partida, más que una conclusión demostrada. […]

–Scott, mira lo que enseña la Iglesia católica. Es obvio que la Tradición está equivocada.

–Obviamente está equivocada –asentí–. Pero ¿dónde se condena el concepto de Tradición? Y por otro lado, ¿qué quiso decir Pablo cuando pedía a los Tesalonicenses que se ajustaran a la Tradición tanto escrita como oral? –seguí presionando–. ¿No es irónico? Nosotros insistimos en que los cristianos sólo pueden creer lo que la Biblia enseña; pero la propia Biblia no enseña que ella sea nuestra única autoridad.”[35]

Conclusión

La Revelación del Evangelio, que hemos recibido de nuestro Señor Jesucristo, está contenida tanto en la Sagrada Escritura (palabra de Dios escrita) como en la Sagrada Tradición (palabra de Dios hablada). Ambas se complementan y no pueden contradecirse.

Es necesario también señalar que la Sagrada Tradición de la que aquí hablamos es la que viene de los Apóstoles y transmite lo que estos recibieron de las enseñanzas y del ejemplo de Jesús y lo que aprendieron por el Espíritu Santo. En efecto, la primera generación de cristianos no tenía aún un Nuevo Testamento escrito, y el Nuevo Testamento mismo atestigua el proceso de la Tradición viva. Por eso, es preciso distinguir de ella las “tradiciones” teológicas, disciplinares, litúrgicas o devocionales nacidas en el transcurso del tiempo en las Iglesias locales. Estas constituyen formas particulares en las que la gran Tradición recibe expresiones adaptadas a los diversos lugares y a las diversas épocas. Sólo a la luz de la gran Tradición aquellas pueden ser mantenidas, modificadas o también abandonadas bajo la guía del Magisterio de la Iglesia.

Lo paradójico del asunto es que quienes dicen regirse sólo por la Biblia son quienes terminan obedeciendo todo menos lo que dice la Biblia. La negación de la presencia de Cristo en la Eucaristía, la Trinidad, la inmortalidad del alma, el sacramento de la penitencia, la maternidad divina de María y muchas otras doctrinas firmemente atestiguadas por la Escritura son negadas precisamente por denominaciones que sostienen la Sola Escritura como única norma de fe. Se convierte así esta nada más en una excusa para interpretar la Biblia por cuenta propia y hacer de la fe una especie de cristianismo de cafetería donde cada quien cree lo que quiere creer.

Notas

  1. En Mateo 15,1-9 también se narra el mismo suceso.
  2. Marcos 7,2-13
  3. Colosenses 2,8
  4. 1 Corintios 11,2
  5. 2 Tesalonicenses 2,15
  6. 2 Tesalonicenses 3,6
  7. Por ejemplo la Reina Valera en sus distintas versiones.
  8. Lucas 1,1-2
  9. 1 Corintios 11,23-24
  10. 1 Corintios 15,3
  11. Judas 3
  12. 2 Pedro 2,21
  13. 2 Juan 12
  14. Mateo 28,20
  15. 2 Timoteo 2,2
  16. 1 Corintios 15,1-2
  17. 1 Tesalonicenses 2,13
  18. La imprenta fue inventada alrededor de 1440 por Johannes Gutenberg.
  19. 2 Pedro 1,20-21
  20. 2 Pedro 3,15-17
  21. El conflicto judaizante.
  22. Hechos 15,28-29
  23. En este contexto surgen las inquisiciones protestantes.
  24. Juan 21,25
  25. Ver por ejemplo Lucas 24,27, en donde Jesús explica a sus discípulos detalladamente el cumplimiento en Él de las profecías del Antiguo Testamento.
  26. 1 Tesalonicenses 5,21
  27. Juan 20,30-31
  28. 2 Timoteo 3,14-17
  29. 1 Corintios 4,6
  30. Un ejemplo de esto en Lucas 4,1-12
  31. Marcos 7,18-19
  32. Apocalipsis 22,18-19
  33. Hechos 1,16; 1 Corintios 1,19.31; 2,9; Gálatas 3,8.10.13; 4,22.27.30; Hebreos 11,5; 2 Timoteo 3,16 entre muchos otros
  34. Hechos 13,27; 17,2.11; 18,24.28; 1 Corintios 15,3.4; 2 Pedro 3,16
  35. Scott y Kimberly Hahn, Roma, dulce hogar. Nuestro camino al catolicismo, Ediciones Rialp, Madrid 2001, pág. 69-70