Miguel: José, estuve reflexionando sobre nuestra conversación pero no estoy convencida, porque si para salvarse hubiese no sólo que creer, sino obedecer y cumplir los mandamientos, no fuera la salvación una gracia inmerecida y la Biblia dice claramente: “Pues habéis sido salvados por la gracia mediante la fe; y esto no viene de vosotros, sino que es un don de Dios; tampoco viene de las obras, para que nadie se gloríe.” (Efesios 2,8)
José: Nosotros también creemos que la salvación es una gracia de Dios inmerecida que se recibe por medio de la fe, pero creemos que eso no excluye que para salvarse sea necesario cumplir la voluntad de Dios y los mandamientos[1].
Marlene: La fidelidad es solamente una consecuencia de la fe, pero no causa de salvación. El apóstol Pablo es muy claro en decir “si es por gracia, ya no lo es por las obras; de otro modo, la gracia no sería ya gracia” (Romanos 11,6). San Pablo también nos dice: “Habiendo, pues, recibido de la fe nuestra justificación, estamos en paz con Dios, por nuestro Señor Jesucristo” (Romanos 5,1); “El justo vivirá por la fe” (Romanos 1,17); “Porque, si confiesas con tu boca que Jesús es Señor y crees en tu corazón que Dios le resucitó de entre los muertos, serás salvo” (Romanos 10,9)
José: Estamos de acuerdo en que la salvación es una gracia de Dios que recibimos por la fe. Cristo, nuestro Señor, ha dado su vida por nosotros, por puro amor, gratuitamente, sin que nosotros hubiésemos hecho nada para merecerlo, ni pudiésemos hacer nada para pagar por su sacrificio. No hay ninguna obra que podamos hacer para pagarle, ni en esta vida ni en la siguiente.
Pero eso no quiere decir aquel que ha sido justificado por la fe, no deba cooperar con la gracia recibida como un requisito, y no como un pago, para salvarse. Jesús nos habla de esto en la parábola de las bodas del cordero. Leámosla:
“El Reino de los Cielos es semejante a un rey que celebró el banquete de bodas de su hijo. Envió sus siervos a llamar a los invitados a la boda, pero no quisieron venir. Envió todavía otros siervos, con este encargo: Decid a los invitados: «Mirad, mi banquete está preparado, se han matado ya mis novillos y animales cebados, y todo está a punto; venid a la boda.» Pero ellos, sin hacer caso, se fueron el uno a su campo, el otro a su negocio; y los demás agarraron a los siervos, los escarnecieron y los mataron. Se airó el rey y, enviando sus tropas, dio muerte a aquellos homicidas y prendió fuego a su ciudad. Entonces dice a sus siervos: «La boda está preparada, pero los invitados no eran dignos. Id, pues, a los cruces de los caminos y, a cuantos encontréis, invitadlos a la boda.» Los siervos salieron a los caminos, reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos, y la sala de bodas se llenó de comensales. «Entró el rey a ver a los comensales, y al notar que había allí uno que no tenía traje de boda, le dice: «Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin traje de boda?» El se quedó callado. Entonces el rey dijo a los sirvientes: «Atadle de pies y manos, y echadle a las tinieblas de fuera; allí será el llanto y el rechinar de dientes.» Porque muchos son llamados, mas pocos escogidos.»” (Mateo 22,2-14)
Observa que en la parábola se mencionan varios grupos de personas: primero están los que no quisieron ir al banquete, que representa a los no creyentes, incluyendo los judíos que no creyeron en el Mesías. Por otro lado, están también los invitados de último minuto, que representan a todos los que si se hicieron creyentes y acuden al banquete. De entre ellos había uno que fue echado por no tener puesto el traje de fiesta[2]. ¿Qué crees tú que simboliza el traje?
Marlene: A aquellos que no eran verdaderos creyentes.
José: O que llegaron a creer pero no vivieron de acuerdo al evangelio. No tenía puesto el traje del “hombre nuevo”, y su vida no estaba de acuerdo con su fe. Respecto a esto hay muchas indicaciones en el evangelio, y por eso, cuando a Jesús un joven le pregunta qué debe hacer para salvarse, Jesús le dice que cumpla los mandamientos[3]: “Mas si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos.” (Mateo 19,17). La forma en que esa oración está conjugada demuestra que el cumplimiento de los mandamientos es una condición para salvarse, pues dice: “Si quieres… cumple…”. Pero entiende bien lo que creemos: no decimos que cumplir los mandamientos “compre” la salvación, pero sí que es necesario cumplirlos para salvarse, lo mismo que para el asistente del banquete es necesario ponerse el traje de fiesta. La fidelidad en el cumplimiento de los mandamientos debe permanecer hasta el fin de la vida de cada creyente: “Si alguno no permanece en mí, es arrojado fuera, como el sarmiento, y se seca; luego los recogen, los echan al fuego y arden. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor, como yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor.” (Juan 15,6.10). La condición para permanecer unido a Cristo es guardar los mandamientos.
Marlene: Esa forma de entenderlo me parece muy confusa, porque entonces significaría que el hombre una vez salvo, puede dejar de serlo cada vez que peca. Dado que el justo peca siete veces al día (Proverbios 24,16), estaría pasando de ser salvo a no serlo a cada rato. Yo creo que aquellos que tienen una verdadera fe serán obedientes a los mandamientos, pero si pecan, no por eso dejan de ser salvos. Sus pecados tendrán consecuencias y caerán y se levantarán, pero Dios que les ha dado la fe, también les dará la perseverancia: “pues Dios es quien obra en vosotros el querer y el obrar, como bien le parece” (Filipenses 2,13).
José: Nosotros no creemos que todo pecado te haga caer del estado de gracia de Dios, sino sólo aquellos pecados graves que llamamos “pecados mortales”, pero de eso podemos hablar luego. Lo que sí no tiene sentido, es pensar que el hombre luego de haber creído, pueda pecar gravemente sin que esto afecte su relación con Dios sólo por haber hecho una confesión de fe en algún momento en el pasado.
Ahora bien, es cierto que Dios, quien nos da el don de la fe también nos da el don la perseverancia, pero lo hace si somos dóciles a su gracia y cooperamos con ella. El no comprender rectamente la relación entre la gracia y la libertad humana ha producido muchos errores a lo largo de la historia[4].
Miguel: Pero aquel cuya fe es verdadera, naturalmente cumplirá la voluntad de Dios.
José: No necesariamente, porque no deja de ser libre. Si fuese así, quienes tienen fe nunca pecarían y aún así lo hacen. Y cuando lo hacen, es porque aunque Dios les impulsa a hacer el bien, se resisten. Por eso San Pablo advertía del peligro de recibir en vano la gracia: “como cooperadores suyos que somos, os exhortamos a que no recibáis en vano la gracia de Dios” (2 Corintios 6,1). También exhortaba a “trabajar con temor y temblor por nuestra salvación” (Filipenses 2,12) y Jesús en la parábola de la vid da otro buen ejemplo (Juan 15,1-9), porque allí se representa Él como el tronco de un árbol y los creyentes como las ramas. La gracia es representada por la savia del tronco que fluye hacia las ramas para que produzcan fruto. Pero así como hay ramas que dan fruto, hay otras que dejan de darlo y son cortadas, y representan a aquellos que habiendo iniciado en el camino de la fe se echaron para atrás y dejaron de fructificar: “Pues más les hubiera valido no haber conocido el camino de la justicia que, una vez conocido, volverse atrás del santo precepto que le fue transmitido. Les ha sucedido lo de aquel proverbio tan cierto: «el perro vuelve a su vómito» y «la puerca lavada, a revolcarse en el cieno».” (2 Pedro 2,21-22)
Dios quiere que todos los hombres se salven[5] (1 Timoteo 2,4), y con tal fin derrama su gracia sobre todos, para impulsarles a creer[6], y luego a obrar conforme a esa fe, pero cada uno, siendo libre, puede dejarse mover o resistirse[7], e incluso ya habiendo creído puede resistirse de manera definitiva e irrevocable.
Por tanto, la fe es el comienzo, la primera respuesta afirmativa a la llamada de la gracia, pero también se requiere que la voluntad siga cooperando de manera que esa fe se manifieste en obras. Santiago lo explicó magistralmente, quizá porque seguramente ya en aquellos tiempos había personas que llegaron a pensar que para salvarse bastaba sólo la fe aunque no estuviese acompañada de obras, y escribió:
“¿De qué sirve, hermanos míos, que alguien diga: «Tengo fe», si no tiene obras? ¿Acaso podrá salvarle la fe? Si un hermano o una hermana están desnudos y carecen del sustento diario, y alguno de vosotros les dice: «Idos en paz, calentaos y hartaos», pero no les dais lo necesario para el cuerpo, ¿de qué sirve? Así también la fe, si no tiene obras, está realmente muerta. Y al contrario, alguno podrá decir: «¿Tú tienes fe?; pues yo tengo obras. Pruébame tu fe sin obras y yo te probaré por las obras mi fe. ¿Tú crees que hay un solo Dios? Haces bien. También los demonios lo creen y tiemblan. ¿Quieres saber tú, insensato, que la fe sin obras es estéril? Abraham nuestro padre ¿no alcanzó la justificación por las obras cuando ofreció a su hijo Isaac sobre el altar? ¿Ves cómo la fe cooperaba con sus obras y, por las obras, la fe alcanzó su perfección? Y alcanzó pleno cumplimiento la Escritura que dice: Creyó Abraham en Dios y le fue reputado como justicia y fue llamado amigo de Dios.» Ya veis cómo el hombre es justificado por las obras y no por la fe solamente. Del mismo modo Rajab, la prostituta, ¿no quedó justificada por las obras dando hospedaje a los mensajeros y haciéndoles marchar por otro camino? Porque así como el cuerpo sin espíritu está muerto, así también la fe sin obras está muerta.” (Santiago 2,14-26)
El texto es bastante claro y se explica por sí solo[8], porque habla de alguien que tiene fe y esa fe no se traduce en obras, y se pregunta: “¿Acaso podrá salvarle la fe?”. Más adelante incluso dice explícitamente: “Ya veis cómo el hombre es justificado por las obras y no por la fe solamente”[9].
Visto de esta manera se puede entender perfectamente por qué todos los textos bíblicos que hablan de como seremos juzgados, dicen que será por nuestras obras (Mateo 16,27; 2 Corintios 5,10; Apocalipsis 20,12; Mateo 25,31-46). Dice San Pablo, podemos tener fe como para mover montañas, pero sin caridad somos como metal que resuena o címbalo que retiñe (1 Corintios 13,1).
A lo largo de la historia ha habido múltiples herejías, y casi todas siempre parten de una verdad, pero al verla de manera aislada al resto de la Revelación, terminan por deformarla y convertirla en una aberración. Lo mismo nos sucederá en este tema, si nos quedamos solamente con los textos que nos hablan acerca de que por la fe somos salvos[10], o que enfatizan el papel de la libertad humana y olvidamos el resto[11].
Notas
- Dios no solamente nos pide cumplir los mandamientos, sino que nos da la gracia para lograrlo: “Porque estos mandamientos que yo te prescribo hoy no son superiores a tus fuerzas, ni están fuera de tu alcance. No están en el cielo, para que hayas de decir: «¿Quién subirá por nosotros al cielo a buscarlos para que los oigamos y los pongamos en práctica?» Ni están al otro lado del mar, para que hayas de decir: «¿Quién irá por nosotros al otro lado del mar a buscarlos para que los oigamos y los pongamos en práctica?» Sino que la palabra está bien cerca de ti, está en tu boca y en tu corazón para que la pongas en práctica.” (Deuteronomio 30,11-14). El Concilio de Trento en sus decretos referentes a la justificación definió: “Si alguno dijere, que es imposible al hombre aun justificado y constituido en gracia, observar los mandamientos de Dios; sea anatema” (Can. 18) ↩
- Para entender la parábola, hay que conocer el contexto de las celebraciones judías. Si esa persona no tenía traje de fiesta era porque no había querido ponérselo, ya que este era obsequiado por el celebrante (Génesis 45,22; 2 Reyes 5,22). ↩
- Otro texto que subraya la importancia del cumplimiento de los mandamientos es este: “Por tanto, el que traspase uno de estos mandamientos más pequeños y así lo enseñe a los hombres, será el más pequeño en el Reino de los Cielos; en cambio, el que los observe y los enseñe, ése será grande en el Reino de los Cielos.” (Mateo 5,19) ↩
- Dos de los errores más difundidos en cuanto a la relación de la gracia con la libertad son el luteranismo y el pelagianismo, quienes son a su vez errores opuestos entre sí. El cardenal Charles Journet en su libro Charlas acerca de la gracia lo explica de la siguiente manera:
“Veamos primero el esquema de la buena acción. Dos posiciones contrarias chocan constantemente en el curso de la historia. Con imágenes distintas, con posiciones problemáticas diversamente matizadas, se encuentra en todas partes el mismo conflicto entre dos tesis adversas, las dos erróneas.
De una parte la posición de Pelagio, monje bretón contemporáneo de San Agustín y combatido por éste. El error pelagiano consiste en decir que la buena acción es decisivamente sólo del hombre. Sin duda Dios ha creado el universo, me ha puesto en el mundo, me ha dado mi naturaleza humana con sus facultades y me envuelve en gracias de luz, pero soy yo sólo quien digo libremente sí a Dios y es este sí el que es decisivo. Imaginemos dos hombres que están en el fondo de un pozo: Dios les tiende la mano al uno y al otro; es, pues, caritativo, pero soy yo solamente el que coge la mano de Dios; me salvo, sin duda, porque Dios me ha tendido previamente la mano, pero decisivamente porque yo, por mi libre arbitrio sólo, he cogido esa mano, en tanto que mi vecino no la ha cogido. Luego la elección es mía solamente.
De otra parte, el error exactamente opuesto, el que, por ejemplo, está representado por Lutero en el mundo occidental: la buena acción viene de Dios sólo. El hombre está completamente corrompido; la acción que le salva viene sólo de Dios. Dios sólo, justifica al hombre pecador, a la manera con que hemos visto que Lutero entiende la justificación: Dios decide «considerar a tal hombre pecador, como justo». De una parte se quiere exaltar la voluntad humana, la grandeza del hombre que es un ser libre; de otra parte se quiere exaltar la omnipotencia de Dios. Esas tesis claramente contrarias, provienen de una misma confusión inicial. Se oponen una a la otra como hermanos enemigos que son, sin embargo, de la misma sangre. ¿Cuál es el error común a ambas? Es el pensar que la acción divina y la acción humana se excluyen la una a la otra: o bien es el hombre el que hace la buena acción y no Dios; o es Dios quien la hace y no el hombre. Se os pide que elijáis y es eso precisamente lo que es falso. Porque, ¿quién hace la buena acción? Dios y el hombre. Reparad que esas dos posiciones antagónicas de Pelagio y de Lutero las tomo yo del mundo occidental; pero en el libro de La Vallée Poussin sobre el budismo, recuerdo haber encontrado ese mismo problema propuesto en la India con diferentes imágenes: la salvación, se decía, se hace a la manera del gatito o a la manera del monito. El monito si se ve amenazado por la serpiente, salta sobre su madre y la madre salta sobre los árboles: el acto decisivo es la fuerza con que el monito se agarra a su madre. Esto representa la posición pelagiana. El gatito, por el contrario, cuando se ve en peligro no tiene nada que hacer: la mamá gata va a cogerle por la piel del cuello; es ella la que lo hace todo. Es la posición luterana. Se pone también el ejemplo de dos locomotoras que se enfrentaran sobre la misma vía; cuando una avanza la otra retrocede, y viceversa. La acción divina y la acción humana son puestas en competencia.
Pero una acción humana (creada) y la acción divina (increada) no están en el mismo plano. La acción divina es envolvente con relación a la acción humana, la suscita, la da el ser y el florecer. Y según la doctrina católica hay que decir: la buena acción viene de Dios y del hombre, de la gracia y de la libertad. Si sobre Pelagio y Lutero opuestos, trazáis un círculo y ponéis en el interior Dios y el hombre, la gracia y la libertad, tendréis la doctrina católica tal como está definida, y escaparéis ya sea al error pelagiano, ya al error luterano (y también calvinista y barthiano actualmente)”. ↩ - El Calvinismo niega la voluntad salvífica universal de Dios, de manera que para ellos Dios no desea con voluntad antecedente que todos los hombres se salven, sino únicamente los predestinados. El Concilio de Trento condenó este error definiendo: “Si alguno dijere que la gracia de la justificación no se da sino en los predestinados a la vida, y todos los demás llamados, son ciertamente llamados, pero no reciben la gracia, como predestinados que están al mal por el poder divino, sea anatema” (Sesión Sexta, Canon 17, Dz 827). Jesús muestra con el ejemplo de la ciudad de Jerusalén, que Dios desea la salvación inclusive de los que le rechazaron: “«¡Jerusalén, Jerusalén, la que mata a los profetas y apedrea a los que le son enviados! ¡Cuántas veces he querido reunir a tus hijos, como una gallina reúne a sus pollos bajo las alas, y no habéis querido!” (Mateo 23,37). “No se retrasa el Señor en el cumplimiento de la promesa, como algunos lo suponen, sino que usa de paciencia con vosotros, no queriendo que algunos perezcan, sino que todos lleguen a la conversión.” (2 Pedro 3,9); “¿Acaso me complazco yo en la muerte del malvado – oráculo del Señor Yahveh – y no más bien en que se convierta de su conducta y viva?” (Ezequiel 18,23) “Yo no me complazco en la muerte de nadie, sea quien fuere, oráculo del Señor Yahveh. Convertíos y vivid.” (Ezequiel 18,32); “Diles: «Por mi vida, oráculo del Señor Yahveh, que yo no me complazco en la muerte del malvado, sino en que el malvado se convierta de su conducta y viva. Convertíos, convertíos de vuestra mala conducta. ¿Por qué habéis de morir, casa de Israel?»” (Ezequiel 33,11). ↩
- La primera iniciativa siempre es de Dios que impulsa por medio de su gracia a los hombres a creer. Los cánones del Concilio de Orange a este respecto sostienen: “Si alguno dice que la gracia de Dios puede conferirse por invocación humana, y no que la misma gracia hace que sea invocado por nosotros, contradice al profeta Isaías o al Apóstol: “he sido encontrado por los que no me buscaban. Manifiestamente aparecí a quien por mí no preguntaba” (Can. 3). “Si alguno porfía que Dios espera nuestra voluntad para limpiarnos del pecado, y no confiesa que aun el querer ser limpios se hace en nosotros por infusión y operación sobre nosotros del Espíritu Santo, resiste al mismo Espíritu Santo, que por Salomón dice: «es preparada la voluntad por el Señor», y al Apóstol que saludablemente predica: «Dios es el que obra en nosotros el querer y el obrar, según su beneplácito».” ↩
- El Calvinismo también afirma que la gracia es irresistible. El concilio de Trento declaró contra los reformadores: “Si alguno afirmare que la libre voluntad del hombre, cuando es movida y excitada por Dios, no coopera nada, mediante su consentimiento, con Dios que la excita y la mueve, contribuyendo ella a disponerse para recibir la gracia de la justificación; y si afirmare igualmente que la voluntad no fuera capaz de contradecir a la gracia, si quisiera, antes bien se comporta del todo inactivamente y con pura pasividad como algo inerte; ese tal sea anatema” (Dz 814). Inocencio X condenó como herética la siguiente proposición de Cornelio Jansenio: “En el estado de naturaleza caída, jamás se resiste a la gracia interior” (Dz 1093; cf. Dz 797, 815 s, 1094 s). ↩
- Este texto de la epístola de Santiago es tan explícito que Martín Lutero reconocía que contradecía su enseñanza al afirmar que la fe sin obras no puede salvar al hombre, y por ello intentó en vano excluirla del Nuevo Testamento juntamente con Hebreos, Judas y Apocalipsis. A este respecto escribió: “«Hay que distinguir entre libros y libros». «Los mejores son el evangelio de Juan y las epístolas de San Pablo, especialmente la de los Romanos y la primera epístola San Pedro». Esos libros «están muy por encima de los tres evangelios de Mateo, Marcos y Lucas». «En suma, el evangelio de San Juan y su primera epístola, las epístolas de San Pablo, especialmente a los Romanos, a los Gálatas, a los Efesios, y la primera epístola de San Pedro, ésos son los libros que te muestran a Cristo y te enseñan todo lo que necesitas para la salvación, aunque no conozcas ningún otro libro. Por eso, la epístola de Santiago, frente a éstos, no es más que paja, pues no presenta ningún carácter evangélico»” (Martín Lutero, Prólogo a la edición del Nuevo Testamento de 1546 (Bibel VI 10). Y en la edición de 1522: «Dise Epistel aus der Heuptschrift zu werffen» (VII 386). Tomado de Ricardo García-Villoslada, Martín Lutero, En Lucha contra Roma, Tomo II, BAC, Madrid 1976, p. 36) ↩
- El único texto donde aparece la palabra “fe” junto con la palabra “sola” es este, y explícitamente para negar que el hombre se justifica sólo por la fe. En Romanos 3,28 en cambio, se dice que “el hombre es justificado por la fe” pero no aparece la palabra “sola”. A pesar de esto, Martín Lutero en su traducción de la Biblia agregó en ese texto la palabra “sola” en Romanos 2,28 y cuando fue criticado por los católicos por esta inexactitud respondió: “Yo no tolero que los papistas sean mis jueces, porque tienen aún orejas demasiado largas para eso y su rebuzno es demasiado débil para juzgar mi manera de traducir… »Y volviendo a la cuestión: si vuestro papista quiere ponerse arrogante con el vocablo sola, decidle de una vez esto: «El Dr. Martín Lutero lo quiere así, y asegura que papista y asno son una misma cosa»”
(Sendbrief vom Dolmetschen: WA 30,2 p.632-36.
Tomado de Ricardo García-Villoslada, Martín Lutero, En Lucha contra Roma, Tomo II, BAC, Madrid 1976, p. 35) ↩ - En el apéndice hemos colocado como complemento una reflexión de San Agustín sobre el tema. ↩
- Este capítulo es solamente un resumen muy básico de la doctrina católica. Quienes deseen profundizar más en esto, les recomiendo leer el libro ya citado del Cardenal Charles Journet: Charlas acerca de la gracia. Es una joya en lo que respecta a este tema. ↩