¿Qué es la sucesión apostólica?

Para preservar la indefectibilidad de la Iglesia, Jesucristo nuestro Señor de entre sus discípulos eligió 12 de ellos y les concedió autoridad, poder, y un ministerio que cumplir: pastorear la Iglesia. Con la expresión sucesión apostólica se indica en teología que los Apóstoles, conscientes de que no vivirían para siempre, y por voluntad de Cristo, estaban destinados a tener sucesores que continuaran su ministerio, con la misma autoridad que ellos recibieron de Cristo.

La autoridad

Cuando Cristo nombró a sus Apóstoles les confirió autoridad:

“Cuando se hizo de día, llamó a sus discípulos, y eligió doce de entre ellos, a los que llamó también Apóstoles. A Simón, a quien llamó Pedro, y a su hermano Andrés; a Santiago y Juan, a Felipe y Bartolomé, a Mateo y Tomás, a Santiago de Alfeo y Simón, llamado Zelotes; a Judas de Santiago, y a Judas Iscariote, que llegó a ser un traidor.”[1]

“Convocando a los Doce, les dio autoridad y poder sobre todos los demonios, y para curar enfermedades.”[2]

Los Apóstoles siempre tuvieron claro que su autoridad provenía del mismo Cristo quien les había nombrado Apóstoles.

“Aunque pudimos imponer nuestra autoridad por ser Apóstoles de Cristo, nos mostramos amables con vosotros, como una madre cuida con cariño de sus hijos.”[3]

Ellos habían sido enviados como el Padre había enviado a Cristo (con su misma autoridad):

“Jesús les dijo otra vez: «La paz con vosotros. Como el Padre me envió, también yo os envío.» Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.»”[4]

Eran los Apóstoles quienes fundaban Iglesias y quienes establecían las ordenanzas a ser obedecidas, ordenando con toda autoridad:

“Conforme iban pasando por las ciudades, les iban entregando, para que las observasen, las decisiones tomadas por los Apóstoles y presbíteros en Jerusalén.”[5]

En las cartas paulinas se ve como algo común a San Pablo ordenando en todas las Iglesias:

“Por lo demás, que cada cual viva conforme le ha asignado el Señor, cada cual como le ha llamado Dios. Es lo que ordeno en todas las Iglesias.[6]

Si bien en la Iglesia primitiva se ven casos en donde algunas personas tratan de apropiarse de una autoridad que no les corresponde, sus actitudes son severamente condenadas. Ejemplos los vemos en las personas de Alejandro, Himeneo y Fileto, quienes por cuenta propia comenzaron a predicar doctrinas extrañas, desconocieron la autoridad del Colegio Apostólico y fueron excomulgados.

“Esta es la recomendación, hijo mío Timoteo, que yo te hago, de acuerdo con las profecías pronunciadas sobre ti anteriormente. Combate, penetrado de ellas, el buen combate, conservando la fe y la conciencia recta; algunos, por haberla rechazado, naufragaron en la fe; entre éstos están Himeneo y Alejandro, a quienes entregué a Satanás para que aprendiesen a no blasfemar.”[7]

“Evita las palabrerías profanas, pues los que a ellas se dan crecerán cada vez más en impiedad, y su palabra irá cundiendo como gangrena. Himeneo y Fileto son de éstos: se han desviado de la verdad al afirmar que la resurrección ya ha sucedido; y pervierten la fe de algunos.”[8]

La primera sucesión apostólica

La primera sucesión apostólica que vemos en el Nuevo Testamento la tenemos en el capítulo 1 de los Hechos de los Apóstoles. San Pedro como líder de Colegio Apostólico declara que ha quedado vacante el puesto (“ministerio”) de Judas Iscariote, y plantea la necesidad de que alguien le reemplace:

“Uno de aquellos días Pedro se puso en pie en medio de los hermanos – el número de los reunidos era de unos ciento veinte – y les dijo:

«Hermanos, era preciso que se cumpliera la Escritura en la que el Espíritu Santo, por boca de David, había hablado ya acerca de Judas, el que fue guía de los que prendieron a Jesús. Porque él era uno de los nuestros y obtuvo un puesto en este ministerio. Conviene, pues, que de entre los hombres que anduvieron con nosotros todo el tiempo que el Señor Jesús convivió con nosotros, a partir del bautismo de Juan hasta el día en que nos fue llevado, uno de ellos sea constituido testigo con nosotros de su resurrección.»

Presentaron a dos: a José, llamado Barsabás, por sobrenombre Justo, y a Matías. Entonces oraron así:

«Tú, Señor, que conoces los corazones de todos, muéstranos a cuál de estos dos has elegido, para ocupar en el ministerio del apostolado el puesto del que Judas desertó para irse adonde le correspondía.»

Echaron suertes y la suerte cayó sobre Matías, que fue agregado al número de los doce Apóstoles.”[9]

Evidencia bíblica de la institución de los presbíteros por medio de los Apóstoles u otros presbíteros/obispos previamente ordenados

Como hemos visto, estaba clara la conciencia que tenían los Apóstoles de que el ministerio del apostolado no queda vacante (posteriormente este ministerio será desempeñado por los obispos). Los Apóstoles también estaban conscientes de la obligación que tenían de que sus sucesores pudieran ejercer su ministerio de forma cabal, de organizar Iglesias y poner al frente hombres capaces, de manera de poder continuar la misión de llevar el Evangelio a todas las naciones. Así vemos como en el libro de los Hechos de los Apóstoles se nos narra como una de las principales actividades de los Apóstoles era fundar Iglesias y designar en ellas presbíteros:

Designaron presbíteros en cada Iglesia y después de hacer oración con ayunos, los encomendaron al Señor en quien habían creído.”[10]

Los presbíteros eran en un comienzo nombrados exclusivamente por los Apóstoles, posteriormente también por los obispos. No es posible encontrar ningún caso ni en la Biblia ni en la historia de la Iglesia primitiva, en donde se funden iglesias locales de la manera que lo hace hoy el protestantismo, en el cual, alguien con carisma decide fundar una Iglesia y toma para sí el puesto de pastor. Ejemplos claros los vemos en las cartas paulinas, donde Pablo hace mención de la ordenación de Timoteo como obispo por medio de la imposición de manos, y le exhorta a no instituir presbítero a cualquiera (queda claro que alguien no podía nombrarse a sí mismo presbítero):

“Por esto te recomiendo que reavives el carisma de Dios que está en ti por la imposición de mis manos. Porque no nos dio el Señor a nosotros un espíritu de timidez, sino de fortaleza, de caridad y de templanza. No te avergüences, pues, ni del testimonio que has de dar de nuestro Señor, ni de mí, su prisionero; sino, al contrario, soporta conmigo los sufrimientos por el Evangelio, ayudado por la fuerza de Dios, que nos ha salvado y nos ha llamado con una vocación santa, no por nuestras obras, sino por su propia determinación y por su gracia que nos dio desde toda la eternidad en Cristo Jesús.”[11]

“No descuides el carisma que hay en ti, que se te comunicó por intervención profética mediante la imposición de las manos del colegio de presbíteros.”[12]

No te precipites en imponer a nadie las manos, no te hagas partícipe de los pecados ajenos. Consérvate puro.”[13]

La mención que Pablo hace se refiere a la ordenación que Timoteo recibió por medio de la imposición de manos del colegio de presbíteros[14]. Lo cierto es que para que una ordenación fuera válida, tenía el aspirante que ser ordenado siempre en línea directa hasta llegar a los Apóstoles. A esta legítima línea de sucesión donde los obispos reciben y continúan el oficio de los Apóstoles la llamamos sucesión apostólica.

Lo mismo ocurre con Tito, quien siendo también obispo, Pablo le ordena organizar las Iglesias, e instituir presbíteros para su gobierno.

“El motivo de haberte dejado en Creta, fue para que acabaras de organizar lo que faltaba y establecieras presbíteros en cada ciudad, como yo te ordené.”[15]

La finalidad era siempre clara:

“Tú, pues, hijo mío, mantente fuerte en la gracia de Cristo Jesús; y cuanto me has oído en presencia de muchos testigos confíalo a hombres fieles, que sean capaces, a su vez, de instruir a otros.”[16]

Pablo dejó en sus cartas gran cantidad de recomendaciones referentes a los asuntos del gobierno de la Iglesia. Él tenía que asegurarse que los candidatos a estos ministerios fueran irreprochables, porque sabía que en el rebaño se infiltrarían lobos rapaces. Con estas directrices la Iglesia iba a poder identificarlos y librarse de ellos:

“Es cierta esta afirmación: Si alguno aspira al cargo de epíscopo, desea una noble función. Es, pues, necesario que el epíscopo sea irreprensible, casado una sola vez, sobrio, sensato, educado, hospitalario, apto para enseñar, ni bebedor ni violento, sino moderado, enemigo de pendencias, desprendido del dinero, gobierne bien su propia casa y mantenga sumisos a sus hijos con toda dignidad; pues si alguno no es capaz de gobernar su propia casa, ¿cómo podrá cuidar de la Iglesia de Dios? Que no sea neófito, no sea que, llevado por la soberbia, caiga en la misma condenación del Diablo. Es necesario también que tenga buena fama entre los de fuera, para que no caiga en descrédito y en las redes del Diablo. También los diáconos deben ser dignos, sin doblez, no dados a beber mucho vino ni a negocios sucios; que guarden el Misterio de la fe con una conciencia pura. Primero se les someterá a prueba y después, si fuesen irreprensibles, serán diáconos.”[17]

“Los presbíteros que ejercen bien su cargo merecen doble remuneración, principalmente los que se afanan en la predicación y en la enseñanza. La Escritura, en efecto, dice: «No pondrás bozal al buey que trilla», y también: «El obrero tiene derecho a su salario». No admitas ninguna acusación contra un presbítero si no viene con «el testimonio de dos o tres». A los culpables, repréndeles delante de todos, para que los demás cobren temor.”[18]

“Al sectario, después de una y otra amonestación, rehúyele; ya sabes que ése está pervertido y peca, condenado por su propia sentencia.”[19]

La Iglesia es Visible

Muchas de las denominaciones protestantes que rechazan la doctrina de la sucesión apostólica, suelen ver también a la Iglesia, no como un organismo visible (compuesto por todos los bautizados, y las jerarquías que instituyeron los Apóstoles: obispos, presbíteros, diáconos) sino como un organismo invisible donde cada persona se une a la agrupación cristiana de su preferencia, y en donde lo primordial es tener una relación personal con Cristo. Para ellos no es esencial a qué Iglesia asistas mientras tu relación con Dios sea verdadera. El problema de este enfoque es que pierde de vista la unidad, la cual es una de las notas establecidas y queridas por Cristo para su Iglesia (un mismo cuerpo, una misma fe y un solo bautismo). Aunque honestamente equivocados, muchos miembros de estas comunidades eclesiales con pureza de intención pueden alcanzar la salvación eterna[20], el permanecer separados de la plena unidad del cuerpo de Cristo y la ortodoxia siempre tiene sus consecuencias (las herejías hacen al creyente vulnerable al pecado) y no está de acuerdo a la voluntad de Dios. Esto sin contar que la idea de una Iglesia invisible choca de plano con lo que la Biblia enseña. No hubiese podido San Pablo imponer disciplina excomulgando a Himeneo, Alejandro y Fileto en una Iglesia invisible.

En la Escritura la Iglesia siempre es descrita no como un ente invisible, sino como el cuerpo de Cristo, donde los miembros están claramente identificados y ocupan una función.

“Ahora bien, vosotros sois el cuerpo de Cristo, y sus miembros cada uno por su parte. Y así los puso Dios en la Iglesia, primeramente como Apóstoles; en segundo lugar como Profetas; en tercer lugar como maestros; luego, los milagros; luego, el don de las curaciones, de asistencia, de gobierno, diversidad de lenguas. ¿Acaso todos son Apóstoles? O ¿todos Profetas? ¿Todos maestros? ¿Todos con poder de milagros? ¿Todos con carisma de curaciones? ¿Hablan todos lenguas? ¿Interpretan todos?”[21]

Una metáfora que se utiliza frecuentemente en la Biblia para describir la Iglesia es la de un edificio espiritual, donde algunos son representados como cimientos o columnas (Apóstoles), siendo la Piedra angular Cristo.

“Así pues, ya no sois extraños ni forasteros, sino conciudadanos de los santos y familiares de Dios, edificados sobre el cimiento de los Apóstoles y Profetas, siendo la piedra angular Cristo mismo, en quien toda edificación bien trabada se eleva hasta formar un templo santo en el Señor, en quien también vosotros estáis siendo juntamente edificados, hasta ser morada de Dios en el Espíritu.”[22]

Resulta claro que la visión de una Iglesia como un ente invisible, donde el conjunto de creyentes está dispersos, no es lo que tenía en mente Cristo cuando decía que habría un solo rebaño y un solo pastor.

Es comprensible pero no justificable que el protestantismo en su mayoría haya adoptado esta perspectiva de entender la Iglesia, pues es una de las formas que han encontrado para justificar su división. En este tergiversado modelo de Iglesia no es realmente relevante que esté dividida en distintos grupos inclusive con serias diferencias doctrinales. En la Escritura no sólo no se encuentra nada que justifique esta ideología, sino que condena severamente las divisiones, al punto de llamar anticristos a los cismáticos y nos manda a apartarnos de quienes crean divisiones.

“Os ruego, hermanos, que os guardéis de los que suscitan divisiones y escándalos contra la doctrina que habéis aprendido; apartaos de ellos.[23]

“Hijos míos, es la última hora. Habéis oído que iba a venir un Anticristo; pues bien, muchos anticristos han aparecido, por lo cual nos damos cuenta que es ya la última hora. Salieron de entre nosotros; pero no eran de los nuestros. Si hubiesen sido de los nuestros, habrían permanecido con nosotros. Pero sucedió así para poner de manifiesto que no todos son de los nuestros.” [24]

“En cambio vosotros, queridos, acordaos de las predicciones de los Apóstoles de nuestro Señor Jesucristo. Ellos os decían: «Al fin de los tiempos aparecerán hombres sarcásticos que vivirán según sus propias pasiones impías.» Estos son los que crean divisiones, viven una vida sólo natural sin tener el espíritu.” [25]

“Os conjuro, hermanos, por el nombre de nuestro Señor Jesucristo, a que tengáis todos un mismo hablar, y no haya entre vosotros divisiones; antes bien, estéis unidos en una misma mentalidad y un mismo juicio.”[26]

No todo el protestantismo sin embargo, rechaza la doctrina de la sucesión apostólica. Algunas iglesias anglicanas y luteranas la aceptan, pero en la práctica para la mayoría esta doctrina no es importante o incluso la niegan; saben que en caso de reconocerla, y sin tener una legítima sucesión apostólica, la existencia de su Iglesia no estaría justificada y tendrían que reconocer como inválida la autoridad de sus pastores. En cambio la gran mayoría de iglesias cismáticas que se separaron de la Iglesia Católica antes de la Reforma sí la reconocen, entre ellos, las iglesias ortodoxas, nestorianas, etc.

Notas

  1. Lucas 6,13-16
  2. Lucas 9,1
  3. 1 Tesalonicenses 2,7
  4. Juan 20,21-23
  5. Hechos 16,4
  6. 1 Corintios 7,17
  7. 1 Timoteo 1,18-20
  8. 2 Timoteo 2,16-18
  9. Hechos 1,15-17.21-26
  10. Hechos 14,23
  11. 2 Timoteo 1,6-9
  12. 1 Timoteo 4,14
  13. 1 Timoteo 5,22
  14. Por el temprano testimonio de Ignacio de Antioquía se sabe que los colegios de presbíteros eran encabezados por un obispo (episcopado monárquico)
  15. Tito 1,5
  16. 2 Timoteo 2,1-2
  17. 1 Timoteo 3,1-10
  18. 1 Timoteo 5,17-20
  19. Tito 3,10-11
  20. Ver Catecismo de la Iglesia Católica 818, 819, 847
  21. 1 Corintios 12,27-30
  22. Efesios 2,19-22
  23. Romanos 16,17
  24. 1 Juan 2,18-19
  25. Judas 1,17-19
  26. 1 Corintios 1,10