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Dios y el mal, un comentario

Soledad - Desierto

Más sobre Dios y el mal.

Querido Juan Carlos:

Estuve visitando tu página que siempre encuentro valiosa y estimulante. En mis paseos por allí me encontré con este artículo (La experiencia del mal y la idea de Dios. Reflexiones sobre un gran misterio de Fernando Renau) que me pareció muy bueno. Quisiera agregar algunos argumentos que, personalmente encuentro muy fuertes en este asunto de la existencia del mal y del dolor en la creación de Dios que es perfectamente justo y bueno.

El autor hace bien en separar el mal circunstancial y el mal moral. En mi opinión el mal moral es anterior al mal material. Según sabemos, hubo uno que pecó en el principio y en su soberbia quiso ser como Dios mismo y arrastró con su pecado a muchos de sus hermanos angélicos y con Adán, a toda la humanidad. En el caso de Adán y Eva pareciera que algo en la mismísima matriz de la creación se rompió cuando el pecado original humano fue cometido. Los hijos nacerían con dolor, la tierra llegó a estar maldita y condenada a producir cardos y espinas. Y no sólo eso sino que ahora sabemos que para rescatar a la humanidad de tan mal paso, el propio Hijo de Dios tuvo que encarnarse y morir una muerte horrenda e inmerecida en la Cruz.

El mal moral entonces, existe. ¿Pero has notado que si uno se observa con cuidado al hacerse estas preguntas que el autor del artículo plantea… pareciera haber una contradicción? Ten paciencia conmigo un minuto y trataré de explicarte lo que tengo en mente.

Cuando digo que el mal existe (moral o material) estoy haciendo una comparación sin darme cuenta ya que el mal de por sí no es sino una alteración dolorosa o nociva del bien.

Nada es en sí mismo malo hasta que se realiza una injuria a la virtud o a la dignidad de alguien, más frecuentemente a ambas. Y si cuando digo «el mal moral existe» tengo que reconocer la petición inicial de que, este mal, está modificando un bien mayor y anterior.

Si decimos como algunos (así llamados filósofos) «Dios ha fallado y el mal está en él tanto como el bien» estamos invocando una moral, una regla de juicio superior a la de ese ‘Dios’ del que estamos hablando.

Y ¿De dónde viene esa regla de juicio? ¿Quién sino alguien o algo, superior al mismo Dios que creemos estar juzgando puede haberla creado? Y ahí volvemos a fojas cero, hemos descubierto sin querer a un Dios superior moralmente al que creíamos juzgar y debemos empezar nuestro juicio otra vez.

De ahí que la condenación de Dios por el hombre no es posible pues «sus cualidades invisibles [las de Dios] lo hacen manifiesto desde la creación en adelante» y no hay como negar su absoluta bondad.

Un poeta que admiro dice en uno de sus versos «Soy un hombre común, engañado entre el dolor y el placer» y qué justa es esa observación, pues teniendo en cuenta lo que concluía antes; el dolor, el mal, moral o material no es sino la consecuencia misteriosa del pecado. Y ¿Qué es el pecado sino el tratar de vivir, actuar, pensar alejado de Dios y de los evidentes buenos y beneficiosos principios que nos da El con nuestra conciencia?

De ahí que esta misteriosa paradoja de un Dios ,que es perfecto, pero debe dejar que el mal exista como prueba suficiente de que la rebelión contra su justa voluntad es una locura que solo acarrea el dolor y la muerte en cada caso sin excepción.

De ahí el ataque de la «cultura de la muerte» a la virtud y a la dignidad humana. La corte del dios de este mundo, su reino entero, no es más que una miserable caravana de cadáveres tristes. A pesar de su mal interpretada libertad los cortesanos del Diablo son todos esclavos. Pero, qué distinto el caso de nuestro glorioso Rey, ¿verdad? Aquel que se humilló hasta la muerte en la Cruz tiene una corte maravillosa de Santos, Profetas y Ángeles tan numerosa como llena de gloria y de vida sempiterna y pureza. Para que se cumpla lo que Nuestra Señora exclamó en la Anunciación indicando que la misericordia divina llena de bien las manos de los humildes pero envía sin nada a los altivos.

Sin saberlo, los «filósofos» que se sientan a juzgar a Dios condenan al dios de este mundo, el Diablo, el eterno rebelde que introdujo en el universo la maldad desafiante. Y así, sin quererlo, dan gloria al Dios de los cielos que existe para siempre jamás y con quien «no hay la variación del giro de la sombra» porque es Santo y perfecto en todas sus obras aunque deba tolerar el mal para justificar nuestra libertad de adorarlo y reconocerlo como Padre.

Te envío un gran abrazo

Carlos

Boston, 13 de Marzo 2001.

 

Autor: Fernando Renau.

Colaborador: Carlos Caso-Rosendi, USA

Fuente: Apologetica.org

 

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