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Qué es el Nuevo Nacimiento. La comprensión católica versus la comprensión protestante

Jesús y Nicodemo

El capítulo tres del evangelio de Juan narra la conversación entre Jesús y un fariseo de nombre Nicodemo. En ella, Jesús llama su atención con una sentencia memorable:

“En verdad, en verdad te digo, que quien no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios o tener parte en él” (Juan 3,2)

Nicodemo en ese momento no entendió qué quiso decir Jesús, ya que intentó entender sus palabras literalmente. ¿Cómo puede nacer un hombre, siendo viejo?, preguntó, a lo que Jesús respondió:

“En verdad, en verdad te digo: quien no renaciere por el bautismo del agua, y la gracia del Espíritu Santo, no puede entrar en el reino de Dios”

Aquellos que creemos que Jesús es verdaderamente el Mesías, el hijo de Dios, sabemos que sus palabras a Nicodemo no eran de poca importancia, pues estaba estableciendo un requisito para salvarse, pues como Él mismo ha dicho, quien no naciere de nuevo no podrá tener parte en el Reino de Dios.

Pero aquí surgen varias preguntas:

  • ¿Qué significa nacer de nuevo?
  • ¿Cuándo nacemos de nuevo?
  • ¿Dónde nacemos de nuevo?
  • ¿Cómo nacemos de nuevo?

Si hacemos esta pregunta a algún cristiano, la respuesta puede variar notablemente dependiendo de a qué denominación pertenezca. No la responderá igualmente un católico que un calvinista, ni un calvinista de la misma forma que un luterano o un bautista.

En este artículo, que es un extracto de mi libro «El Nuevo Nacimiento en la Biblia y la Iglesia Primitiva« pretendo mencionar cuáles son las diferentes comprensiones de este episodio, tanto en el catolicismo como en el protestantismo, y en un artículo separado siguiente también extraído del mismo libro, estudiar cómo lo han entendido a lo largo de la historia los cristianos, empezando por la Iglesia primitiva y recorriendo los primeros cuatro siglos cristianos.

Entiendo que aunque para muchos protestantes los escritos de los primeros cristianos y padres de la Iglesia pueden ser solo «palabras de hombres», no dejan de tener interés porque reflejan la comprensión de aquellos que recibieron el evangelio directamente de Cristo, de sus apóstoles o sus sucesores más próximos.

Finalizaré también con un análisis del por qué considero que la respuesta a esta pregunta ha ido variando a raíz de la Reforma Protestante, luego de que durante más de 1500 años la entera cristiandad la respondiera de una sola forma.

El “nuevo nacimiento” desde las distintas perspectivas protestantes

Analizar de manera exhaustiva la comprensión protestante del “nuevo nacimiento” es bastante complejo. Ante todo, porque la continua división que ha sufrido el protestantismo a raíz de su libre interpretación de las Escrituras es enorme y de carácter exponencial, de allí que lo que para unos protestantes es considerado doctrina pura y verdadera, para otros es herejía.

Aun así tomando el riesgo de abordar el tema de manera simplista, me atreveré a tratar de sintetizar su comprensión del nuevo nacimiento en sus líneas de pensamiento principales:

Luteranismo: El nuevo nacimiento se produce en el bautismo

La doctrina protestante inicial, a la que se opondría luego el protestantismo de tendencia calvinista y más radicalmente el de tendencia anabaptista, enseña que el nuevo nacimiento ocurre en el bautismo. Admitido como un sacramento en donde el agua es el elemento material unido a la Palabra divina, el bautismo es reconocido como una obra de Dios que produce una verdadera regeneración en el creyente, borrando sus pecados y haciéndolo participar de la adopción como hijo de Dios por la fe.

Desde esta perspectiva el bautismo es necesario para la salvación y suele enfatizarse la necesidad de bautizar también niños para hacerlos partícipes del pacto de gracia.

Ya en tiempos de la Reforma protestante su más importante figura, Martín Lutero, se opondría frontalmente a toda comprensión distinta del sacramento[1]. En su Catecismo Mayor identifica como “sectas” a aquellos que afirmaban que el bautismo era solo un símbolo del nuevo nacimiento:

“Es, pues de suma importancia que se considere el bautismo como una cosa excelente, gloriosa e ilustre, ya que por esto combatimos y luchamos lo más, ya que el mundo está lleno de sectas que claman que el bautismo es una cosa externa y que, por lo tanto, no es de ninguna utilidad….

Puedo proclamar con seguridad que el bautismo no es cosa humana, sino que ha sido instituido por Dios mismo que, además ha ordenado seria y severamente que nos debemos bautizar; de lo contrario no seremos salvos…Esto no se puede captar mejor que en las palabras de Cristo citadas antes: «El que creyere y fuere bautizado será salvo». De aquí debes comprender de la manera más sencilla, que la fuerza, obra, beneficio, fruto y fin del bautismo consisten en hacernos salvos.

En cuanto a quienes creen saber todo mejor que nadie, los nuevos espíritus, objetan que solo la fe salva, mientras que las obras y todo elemento externo nada aportan a ello, responderemos que ciertamente es la fe la que en nosotros obra la salvación, como todavía lo escucharemos a continuación.

Sin embargo, esos guías ciegos no quieren ver que la fe necesita tener algo que pueda creer, esto es, algo a qué atenerse y sobre lo cual fundarse y basarse. Así, pues, la fe está religada y cree que ella es el bautismo que encierra en sí pura salvación y vida; pero, como antes se dijo suficientemente, no por el agua como tal, sino por el hecho de ir unida a la palabra y al mandato divino y porque su nombre está adherido a ella. Y cuando creo en esto, ¿no creo yo, acaso, sino en Dios como aquel que ha dado e implantado su palabra en el bautismo y que nos propone esta cosa externa para que podamos captar ahí tal tesoro?

Ahora bien, son tan insensatos que separan una cosa de la otra, la fe y el objeto al cual está adherida y relacionada la fe, aunque sea algo externo. Debe y tiene necesariamente que ser externo, a fin de que se pueda captar y comprender con los sentidos y mediante ello entre en el corazón, así como también el evangelio entero es una predicación exterior y oral. En resumen, lo que Dios hace y obra en nosotros quiere hacerlo valiéndose de tales medios externos por Él instituidos.[2]

Entre algunas importantes confesiones de fe protestante que se mantuvieron en esta línea se pueden mencionar:

Confesión de Augsburgo (año 1530)

La Confesión de Augsburgo es una confesión de fe que constituye la primera exposición oficial de los principios del luteranismo redactados en 1530 por Philip Melanchthon, estrecho colaborador de Martín Lutero, para ser presentada en la Dieta de Augsburgo (ciudad del Sacro Imperio Romano Germánico) ante la presencia de Carlos V. Todavía hoy en día es considerado uno de los textos básicos de las iglesias protestantes de todo el mundo y a él se adhieren muchas iglesias luteranas. Forma parte del Libro de la Concordia luterano.

En su tercer capítulo enseña que debido al pecado original el ser humano no puede salvarse si no nace de nuevo a través del bautismo:

“Además, se enseña entre nosotros que desde la caída de Adán todos los hombres que nacen según la naturaleza se conciben y nacen en pecado. Esto es, todos desde el seno de la madre están llenos de malos deseos e inclinaciones y por naturaleza no pueden tener verdadero temor de Dios ni verdadera fe en él. Además, esta enfermedad innata y pecado hereditario es verdaderamente pecado y condena bajo la ira eterna de Dios a todos aquellos que no nacen de nuevo por el bautismo y el Espíritu Santo.”[3]

En el noveno capítulo reitera la necesidad del bautismo para la salvación y condena el rechazo de los anabaptistas por el bautismo de niños:

“Respecto al bautismo se enseña que es necesario, que por medio de él se ofrece la gracia, y que deben bautizarse también los niños, los cuales mediante tal bautismo son encomendados a Dios y llegan a serle aceptados. Por este motivo se rechaza a los anabaptistas, que enseñan que el bautismo de párvulos es ilícito.”[4]

La Confesión Escocesa (año 1560)

La Confesión Escocesa es una confesión de fe escrita en 1560 por seis promotores de la Reforma Protestante en Escocia llegando a ser la primera norma de la iglesia protestante en ese país. Se origina cuando en agosto de 1560 el parlamento escocés acordó reformar la religión del país. Para permitirles decidir cómo debía ser la Fe Reformada, el Parlamento encargó a John Knox y a otras cinco personas: John Winram, John Spottiswoode, John Willock, John Douglas y John Row, preparar una Confesión de fe. Se convirtió en ley en 1567 y se mantuvo como la Confesión de la Iglesia de Escocia hasta que se reemplazó por la Confesión de Fe de Westminster en 1648.

En lo referente al bautismo, esta confesión de fe también condena a aquellos que no admiten que verdaderamente produce una regeneración del creyente y reducen a los sacramentos a un carácter solo simbólico:

“Nosotros reconocemos y confesamos que ahora, en el tiempo del evangelio, tenemos dos sacramentos principales, los únicos instituidos por el Señor Jesús, y ordenados para ser practicados por todos aquellos que serán contados como miembros de su cuerpo, esto es, el Bautismo y la Cena o la Mesa del Señor Jesús, también llamada la Comunión de su Cuerpo y de su Sangre. Estos Sacramentos, ambos del Antiguo y del Nuevo Testamento, fueron instituidos por Dios, no solo para hacer una distinción visible entre su pueblo y aquellos que estaban fuera del Pacto, sino para fortalecer la fe de sus hijos y, por la participación de estos en los sacramentos, sellar en sus corazones la seguridad de su promesa, y esa más que bendita conjunción, unión y asociación que los elegidos tienen con su Cabeza, Cristo Jesús. Y así, condenamos absolutamente la vanidad de aquellos que afirman que los Sacramentos no son más que meros símbolos desnudos y vacíos. No, nosotros creemos firmemente que por el Bautismo somos injertados en Cristo Jesús, participamos de su justicia, por la cual nuestros pecados son cubiertos y perdonados.”[5]

Calvinismo y Anabaptismo: El nuevo nacimiento no se produce en el bautismo.

Expuestos a la libre interpretación de la Biblia la doctrina protestante no evolucionó de igual manera ni siquiera entre los propios reformadores, cosa que afectó también su comprensión de los sacramentos.

A diferencia de Martín Lutero, Ulrico Zwinglio degrada los sacramentos a pactos entre los creyentes. Juan Calvino da la antigua definición escolástica y está de acuerdo con Lutero en recomendar su uso, pero separa los elementos visibles de todos ellos de la gracia que nadie salvo los elegidos puede disfrutar. Desde su punto de vista el bautismo no confiere gracias espirituales, sino que es un símbolo no eficaz respecto a su significado.

Es en este contexto donde surgen otras confesiones de fe protestantes. Menciono a continuación algunas de las más importantes:

Confesión de Westminster (año 1646)

La Confesión de Fe de Westminster es un resumen teológico y doctrinal del credo cristiano protestante calvinista promulgado en 1646. Recoge la doctrina de las iglesias protestantes reformadas nacidas del movimiento calvinista en Gran Bretaña, cuyas raíces históricas están en la doctrina expuesta por el reformador protestante Juan Calvino durante el siglo XVI en Ginebra, Suiza. Se hizo primeramente para la Iglesia de Inglaterra, pero también permanece como un estándar subordinado de doctrina para la Iglesia de Escocia, y ha influido sobre las iglesias presbiterianas de todo el mundo. La Confesión de Westminster sigue siendo hasta hoy la declaración de fe autoritativa de la mayoría de las iglesias presbiterianas.

Aunque identifica al bautismo como sacramento, lo comprende solo como un símbolo o señal del nuevo nacimiento:

El Bautismo es un sacramento del Nuevo Testamento, instituido por Jesucristo, no para admitir solemnemente en la iglesia visible a la persona bautizada, sino también para que sea para ella una señal y un sello del pacto de gracia, de su injerto en Cristo, de su regeneración, de la remisión de sus pecados, y de su rendición a Dios por Jesucristo, para andar en novedad de vida. Este sacramento, por institución propia de Cristo debe continuarse en su Iglesia hasta el fin del mundo.”[6]

Acepta como válidos el bautismo por inmersión, efusión o aspersión mientras se haga en nombre de la Santísima Trinidad y se utilice el agua como elemento material:

“El elemento externo que ha de usarse en este sacramento es agua, con la cual ha de ser bautizada la persona en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, por un ministro del Evangelio legalmente llamado para ello.

No es necesaria la inmersión de la persona en el agua; sin embargo se administra correctamente el bautismo por la aspersión o efusión del agua sobre la persona.”

Acepta también el bautismo de niños y rechaza rebautizar más de una vez a una persona, costumbre practicada por los anabaptistas:

“No solo han de ser bautizados los que de hecho profesan fe en Cristo y obediencia a ÉL, sino también los niños hijos de uno o de ambos padres creyentes.”

“Aun cuando el menosprecio o descuido de este sacramento sea un pecado grave, sin embargo, la gracia y la salvación no están tan inseparablemente unidas a ella, de manera que no pueda alguna persona ser regenerada o salvada sin el bautismo, o que todos los que son bautizados sean indudablemente regenerados.

… El sacramento del bautismo ha de administrarse una sola vez a cada persona.” [7]

En la misma línea de la confesión de Westminster otras confesiones de fe protestantes derivadas se mantuvieron en la misma línea, como por ejemplo, la Declaración de Savoya de 1658.

Confesión de fe bautista de Londres (año 1689)

Pero muchos protestantes, incluyendo los bautistas que no se sentían conformes con la Confesión de Westminster y la Declaración de Savoya, redactaron su propia confesión de fe en 1677, y posteriormente la modificaron para producir la de 1689, la cual es utilizada en la actualidad por una gran cantidad de congregaciones alrededor del mundo.

En esta confesión de fe se observa más claramente una evolución transformista de la comprensión protestante del bautismo. Ya ni siquiera se reconoce al bautismo como un sacramento, sino que se le reduce a la categoría de ordenanza.

Desde esta perspectiva, el creyente no es regenerado (nacido de nuevo) en el bautismo, ni confiere la remisión de los pecados, sino que es solo una señal del nuevo nacimiento. Adopta el rechazo anabaptista por el bautismo de niños y a las formas de bautismo por infusión y aspersión, reconociendo como válido solo el bautismo por inmersión:

El bautismo es una ordenanza del Nuevo Testamento instituida por Jesucristo, con el fin de ser para la persona bautizada una señal de su comunión con Él en su muerte y resurrección, de estar injertado en Él, de la remisión de pecados y de su entrega a Dios por medio de Jesucristo para vivir y andar en novedad de vida.

Los que realmente profesan arrepentimiento para con Dios y fe en Nuestro Señor Jesucristo y obediencia a Él son los únicos adecuados para recibir esta ordenanza.

El elemento exterior que debe usarse en esta ordenanza es el agua, en la cual ha de ser bautizada la persona en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

La inmersión de la persona en el agua es necesaria para la correcta administración de esta ordenanza.”[8]

Camino al Calvinismo extremo

De esta manera la doctrina protestante sobre los sacramentos y el bautismo fue cambiando hasta mantener en algunos casos posiciones irreconciliables. El primer elemento para comprender esta evolución, es quizá, la doctrina del reformador Martín Lutero sobre la salvación por la fe sola, que internalizada hasta sus últimas consecuencias les ha llevado a conclusiones contradictorias.

Y es que, si como pensaba Lutero, solo la fe fiducial[9] es necesaria para salvarse, con razón concluyeron otros protestantes que los sacramentos no eran realmente necesarios y debían quedar reducidos al nivel de símbolos pedagógicos.

Por esta razón suponen que cuando Jesús dijo a Nicodemo que para ver el Reino de los Cielos hay que nacer de nuevo, no podía estarse refiriendo al bautismo, sino que estaba hablando solamente de creer en Él. De allí que para responder la pregunta, en vez de buscar la respuesta en el contexto, la buscaran en otros textos bíblicos como este: “Porque, si confiesas con tu boca que Jesús es Señor y crees en tu corazón que Dios le resucitó de entre los muertos, serás salvo.” (Romanos 10,9), o “El que cree en el Hijo tiene vida eterna.” (Juan 3,36; 6,47), textos que no hablan de nacer de nuevo, sino de la fe como necesaria para la salvación.

El silogismo se conduce de esta manera: si nacer de nuevo es necesario para salvarse, y Jesús habla de que para salvarse hay que creer en él, entonces es al momento de tener fe que nacemos de nuevo. Desde esta perspectiva el nuevo nacimiento y la fe suceden al mismo tiempo. En el momento en que una persona cree en el Señor Jesucristo es regenerado (nacido de nuevo). En el momento en que recibe a Cristo por fe, también recibe el don de Dios de la vida eterna.

Pero había otro elemento fundamental de la doctrina luterana y calvinista que haría que otros protestantes rechacen incluso esta postura, y es lo que denominan la depravación total. Esta doctrina enseña que a raíz del pecado original, el libre albedrío del hombre ha quedado totalmente destruido, dejándolo muerto espiritualmente, y por lo tanto incapaz de creer en Cristo. Entonces Dios, en un acto soberano, obra en el muerto la vida espiritual, que es lo que identifican como nuevo nacimiento. En este acto el pecador es totalmente pasivo, Dios obra de manera activa en su corazón, cambiando su naturaleza y haciéndole capaz de percibir las cosas del Espíritu. El nuevo nacimiento produce la fe, no al revés.

Es así donde el calvinismo llega a uno de sus puntos más controvertidos: la doble predestinación, en la cual, es Dios quien por un decreto antecedente y absoluto ha destinado a unos a salvarse, y a ellos los regenera concediéndoles el nuevo nacimiento, mientras que al resto los predestina a la condenación eterna.

Desde este punto de vista, Jesucristo murió solo por los elegidos, y quiere que solo ellos se salven, mientras que los demás, por más que busquen a Dios y vivan religiosamente, nunca podrán nacer de nuevo, ni habrá nada que puedan llegar a hacer para conseguirlo. Si alguien tiene fe es porque ha sido regenerado gratuitamente por Dios. Si no la tiene, no puede hacer más que esperar que Dios lo regenere si está entre los predestinados, y solo a partir de ese momento tendrá fe.

El “nuevo nacimiento”
desde la perspectiva católica

Volvamos ahora a la conversación de Jesús y Nicodemo quitándonos antes los lentes del protestantismo.

En la introducción de esta obra se mencionó como hecho llamativo que Jesús, al igual que en otras ocasiones, comienza utilizando una figura literaria que es imposible interpretar literalmente, y de esta manera despierta el interés de Nicodemo:

“en verdad te digo, que quien no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios.” (Juan 3,3)

Pero “¿Cómo puede uno nacer siendo ya viejo?, ¿Puede acaso entrar otra vez en el seno de su madre y nacer?”, es la respuesta natural que esperaba Jesús de Nicodemo, quien no hace sino pedirle que le explique lo que quiso decir. A esto Jesús responde nuevamente:

“En verdad, en verdad te digo: el que no nazca del agua y del Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios.” (Juan 3,5)

Todo parece señalar que sea lo que sea que quiso decir Jesús con “nacer de nuevo”, tiene que estar comprendido en lo que significa “nacer del agua y del Espíritu”. No hubiese sido lógico clarificar a un enigma con otro enigma, ni despejar el significado de una figura simbólica con otra igualmente simbólica.

Es común, a lo largo del Evangelio, encontrar a Jesús utilizando el mismo método pedagógico para explicar el significado oculto de una enseñanza, que aclaraba posteriormente a sus discípulos en el caso de que no le entendiesen[10] . No debió por lo tanto ser difícil, por lo menos para sus discípulos, comprender luego de su explicación que quiso decir con “nacer del agua y del Espíritu”.

Otro elemento presente en el contexto de dicho discurso y que arroja mucha luz sobre el mismo, es el orden que registró el evangelista sobre cómo sucedieron los acontecimientos. Por un lado comienza el discurso de Jesús hablando de la necesidad de “nacer del agua y del Espíritu” e inmediatamente después presenta a Jesús y a sus discípulos bautizando:

“Cuando Jesús se enteró de que había llegado a oídos de los fariseos que él hacía más discípulos y bautizaba más que Juan, aunque no era Jesús mismo el que bautizaba, sino sus discípulos.” (Juan 4,1-2)

Lo que tendría mucho sentido si la mención a la necesidad de nacer del agua y el Espíritu fuese una referencia al bautismo cristiano, cuya agua es el elemento material, y la regeneración y recepción del Espíritu Santo el elemento espiritual. Después de todo, si para entrar al Reino de los cielos era necesario bautizarse, eso sería lo primero que Jesús coherentemente haría y mandaría hacer a sus discípulos respecto a los nuevos creyentes.

Y es esta precisamente la compresión católica de este discurso a lo largo de los siglos, que está confirmada en otros pasajes de la misma Sagrada Escritura donde se observa que los propios apóstoles interpretaron en este sentido las palabras de Jesús.

Un ejemplo lo tenemos en la primera gran predicación apostólica, en la que se convirtieron más de 3.000 personas. Cuando los nuevos conversos preguntan qué deben hacer para salvarse, el apóstol Pedro responde:

“Pedro les contestó: «Convertíos y que cada uno de vosotros se haga bautizar en el nombre de Jesucristo, para remisión de vuestros pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo; pues la Promesa es para vosotros y para vuestros hijos, y para todos los que están lejos, para cuantos llame el Señor Dios nuestro.” (Hechos 2,38-39)

Algo similar ocurrió con el apóstol Pablo, quien al momento de convertirse es exhortado por Ananías a que lave sus pecados por medio del bautismo:

“Y ahora, ¿qué esperas? Levántate, recibe el bautismo y lava tus pecados invocando su nombre.” (Hechos 22,16)

Y en lo futuro será el mismo apóstol quien explicará explícitamente que es por medio del bautismo que el cristiano nace a una nueva vida:

“¿O es que ignoráis que cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús, fuimos bautizados en su muerte? Fuimos, pues, con él sepultados por el bautismo en la muerte, a fin de que, al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos por medio de la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva.” (Romanos 6,3-4)

“En efecto, todos los bautizados en Cristo os habéis revestido de Cristo (Gálatas 3,27)

“Porque en un solo Espíritu hemos sido todos bautizados, para no formar más que un cuerpo, judíos y griegos, esclavos y libres. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu.” (1 Corintios 12,13)

Sepultados con él en el bautismo, con él también habéis resucitado por la fe en la acción de Dios, que resucitó de entre los muertos.” (Colosenses 2,12)

“Él nos salvó, no por obras de justicia que hubiésemos hecho nosotros, sino según su misericordia, por medio del baño de regeneración y de renovación del Espíritu Santo.” (Tito 3,5)

Las últimas instrucciones solemnes de Jesucristo a sus apóstoles antes de subir al cielo comprenden el mandato de bautizar a los creyentes:

“Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.” (Mateo 28,19)

El que crea y sea bautizado, se salvará; el que no crea, se condenará.” (Marcos 16,16)

Si Jesús se refería al bautismo como requisito para nacer “del agua y del Espíritu”, se comprende por qué en cada conversión que registra la Biblia lo primero que hacían los conversos era pedir el bautismo. Entre algunos ejemplos que recoge el Nuevo Testamento se puede mencionar el de el carcelero de Filipos, el de Crispo el jefe de la sinagoga, y Lidia una comerciante de púrpura, y el del etíope:

“Le respondieron: «Ten fe en el Señor Jesús y te salvarás tú y tu casa.» Y le anunciaron la Palabra del Señor a él y a todos los de su casa. En aquella misma hora de la noche el carcelero los tomó consigo y les lavó las heridas; inmediatamente recibió el bautismo él y todos los suyos.” (Hechos 16,31-33)

“Crispo, el jefe de la sinagoga, creyó en el Señor con toda su casa; y otros muchos corintios al oír a Pablo creyeron y recibieron el bautismo.” (Hechos 18,8)

“Una de ellas, llamada Lidia, vendedora de púrpura, natural de la ciudad de Tiatira, y que adoraba a Dios, nos escuchaba. El Señor le abrió el corazón para que se adhiriese a las palabras de Pablo. Cuando ella y los de su casa recibieron el bautismo, suplicó: «Si juzgáis que soy fiel al Señor, venid y quedaos en mi casa.» Y nos obligó a ir.” (Hechos 16,14-15)

“Entonces Felipe tomando la palabra, y comenzando por este texto de la Escritura, le evangelizó a Jesús. Siguiendo su camino, llegaron a un paraje en que había agua; y dijo el eunuco: Aquí hay agua: ¿Qué impedimento hay para que yo sea bautizado? Ninguno, respondió Felipe, si crees de todo corazón. A lo que dijo el eunuco: Yo creo que Jesucristo es el Hijo de Dios. Y mandando parar el carruaje, bajaron ambos, Felipe y el eunuco, al agua, y Felipe le bautizó.” (Hechos 8,25-38)

En la conversación de Jesús con Nicodemo lo que se encuentra es una preparación previa para la comprensión del sacramento, como signo visible instituido por Él para recibir su gracia[11]. No es el bautismo un rito mágico que por meramente sumergir a alguien en el agua produce el nuevo nacimiento, pues en todos estos casos, el bautismo está siempre ligado a la fe y la Palabra de Dios, tanto en el caso del adulto converso, como de los niños que llegan a ser bautizados en virtud de la fe de sus padres[12]. Sin embargo, desde la perspectiva católica, cuando numerosos textos bíblicos hacen referencia a que es necesaria la fe para salvarse, más que enseñar que la fe es lo único necesario, o que es al momento de creer que ocurre el nuevo nacimiento, lo que dan a entender es que la fe, como don gratuito de Dios, es el primer acto saludable[13] del hombre necesario para su salvación.

A este respecto enseña el Catecismo:

La fe es un don de Dios, una virtud sobrenatural infundida por él, «Para dar esta respuesta de la fe es necesaria la gracia de Dios, que se adelanta y nos ayuda, junto con el auxilio interior del Espíritu Santo, que mueve el corazón, lo dirige a Dios, abre los ojos del espíritu y concede a todos gusto en aceptar y creer la verdad'» (DV 5). ”[14]

Explica también:

“»Nadie puede decir: «¡Jesús es Señor!» sino por influjo del Espíritu Santo» (1 Co 12, 3). «Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama ¡Abbá, Padre!» (Ga 4, 6). Este conocimiento de fe no es posible sino en el Espíritu Santo. Para entrar en contacto con Cristo, es necesario primeramente haber sido atraído por el Espíritu Santo. Él es quien nos precede y despierta en nosotros la fe..”

En la fe, la inteligencia y la voluntad humanas cooperan con la gracia divina: «Creer es un acto del entendimiento que asiente a la verdad divina por imperio de la voluntad movida por Dios mediante la gracia» (S. Tomás de A., s.th. 2-2, 2,9; cf. Cc. Vaticano I: DS 3010).”

Pero hay que añadir que la fe no excluye sino que supone hacer uso de los medios que Dios mismo ha instituido para nuestra salvación (sacramentos), el primero de ellos, el bautismo, puerta de la vida espiritual.

El Bautismo nos da la gracia del nuevo nacimiento en Dios Padre por medio de su Hijo en el Espíritu Santo. Porque los que son portadores del Espíritu de Dios son conducidos al Verbo, es decir al Hijo; pero el Hijo los presenta al Padre, y el Padre les concede la incorruptibilidad. Por tanto, sin el Espíritu no es posible ver al Hijo de Dios, y, sin el Hijo, nadie puede acercarse al Padre, porque el conocimiento del Padre es el Hijo, y el conocimiento del Hijo de Dios se logra por el Espíritu Santo.”[15]

“El santo Bautismo es el fundamento de toda la vida cristiana, el pórtico de la vida en el espíritu («vitae spiritualis ianua») y la puerta que abre el acceso a los otros sacramentos. Por el Bautismo somos liberados del pecado y regenerados como hijos de Dios, llegamos a ser miembros de Cristo y somos incorporados a la Iglesia y hechos partícipes de su misión (cf Cc. de Florencia: DS 1314; CIC, can 204,1; 849; CCEO 675,1): «Baptismus est sacramentum regenerationis per aquam in verbo» («El bautismo es el sacramento del nuevo nacimiento por el agua y la palabra», Cath. R. 2,2,5).”[16]

La doctrina católica también enseña que el bautismo es necesario para la salvación en aquellos a los que el Evangelio ha sido anunciado y han tenido la posibilidad de pedir este sacramento. También reconoce la existencia del bautismo de sangre y de deseo:

“El Señor mismo afirma que el Bautismo es necesario para la salvación (cf Jn 3,5). Por ello mandó a sus discípulos a anunciar el Evangelio y bautizar a todas las naciones (cf Mt 28, 19-20; cf DS 1618; LG 14; AG 5). El Bautismo es necesario para la salvación en aquellos a los que el Evangelio ha sido anunciado y han tenido la posibilidad de pedir este sacramento (cf Mc 16,16). La Iglesia no conoce otro medio que el Bautismo para asegurar la entrada en la bienaventuranza eterna; por eso está obligada a no descuidar la misión que ha recibido del Señor de hacer «renacer del agua y del espíritu» a todos los que pueden ser bautizados. Dios ha vinculado la salvación al sacramento del Bautismo, pero su intervención salvífica no queda reducida a los sacramentos.

Desde siempre, la Iglesia posee la firme convicción de que quienes padecen la muerte por razón de la fe, sin haber recibido el Bautismo, son bautizados por su muerte con Cristo y por Cristo. Este Bautismo de sangre como el deseo del Bautismo, produce los frutos del Bautismo sin ser sacramento.

A los catecúmenos que mueren antes de su Bautismo, el deseo explícito de recibir el bautismo unido al arrepentimiento de sus pecados y a la caridad, les asegura la salvación que no han podido recibir por el sacramento.

«Cristo murió por todos y la vocación última del hombre es realmente una sola, es decir, la vocación divina. En consecuencia, debemos mantener que el Espíritu Santo ofrece a todos la posibilidad de que, de un modo conocido solo por Dios, se asocien a este misterio pascual» (GS 22; cf LG 16; AG 7). Todo hombre que, ignorando el evangelio de Cristo y su Iglesia, busca la verdad y hace la voluntad de Dios según él la conoce, puede ser salvado. Se puede suponer que semejantes personas habrían deseado explícitamente el Bautismo si hubiesen conocido su necesidad.

En cuanto a los niños muertos sin Bautismo, la Iglesia solo puede confiarlos a la misericordia divina, como hace en el rito de las exequias por ellos. En efecto, la gran misericordia de Dios, que quiere que todos los hombres se salven (cf 1 Tm 2,4) y la ternura de Jesús con los niños, que le hizo decir: «Dejad que los niños se acerquen a mí, no se lo impidáis» (Mc 10,14), nos permiten confiar en que haya un camino de salvación para los niños que mueren sin Bautismo. Por esto es más apremiante aún la llamada de la Iglesia a no impedir que los niños pequeños vengan a Cristo por el don del santo bautismo.”[17]

Autor: José Miguel Arráiz

Continua en: Cómo entendía la Iglesia primitiva el nuevo nacimiento

NOTAS

[1] En su catecismo Mayor Lutero escribe: “El bautismo no es obra nuestra, sino de Dios…Las obras de Dios son saludables y necesarias para la salvación y no excluyen, antes al contrario, exigen la fe, ya que sin la fe no sería posible captarlas.”

[2] Martín Lutero, Catecismo Mayor, Cuarta Parte: El Bautismo

[3] Confesión de Augsburgo, 3

[4] Ibíd.

[5] Confesión Escocesa de 1560, 21

[6] Confesión de Westminster, 28

[7] Ibíd.

[8] Confesión de fe bautista de Londres de 1689, 29

[9] Para Lutero, el hombre es justificado por la fe fiducial, la cual es la sola confianza en que la divina misericordia remitirá los pecados por los méritos de Jesucristo. Hoy muchos cristianos evangélicos sin saberlo no comparten las tesis de Lutero, y cuando sostienen que el hombre es justificado por la fe, entienden que se trata de la fe que obra por la caridad.

[10] Véase por ejemplo Juan 4,32-34 o Mateo 16,6-12

[11] Un recurso pedagógico similar utiliza Jesucristo a través del discurso del pan de vida (Juan 6) para ayudar a comprender el significado del sacramento de la Eucaristía.

[12] El tema del bautismo de niños y un análisis completo de las objeciones anabaptistas queda fuera del alcance de esta obra. Puede consultar mis libros Compendio de Apologética Católica, y Conversaciones con mis amigos evangélicos, en los cuales dedico, en cada uno, un capítulo a este tema.

[13] Se entiende por «acto saludable» todo acto que conduce directamente a la salvación de la persona. Es doctrina católica que para cada acto saludable es absolutamente necesaria la gracia interna y sobrenatural de Dios.

[14] Catecismo de la Iglesia Católica, 153

[15] San Ireneo de Lyon, Demostratio 7
Catecismo de la Iglesia Católica, 683

[16] Catecismo de la Iglesia Católica, 1213

[17] Catecismo de la Iglesia Católica, 1257-1261

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Cómo entendía la Iglesia primitiva el nuevo nacimiento

Cómo entendía la Iglesia primitiva el nuevo nacimiento

Luego de haber estudiado la comprensión del nuevo nacimiento desde la perspectiva católica y la protestante, toca abordar ahora cómo entendían los primeros cristianos y la Iglesia primitiva el nuevo nacimiento. A continuación presento una recopilación de algunos...