El Concilio Vaticano II en su decreto Unitatis Redintegratio[1] define al ecumenismo como el movimiento impulsado por el Espíritu Santo para restaurar la unidad de los cristianos. Exhorta también a todos los fieles católicos a que “reconociendo los signos de los tiempos, cooperen diligentemente en la empresa ecuménica”.

Define pautas muy claras para el movimiento ecuménico, las cuales por desconocimiento de muchos católicos, son ignoradas logrando efectos adversos y perjudiciales, al punto que muchos fieles terminan practicando una especie de pancristianismo sincrético contrario no solamente al espíritu sino a la letra misma del Concilio.

Lo que no es ecumenismo

A continuación coloco algunos ejemplos de lo que algunos católicos poco formados confunden con ecumenismo pero no lo es:

Caso número 1: Hace unos años una vecina tenía un círculo de oración en su casa. Al querer participar del movimiento ecuménico invitó a un grupo de evangélicos. Se cuenta que las oraciones –a las que llegaba a participar ocasionalmente algún sacerdote católico- eran “hermosas”. Posteriormente el ambiente terminó enrarecido debido a las enseñanzas que se estaban predicando, por lo que algunos católicos dejaron de asistir, otros sin embargo siguieron asistiendo. Hoy algunos de esos católicos son protestantes, la vecina se hizo pastora y luego de acondicionar el garaje de su casa lo llamó “Iglesia evangélica El amor de Dios”.

Caso número 2: Scott Hahn (ex pastor presbiteriano) narra en su libro Roma Dulce Hogar su camino de conversión a la Iglesia Católica:

“Fue duro, porque ella [aquí se refiere a su esposa] no quería saber nada de la Iglesia Católica, y resultó más duro aún porque varios sacerdotes a los que visité tampoco querían hablar sobre su Iglesia. Cada dos por tres yo me escapaba en busca de un sacerdote que pudiera contestar a algunas de las dudas que aún me quedaban; pero uno tras otro me desilusionaban. A uno de ellos le pregunté:

-Padre Jim, ¿qué debo hacer, convertirme al catolicismo? -Antes que nada -me dijo-, no me llame «padre», por favor. En segundo lugar, creo que en realidad usted no necesita convertirse. Después del Vaticano II eso no es muy ecuménico. Lo mejor que puede hacer es, simplemente, ser mejor como presbiteriano. Le hará más bien a la Iglesia católica si usted se mantiene en lo que es.

Asombrado, le contesté:

-Mire, padre, yo no le estoy pidiendo que me tome del brazo y me haga católico a la fuerza. Creo que Dios puede estar llamándome a la Iglesia católica, donde he encontrado mi hogar, mi familia de alianza.

Él contestó fríamente:

-Bueno, si lo que quiere es alguien que le ayude en su conversión, yo no soy la persona adecuada.

-Me quedé helado.”[2]

Caso número 3: Hace unos meses, mi amigo Salvador Melara (ex pastor evangélico) fue invitado a un congreso católico de evangelización para compartir su testimonio de conversión a la Fe Católica. Invitaron también a un predicador internacional bastante conocido. Luego de que Salvador habló de las dificultades y renuncias que tuvo que hacer para regresar a la Iglesia Católica, escuchó pasmado como en la siguiente conferencia el otro predicador invitado decía que “ya los católicos no debemos creer que pertenecemos a la única Iglesia que Cristo fundó” y que “todas las Iglesias son iguales porque siguen al mismo Cristo”.

He aquí tres ejemplos reales de lo desastroso que puede ocasionar una mala comprensión del ecumenismo.

Finalidad del verdadero ecumenismo

El decreto Unitatis Redintegratio establece:

“Solamente por medio de la Iglesia católica de Cristo, que es auxilio general de la salvación, puede conseguirse la plenitud total de los medios salvíficos. Creemos que el Señor entregó todos los bienes de la Nueva Alianza a un solo Colegio Apostólico, a saber, el que preside Pedro, para constituir un solo Cuerpo de Cristo en la tierra, al que tienen que incorporarse totalmente todos los que de alguna manera pertenecen ya al Pueblo de Dios.”[3]

El verdadero ecumenismo busca por medio del diálogo, aumentar el entendimiento entre las distintas confesiones cristianas, buscando la unidad con todos aquellos que se encuentran alejados de la Iglesia Católica, para atraerlos a la plenitud de la fe que solamente se puede encontrar en ella.

El Papa Juan Pablo II respecto al tipo de unidad que busca el ecumenismo explica:

“Jesús mismo antes de su Pasión rogó para « que todos sean uno » (Jn 17, 21). Esta unidad, que el Señor dio a su Iglesia y en la cual quiere abrazar a todos, no es accesoria, sino que está en el centro mismo de su obra. No equivale a un atributo secundario de la comunidad de sus discípulos. Pertenece en cambio al ser mismo de la comunidad. Dios quiere la Iglesia, porque quiere la unidad y en la unidad se expresa toda la profundidad de su ágape.

En efecto, la unidad dada por el Espíritu Santo no consiste simplemente en el encontrarse juntas unas personas que se suman unas a otras. Es una unidad constituida por los vínculos de la profesión de la fe, de los sacramentos y de la comunión jerárquica. Los fieles son uno porque, en el Espíritu, están en la comunión del Hijo y, en Él, en su comunión con el Padre: « Y nosotros estamos en comunión con el Padre y con su Hijo, Jesucristo » (1 Jn 1, 3). Así pues, para la Iglesia Católica, la comunión de los cristianos no es más que la manifestación en ellos de la gracia por medio de la cual Dios los hace partícipes de su propia comunión, que es su vida eterna. Las palabras de Cristo « que todos sean uno » son pues la oración dirigida al Padre para que su designio se cumpla plenamente, de modo que brille a los ojos de todos « cómo se ha dispensado el Misterio escondido desde siglos en Dios, Creador de todas las cosas » (Ef 3, 9). Creer en Cristo significa querer la unidad; querer la unidad significa querer la Iglesia; querer la Iglesia significa querer la comunión de gracia que corresponde al designio del Padre desde toda la eternidad. Este es el significado de la oración de Cristo: « Ut unum sint ».”[4]

En Reconciliatio et Paenitentia[5] el Papa sostenía:

“Hay que reafirmar que, por parte de la Iglesia y sus miembros, el diálogo, de cualquier forma se desarrolle —y son y pueden ser muy diversas, dado que el mismo concepto de diálogo tiene un valor analógico— , no podrá jamás partir de una actitud de indiferencia hacia la verdad, sino que debe ser más bien una presentación de la misma realizada de modo sereno y respetando la inteligencia y conciencia ajena. El diálogo de la reconciliación jamás podrá sustituir o atenuar el anuncio de la verdad evangélica, que tiene como finalidad concreta la conversión ante el pecado y la comunión con Cristo y la Iglesia, sino que deberá servir para su transmisión y puesta en práctica a través de los medios dejados por Cristo a la Iglesia para la pastoral de la reconciliación: la catequesis y la penitencia.”

De allí la importancia de evitar el relativismo y la atenuación del anuncio de la verdad en el diálogo ecuménico, un error muy frecuente entre católicos que temen caer en “proselitismo”, término que se entiende actualmente sólo en un sentido negativo (como el uso de métodos deshonestos para captar seguidores, entre los que se puede incluir la violencia física, moral, el engaño, etc.). Una importante aclaración a este respecto la hace el padre Fernando Ocáriz:

“En algunos documentos eclesiásticos posteriores al Concilio Vaticano II, cuando se emplea la palabra “proselitismo” en sentido negativo, se aclara ese sentido, que el término no lo contiene en sí mismo. Por ejemplo, en el “Directorio ecuménico” de 1967, se exhorta a los obispos a hacer frente al peligro de proselitismo en relación a la actividad de las sectas, pero se aclara inmediatamente que «por la voz “proselitismo”, se entiende aquí un modo de obrar no conforme con el espíritu evangélico, en cuanto utiliza argumentos deshonestos para atraer los hombres a su Comunidad, abusando, por ejemplo, de su ignorancia o pobreza, etc. (cfr. Decl. “Dignitatis humanae”, 4)».

(…) En otros documentos eclesiásticos, se fue introduciendo el uso del término “proselitismo” en sentido negativo, especialmente en referencia al “proselitismo de las sectas”. En ocasiones, también se ha usado el término para indicar, sin matiz alguno, una actividad injusta. Así, por ejemplo, en un documento de la Comisión Pontificia “pro Russia”, de 1992, se dice:

«Lo que se llama proselitismo es decir cualquier presión sobre la conciencia, de quienquiera que sea practicado o bajo cualquier forma, es completamente diverso del apostolado y no es en absoluto el método en que se inspiran los pastores de la Iglesia». En el nuevo Directorio Ecuménico de 1993, desapareció el matiz presente en el anterior Directorio, con el que se precisaba el sentido en que se hablaba de proselitismo. A partir de entonces, ha sido frecuente que con esta palabra se designen “tout court” comportamientos dirigidos a forzar, presionar o, en general, tratar en forma abusiva la conciencia de las personas.

Sin embargo, en el ámbito ecuménico no se llegó a prescindir siempre de la distinción entre un proselitismo bueno y uno malo. Por ejemplo, en un documento de 1995 del Grupo mixto Iglesia Católica-Consejo Ecuménico de las Iglesias, se aclara que, aunque el término proselitismo «ha adquirido recientemente una connotación negativa cuando se ha aplicado a la actividad de algunos cristianos dirigida a hacer seguidores entre los miembros de otras comunidades cristianas», históricamente este término «ha sido empleado en sentido positivo, como concepto equivalente al de actividad misionera», y se explica que «en la Biblia este término no tiene connotación negativa alguna. Un “prosélito” era quien creía en el Señor y aceptaba su ley, y de este modo se convertía en miembro de la comunidad judía. La cristiandad tomó este significado para describir a quien se convertía del paganismo. Hasta época reciente, la actividad misionera y el proselitismo se consideraban conceptos equivalentes».”

En este sentido el católico que participa en el diálogo ecuménico debe ser “proselitista” (en el buen sentido) pero no meramente buscando un ecumenismo “de regreso”, pues no se pide a los demás que renieguen de su propia historia de fe, tampoco implica uniformidad en todas las expresiones de la teología de la espiritualidad, en las formas litúrgicas y en la disciplina[6]. Se trata de exponer la verdad con caridad, respeto pero a la vez sin atenuaciones en busca de la unidad en la diversidad: unidad en lo fundamental (una misma fe) pero con diversidad en las expresiones de la misma.

Un ejemplo de esto lo encontramos en la masiva conversión de anglicanos que han optado por regresar a la comunión plena de la Iglesia Católica, aceptando formalmente la Constitución Apostólica Anglicanorum coetibus[7]. Por medio de la institución de ordinariatos personales conservan elementos cruciales de espiritualidad, liturgia, teología y disciplina que forman parte del patrimonio anglicano, pero a su vez aceptarán la fe católica en su integridad, y reconociendo la primacía jurisdiccional del Papa estarán sujetos a la Congregación para la doctrina de la fe y a los demás dicasterios de la Curia romana según sus competencias.

El ecumenismo no aplica a las sectas

Otro error común difundido entre muchos católicos es el de creer que el ecumenismo aplica a las sectas. Frecuentemente encuentro a hermanos bien intencionados (pero no bien preparados) tratando de dialogar con testigos de Jehová, adventistas, mormones y otros grupos proselitistas de corte sectario, muchos de los cuales aprovechan esta disposición al diálogo para minar su fe (muchos de estos grupos ni siquiera son cristianos porque no profesan una fe trinitaria).

Es un hecho que estos grupos tienen una doctrina especialmente orientada a atacar puntos clave de la fe católica. En algunos casos pueden conocer escasos cinco o seis versículos bíblicos, pero especialmente seleccionados para confundir al católico de a pie (no es desacertado aunque pueda sonar despectivo la frase “católico ignorante, seguro protestante”).

Importante también es obtener una sólida formación apologética, elemento indispensable en la formación de aquellos que quieren participar en el diálogo ecuménico e interreligioso. A este respecto comentaba el Papa Juan Pablo II:

“Es esencial desarrollar en vuestras Iglesias particulares una nueva apologética para vuestro pueblo, a fin de que comprenda lo que enseña la Iglesia y así pueda dar razón de su esperanza.”

La necesidad de esta nueva apologética la explica enseguida:

“En un mundo donde las personas están sometidas a la continua presión cultural e ideológica de los medios de comunicación social y a la actitud agresivamente anticatólica de muchas sectas, es esencial que los católicos conozcan lo que enseña la Iglesia, comprendan esa enseñanza y experimenten su fuerza liberadora. Sin esa comprensión faltará la energía espiritual necesaria para la vida cristiana y para la obra de evangelización.”[8]

Notas

  1. Puede ser leída en la página oficial del Vaticano en http://www.vatican.va/archive/hist_councils/ii_vatican_council/documents/vat-ii_decree_19641121_unitatis-redintegratio_sp.html
  2. Scott y Kimberly Hahn, Roma Dulce Hogar, Nuestro camino al catolicismo, pág. 82
  3. Unitatis Redintegratio 3
  4. Juan Pablo II, Ut unum sint 9
  5. Puede ser leída en la página oficial del Vaticano en http://www.vatican.va/holy_father/john_paul_ii/apost_exhortations/documents/hf_jp-ii_exh_02121984_reconciliatio-et-paenitentia_sp.html
  6. Benedicto XVI, La revolución de Dios, pág. 23
  7. Puede ser leída en la página oficial del Vaticano en http://www.vatican.va/holy_father/benedict_xvi/apost_constitutions/documents/hf_ben-xvi_apc_20091104_anglicanorum-coetibus_sp.html
  8. Juan Pablo II en su discurso a la Conferencia Episcopal de las Antillas en visita “Ad Limina” el 7 de Mayo del 2002