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La Cátedra de San Pedro y la Fraternidad de San Pío X

la Fraternidad de San Pío X

Terminadas las conversaciones entre la Santa Sede y la Fraternidad Sacerdotal San Pío X (X-2009/IV-2011), la Congregaciónde la fe ofreció un Preámbulo doctrinal (14-IX-2011), no publicado, a la Fraternidad. Si ésta lo aceptara, haría posible de alguna manera su reintegración en la Iglesia. A mediados de diciembre la Fraternidad dio su «respuesta» al Sr. Prefecto de la Congregación de la fe, aunque no se conoce su contenido. Sin embargo, en los últimos meses se han publicado sobre tan importante asunto varios textos muy significativos.

–(29-IX-2011). El P. Niklaus Pflugerprimer Asistente general de la Fraternidad de San Pío X, en el portal DICI, medio de información documental de la FSSPX, concede una entrevista en la que se pronuncia en relación a la oferta del Preámbulo a los pocos días de haberlo recibido.

-Entrevistador: «Algunas críticas dicen que con este preámbulo Roma querría tender una trampa a la Fraternidad. Una Fraternidad jurídicamente integrada podría, ciertamente, aportar a la Iglesia moderna el “carisma de la Tradición”, pero debería aceptar también los otros caminos y el pensamiento conciliar en el sentido de un pluralismo.

-P. Pfluger: «Esta crítica es totalmente justificada y hay que tomarla en serio. Pues ¿cómo podríamos eliminar la impresión de que se estaría estableciendo un silencio en cierta medida cómplice, conduciendo, de hecho, a esta multiplicidad paralela que relativiza la verdad, cuando esa es justamente la base del modernismo?

«Asís III y más aún esta desafortunada beatificación de Juan Pablo II, y muchos otros ejemplos, muestran claramente que la autoridad de la Iglesia no está todavía dispuesta a abandonar los falsos principios de Vaticano II y sus consecuencias. De modo que cualquier propuesta que se haga a la Tradición debe garantizarnos, al mismo tiempo, la libertad de continuar nuestra obra y nuestra crítica a la “Roma modernista”. Para ser honesto, esto parece muy muy difícil. Una vez más, cualquier compromiso falso o peligroso debe ser descartado.

«No tiene sentido comparar la situación actual con la de las conversaciones de 1988. En esa época, Roma quería impedir una autonomía de la Fraternidad San Pío X; el obispo que, quien sabe si sí o si no se nos quería acordar, debía, en todo caso, depender de Roma. Eso pareció a Mons. Lefebvre simplemente demasiado peligroso. Si Mons. Lefebvre hubiera cedido, Roma habría, en efecto, podido esperar que una Fraternidad sin obispos “propios” se alinease con el Concilio. Hoy la situación es muy distinta: cuatro obispos y 550 sacerdotes en el mundo entero. Y las estructuras de la Iglesia oficial se resquebrajan cada día más, y más rápido. Roma ya no está posicionada ante la Fraternidad como hace 20 años».

(2-XII-2011). Mons. Fernando Ocáriz publica en «L’Osservatore Romano» un artículo, La adhesión al concilio Vaticano II, indicando a un tiempo la necesidad de esa adhesión y sus modos y grados.

(XII-2011). El P. Jean-Michel Gleize, profesor de eclesiología en el Seminario de Ecône, escribe en diciembre un texto bastante largo en respuesta a Mons. Ocáriz: Una cuestión crucial: el valor magisterial del Concilio Vaticano II, publicado en su texto íntegro por la FSSPX de Italia. Yo lo comenté en el artículo La respuesta del P. Gleize (FSSPX) a Mons. Ocáriz (28-XII-2011). Ambos autores participaron en las conversaciones antes aludidas. Y por parte de la Fraternidad ha habido otras manifestaciones escritas importantes, sobre todo las dos que transcribo ahora, que merece la pena conocer.

–(21-XII-2011). Mons. Fellay, Superior General de la FSSPX, escribe la Carta [nº 79] a los Amigos y Benefactores de la FSSPX, publicada por la Fraternidad en DICI. Reproduzco entera la versión española que el mismo medio ofrece, y añado a las pequeñas cruces con las que el Autor divide el texto unos subtítulos en negrita.

«Queridos Amigos y benefactores,

En algunos días celebraremos el dichoso advenimiento de la Natividad de Nuestro Señor Jesucristo. La santa Liturgia del Adviento y del tiempo de Navidad está llena de la fe en la divinidad de Nuestro Señor. Empleando sobre todo el Antiguo Testamento, allí donde se profetiza su venida, ella impregna nuestra inteligencia y nuestro corazón con la grandeza infinita de las prerrogativas y de los derechos del Niño recién nacido.

«¡Aquél que desde toda eternidad nació de un Padre sin madre, nace en el tiempo de una Madre sin padre!» (Profesión de fe del 11° Concilio de Toledo).

Recibiendo su naturaleza humana de la Santísima Virgen María, su Madre, cuya Virginidad Él preservó, demuestra por ese mismo hecho que no perdió nada de su Divinidad. «En la zarza ardiente que veía Moisés y que no se consumía, nosotros reconocemos vuestra laudable e intacta Virginidad.» (antífona de Laudes, 1° de enero). Verdadero Dios, verdadero hombre, la Iglesia se complace de recibir a Jesús Nuestro Salvador honrándolo con el título de Rey.

El Rey de la Paz, Rex Pacificus. Aquí, desearíamos desarrollar un poco esta verdad, que está como en el centro de la crisis que sacude a la Iglesia y que condiciona las relaciones de la fraternidad San Pío X conla Santa Sede».

Jesucristo, Dios y Rey, y la libertad religiosa

«En efecto, nos parece que se puede resumir el fondo del problema actual en una pérdida de la fe en la divinidad de Nuestro Señor Jesucristo. ¡Oh! Ciertamente muchos proclaman que creen que Jesús es Dios, pero muy pocos están dispuestos a sacar las consecuencias concretas de esta verdad fundamental que brillará ante los ojos del mundo entero en el fin de los tiempos. En ese momento, Él dejará, finalmente, resplandecer su gloria en toda su perfección. La extensión de sus poderes sobre toda creatura será tal que todos los hombres – paganos, cristianos, ateos, descreídos, bandidos y fieles –, todos serán prosternados ante Él, pues a su Nombre toda rodilla se doblará sobre la tierra como en el cielo. (Cf. Filip. 2,20)

Durante el corto momento de su vida terrestre en la que Él se complació en estar entre nosotros, Él ocultó en parte su soberanía. Pero eso sólo fue durante el tiempo de la prueba, el tiempo de cumplir su misión redentora: «Él ha muerto por nuestros pecados» (1 Cor. 15,3).

Pero durante ese tiempo en que ocultó a nuestros ojos todo su poder, Él no perdió nada del mismo.«Todo poder me ha sido dado en el cielo y en la tierra» (Mt. 28,18) es una afirmación que debe tomarse literalmente, Él que crea todas las cosas, por quien todo ha sido creado, sin el cual nada de lo que ha sido hecho ha sido creado. (Cf. Jn 1,3).

El rechazo práctico de la divinidad de Nuestro Señor Jesucristo se manifiesta a menudo en la historia de los hombres por el rechazo de su Realeza, que ya fue el título y la razón de su condenación:«Jesus Nazarenus, Rex Judaeorum» (Jn 19,19).

Y muy a menudo en la historia, el rechazo de Dios se manifiesta por el rechazo de la sumisión a Nuestro Señor Jesucristo.

Hay que llegar a mitad del siglo XX para asistir a este increíble acontecimiento que permitió ver un concilio que, pretendidamente en nombre de la adaptación a la situación concreta de la sociedad humana en plena decadencia, modificó la proclamación de todas las épocas: «Es necesario que Él reine» (1 Cor 15,25). Se pretende que esta manera de obrar estaría en armonía con los Evangelios, cuando es todo lo contrario.

Los sofistas del liberalismo hicieron decir que el Estado, la sociedad humana –la cual también es una creatura de Dios– debía tratar con igualdad la única verdadera religión y todas las falsas, otorgando de igual modo a cada una el derecho de existir, de desarrollarse sin trabas y de ejercer su culto.

Se pretendió por este medio oponerse a los abusos del Estado totalitario que aplasta injustamente los seres humanos y oprime la conciencia de cada uno. Los mismos francmasones expresaron su alegría por escuchar resonar bajo la cúpula de San Pedro estas tesis que les pertenecen. (Cf. Yves Marsaudon, El ecumenismo visto por un francmasón de Tradición, 1964).

Ciertamente hay algo de verdad en el mal denunciado. Pero el remedio es el que la Iglesia siempre indicó: la tolerancia. El derecho a la libertad religiosa, tal cual fue proclamado en el Concilio Vaticano II, es algo muy distinto. Este es uno de los puntos en los cuales chocamos con la Santa Sede.

Esta libertad religiosa, que pone en pie de igualdad lo verdadero y lo falso, dispensa deliberadamente al Estado y a la sociedad humana de sus deberes de honrar y servir a Dios, su Creador. Abre el camino a todas las licencias en materia religiosa. Es como si, en la Iglesia, se hubiera renunciado a la prerrogativa de ser el único camino de salvación para los hombres. Los que todavía creen en ello ya no lo dicen. Incluso muchos hacen pensar lo contrario. Esta concesión al mundo de hoy se hace a costa de la Realeza de Nuestro Señor Jesucristo».

Ecumenismo

«Otra consecuencia, en la misma línea de lo que se acaba de decir, se ve en la práctica del ecumenismo. Bajo pretexto de poder estar más cerca de nuestros «hermanos separados», no se proclaman más estas verdades, aunque sean salvíficas, porque son difíciles de entender. Incluso de manera deliberada ya no se busca convertirlos. El ecumenismo YA NO QUIERE CONVERTIR MÁS. Se ha desterrado este término, se lo tolera todavía, ¡pero en nombre de la libertad religiosa! ¿Dónde está, pues,la Iglesia de Nuestro Señor Jesucristo? ¿Dónde quedó la dignidad de los católicos? ¡Y son sus jefes los que los convierten en pusilánimes! Como se pudo constatar recientemente en Francia, cuando era necesario censurar obras de teatro blasfemas. Si semejantes ofensa hubieran sido hechas contra los musulmanes, ¡el país habría sido devorado por las llamas! ¡Hoy los cristianos se han vuelto tan flojos que dejan hacer cualquier cosa! ¡Se atenta contra el honor no de un rey de este mundo, sino del Rey de Reyes, del Señor de señores, Nuestro Salvador, de quien hemos recibido todo!

¡Evidentemente deseamos fervientemente la salvación y el retorno al redil de todas estas almas tan caras al Corazón de Nuestro Señor puesto que las rescató al precio de su vida! Pero la manera actual de obrar no tiene nada en común con la preocupación de la unidad de la Iglesia de los siglos pasados. Se pretende que todo el mundo es bueno y, por consiguiente, la perspectiva de que algunos podrían condenarse eternamente causa escándalo. Se predica que el infierno está vacío o casi. Pero la enseñanza de la Iglesia es muy diferente…»

La autoridad apostólica

«Un tercer punto de enfrentamiento está también ligado al menoscabo de la autoridad.

Nuestro Señor es la cabeza de la Iglesia. Pero porque quiso que su Iglesia fuera visible, habiendo subido a los cielos, Él dio a su Iglesia una cabeza visible que es su Vicario sobre la tierra, Pedro y sus sucesores… A él solo Nuestro Señor dio el poder de apacentar los corderos y las ovejas, sólo él tiene un poder pleno, soberano, inmediato sobre todos y cada uno de los miembros de la Iglesia. Por eso la Iglesia siempre se proclamó una monarquía, gobernada por uno solo. Ciertamente el carácter humano del gobierno hace comprensible la búsqueda de los consejos y de las opiniones de personas sabias, pero una forma de democracia, introducida en la Iglesia por la colegialidad y por la parodia parlamentaria de las conferencias episcopales, permite toda clase de abusos y entrega a la presión de grupos las disposiciones de derecho divino que determinan que cada diócesis sólo tiene una cabeza, el obispo del lugar.

Hoy la autoridad está seriamente sacudida, no sólo desde fuera, por la contestación de los responsables laicos que reclaman participar en el gobierno, sino también en el interior de la Iglesia, por la introducción de una cantidad de consejos y comisiones que, en la atmósfera de hoy, impiden el ejercicio equitativo de la autoridad delegada por Nuestro Señor Jesucristo.»

Conclusión

«¿No es sobrecogedor constatar cómo, en cada uno de estos escollos, encontramos en definitiva el mismo problema? Para agradar al mundo, o al menos para adaptarse a él, se ha sacrificado de una o de otra manera la autoridad de Nuestro Señor Jesucristo sobre los fieles cristianos, sobre todos los hombres por los que Él ha derramado su Sangre, sobre todas las naciones cuyos miembros son.

He aquí lo que desgarra la Iglesia. Para salir de esta crisis es necesario «restaurar todas las cosas en Cristo» (Efes. 1,10). En todas partes y en todo darle el primer lugar, a Él que quiere ser todo en todos. Mientras no se quiera abandonar este aire liberal que apesta la Iglesia, ésta seguirá deteriorándose.

A causa de esta dolorosa realidad nuestras relaciones con Roma son difíciles.

Por eso en la Fraternidad hablamos tan a menudo de la Realeza de Nuestro Señor Jesucristo, pues ella es el resumen en la vida práctica del reconocimiento de su Divinidad. Él tiene un derecho absoluto sobre nosotros.

A Él todos los hombres, paganos o católicos, jóvenes o viejos, ricos o pobres, poderosos o débiles, todos, absolutamente todos rendirán cuenta de su vida aquí abajo, a Él, su soberano Juez y su Dios, del cual han recibido todo. Esperemos que estas líneas muestren cuán actual es la doctrina de la Realeza de Nuestro Señor Jesucristo, cómo el combate por esta Realeza de Nuestro Señor Jesucristo no es anticuado, sino todo lo contrario, muy necesario. Hoy es algo imperioso para sobrevivir.

Que Nuestra Señora, Madre de Jesús, Madre de Dios, escuche nuestras oraciones para la gloria de su Hijo. Que ella nos proteja, que cuide nuestra pequeña Fraternidad en medio de tantos peligros, y que ella sea nuestra guía, nuestra abogada, nuestra victoria contra nosotros mismos y nuestra pusilanimidad. Que ella sea nuestra esperanza, mientras esperamos su triunfo por el que rogamos asiduamente, que ella sea nuestra alegría ya aquí abajo y por toda la eternidad.

Nos cum prole pia, benedicat Virgo Maria.

+ Bernard Fellay

En la fiesta de Santo Tomás Apóstol, 21 de diciembre de 2011».

–(28-XII-2011). El P. Régis de Cacquerey, Superior del Distrito de Francia, que es con gran diferencia el más numeroso de la Fraternidad de San Pío X, pocos días después, publica una carta, Buenos deseos (les voeux) 2012 para los Amigos y Bienhechores. El texto original se halla en La Porte Latine, sitio oficial de la Fraternidad en Francia. La carta, un poco más larga que la de Mons. Fellay, expone con gran fuerza y claridad el creciente dominio del diablo sobre la sociedad, refiriéndose especialmente a Francia. Y está dividida en varios subtítulos: –La existencia de Satán. –El Diablo a cara descubierta. –Lo que es verdaderamente «la libertad de expresión». –Los hombres de Iglesia y el mismo papa se han extraviado. –¡Permanezcamos católicos! –Vivamos en nuestra casa, que es el Corazón de María. Traduzco y transcribo solamente el cuarto epígrafe entero.

-Los hombres de Iglesia y el mismo papa se han extraviado (Les hommes d’Église et le pape lui-même se sont fourvoyés)

«Desgraciadamente, desde el Concilio los hombres de Iglesia, y hasta los mismos papas últimos, han procurado un pacto imposible, conciliar el espíritu del Evangelio y el del mundo. La Iglesia se encuentra increíblemente devastada. El espíritu del mundo ha penetrado hasta dentro de los santuarios, y las almas cristianas han sido dispersadas y perdidas por culpa de sus pastores. La repetición del último escándalo de Asís, de nuevo se han reunido todas las religiones, es suficiente para mostrarnos hasta qué punto continúa el mal. Es, por desgracia, el propio vicario de Cristo, Benedicto XVI, quien invitó a celebrar el jubileo de plata de la primera reunión de Asís, provocando un nuevo escándalo incalculable, y alentando así el relativismo y el indiferentismo religioso.

El Buen Dios permite esta prueba larga y terrible para un bien más grande que todavía no conocemos. De lo que estamos seguros es de que la Iglesia, aunque pueda encontrarse debilitada hasta el extremo, no perecerá jamás, y de que no debemos dudar de su permanencia hasta el fin del mundo. Sin embargo, es necesario que ahora nos opongamos a todos los que están empeñados en su auto demolición, y que estemos convencidos (avoir bien conscience) de que jamás podremos asociarnos a quienes obran esa demolición desde el exterior o desde dentro».

* * *

–En las dos precedentes cartas, como en otros textos lefebvrianos, se dicen grandes verdades de la fe católica. Y precisamente se afirman verdades a veces muy silenciadas hoy en la Iglesia, sobre todo en el Occidente rico descristianizado, y también se hacen diagnósticos lúcidos y valientes de la situación actual de la Iglesia. Algunos discernimientos son inaceptables, como cuando se alude al «escándalo de Asís», como si se tratara de un apoyo del Papa al relativismo y al indiferentismo religioso. Pero, en general, ya quisiéramos ver una lucidez y un valor semejantes en no pocos Pastores y fieles católicos que no proclaman con fuerza aquellas verdades tantas veces hoy negadas o silenciadas; que no denuncian ni frenan con autoridad apostólica suficiente no pocos errores doctrinales y tantos abusos en materias litúrgicas y morales; y sobre todo, que no parecen darse cuenta de la devastación profunda que sufre la Iglesia, dándose por contentos con las Jornadas Mundiales de la Juventud y con algunos otros signos positivos.

También otros autores y medios católicos difundimos esas grandes verdades de la fe, y hacemos esas mismas denuncias, librando esos mismos combates por la ortodoxia y la ortopraxis en la Iglesia. Pero lo hacemos con una gran diferencia fundamental: nos apoyamos continuamente en el Magisterio de los Papas actuales y antiguos, y en los XXI Concilios ecuménicos de la Iglesia, también, por supuesto, en el Concilio Vaticano II.

Sin salirnos de este mismo blog –pues es lo que el lector y yo tenemos más a mano (Índice de Reforma o apostasía)–, puede comprobarse que denunciamos la eliminación práctica de la soteriología del Evangelio de Cristo, como si la salvación fuera universal y necesaria (8-9); señalamos que tanto en la actividad misionera como en la ecuménica se llama muy escasamente a la conversión, limitándose al diálogo interreligioso (13); que con frecuencia se ignora o se niega la acción del demonio (16-18), y que igualmente se silencian muchas otras verdades fundamentales de la fe (22-23) o se proponen en un lenguaje oscuro y débil (24), que poco se asemeja a la palabra clara y fuerte de Cristo y de la tradición católica (25-32). Afirmamos que el liberalismo, tantas veces descrito y combatido por los Papas y por hombres como el Cardenal Pie (33-38), habiéndose impuesto como forma cultural del mundo moderno, da lugar dentro de la Iglesia a innumerables herejías (39, 46-60, 76-79), que son insuficientemente señaladas y combatidas cuando se debilita la autoridad docente en Pastores y teólogos (40-47). Por otra parte, mostramos que la desmovilización política de los católicos, ampliamente generalizada, para evitar enfrentamientos entre la Iglesia y el mundo, viene a aceptar, procurando la unidad de la sociedad y la paz (!), que Cristo Rey no reine en las naciones (95-125).

En cambio la Fraternidad de San Pío X, junto a las grandes verdades de la fe y de la disciplina de la Iglesia, difunde gravísimos errores. El Superior General de la Fraternidad, su primer Asistente, el Director del Distrito más numeroso, un profesor teólogo participante en las conversaciones con la Santa Sede, persistiendo desde hace más de 25 años en la mismas tesis de Mons. Lefebvre, están diciendo que el Papa y los Obispos están extraviados, que el veneno del Concilio está envenenando al pueblo católico a través del embudo de la nueva Liturgia, que los fieles cristianos han sido dispersados y perdidos por culpa de sus Pastores, etc. ¿Convendrá guardar silencio ante calumnias tan graves? Estos hermanos separados están separando a muchos católicos de la la Roma histórica, la actual de Benedicto XVI, la única existente, para mantenerlos fielmente unidos a una Roma eterna inexistente. ¿Qué harían en una situación semejante San Pablo, San Ignacio de Antioquía, San Agustín, San Bernardo, San Ignacio de Loyola y tantos otros santos defensores de la Iglesia de Cristo? ¿Hubieran permanecido en silencio? ¿En qué lenguaje, con qué términos se hubieran expresado? ¿Lo imaginan ustedes?… No creo que sea prudente callar, si queremos ser fieles a la tradición de los santos.

Estos altos representantes de la Fraternidad San Pío X manifiestan una y otra vez que ellos entienden las Infidelidades en la Iglesia –así titulé una obra mía– como Infidelidades de la Iglesiaactual. Y ésa es una gravísima falsedad y calumnia. Los Padres conciliares y los Papas postconciliares no son sofistas del liberalismo, que en documentos como Gaudium et spes,Dignitatis humanæ o Unitatis redintegratio, han asimilado y difundido en el pueblo cristiano las tesis liberales de la francmasonería, pretendiendo fundir el espíritu del Evangelio con el del mundo. Es igualmente falso decir que, adaptándose a una sociedad moderna en plena decadencia, y modificando la proclamación de la fe hecha en todas las edades, hayan aceptado, apestando a liberalismo, que Cristo no tiene derecho a reinar en las naciones. Concretamente en el Vaticano II, el derecho a la libertad religiosa que la Iglesia promueve de ningún modo pone en pie de igualdad lo verdadero y lo falso, ni exonera a los hombres y a las naciones de reconocer y dar culto al único Dios verdadero y a su Hijo Jesucristo (DH 1-2), ni deja de creer y de predicar que la única Iglesia de Jesucristo es el «sacramento universal de salvación» (LG 48, AG 1).

También es calumnioso afirmar que en la Iglesia actual la Autoridad apostólica ha sido gravemente arruinada (sérieusement ébranlée), falsificando la forma monárquica que Cristo le dio –el Papa en la Iglesia universal y el Obispo en su Iglesia local– por la parodia parlamentaria de las conferencias episcopales, incapaces de vencer errores y abusos, sujetas como están a las presiones de comisiones y consejos. Igualmente es falso afirmar que la Iglesia, por agradar al mundo moderno, haya sacrificado la autoridad que sobre los cristianos y sobre los hombres y naciones tiene nuestro Señor Jesucristo, colaborando así a debilitar la fe en su divinidad.

Los seguidores de Mons. Lefebvre están invitando a incorporarse al cisma. Todas esas gravísimas acusaciones, entremezcladas con grandes verdades de la fe y con palabras sinceramente piadosas, van a dar directamente en la afirmación que ya formuló en numerosas ocasiones Mons. Lefebvre con frases semejantes: «Les hommes d’Église et le pape lui-même se son fourvoyés». Son palabras nefastas, que evidentemente llaman al cisma. El pueblo cristiano, por voluntad de Cristo, debe ser congregado y guiado por pastores sagrados. Ahora bien, si el Papa y los Obispos hoy «se han extraviado», y llevan al pueblo cristiano por caminos de perdición, será necesario buscarse otros Pastores fieles a la fe católica, que sean capaces de guiar al pueblo por caminos de salvación. Ellos están, pues, diciendo: No sigan al Papa y a sus Obispos, que están perdidos. Sígannos a nosotros, que nos mantenemos fieles a la fe católica. Ya sabemos que, en principio, el carisma de «confirmar en la fe a los hermanos» lo tiene el Obispo de Roma; pero en la práctica, dadas las circunstancias de «extrema necesidad» en las que se ve la Iglesia, infestada la Cátedra de Pedro por tantos errores, ese carisma lo tenemos nosotros, la Fraternidad Sacerdotal de San Pío X, por una Providencia divina especialísima.

Se mantiene así en la Fraternidad el discernimiento fundacional de Mons. Lefebvre: «Roma ha perdido la fe, Roma está en la apostasía». Es necesario, con grave y trágica obligación de conciencia, distanciarse del Papa y de los Obispos, ordenar Obispos verdaderamente católicos, que formen aparte comunidades verdaderamente católicas, en un gesto «necesario para la historia de la Iglesia y para la continuidad de la Iglesia».

Transcribo unas palabras de Mons. Lefebvre que ya cité al final de mi artículo Filo-lefebvrianos -y VII. «El día en que Roma vuelva a la verdad de la Iglesia de siempre, estos obispos [que yo pudiera ordenar] pondrían su dignidad episcopal entre las manos del papa, diciéndole: “aquí estamos. ¿Qué quiere hacer de nosotros? Si así lo quiere, viviremos nosotros ahora como simples sacerdotes; y si quiere servirse de nosotros, estamos a su servicio» (IX-1986, en un retiro sacerdotal). Y en su Carta a los futuros obispos: «Yo os conferiré esta gracia, confiando en que sin tardanza la Sede de Pedro será ocupada por un sucesor de Pedro perfectamente católico, entre las manos del cual podréis vosotros depositar la gracia de vuestro episcopado para que él la confirme(29-VIII-1987)».

Veinticinco años después, al parecer, Roma no ha vuelto a la verdad católica de siempre, ni ha llegado a la suprema Cátedra apostólica «un sucesor de Pedro perfectamente católico»…

¡No coman de este excelente pastel, que está envenenado! Los textos que he citado de los hombres hoy principales de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X nos hacen recordar aquel principio clásico latino, bonum ex integra causa, malum ex quocumque defectu: el bien exige que todo sea bueno, y el mal lo es por cualquier defecto. Una gran tarta de pastelería puede estar compuesta de varios ingredientes de calidad excelente; pero basta con que lleve una cuantas gotas de un fuerte veneno para que toda la tarta sea venenosa e incomestible. Y lógicamente, cuanto mayor sea la calidad de la tarta, mayor será su atractivo y peligrosidad.

La Fraternidad lefebvriana, con sus actividades y escritos, puede hacer y está haciendo mucho daño. Y hace falta defender al pueblo católico de ese veneno, suministrándole apologéticamente los antídotos necesarios. Está haciendo mucho daño especialmente entre católicos muy fervientes, que son los que más sufren con las herejías y abusos que se dan dentro de la Iglesia. Yo mismo lo he comprobado en muchos casos, sobre todo en Hispanoamérica. Y ese daño afecta no solo a los miembros lefebvrianos de la Fraternidad de San Pío X, sino también a los filolefebrianos –son muchos–, cristianos que no están integrados en ella, pero que en mayor o menor grado asimilan sus errores y sus fobias, expresándolas incluso a veces con mayor virulencia.

La Fraternidad, diciendo grandes verdades católicas, fomentando auténticas virtudes cristianas, difundiendo lecturas espirituales de primera calidad (si quitamos las obras integristas antiguas o modernas), celebrando una liturgia digna y sagrada (pero ilícita, estando sus Obispos y sacerdotes suspendidos a divinis), introducen al mismo tiempo en sus seguidores el veneno cismático, que niega la obediencia al Papa y a los Obispos católicos locales, y que considera al Concilio Vaticano II y a buena parte del Magisterio apostólico posterior como una «fuente de veneno». Y este horror dura ya veinticinco años.

No escuchen la llamada de quienes declaran extraviados al Papa y a los Obispos. Aléjense de ellos como del veneno. Únanse más que nunca al Papa y a sus propios Obispos en esta hora tan difícil para los creyentes. «Estén alertas y vigilantes, que su adversario el diablo, como león rugiente, anda rondando y busca a quién devorar. Resístanle fuertes en la fe» (1Pe 5,8). La Iglesia católica –la que preside Benedicto XVI como Vicario de Cristo, la única existente– navega por el mar del mundo moderno atravesando enormes tormentas. Sufre hoy la Iglesia católica muy fuertes persecuciones exteriores, procedentes de muchas fuentes antiguas y modernas –protestantismo, liberalismo, masonería, marxismo, laicismo agresivo, modernismo–, que han ido configurando una cultura moderna cada vez más cerrada a Cristo y a Dios: en la escuela y la universidad, en la filosofía y el arte, en grandes organismos internacionales, en leyes criminales de Estados sin-Dios y sin ley natural, en muchos medios de comunicación social, etc. Los cristianos son actualmente entre los hombres religiosos del mundo los más perseguidos. «En nuestro tiempo –dice el Papa–, en vastas regiones de la tierra la fe corre el riesgo de apagarse como una llama que se extingue» (Fátima 12-V-2010).

Y aún sufre hoy más la Iglesia por las infidelidades que se dan en su propio interior. El Papa Benedicto XVI decía a los periodistas en su viaje a Fátima, que «la mayor persecución de la Iglesia no procede de los enemigos externos, sino que nace del pecado en la Iglesia» (11-V-2010). El pecado de las herejías que se difunden en su interior, de los sacrilegios en la liturgia, de la anticoncepción generalizada, del absentismo mayoritario a la Misa dominical, de la casi desaparición del sacramento de la penitencia, de la mundanización de mentes y costumbres, de la falta de vocaciones, de la lujuria y del impudor, del culto a la riqueza y de tantas otras infidelidades al Evangelio, a la Tradición y al Magisterio. Es una hora gravísima de la historia, y más que nunca los católicos debemos estar unidos al Papa y a nuestros Obispos. Quienes los calumnian y desprestigian, separando de su guía pastoral a una parte del pueblo católico, harían bien en releer las cartas de San Ignacio de Antioquía, con sus elogios conmovedores a la unidad de la Iglesia, y sus advertencias durísimas contra quienes atentan contra esa unidad.

Es la hora de la oración, de la penitencia y de la vida sacramental, de la adoración eucarística y del apostolado, del incesante ministerio pastoral –tantas veces heroico– en las parroquias, de la auténtica vida religiosa activa y contemplativa, de los movimientos laicales, del valiente empeño evangelizador en colaboración fiel con el Papa, con el Obispo propio «y con todos los demás Obispos que, fieles a la verdad, promueven la fe católica y apostólica» (Canon romano). Es la hora de «combatir los buenos combates de la fe» (1Tim 6,12), volviendo más y más a los Evangelios, al estudio de la Tradición, a la enseñanza y al ejemplo de los santos, a la meditación de los grandes documentos del Magisterio pontificio antiguo y moderno, asimilando bien sus verdaderas enseñanzas, para poder defenderlas tanto de los progre-modernistas, que las falsifican en favor de sus errores, como de los integristas, que rechazan en gran parte el Magisterio apostólico del Concilio Vaticano II y del tiempo presente, alegando que rompe con la Tradición católica.

No es la hora de calumniar a la Iglesia actual, que es la única Iglesia de Cristo –no hay otra–. No es la hora de declarar «extraviados» al Papa y a los Obispos, distanciándose de ellos «para salvar la Iglesia», sacramento universal de salvación, desde un alejamiento cismático.

Es la hora de la oración que pide a Dios milagros. Entra en la Providencia ordinaria de Dios, y por tanto es objeto de nuestra esperanza, que en momentos muy difíciles de la historia de la Iglesia se produzcan milagros extraordinarios, en los que el Salvador salva a su Iglesia, librando del naufragio a la barca de Pedro. Y esos milagros los obra el Señor por su gracia poderosa a través de las acciones de sus fieles y apostólicos discípulos, pero sobre todo en respuesta a las oraciones que, llenas de esperanza, se alzan por la voz suplicante de su santa, única y amadísima Esposa, la Iglesia Católica.

Autor: P. José María Iraburu

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