Objeciones protestantes

Una de las acusaciones protestantes más comunes hacia la Iglesia Católica, es aquella que sostiene que la veneración de la Virgen María proviene del paganismo. Un ejemplo de este tipo de objeciones la he tomado de un artículo protestante publicado en la Web:

“La mayoría de los adherentes a la fe católica se refieren alegremente a la Virgen María como la Reina del Cielo y entienden este término como uno de cariño, amor y adoración. ¿Es éste un término bíblico o un título pagano? ¿Está complacido Dios con este título o está fuertemente disgustado?”

Acto seguido comienzan a citar textos bíblicos donde se menciona a una diosa pagana a la que los judíos llamaban “Reina del Cielo” y con la cual cometían pecado de idolatría:

“«En eso que nos has dicho en nombre de Yahveh, no te hacemos caso, sino que cumpliremos precisamente cuanto tenemos prometido, que es quemar incienso a la Reina de los Cielos y hacerle libaciones, como venimos haciendo nosotros y nuestros padres, nuestros reyes y nuestros jefes en las ciudades de Judá y en las calles de Jerusalén, que nos hartábamos de pan, éramos felices y ningún mal nos sucedía. En cambio, desde que dejamos de quemar incienso a la Reina de los Cielos y de hacerle libaciones, carecemos de todo, y por la espada y el hambre somos acabados.» «Pues y cuando nosotras quemábamos incienso a la Reina de los Cielos y nos dedicábamos a hacerle libaciones, ¿acaso sin contar con nuestros maridos le hacíamos pasteles con su efigie derramando libaciones?»”[1]

Así, el razonamiento protestante es simple: Como los católicos llamamos a María “Reina del Cielo” y dicho título era usado por el paganismo, la veneración a María proviene por fuerza de la influencia de religiones paganas sobre el cristianismo. De ahí que luego el autor se confunda y asuma que los católicos le damos ese título como muestra de “adoración”.

El problema es que este tipo de razonamientos es falaz. La falacia Post Hoc Ergo Propter Hoc es un error lógico que se comete cuando se razona que algo es la causa de alguna otra cosa, sencillamente porque la primera es anterior en el tiempo.

Razonando de esta manera podríamos paganizar casi toda la Biblia. Los griegos por ejemplo, creían que Osiris había muerto como hombre pero resucitado como inmortal siendo también responsable de juzgar a los muertos. Investigadores como Martin Hengel han sostenido que la religión dionisíaca y el cristianismo son significativamente paralelos[2]. Otro investigador, Barry Powell[3], afirma que las nociones cristianas de comer y beber la carne y la sangre de Jesús fueron influidas por el culto a Dionisio. En otro paralelismo trazado por algunos autores se ha sostenido que Dioniso precede a Jesús en atribuírsele haber convertido el agua en vino[4]. Otros paralelos podrían ser sacados de la misma Biblia, pues el título de Cristo como Rey de Reyes fue ostentado por Nabucodonosor[5]. Si nos tomamos el tiempo podremos encontrar muchos paralelismos entre el cristianismo y las culturas paganas y asumir arbitraria procedencia de una hacia la otra, sin ninguna seriedad y rigor científico.

El Evangelio, origen de la veneración mariana

“¡Desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada!”[6]

Estas fueron palabras de la Virgen María inspirada por el Espíritu Santo. No hay que buscar en otro lado la veneración de María sino en el cumplimiento de esta profecía atestiguada por la Escritura, y a la cual muchos protestantes no pueden dar cumplimiento. A pesar de esto, el Evangelio está lleno de pasajes que atestiguan la bienaventuranza de María:

“Al sexto mes fue enviado por Dios el ángel Gabriel a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María. Y entrando, le dijo: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo.»”[7]

Santa Isabel inspirada por el Espíritu Santo se refiere a la Virgen como la “Madre del Señor”:

“y ¿de dónde a mí que la madre de mi Señor venga a mí?”[8]

La palabra utilizada para Señor en griego es Kyrios, palabra con que la Biblia Griega designa a Yahveh que es Dios de dioses y Señor de señores[9], y que en el Nuevo Testamento solamente se da a Cristo dejando claro que le reconoce sin la más mínima duda como Dios. Es por eso que cuando Isabel llama a María “Madre de mi Señor” le está llamando “Madre de Dios”.

Isabel inspirada por el Espíritu Santo también la llamó “Bendita entre las mujeres”:

“Y sucedió que, en cuanto oyó Isabel el saludo de María, saltó de gozo el niño en su seno, e Isabel quedó llena de Espíritu Santo; y exclamando con gran voz, dijo: «Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno.»”[10]

María fue la primera cristiana creyente de la nueva alianza:

“Dijo María: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.»”[11]

Fue la que practicaría la palabra de Dios, guardándola en su corazón:

“María, por su parte, guardaba todas estas cosas, y las meditaba en su corazón.”[12]

El amor y veneración a María se da debido a que es la madre del Rey y Señor, y por lo tanto, la Reina. No podría ser de otro modo, pues ya en el reinado de David siempre la reina era la madre y tenía un trono al lado del rey:

“Entró Betsabé donde el rey Salomón para hablarle acerca de Adonías. Se levantó el rey, fue a su encuentro y se postró ante ella, y se sentó después en su trono; pusieron un trono para la madre del rey y ella se sentó a su diestra. Ella dijo: «Tengo que hacerte una pequeña petición, no me la niegues.» Dijo el rey: «Pide, madre mía, porque no te la negaré».”[13]

Tenía un título poderoso y prestigioso: GEBIRAH (“señora”, “Gran Dama”) y hasta llevó una corona:

“Di al rey y a la Gran Dama: Humillaos, sentaos, porque ha caído de vuestras cabezas vuestra diadema preciosa.”[14] 

Y por eso la madre del rey ocupaba un lugar especial y su nombre era asociado con la toma de poder de éste:

“Roboam, hijo de Salomón, reinó en Judá; tenía 41 años Roboam cuando comenzó a reinar y reinó diecisiete años en Jerusalén, la ciudad que había elegido Yahveh de entre todas las tribus de Israel para poner en ella su Nombre. El nombre de su madre era Naamá, amonita.”[15]

“El año dieciocho del rey Jeroboam, hijo de Nebat, comenzó a reinar Abiyyam sobre Judá. Reinó tres años en Jerusalén; el nombre de su madre era Maaká, hija de Absalón.”[16]

La “Gebirah” es mencionada casi regularmente en las listas de los reyes de Judá (salvo Jorán, Acaz y Asá).

Y Jesús es el legítimo heredero del reinado de David, que trascendería el mundo terrenal:

“Él será grande y será llamado Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre.”[17]

Ya en el Antiguo Testamento encontramos Salmos proféticos respecto a la toma de posesión de Jesús de su reino. En uno de estos salmos encontramos una reina vestida con oro de Ofir sentada a la diestra del Rey:

“Tu trono es de Dios para siempre jamás; un cetro de equidad, el cetro de tu reino; tú amas la justicia y odias la impiedad. Por eso Dios, tu Dios, te ha ungido con óleo de alegría más que a tus compañeros; mirra y áloe y casia son todos tus vestidos. Desde palacios de marfil laúdes te recrean. Hijas de reyes hay entre tus preferidas; a tu diestra una reina, con el oro de Ofir.”[18]

“Toda espléndida, la hija del rey, va adentro, con vestidos en oro recamados; con sus brocados es llevada ante el rey. Vírgenes tras ella, compañeras suyas, donde él son introducidas; entre alborozo y regocijo avanzan, al entrar en el palacio del rey.

En lugar de tus padres, tendrás hijos; príncipes los harás sobre toda la tierra. ¡Logre yo hacer tu nombre memorable por todas las generaciones, y los pueblos te alaben por los siglos de los siglos!”[19]

De allí que María, Hija de Sión por excelencia pueda portar la figura de la Iglesia como su reina y madre:

“por eso desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada.”[20]

Muchos protestantes temen quitar gloria a Dios para dársela a María, cuando lo que se trata es de dar gloria a Dios por lo que ha hecho en ella.

La Biblia nos revela que María es la nueva arca de la alianza, por haber en ella la presencia completa de la Trinidad:

“El ángel le respondió: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios.»”[21]

El Padre: “…y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra”.

El Hijo: “…eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios”.

El Espíritu Santo: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti”.

Ya en el Génesis estaba profetizada la enemistad entre la “Serpiente” y la “Mujer” cuyo hijo pisaría la cabeza de la serpiente:

Enemistad pondré entre ti y la mujer, y entre tu linaje y su linaje: él te pisará la cabeza mientras acechas tú su calcañar.”[22]

Profecía que cumpliría en María, quien como nueva arca de la alianza, tendría su enemistad eterna con la serpiente:

“Y se abrió el Santuario de Dios en el cielo, y apareció el arca de su alianza en el Santuario, y se produjeron relámpagos, y fragor, y truenos, y temblor de tierra y fuerte granizada.”[23]

Una gran señal apareció en el cielo: una Mujer, vestida del sol, con la luna bajo sus pies, y una corona de doce estrellas sobre su cabeza.”[24]

Nadie mejor que María, figura de la Iglesia, puede portar la corona de 12 puntas (Reina de las doce tribus de Israel y de los doce Apóstoles).

Conclusión

El estudio objetivo de la historia revela que la veneración de la Santísima Virgen María no procede del paganismo, sino de las reflexiones cristológicas que permitieron al pueblo de Dios profundizar en el lugar de María en la economía de la Salvación.

Notas

  1. Jeremías 44,16-19
  2. Martin Hengel, Studies in Early Christology, T. & T. Clark Publishers, Ltd., Junio 1995, pág. 331
  3. Powell, Barry B. (2007). Classical myth (5.ª ed.). Upper Saddle River: Pearson/Prentice Hall
  4. Plinio, Naturalis Historia ii.106 y xxxi.16; citado en Cotter, Wendy (1999). Miracles in Greco-Roman antiquity: a sourcebook. Londres, Nueva York: Routledge, pág. 165
  5. Ezequiel 26,7
  6. Lucas 1,48
  7. Lucas 1,26-28
  8. Lucas 1,43
  9. Deuteronomio 10,17; Salmo 136,2-3
  10. Lucas 1,41-42
  11. Lucas 1,38
  12. Lucas 2,19
  13. 1 Reyes 2,19-20
  14. Jeremías 13,18
  15. 1 Reyes 14,21
  16. 1 Reyes 15,1-2
  17. Lucas 1,32
  18. Salmo 45,7-10
  19. Salmo 45,14-18
  20. Lucas 1,48
  21. Lucas 1,35
  22. Génesis 3,15
  23. Apocalipsis 11,19
  24. Apocalipsis 12,1