Es innegable que San Agustín fue un maestro para Martín Lutero y su teología inspiración para su doctrina de la salvación por la Sola Fe o “Sola Fide”[1]. Lamentablemente Lutero malentendió los escritos del Santo de Hipona, quedándose solamente con los textos donde habla de la preeminencia de la gracia al combatir al pelagianismo, pero dejando de lado otros donde combatía precisamente al error contrario.

A continuación algunos textos de San Agustín, que denuncian ya para esa época, las desviaciones en las que incurriría Lutero:

Sobre la gracia y el libre albedrío

“La fe sin buenas obras no es suficiente para la salvación.

Personas poco inteligentes, sin embargo, con respecto a las palabras del Apóstol: «pensamos que el hombre es justificado por la fe, sin las obras de la ley» han pensado que quiere decir que la fe es suficiente para un hombre, incluso cuando lleva una mala vida, sin buenas obras. Imposible es que tal persona debiera juzgarse recipiente de la elección por el Apóstol, quien, después de declarar que en Cristo Jesús ni la circuncisión vale algo, ni la incircuncisión; sino la fe que obra por la caridad (Gálatas 5,6). Es esa la fe infiel a Dios de los demonios impuros, que incluso «creen y tiemblan» (Santiago 2,19), como dice el Apóstol Santiago. Por tanto, ellos no poseen la fe por la que el hombre vive, la fe que actúa por el caridad en tal sabiduría, que Dios la recompensa de acuerdo a sus obras con la vida eterna. Pero en la medida en que tenemos nuestras buenas obras de Dios, de quien también proviene de nuestra fe y nuestro amor, por lo que el mismo gran maestro de los gentiles ha designado a la vida eterna como un regalo de su gracia.

Y de aquí nace otro problema de no poca importancia, que, con la gracia de Dios, hemos de resolver. Si la vida eterna se da a las buenas obras, como con toda claridad lo dice la Escritura: Porque el Hijo del Hombre pagará a cada uno conforme a sus obras (Romanos 2,6), ¿cómo puede ser gracia la vida eterna, si la gracia no se da por obras, sino gratis, de acuerdo con el Apóstol: Pero al que obra, no se le cuenta el salario como gracia, sino como deuda (Romanos 4,4)? Y en otro lugar: Así también aun en este tiempo ha quedado un remanente escogido por gracia (Romanos 11,5) y a continuación: Y si por gracia, ya no es por obras; de otra manera la gracia ya no es gracia. (Romanos 11,6) ¿Cómo, pues, será gracia la vida eterna, si a las obras responde? ¿O es que quizá no llama gracia el Apóstol a la vida eterna? Es más: tan claramente lo dice, que es de todo punto innegable. Y no es que requiera esta cuestión un ingenio agudo. Basta sólo un oyente atento. Porque cuando dijo: Porque la paga del pecado es muerte (Romanos 6,23), en seguida añadió: mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro.

Este problema, a mi parecer, sólo puede resolverse entendiendo que nuestras buenas obras, a las que se da la vida eterna, pertenecen también a la gracia de Dios, toda vez que nuestro Señor Jesucristo dice: Sin mí nada podéis hacer (Juan 15,5). Y el mismo Apóstol, al decir: Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras para que nadie se gloríe (Efesios 2,8-9), vio que los hombres podrían entender como no necesarias las obras y bastar sólo la fe, como también que los hombres podrían gloriarse por sus buenas obras, cual si a sí mismos se bastaran para realizarlas; y por eso añadió: porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales preparó de antemano para que anduviésemos en ellas (Efesios 2,10).

¿Y qué significa, pues, esto, que, recomendando el Apóstol la gracia y asegurando que no proviene de las obras, para que nadie se gloríe, da luego la razón y dice: somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras? ¿Cómo, pues, no por obras para que nadie se gloríe? (Efesios 2,9) Pero repara y entiende: no por obras como tuyas y de tu procedencia, sino como obras en las que el Señor te plasmó, es decir, te formó y creó, porque esto es lo que dice: Somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, no con la creación que dio vida a los hombres, sino con aquella otra que ya supone al hombre y de que habla el Salmo: Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio (Salmo 51,10), y de la cual dice el Apóstol: De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas. Y todo esto proviene de Dios (2 Corintios 5,17). Somos plasmados, es decir, somos formados y creados para buenas obras, que no preparamos nosotros, sino Dios, para que en ellas vivamos. Así, pues, carísimos, si nuestra vida buena no es más que gracia de Dios, sin duda alguna que la vida eterna, que se da a la vida buena, don es de Dios, ambas por cierto gratuitas. Pero sólo aquella que se da es gracia; mas la que se da en este caso, ya que es premio de la vida buena, es gracia que recompensa a otra gracia, como retribución por justicia, para que se cumpla, ya que es verdadero que Dios dará a cada uno según sus obras. (Romanos 2,6)”[2]

La Fe y las Obras

La fe sin obras no basta para salvarse.—Entremos ahora en una cuestión que deben tener muy clara los hombres religiosos, para que no pierdan su salvación, por una falsa seguridad, si piensan que para salvarse les basta la fe, pero descuidan vivir bien y caminar con las obras buenas por el camino de Dios. Porque también en tiempo de los apóstoles, al no entender algunas frases difíciles del apóstol Pablo, algunos interpretaron así: Hagamos el mal para que venga el bien, puesto que había dicho: La ley se introdujo para que abundase el pecado, pero donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia. Y es cierto, porque los hombres que recibieron la ley presumían de sus propias fuerzas con muchísima soberbia, y, al no impetrar con fe recta la ayuda divina para vencer las malas concupiscencias, se cargaron con muchos y graves pecados, quebrantando incluso la ley; y de este modo, imputándoles su grave culpabilidad, se refugiaron en la fe para merecer la misericordia del perdón y el auxilio del Señor, que hizo el cielo y la tierra. De este modo, derramada la caridad en sus corazones por el Espíritu Santo, cumpliesen con amor lo que está mandado contra las concupiscencias de este mundo, según lo predicho en el Salmo: Les lloverán desgracias, saldrán huyendo.

Luego, cuando el Apóstol dice que cree que el hombre es justificado por la fe sin las obras de la ley (Romanos 3,28), no lo hace para que, recibida y vivida la fe, sean despreciadas las obras de la justicia, sino para que cada uno sepa que él puede ser justificado por la fe, aunque no hayan precedido las obras de la ley. En efecto, las obras siguen y no preceden a la justificación.

Por consiguiente, no hay necesidad de discutir más en esta obra, sobre todo porque ya he publicado un libro extenso sobre esta cuestión, titulado La letra y el espíritu. No obstante, como esta opinión ha surgido también ahora, algunas cartas apostólicas de Pedro, Juan, Santiago, Judas la contradicen enteramente, de modo que establecen con energía que la fe no aprovecha sin las obras. Lo mismo definió Pablo: que no se trata de una fe cualquiera con la que se cree en Dios, sino de aquella fe saludable y evangélica cuyas obras proceden del amor: la fe que obra a través del amor (Gálatas 5,6). Se ve claramente cómo afirma que no aprovecha de nada la fe, que les parece a algunos que es suficiente para la salvación, cuando dice: Si tuviese toda la fe, hasta para trasladar montañas, pero no tengo caridad, nada soy. En cambio, cuando obra la caridad con fe, sin duda que se vive bien. Porque la plenitud de la ley es la caridad (Romanos 13,10).

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Sabiendo [San Pedro], pues, que han tomado ocasión más que inicuamente de algunas frases difíciles del apóstol Pablo para no preocuparse de vivir bien, como muy seguros de la salvación que consiste en la fe, recordó que en sus cartas hay pasajes difíciles de entender, que interpretan mal los hombres, como también otras Escrituras, para su propia perdición (2 Pedro 3,16), diciendo el gran Apóstol lo mismo que los demás apóstoles acerca de la salvación eterna; que no se otorga sino a los que vivan bien.”[3].

“Santiago, además, es tan enérgicamente contrario a los sabihondos que dicen que la fe sin obras vale para la salvación, que los compara con los demonios, diciendo: Tú crees que hay un solo Dios. Haces bien, pero también los demonios creen y tiemblan (Santiago 2,19). ¿Qué puede decirse más breve, veraz y enérgicamente, cuando leemos también en el Evangelio que esto lo dijeron los demonios al confesar que Cristo es el Hijo de Dios, y fueron reprendidos por él, mientras que es alabado en la confesión de Pedro? Dice Santiago: ¿De qué sirve, hermanos míos, si alguno dice que tiene je, pero no tiene obras? ¿Acaso la je le podrá salvar? (Santiago 2,14) Y añade: Porque la fe sin obras es muerta (Santiago 2,17). ¿Hasta dónde están engañados los que se prometen la vida perpetua con la fe muerta?”[4]

Evitar la falsa seguridad.—Evitemos diligentemente, con la ayuda del Señor nuestro Dios, dar a los hombres una falsa seguridad diciéndoles que si han sido bautizados en Cristo, de cualquier modo que vivieren en la misma fe, han de llegar a la vida eterna. No hagamos cristianos de este modo, como los judíos hacían prosélitos, a quienes dice el Señor: Ay de vosotros, escribas y fariseos, que recorréis cielo y tierra para hacer un prosélito; pero cuando lo habéis hecho, lo convertís en hijo del infierno dos veces peor que sois vosotros (Mateo 23,15).

Conservemos más bien la sana doctrina de Dios, maestro en ambos, para que la vida cristiana esté de acuerdo con el santo bautismo, y no se le prometa a ningún hombre la vida eterna si le faltare el uno y la otra. En realidad, el que dijo: Si alguno no ha renacido del agua y del Espíritu no entrará en el reino de los cielos (Juan 3,5), dijo también: Si vuestra justicia no abundare más que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos (Mateo 5,20). De éstos dice, sin duda: los escribas y fariseos se sientan en la cátedra de Moisés: Haced lo que dicen; pero no queráis hacer lo que ellos hacen, porque dicen y no hacen (Mateo 23,3). Luego la justicia de ellos es decir y no hacer”[5]

  1. Para Lutero, el hombre es justificado por la fe fiducial, la cual es la sola confianza en que la divina misericordia remitirá los pecados por los méritos de Jesucristo. Hoy muchos cristianos evangélicos sin saberlo no comparten las tesis de Lutero, y cuando sostienen que el hombre es justificado por la fe, entienden que se trata de la fe salvífica de la que habla San Agustín cuando dice que obra por la caridad.
  2. Agustín de Hipona, Sobre la gracia y el libre albedrío, XVIII-XX. Early Church Fathers: xviii, xix, xx; New Advent.
  3. San Agustín, La Fe y las Obras 14,21. Obras Completas de San Agustín, Tomo XXXIX, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 1988, págs. 576-577.
  4. San Agustín, La Fe y las Obras 14,23. Ibíd., pág. 578.
  5. San Agustín, La Fe y las Obras 26,48. Ibíd., págs. 610-611.