Uno de los dogmas de fe de la Iglesia Católica es la comunión de los Santos. Creemos que la Iglesia es el cuerpo místico de Cristo y está compuesta de la iglesia triunfante, la iglesia purgante y la iglesia militante.
La Iglesia triunfante son todos aquellos que ya han muerto, se han salvado y completamente purificados están en comunión completa con Dios. La Iglesia purgante son todos aquellos, que aunque ya han muerto y están salvados y destinados al cielo, todavía no se encuentran completamente purificados. Y la iglesia militante somos todos aquellos que estamos con vida sirviendo a nuestro Señor aquí en la tierra.
El Catecismo nos dice:
954 “Los tres estados de la iglesia. “Hasta que el Señor venga en su esplendor con todos sus ángeles y, destruida la muerte, tenga sometido todo, sus discípulos, unos peregrinan en la tierra; otros, ya difuntos, se purifican; mientras otros están glorificados, contemplando claramente a Dios mismo, uno y trino, tal cual es.”
La intercesión de los Santos
Creemos que aquellos que pertenecen a la Iglesia triunfante pueden interceder por nosotros ante Dios para que nos brinde su auxilio oportuno y nos ayude en nuestro camino hacia Él. Los ángeles que también están en comunión con Dios y ven constantemente su rostro también pueden interceder por nosotros. El catecismo a este respecto nos dice:
956 “Por el hecho de que los del cielo están más íntimamente unidos con Cristo, consolidan más firmemente a toda la Iglesia en la santidad… no dejan de interceder por nosotros ante el Padre. Presentan por medio del único mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús, los méritos que adquirieron en la tierra… Su solicitud fraterna ayuda, pues, mucho a nuestra debilidad.”
Es frecuente encontrar ante esta doctrina una dura oposición de parte de protestantes: “Los católicos adoran a la Virgen y a los santos” objetan frecuentemente y afirman que no se les debe pedir intercesión ante Dios. Sus argumentos son los siguientes:
Argumentos protestantes para negar la intercesión de los Santos.
Argumento 1: Es pecado de idolatría pedir a alguien que no sea Cristo que interceda por nosotros, ya que Él es el único mediador entre Dios Padre y los hombres. Esta afirmación se basa en lo que dice la Escritura:
“Porque hay un solo Dios, y también un solo mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús, hombre también.”[1]
El pecado de idolatría implica dar a algo o alguien el lugar de Dios, sin serlo. Ya al comprender esto este argumento comienza con el pie izquierdo, ¿Cómo podría ser posible darle a los santos el lugar de Dios cuando se les pide que intercedan ante Él?
Si la objeción está orientada a afirmar que damos a los santos el lugar de Cristo como mediador entre Dios y los hombres (basándonos en el texto anterior) el argumento también falla. De ahí que sea importante abordar la definición de mediador, el cual etimológicamente proviene del latín mediator, de mediare, pararse o dividir en el medio. Una definición simple sería:
Mediador: “interceder o rogar por uno. Interponerse entre dos o más que riñen o contienden, procurando reconciliarlos y unirlos en amistad. Existir o estar una cosa en medio de otras.”
El término mismo no produce gran dificultad, y se entiende en general de buenas a primera: “mediador” es quién está entre dos o más personas, ofreciendo su persona para servir de puente entre ellas, sobre todo si están en conflicto.
El texto en cuestión enfatiza que Cristo es mediador, pues Él ha pagado por la deuda que el ofensor (nosotros) teníamos con el ofendido (Dios). En esa forma sólo Cristo puede mediar por nosotros, porque Él siendo Dios y Hombre verdadero, ha muerto para pagar nuestros pecados y nadie más. En ese sentido, más nadie, ni la Virgen, ni los Santos, ni los ángeles pueden mediar.
Pero interceder suplicando al ofendido (Dios) que perdone al ofensor (nosotros), y en rogar al Todopoderoso que envíe ayudas especiales al necesitado; en esta segunda forma de mediación, la Virgen, los Santos y hasta nosotros podemos ser mediadores, porque todos somos miembros del cuerpo de Cristo que es la Iglesia.
En la Biblia podemos encontrar varios ejemplos. Cuando Dios se disgustó con cuatro hombres que habían atribuido al Patriarca Job lo que él no había hecho, les dijo:
“Así que tomad siete novillos y siete carneros, id donde mi siervo Job, y ofreced por vosotros un holocausto. Mi siervo Job intercederá por vosotros y, en atención a él, no os castigaré por no haber hablado con verdad de mí, como mi siervo Job.”[2]
En este caso Job aparece como intercesor entre los hombres y Dios, pero no para pagar las deudas que tenían con el Señor, sino para rogar en favor de ellos. Y el Señor atendió su petición y los perdonó.
Moisés también fue intercesor del pueblo de Dios:
“Perdona, pues, la iniquidad de este pueblo conforme a la grandeza de tu bondad, como has soportado a este pueblo desde Egipto hasta aquí.» Dijo Yahveh: «Le perdono, según tus palabras.”[3]
“El pueblo fue a decirle a Moisés: «Hemos pecado por haber hablado contra Yahveh y contra ti. Intercede ante Yahveh para que aparte de nosotros las serpientes,» Moisés intercedió por el pueblo.”[4]
“Déjame ahora que se encienda mi ira contra ellos y los devore; de ti, en cambio, haré un gran pueblo.» Pero Moisés trató de aplacar a Yahveh su Dios, diciendo: “¿Por qué, oh Yahveh, ha de encenderse tu ira contra tu pueblo, el que tú sacaste de la tierra de Egipto con gran poder y mano fuerte?”[5]
Aquí otra vez vemos que aparece Moisés como intercesor, no pagando por los pecados de los demás (que eso solamente lo pudo hacer y lo hizo Jesucristo) sino rogando en favor de ellos.
Abraham intercedió por Sodoma y Gomorra:
“Dijo, pues, Yahveh: «El clamor de Sodoma y de Gomorra es grande; y su pecado gravísimo. Ea, voy a bajar personalmente, a ver si lo que han hecho responde en todo al clamor que ha llegado hasta mí, y si no, he de saberlo». Le abordó Abraham y dijo: «¿Así que vas a borrar al justo con el malvado? Tal vez haya cincuenta justos en la ciudad. ¿Es que vas a borrarlos, y no perdonarás a aquel lugar por los cincuenta justos que hubiere dentro?”[6]
Único mediador pagando la deuda es Cristo, pero intercesores sí pueden ser la Santísima Virgen María, los santos y lo podemos ser nosotros rogando en favor de los demás.
Incluso también vemos como los mismos ángeles interceden con sus peticiones por nosotros:
“Tomó la palabra el ángel de Yahveh y dijo: «Oh Yahveh Sebaot, ¿hasta cuándo seguirás sin apiadarte de Jerusalén y de las ciudades de Judá, contra las cuales estás irritado desde hace setenta años?» Yahveh respondió al ángel que hablaba conmigo palabras buenas, palabras de consuelo.”[7]
Un ejemplo de este tipo de intercesión poderosa basada en la petición lo vemos en el Nuevo Testamento en el pasaje de las bodas de Caná:
“Fue invitado también a la boda Jesús con sus discípulos. Y, como faltara vino, porque se había acabado el vino de la boda, le dice a Jesús su madre: «No tienen vino.» Jesús le responde: «¿Qué tengo yo contigo, mujer? Todavía no ha llegado mi hora.» Dice su madre a los sirvientes: «Haced lo que él os diga». Había allí seis tinajas de piedra, puestas para las purificaciones de los judíos, de dos o tres medidas cada una. Les dice Jesús: «Llenad las tinajas de agua.» Y las llenaron hasta arriba. «Sacadlo ahora, les dice, y llevadlo al maestresala.» Ellos lo llevaron. Cuando el maestresala probó el agua convertida en vino, como ignoraba de dónde era (los sirvientes, los que habían sacado el agua, sí que lo sabían), llama el maestresala al novio y le dice: «Todos sirven primero el vino bueno y cuando ya están bebidos, el inferior. Pero tú has guardado el vino bueno hasta ahora.» Así, en Caná de Galilea, dio Jesús comienzo a sus señales. Y manifestó su gloria, y creyeron en él sus discípulos.”[8]
En el episodio de las bodas de Caná ocurre un hecho portentoso: Jesús adelanta la hora en que comenzó sus señales y manifestó su gloria en virtud de la petición de su madre: («¿Qué tengo yo contigo, mujer? Todavía no ha llegado mi hora.»). Y es que poderosa es la petición de aquellos que están unidos al Señor, y aquí lo fue tanto que el Señor adelantó su hora por amor a ella. Ahora habría que preguntarse, ¿Si el Señor escuchaba hasta ese punto las peticiones de su madre, no lo hará ahora que están juntos en el cielo?
Otros ejemplos de intercesión que no es contrario a la única mediación de Cristo los vemos cuando el Apóstol Pablo suplica repetidamente que oren e intercedan por él y por los demás miembros de la iglesia (a quienes llama santos):
“Hermanos, orad también por nosotros.”[9]
“Tomad, también, el yelmo de la salvación y la espada del Espíritu, que es la Palabra de Dios; siempre en oración y súplica, orando en toda ocasión en el Espíritu, velando juntos con perseverancia e intercediendo por todos los santos.”[10]
“Confesaos, pues, mutuamente vuestros pecados y orad los unos por los otros, para que seáis curados. La oración ferviente del justo tiene mucho poder.”[11]
Si los Apóstoles pensaran que no se puede interceder por los demás con la oración, entonces ellos no pedirían que se ore por ellos. La razón evidente pero ignorada por los protestantes es que no hay conflicto alguno, pues ellos interceden en su nombre. Por eso, cuando elevamos nuestras oraciones en la Santa Misa decimos “POR CRISTO CON ÉL Y EN ÉL, a ti Dios Padre Omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo…”. Todos somos intercesores porque estamos EN CRISTO, y somos parte de su cuerpo místico que es la Iglesia.
Esto se hace evidente si se analiza en su contexto el pasaje de la carta de Timoteo donde se nos habla de la mediación de Cristo:
“Ante todo recomiendo que se hagan plegarias, oraciones, súplicas y acciones de gracias por todos los hombres; por los reyes y por todos los constituidos en autoridad, para que podamos vivir una vida tranquila y apacible con toda piedad y dignidad. Esto es bueno y agradable a Dios, nuestro Salvador, que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad. Porque hay un solo Dios, y también un solo mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús, hombre también, que se entregó a sí mismo como rescate por todos. Este es el testimonio dado en el tiempo oportuno.”[12]
Del análisis completo del pasaje anterior podemos entender muchas cosas que no se entenderían con el análisis aislado del versículo. Entre estas tenemos:
Primero, que aunque todos podemos orar directamente a Dios, para Él también es agradable que oremos e intercedamos mutuamente por los demás, ya que en esta forma colaboramos en la obra de salvación, en la cual Dios quiere que todos nos salvemos, no como individuos, si no como iglesia y comunidad ayudándonos mutuamente (ver versículos 1-3).
Segundo, que Cristo es único mediador entre Dios y los hombres porque se entregó a sí mismo como rescate por todos (Ver versículos 5-6), mediación que no entra en conflicto con la intercesión de unos por otros.
Argumento 2: Los muertos no tienen consciencia de nada por lo que es inútil pedirles que intercedan por nosotros.
Los que utilizan este argumento se basan en la interpretación literal del siguiente pasaje:
“Pues mientras uno sigue unido a todos los vivientes hay algo seguro, pues vale más perro vivo que león muerto. Porque los vivos saben que han de morir, pero los muertos no saben nada, y no hay ya paga para ellos, pues se perdió su memoria. Tanto su amor, como su odio, como sus celos, ha tiempo que pereció, y no tomarán parte nunca jamás en todo lo que pasa bajo el sol.”[13]
El pasaje anterior se refiere a sus cuerpos pero no a su espíritu que retorna a Dios. En el mismo libro más adelante lo aclara:
“Acuérdate de tu Creador en tus días mozos, mientras no vengan los días malos, y se echen encima años en que dirás: «No me agradan»;…vuelva el polvo a la tierra, a lo que era, y el espíritu vuelva a Dios que es quien lo dio.”[14]
El Eclesiastés es un bello libro de la Biblia cuyo mensaje principal trata de cómo todo aquello que ocurre “bajo el sol” es vanidad, a excepción de amar y servir a Dios.
Es importante también analizar el contexto en que fue escrito, pues para ese momento la Revelación estaba en pleno progreso, no se tenía certeza de la vida después de la muerte y ni siquiera se tenía conocimiento de la resurrección. En ese sentido no es raro encontrar en el libro del Eclesiastés pasajes como:
“¿Quién sabe si el aliento de vida de los humanos asciende hacia arriba y si el aliento de vida de la bestia desciende hacia abajo, a la tierra?”[15]
En textos como ese el hagiógrafo escribe por inspiración divina desde lo que conoce, y no teme reflejar su ignorancia de aquellas cosas que para ese entonces no estaban reveladas.
“Porque el hombre y la bestia tienen la misma suerte: muere el uno como la otra; y ambos tienen el mismo aliento de vida. En nada aventaja el hombre a la bestia, pues todo es vanidad.”[16]
No es que el hombre y la bestia tengan la misma suerte y que en nada aventaje al hombre a la bestia, sino que para este punto no estaba revelado; por tanto, quien escribe habla sólo de lo que ocurre “bajo el sol”. Sin embargo, posteriormente cuando la Revelación avanza, el conocimiento del pueblo de Dios respecto a esto crece, y ya no cabe pensar que el hombre y la bestia tengan la misma suerte.
“Mirad las aves del cielo: no siembran, ni cosechan, ni recogen en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellas?”[17]
El argumento de que los muertos no tienen conciencia de nada, solamente cobra fuerza ante alguien que no ha leído el libro del Eclesiastés completo sin analizarlo a la luz del Nuevo Testamento, en el cual se revela que aquellos que han muerto en Cristo abandonan su cuerpo para estar con Él, en espera de ser revestidos de su cuerpo glorificado.
Pablo siempre tuvo la certeza de que al morir estaría con Cristo, lo cual para él era mucho mejor:
“Me siento apremiado por las dos partes: por una parte, deseo partir y estar con Cristo, lo cual, ciertamente, es con mucho lo mejor.”[18]
“Porque sabemos que si esta tienda, que es nuestra morada terrestre, se desmorona, tenemos un edificio que es de Dios: una morada eterna, no hecha por mano humana, que está en los cielos. Y así gemimos en este estado, deseando ardientemente ser revestidos de nuestra habitación celeste, si es que nos encontramos vestidos, y no desnudos. ¡Sí!, los que estamos en esta tienda gemimos abrumados. No es que queramos ser desvestidos, sino más bien sobrevestidos, para que lo mortal sea absorbido por la vida. Y el que nos ha destinado a eso es Dios, el cual nos ha dado en arras el Espíritu. Así pues, siempre llenos de buen ánimo, sabiendo que, mientras habitamos en el cuerpo, vivimos lejos del Señor, pues caminamos en la fe y no en la visión… Estamos, pues, llenos de buen ánimo y preferimos salir de este cuerpo para vivir con el Señor. Por eso, bien en nuestro cuerpo, bien fuera de él, nos afanamos por agradarle.”[19]
La gran Revelación de Cristo es que Él ha venido para que tengamos vida y la tengamos en abundancia, porque El es un Dios de vivos, no de muertos:
“Y acerca de que los muertos resucitan, ¿no habéis leído en el libro de Moisés, en lo de la zarza, cómo Dios le dijo: Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob? No es un Dios de muertos, sino de vivos. Estáis en un gran error».”[20]
El pasaje anterior nos enseña que si Dios es Dios de Abraham, Isaac y Jacob es porque ellos están con vida, porque Dios no puede ser Dios de alguien que ya no existe.
Pero si estos textos de por sí ya son suficientes para desarmar los argumentos de las sectas, todas sus objeciones se desarman ante el episodio de la transfiguración, en donde Jesús habla con Elías y Moisés, quienes obviamente sí tenían consciencia de lo que acontecía:
“Se les aparecieron Elías y Moisés, y conversaban con Jesús.”[21]
Argumento 3: Un argumento más frecuentemente escuchado es que no hay prueba ni garantía de que los santos y ángeles intercedan por nosotros ante Dios, por lo cual es inútil pedirles.
Esta razón falla por varias razones:
Primero, porque la Biblia enseña que aquellos que han muerto en santidad están en su presencia clamando:
“Cuando abrió el quinto sello, vi debajo del altar las almas de los degollados a causa de la Palabra de Dios y del testimonio que mantuvieron. Se pusieron a gritar con fuerte voz: «¿Hasta cuándo, Dueño santo y veraz, vas a estar sin hacer justicia y sin tomar venganza por nuestra sangre de los habitantes de la tierra?» Entonces se le dio a cada uno un vestido blanco y se les dijo que esperasen todavía un poco, hasta que se completara el número de sus consiervos y hermanos que iban a ser muertos como ellos.”[22]
Las veces que he platicado con protestantes sobre este versículo han salido a relucir las más variopintas respuestas. Para algunos, el versículo demuestra que ellos sí pueden hacer peticiones a Dios, pero solamente para ellos (Esto, porque en ese episodio piden justicia para ellos, y no piden nada para nadie más). Este es un razonamiento en sí mismo bastante ilógico. ¿Pueden pedir pero no pueden elegir sobre lo que van a pedir? ¿Qué clase de situación es esa donde vivimos en presencia de Dios y éste no puede escuchar nuestras plegarias?
Lo peor es que detrás de este razonamiento no hay ninguna razón bíblica, pues la Escritura en ninguna parte niega que los santos puedan hacer peticiones a Dios por nosotros, por el contrario, se ve cómo la totalidad de los santos lo hacen:
“Cuando lo tomó, los cuatro Vivientes y los veinticuatro Ancianos se postraron delante del Cordero. Tenía cada uno una cítara y copas de oro llenas de perfumes, que son las oraciones de los santos.”[23]
“Otro Ángel vino y se puso junto al altar con un badil de oro. Se le dieron muchos perfumes para que, con las oraciones de todos los santos, los ofreciera sobre el altar de oro colocado delante del trono. Y por mano del Ángel subió delante de Dios la humareda de los perfumes con las oraciones de los santos.”[24]
En estos textos no hay nada que permita inferir que cuando se refiere a “todos los santos” se excluya a aquellos que ya gozan de la visión beatífica. Por el contrario, dice la Escritura:
“Pues los ojos del Señor miran a los justos y sus oídos escuchan su oración, pero el rostro del Señor contra los que obran el mal.”[25]
No es sensato pensar que el Señor deje de escuchar la oración de los justos precisamente cuando están en plena e íntima comunión con Él, y menos pensar que ya no desean o pueden interceder por sus hermanos. Abundan los textos que reflejan el continuo deseo de los miembros de la Iglesia de interceder de unos por otros:
“Confesaos, pues, mutuamente vuestros pecados y orad los unos por los otros, para que seáis curados. La oración ferviente del justo tiene mucho poder.”[26]
Si Jesucristo escuchó y respondió a la oración del buen ladrón por un momento de fe cuando estaba en la cruz[27] ¿no escuchará a su madre que hizo en perfección la voluntad de Dios y dijo: “he aquí la esclava del Señor. Hágase en mí según tu Palabra”[28]? Si por un minuto de fe escuchó y respondió al malhechor, ¿Qué no hará Jesús por sus amigos los santos que tuvieron una vida de fe y obediencia?
Argumento 4: Afirman que es inútil pedirles, porque como solamente Dios es Omnipresente no pueden escucharnos ni vernos.
Es cierto que sólo Dios es Omnipresente[29] pero es cierto también que aquellos que gozan de la visión beatífica tienen conocimiento de lo que acontece. Y aunque no está revelado cómo funciona el tiempo en el más allá; sí hay evidencias en la Escritura que dan a entender que quienes están con Dios no se encuentran en un estado de ignorancia de la realidad. Un ejemplo lo tenemos en los capítulos 11 y 12 de Hebreos, donde se recuerda a todos los Santos de la antigüedad: Abel, Henoc, Noé, Abraham, Isaac, Jacob, Moisés, Rajab, Gedeón, Barac, Sansón, Jefté, David, Samuel y los Profetas.
“Por la fe, ofreció Abel a Dios un sacrificio más excelente que Caín, por ella fue declarado justo, …Por la fe, Henoc fue trasladado, de modo que no vio la muerte y no se le halló, porque le trasladó Dios. Porque antes de contar su traslado, la Escritura da en su favor testimonio de haber agradado a Dios. … Por la fe, Noé, advertido por Dios de lo que aún no se veía, … Por la fe, Abraham, al ser llamado por Dios, obedeció y salió para el lugar que había de recibir en herencia, … lo mismo que Isaac y Jacob, coherederos de las mismas promesas… Por la fe, también Sara recibió, aun fuera de la edad apropiada, vigor para ser madre, pues tuvo como digno de fe al que se lo prometía…Por la fe, bendijo Isaac a Jacob y Esaú en orden al futuro… Por la fe, Jacob, moribundo, bendijo a cada uno de los hijos de José, y se inclinó apoyado en la cabeza de su bastón… Por la fe, Moisés, recién nacido, fue durante tres meses ocultado por sus padres, pues vieron que el niño era hermoso y no temieron el edicto del rey… Por la fe, la ramera Rajab no pereció con los incrédulos, por haber acogido amistosamente a los exploradores… Y ¿a qué continuar? Pues me faltaría el tiempo si hubiera de hablar sobre Gedeón, Barac, Sansón, Jefté, David, Samuel y los Profetas.”[30]
Y luego se les describe como una nube de testigos:
“Por tanto, también nosotros, teniendo en torno nuestro tan gran nube de testigos, sacudamos todo lastre y el pecado que nos asedia, y corramos con fortaleza la prueba que se nos propone.”[31]
Jesús también habla de cómo hay alegría en el cielo cuando ocurre la conversión de un pecador, lo cual es una prueba de que quienes están allí no ignoran lo que sucede.
“Os digo que, de igual modo, habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por 99 justos que no tengan necesidad de conversión.”[32]
“Del mismo modo, os digo, se produce alegría ante los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta.”[33]
Argumento 5: El último argumento que suelen utilizar los protestantes cuando ninguno de los argumentos anteriores funciona, es alegar que ellos no necesitan pedir la intercesión de los santos pues ellos pueden acudir a Cristo directamente. Aquí citan estos textos:
“Y todo lo que pidáis en mi nombre, yo lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Si me pedís algo en mi nombre, yo lo haré.”[34]
“Hijos míos, os escribo esto para que no pequéis. Pero si alguno peca, tenemos a uno que abogue ante el Padre: a Jesucristo, el Justo.”[35]
Si bien la oración cristiana debe ser Cristo-céntrica, esto no tiene por qué excluir la mutua intercesión. Si así fuera, tampoco se necesitaría pedir a algún hermano orar por nosotros, ya que también podemos hacerlo directamente.
Este tipo de objeciones se originan quizá en la limitada comprensión protestante del misterio de la Iglesia: Todos unidos en Cristo por medio del amor, lo cual incluye la mutua colaboración, principalmente en aquello que va directamente ordenado al orden de la salvación. Es precisamente por eso que San Pablo, siendo Apóstol de Jesucristo, no dudó en solicitar insistentemente la intercesión de sus hermanos aunque también podía pedir directamente a Dios todo lo que necesitaba.
Notas
- 1 Timoteo 2,5 ↩
- Job 42,8 ↩
- Números 14,19-20 ↩
- Números 21,7 ↩
- Éxodo 32,10-11 ↩
- Génesis 18,20-21.23-24 ↩
- Zacarías 1,12-13 ↩
- Juan 2,2-11 ↩
- 1 Tesalonicenses 5,25 ↩
- Efesios 6,17-18 ↩
- Santiago 5,16 ↩
- 1 Timoteo 2,1-6 ↩
- Eclesiastés 9,4-6 ↩
- Eclesiastés 12,1.7 ↩
- Eclesiastés 3,21 ↩
- Eclesiastés 3,19 ↩
- Mateo 6,26 ↩
- Filipenses 1,23 ↩
- 2 Corintios 5,1-9 ↩
- Marcos 12,26-27 ↩
- Marcos 9,4 ↩
- Apocalipsis 6,9-11 ↩
- Apocalipsis 5,8 ↩
- Apocalipsis 8,3-4 ↩
- 1 Pedro 3,12 ↩
- Santiago 5,16 ↩
- Lucas 23,42 ↩
- Lucas 1,38 ↩
- Capacidad de estar presente en todas partes simultáneamente. ↩
- Hebreos 11,4-5.7-9.11.20-21.23.31-32 ↩
- Hebreos 12,1 ↩
- Lucas 15,7 ↩
- Lucas 15,10 ↩
- Juan 14,13-14 ↩
- 1 Juan 2,1 ↩