Temas varios

La Virgen María

En relación a la Santísima Virgen María, los dogmas de fe definidos por la Iglesia a lo largo de la historia son la maternidad divina de María, su virginidad perpetua, su inmaculada concepción y su asunción a los cielos.

Los protestantes rechazan generalmente todos los dogmas marianos. En esta sección se profundiza en estos dogmas y se analizan las principales objeciones protestantes.

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El papel de María en el plan de salvación

Audiencia General de S.S. Juan Pablo II

1. Completando nuestra reflexión sobre María al concluir este ciclo de catequesis dedicado al Padre, queremos subrayar hoy su papel en nuestro camino hacia el Padre.

Él mismo quiso que María estuviera presente en la historia de la salvación. Cuando decidió enviar a su Hijo al mundo, quiso que llegara a nosotros naciendo de una mujer (cf. Gálatas 4,4). De este modo, quiso que esta mujer, la primera que acogió a su Hijo, lo comunicara a toda la humanidad. 

Por tanto, María se encuentra en el camino que va desde el Padre a la humanidad como madre que nos da a todos al Hijo Salvador. Al mismo tiempo, se encuentra en el camino que tienen que recorrer los hombres para ir al Padre, por medio de Cristo en el Espíritu (cf. Efesios 2,18).

Cristo en María

2. Para comprender la presencia de María en el itinerario hacia el Padre, tenemos que reconocer con todas las Iglesias que Cristo es «el camino, la verdad y la vida» (Juan 14, 6) y el único mediador entre Dios y los hombres (cf. 1Timoteo 2,5). María está presente en la única mediación de Cristo y está totalmente a su servicio. De modo que, así como el Concilio subrayó en la «Lumen gentium», «la misión maternal de María hacia los hombres, de ninguna manera obscurece ni disminuye esta única mediación de Cristo, sino más bien muestra su eficacia» (n. 60). No estamos afirmando ni mucho menos que el papel de María en la vida de la Iglesia está fuera de la mediación de Cristo o junto a ella, como si se tratara de una mediación paralela o en competencia.

Como dije expresamente en la encíclica «Redemptoris Mater», la mediación materna de María «es mediación en Cristo» (n. 38). El Concilio explica: «todo el influjo salvífico de la Bienaventurada Virgen en favor de los hombres no es exigido por ninguna ley, sino que nace del Divino beneplácito y de la superabundancia de los méritos de Cristo, se apoya en su mediación, de ella depende totalmente y de la misma saca toda su virtud; y lejos de impedirla, fomenta la unión inmediata de los creyentes con Cristo» («Lumen gentium», 60).

Es más, María, quien también fue redimida por Cristo, es la primera de los creyentes, pues la gracia que le concedió Dios Padre al inicio de su existencia se debe a los «méritos de Jesucristo, Salvador del género humano», como afirma la bula «Ineffabilis Deus» de Pío IX (DS, 2803). Toda la cooperación de María en la salvación está fundada en la mediación de Cristo y está orientada esencialmente a hacer nuestro encuentro con Él más íntimo y profundo; «La Iglesia no duda en reconocer abiertamente esta función subordinada de María, la experimenta continuamente y la recomienda al amor de los fieles, para que, apoyados por esta ayuda materna, se unan más íntimamente al Mediador y Salvador» (íbidem).

María en Cristo

3. María, en realidad, no quiere atraer la atención sobre su persona. Vivió en la tierra con la mirada puesta en Jesús y en el Padre celeste. Su deseo más fuerte fue el de hacer que las miradas de todos convergieran en esta dirección. Quiere promover una mirada de fe y de esperanza en el Salvador que el Padre nos envió. 

Fue modelo de una mirada de fe y de esperanza sobre todo cuando, en la tempestad de la pasión del Hijo, conservó en el corazón una fe total en Él y en el Padre. Mientras los discípulos turbados por los acontecimientos sintieron cómo su fe quedaba profundamente sacudida, María, a pesar de sufrir por el dolor, mantuvo la certeza de que se realizaría la predicción Jesús: «El Hijo del hombre... resucitará al tercer día» (Mateo 17, 22-23). Una certeza que no la abandonó ni siquiera cuando acogió entre sus brazos el cuerpo sin vida del hijo crucificado.

4. Con esta mirada de fe y de esperanza, María alienta a la Iglesia y a los creyentes a cumplir siempre la voluntad del Padre, que Cristo nos ha manifestado. 

Cada generación de cristianos sigue escuchando el eco de las palabras dirigidas a los servidores durante el milagro de Caná: «Haced lo que él os diga» (Juan, 2, 5).

Su consejo fue seguido cuando los servidores llenaron las tinajas hasta los topes. La misma invitación nos la dirige hoy a nosotros María. Es una exhortación a entrar en el nuevo período de la historia con la decisión de hacer todo lo que Cristo dijo en el Evangelio en nombre del Padre y que nos es sugerida actualmente por el Espíritu que habita en nosotros.

Si hacemos lo que nos dice Cristo, el milenio que comienza podrá asumir un nuevo rostro, más evangélico y más auténticamente cristiano, y responder así a la aspiración más profunda de María. 

5. Las palabras: «Haced lo que él os diga», mostrándonos a Cristo, nos recuerdan también al Padre hacia el que estamos en camino. Coinciden con la voz del Padre que resonó en el monte de la Transfiguración: «Este es mi hijo predilecto... Escuchadlo» (Mateo 17, 5). Este mismo Padre con la palabra de Cristo y la luz del Espíritu Santo nos llama, nos guía, nos espera.

Nuestra santidad consiste en hacer todo aquello que nos dice el Padre. Aquí está el valor de la vida de María: el cumplimiento de la voluntad divina. Acompañados y sostenidos por María recibimos con gratitud el nuevo milenio de las manos del Padre y nos comprometemos a corresponder a su gracia con humilde y generosa entrega.

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