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Daniel Sapia No Dice la Verdad Parte I

Biblia

Ataques a la Integridad del Concilio Vaticano I

Roma ha hablado, el caso está cerrado-San Agustín de Hipona (354-430 A.D.)

san-agustin

1 ¿Qué humano no desea tener poder ilimitado? ¿Qué humano no desea que sus disposiciones no sean discutidas, sino aprobadas sin posibilidad de cuestionamiento? Cuando deseamos cambiar la realidad, esto es imprescindible para darle credibilidad a nuestros intereses.

[p.1] Falaz. Sin duda alguna hay gente que desea hacer afirmaciones que no sean confrontadas con los hechos, especialmente los mentirosos que afirman falsedades para lograr algún propósito oscuro. Ya quisieran éstos que todos aceptáramos sus mentiras sin chistar para luego sacar provecho del engaño. Es un hecho que existe gente así. Pero no todos somos iguales. En mi caso personal, no tengo ningún interés en emitir disposiciones indiscutibles. Sinceramente, si no puedo demostrar lo que afirmo debo relegarlo al rincón de las posibilidades o sospechas hasta que tenga las pruebas de que aquello que supongo es cierto.

Creo que cualquier persona intelectualmente honesta estará de acuerdo conmigo en que no todos somos dictadores frustrados que quisiéramos que nuestro punto de vista fuera el único verdadero y aceptado en todo. El deseo de «cambiar la realidad» es algo que no está necesariamente conectado con el deseo de emitir verdades indiscutibles. Yo quisiera, por ejemplo, que no hubiera hambre en el mundo, quisiera cambiar esa realidad, pero no puedo hacerlo. Comenzamos entonces destronando esta falaz afirmación y creo que podemos decir sin miedo a equivocarnos que:

a) no todo ser humano desea poder ilimitado

b) no todo ser humano desea emitir declaraciones incuestionables y

c) que el deseo de cambiar la realidad puede ser algo malo o bueno.

Realmente… si alguien quisiera convencer al mundo de que el sol no sale todas las mañanas (por ejemplo) de poco le serviría que el mundo entero le creyese infalible, ya que la realidad en cuestión eventualmente avasallará y probará falsa la afirmación falaz. En el caso de la Iglesia esto es al revés. Si las declaraciones papales son mero invento humano, la historia de la Iglesia es lo suficientemente larga como para producir contradicciones sin embargo nadie puede encontrarlas y hasta los que tratan de hacerlo, como Daniel Sapia, no les queda más que «cambiar la realidad» citando fuera de contexto o directamente inventando hechos cuando las fallas deseadas no aparecen.

Daniel Sapia dice al final del primer párrafo:

«Cuando deseamos cambiar la realidad, esto es imprescindible para darle credibilidad a nuestros intereses.»

Y cierto es que la realidad del Catolicismo con sus veinte siglos de existencia, sus numerosísimos autores, libros, concilios, declaraciones y su interacción constante con la cultura de Occidente es una monumental realidad que no puede ser derribada con mentiras. Los que atacan a la Iglesia necesitan credibilidad pero no la tienen y su única esperanza es socavar la credibilidad del catolicismo para dársela a sus propios intereses. La advertencia de Jesús «no prevalecerán» (Mateo 16:18) no los asusta e imaginan que cualquier mentira bien dispuesta puede derribar la obra de veinte siglos (Hechos 5:34-39). Cuidado, que muchos han tratado de hacer lo mismo… con idénticos resultados. Para comprobarlo basta con leer un poco de historia.

Analizando lo expuesto anteriormente si la jerarquía católica estuviera interesada en manipular las mentes de los pueblos y naciones a su alcance, entonces debiera haber una constante publicación de edictos, mandamientos, excomuniones y cuánta maniobra se pudiera hacer bajo la cobertura de la infalibilidad. Sin embargo en los últimos doscientos años los papas se han expresado ex cathedra en solamente dos ocasiones:

1. En 1854 para definir la Inmaculada Concepción de María y

2. En 1950 para definir la Asunción de María.

El Magisterio ha hecho declaraciones más frecuentes pero no hay nada en actas (y todo esto es público por propia naturaleza) que dé la impresión tan siquiera lejana de que la Iglesia intenta obtener «sostén desesperado» de su «estructura decrépita» tal cual cita Daniel Sapia en su tendencioso panfleto.

2. Alguien» infalible» es necesario para fundamentar la divinidad de las «Tradiciones».

[p. 2] Capcioso. Nótese el sugestivo uso de las comillas. Implícito en esta afirmación está el pensamiento protestante de que toda tradición, especialmente si es católica, es una de las tradiciones condenadas por Jesús como por ejemplo el korbán de los fariseos (Marcos 7:11,12). Si Jesús condenaba toda tradición, me pregunto: ¿Qué hacía Nuestro Señor en el templo de Jerusalén para la fiesta de Dedicación? Este es un festival de pura hechura humana, con el cual el protestantismo no está muy familiarizado, ya que sus Biblias incompletas no incluyen los libros de los Macabeos (2Mac 1:18 S. Juan 10:22-25). Jesús no tuvo problema alguno en celebrar el festival de la Dedicación. El Protestantismo en general sí, ha tenido problemas en aceptar el libro que cuenta cómo se instituyó ese festival.

Es un hecho aceptado entre los estudiosos de las Escrituras que los Evangelios fueron escritos aproximadamente a partir del año 50 o 54 A.D. lo cual deja un par de décadas entre la crucifixión de Jesús y las primeras recopilaciones de las Buenas Nuevas. Los dichos y hechos de la vida de Jesús se conservaron de diversas formas por ejemplo, según San Lucas, en la memoria de la Santísima Virgen (S.Lucas 2:59, comparar con S. Juan 21:25). Nosotros los católicos llamamos a eso «tradición oral». Jesús no tuvo una secretaria que tomaba notas mientras El hablaba careciendo El de un magnetófono, sus palabras y hechos nos llegan a través de la memoria y relatos de los testigos presenciales.

Como en todas las sociedades de tiempos antiguos, la tradición oral era el depósito común de conocimientos generales y aún de leyes (2Tesal. 2:15 3:6 1Juan 2:26, 27). Los Evangelios, entonces, provienen de esa temprana tradición oral, sagrada, guardada en común por todos los miembros de la Iglesia de la verdad y vigilada por la acción del Espíritu Santo. Sabemos con San Pablo que Jesús dijo «Hay más alegría en dar que en recibir», aunque esa frase de Jesús no figura en ninguno de los cuatro Evangelios (Hechos 20:35). Tal, es el poder de la Sagrada Tradición Apostólica.

San Pablo afirma «la Iglesia es fundamento [1] y columna de la fe» (1Tim 3:15, ver también 6:3-6) y también advierte que si alguien «les declara un evangelio distinto del que yo les he declarado, sea anatema» [2] (Gal 1:6-10). La conclusión es obvia, hay buenas y malas tradiciones. Algunas son tradiciones de origen humano como el festival de la Dedicación otras son de origen divino como la evangelización paulina… es la Iglesia la que las guarda como sagradas o las rechaza como espurias. Esto no es una decisión personal de cada católico sino que es una decisión apostólica, como el dictamen de San Pablo «sea anatema» que no requiere el consentimiento de los fieles sino simplemente la obediencia a la autoridad apostólica.

Aparte resaltemos el hecho de que, al tiempo de escribir el apóstol estas palabras, los Evangelios distaban de circular en forma impresa en todo el mundo como los tenemos hoy. La forma más común de recibir el Evangelio era por declaración oral de un apóstol u otro enviado. La tradición entregada así, era conservada dentro del grupo eclesial. Esto nos parece extraño a nosotros hoy, que dependemos de nuestras notas, Biblias etc. Pero la realidad histórica incontrovertible es que antes de la invención de la imprenta y la difusión global de la palabra escrita la mayoría de la gente conservaba su cultura en tradiciones orales tal cual se puede comprobar en el caso similar de sociedades primitivas aisladas del mundo hasta este mismo día.

Sapia pregunta:

«¿Hace falta alguien infalible para confirmar la validez de una tradición?»

Mi respuesta es un resonante: sí. En todas las sociedades humanas o cuerpos colegiados hay alguien que, de común acuerdo o por propio ejercicio de poder, tiene la última palabra. Los congresos pueden llegar a decisiones divididas y dependen de un presidente para evitar el estancamiento o la inacción. En las sociedades humanas la autoridad es delegada en un rey o presidente por medio de diferentes métodos. En la Iglesia y de acuerdo con las Escrituras que nos han llegado, la autoridad es la que Jesús mismo delegó en sus apóstoles. Eso es lo que nosotros los católicos entendemos como autoridad apostólica (Lucas 10:16).

Recuerde el lector la tradición entre comillas que ha presentado Sapia aquí, porque más adelante, las «tradiciones» se vuelven buenas cuando convienen a su causa.

[p. 3] Cierto y católico. De ahí vayamos a la clarísima cita que Daniel Sapia incluye, sacada del Catecismo Católico. Conservamos la línea prologal de Sapia y reproducimos su cita del Catecismo (en itálicas), he quitado las comillas que enmarcaban ciertas frases de la cita catequística para restaurar la presentación original del Catecismo:

3. De acuerdo a la doctrina Católica, el Papa es infalible en materia de doctrina y fe. [3]

«Para mantener a la Iglesia en la pureza de la fe transmitida por los apóstoles, Cristo, que es la Verdad, quiso conferir a su Iglesia una participación en su propia infalibilidad. Por medio del sentido sobrenatural de la fe, el Pueblo de Dios se une indefectiblemente a la fe, bajo la guía del Magisterio vivo de la Iglesia» # 889

El oficio pastoral del Magisterio está dirigido, así, a velar para que el Pueblo de Dios permanezca en la verdad que libera. Para cumplir este servicio, Cristo ha dotado a los pastores con el carisma de infalibilidad en materia de fe y de costumbres…» # 890

«El Romano Pontífice, Cabeza del Colegio episcopal, goza de esta infalibilidad en virtud de su ministerio cuando, como Pastor y Maestro supremo de todos los fieles que confirma en la fe a su s hermanos, proclama por un acto definitivo la doctrina en cuestiones de fe y moral… Esta infalibilidad abarca todo el depósito de la Revelación divina» # 891

Quien lee esto con buena fe y conocimiento de las Escrituras lo entiende perfectamente. El cuerpo colegiado, el Magisterio, es guía autoritaria en asuntos de fe. Jesucristo sostiene, en este cuerpo y en la persona del sucesor de Pedro, la integridad de las declaraciones y enseñanzas de fe, como se desprende claramente de la lectura de los Evangelios (Lucas 22:32).

Dijo Jesús a sus apóstoles: «Quien a vosotros escucha a mí escucha» (Lucas 10:16), «Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra, id pues y haced discípulos de todas las gentes, bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado y he aquí que Yo estoy con vosotros hasta el fin del mundo» (Mateo 28:18-20 Mateo 18:18).

Jesús está lanzando la barca de la Iglesia en el mar de la Historia, es por eso que Su obra no se limita a la vida de los primeros apóstoles y, debidamente, ellos imparten la autoridad de la misma forma en que la recibieron, imponiendo las manos sobre sus sucesores (1Tim 4:14). Esa línea se mantiene ininterrumpida hasta el dia de hoy. Y como en todo cuerpo colegiado hay una cabeza para tomar las decisiones finales, el sucesor de San Pedro en este caso, sobre quien descansa la responsabilidad en asuntos de fe y de moral.

Este hombre es, por definición y propia declaración, un pecador, tal como Simón el Pescador era, por propia declaración un pecador (ver Lucas 5:8-11). Es por eso que Cristo le entrega un poder especial, limitado solamente a declaraciones pastorales de fe y moral. Esa entrega limitada tiene el doble propósito de respetar el libre albedrío de quien la recibe y asegurar a la Iglesia que este Vicario de Cristo no tiene permiso para emitir juicios erróneos en materias de fe y moral. Si se lo convirtiera en un autómata que sólo puede practicar el bien, ciento por ciento en todo aspecto de su vida, se le quitaría su libre albedrío, de ahí la limitación que lo fuerza a ser infalible solamente en cuestiones de declaraciones que pertenecen a la vida de fe de la Iglesia.

Esta salvedad, este recorte del libre albedrío, es juiciosamente impuesto por Dios a una sola persona por vez en cada generación, el sucesor de Pedro. Ciertamente una intervención mínima en la libertad del hombre, hecha para beneficio del hombre.

La conducta del Papa en otros aspectos es su propia responsabilidad, en eso él es tan libre como todos nosotros y puede marcar un número equivocado, olvidarse de apagar la estufa, sentir envidia, ser tentado por malas inclinaciones o cocinar una mala comida. Todo depende de lo bien que se prepare para cada cosa. La gracia especial que tiene es una salvaguarda del Espíritu Santo que se aplica solamente al emitir juicios a toda la Iglesia sobre asuntos de fe y moral.

4. Quién, cuándo y cómo se promulgó. El sucesor del Papa Gregorio XVI (1831-1846) fue Pío IX (1846-1878), quien convocó al Concilio Vaticano I en 1870, donde se aprobó la Doctrina de Infalibilidad.

Concilio Vaticano I

[p.4] Inexacto. La doctrina de la infalibilidad papal se definió, el Magisterio ya la aprobaba y creía desde los tiempos de los Padres de la Iglesia, como citamos y probamos ampliamente en este artículo. Esta cita, (párrafos 4 y 5) [4] que parece venir de una publicación anticatólica cuyos autores no se declaran [5] , ya está refutada de antemano en el capítulo XVIII del libro de Karl Keating (Catolicismo y Fundamentalismo, ver el artículo publicado anteriormente en http://apologetica.org).

La doctrina de la infalibilidad papal fue definida en sus alcances por el Concilio Vaticano I, no fue creada, aprobada o desempolvada para esa ocasión y es claro que así lo prueban irrefutablemente las citas de Keating: San Cipriano de Cartago y San Agustín de Hipona[6] . Ambos Padres de la Iglesia preceden al Concilio Vaticano I en unos quince siglos. Creo que no hace falta dar mayor importancia al resto de las citas de Sapia en éste párrafo pues su afirmación principal, a saber, que el Vaticano sacó esta doctrina de la galera para afirmar su autoridad, queda probada falsa antes de ser emitida, por lo que ya hemos publicado antes para responder a la misma acusación y por numerosos documentos que citamos mas adelante en este mismo artículo.

5. La doctrina de la «infalibilidad papal» era el sostén final y desesperado que Pío IX esperaba que apoyaría la estructura decrépita del dominio católico romano sobre los gobiernos del mundo y sus ciudadanos. Para establecer este dogma de una vez por todas, el Papa convocó al Concilio Vaticano I, el 8 de diciembre de 1869.

Conociendo la historia de los papas, varios obispos católicos se opusieron a declarar dicha doctrina como dogma en el concilio de 1870. En sus discursos, un gran número de ellos mencionó la aparente contradicción entre semejante doctrina y la conocida inmoralidad de algunos papas o el hecho de que se hayan puesto unos contra otros, en especial el caso del Papa Esteban VII (896-897) que llevó al Papa Formoso (891-896) a juicio en el año 896.

[p. 5] Falso. El párrafo precedente delata la total falta de conocimiento histórico que su autor tiene o que espera de sus lectores. «Conociendo la historia de los papas» quiere implicar que es una historia sucia y que los obispos la despreciaban [7] . El autor nos quiere hacer creer que nada bueno hay allí, a pesar de que muchos de los papas sufrieron el martirio por su fe. No se citan los discursos ni hay referencia alguna al temario o a las actas conciliares. El párrafo es tan prejuicioso que claramente nos quiere hacer admitir que hasta los obispos que votaron por la definición de infalibilidad en este concilio, pensaban como el autor del panfleto. Esto es tan absurdo que constituye prueba de la falta de cualquier método histórico serio en la redacción de esa obra [8] .

Según el panfleto, el papa Pio IX, viendo que se le iban las riendas del mundo decide hacerse declarar infalible en la ilusión de que tal cosa le va a devolver el control perdido. Refiérase el lector a cualquier historia de Europa para comprobar que ese concepto es francamente risible. En la segunda parte se nos quiere hacer pensar que los obispos disidentes también confundían la infalibilidad con la impecabilidad. Por otro lado, si el pobre Pio IX, según afirma este dudoso documento, no tenía el apoyo ni siquiera de sus propios obispos, ¿Cómo podía esperar que al definir la doctrina de la infalibilidad los países del mundo iban a quedar más firmemente bajo su control? Que juzgue el lector si este párrafo no se contradice a sí mismo. ¿Cree acaso el autor del panfleto que los lectores no piensan, ni leen historia?

Cualquiera que conozca algo de historia de la Iglesia sabe que en todos los concilios hubo todo tipo de refriegas (comenzando por el de Jerusalén en Hechos 15, donde surgió «un desacuerdo y debate no pequeños» y sin duda que los ánimos estaban bastante encrespados). En los Concilios donde se definió la divinidad de Cristo, por ejemplo, se asombraría Sapia de las refriegas ocurridas en sus pasillos, pero que llevaron finalmente a la declaración de la verdad sobre Cristo. Las fragilidades humanas no asustan al Espíritu Santo, que no depende de las buenas obras de los creyentes para guiar a su Iglesia, sino que escribe derecho en renglones torcidos. De todos modos, la presentación que se hace en el panfleto de Sapia de lo que sucedía entre bastidores en el Concilio Vaticano I es totalmente parcial. Hay grandes obras sobre el Concilio Vaticano I, cuya lectura recomendamos a quien quiera saber más, y mejor, del evento.

Una excepción podría ser A.B. Hasler, autor de Wie der Papst unfehlbar wurde (Cómo el Papa se volvió Infalible) obra citada repetidamente por Sapia en su panfleto y a quien presenta como uno que «tuvo acceso a los archivos secretos», cosa que todo historiador tiene. La expresión quiere dar al lector la idea de que Hasler «verdaderamente» conocía la historia que el Vaticano «esconde».

Dice Sapia que él va a brindar «unas cuantas de las cientos de contradicciones que desmienten esta doctrina». «Cientos» ¿Quién lo puede probar o negar, verdad? Lo importante es sembrar falsedades, y que otros se ocupen de probar si son ciertas o falsas. Veremos aquí que de esos «algunos» ejemplos de los supuestos «cientos» no sirve ninguno. Nuevamente Daniel Sapia requiere de nosotros que «sus disposiciones no sean discutidas, sino aprobadas sin posibilidad de cuestionamiento» algo de lo que él mismo acusa a los papas. El acusador es culpable de las mismas malas artes que él critica en el acusado y, como ya nos tiene acostumbrados, presenta inexactitudes como grandes verdades.

Es curioso: Sapia no parece aceptar argumentos católicos a menos que se le presenten pruebas apodícticas mientras que para las afirmaciones, evidentemente falsas, de los enemigos de la Iglesia que él repite en su sitio, no parece aplicar ningún filtro apodíctico, colando así el mosquito y tragándose el camello. Es más, con sólo aplicar el sentido común al menos debe dudarse de algunas afirmaciones que él atribuye a los papas, por tratarse de expresiones simplemente ridículas. Se presta así al juego del diablo, del cual es propio el confundir con falsedades, incluso apareciendo como «ángel de luz» que pretende «iluminar», mientras que es propio del Espíritu de Dios traer luz y verdad a las personas. Por este motivo no nos cabe duda que obra en ese sitio una suerte de «energía del engaño» para mal suyo y de todos, porque nadie se puede beneficiar de la mentira. Da qué pensar su gran disponibilidad a creer a cualquier autor que vaya contra la Iglesia Católica, sin juzgar la veracidad o seriedad de dicho autor. (2Cor 5:10. 2Tim 3:8,9 4:1-5).

Recientemente he leído un clarísimo artículo de Dale Ahlquist [9] que dice en parte:

» […] ‘Lo que realmente obra en el mundo de hoy es anticatolicismo y nada más’ […] esta religión de la irreligiosidad se arroja entera en brazos de la anarquía de lo desconocido […].

El motor de la página de Sapia es simplemente: si es anticatólico, entonces es verdad hasta que los católicos demuestren lo contrario (Juan 8.31-47).

Lo importante para Daniel Sapia no es dar a conocer la verdad, sino acusar al catolicismo que ya ha sido condenado por él antes de la aparición de la más mínima evidencia de culpabilidad. Como en el juicio de Jesús ante el Sanedrín, los testigos están viciados de parcialidad y el juez se ha asignado una autoridad usurpada.

Este caso, el del enjuiciamiento de Formoso que es tratado por Karl Keating en el capítulo XVIII de su libro, ya publicado en este sitio. A lo largo de su panfleto Sapia repite las mismas acusaciones previamente refutadas sin ofrecer ninguna razón. De ahí concluyo que Sapia no leyó (o no entendió) la refutación de Boettner por Keating y vuelve al ataque con… la misma historia. Aquí va la parte de Sapia… y no va a ser la primera vez en este artículo que volvemos a repetir (sin que se nos refute) los mismos argumentos que antes expusiéramos en la vana esperanza que fueran leídos y entendidos antes de rebuznar en contra otra vez:

EL SINODO DEL TERROR

6. La famosa historia de un Papa llevado a juicio por otro Papa es algo horrendo, mas considerando que ¡el Papa Formoso había muerto hacía ocho meses! Sin embargo, su cadáver fue desenterrado y llevado a juicio por el Papa Esteban VII. El cadáver putrefacto fue situado en un trono. Allí, frente a un grupo de cardenales y obispos lo ataviaron con ricas vestimentas del papado, se puso una corona sobre su calavera y el cetro del Santo Oficio colocado en los cadavéricos dedos de su mano. Mientras se celebraba el juicio, el hedor del muerto inundaba la sala. El Papa Esteban, adelantándose hacia el cadáver, lo interrogó. Claro está que no obtuvo respuesta, y el Papa difunto fue sentenciado como culpable. Entonces, le fueron quitadas las vestimentas papales, le arrebataron la corona y le mutilaron los tres dedos que había utilizado para dar la bendición papal. Luego, ataron el cadáver a una carroza y lo arrastraron por por las calles de la ciudad, lanzando mas tarde el cuerpo al río Tíber. («La ascensión y la caída de la Iglesia Católico-Romana», pág. 179 – «Italia Medieval», pág. 395)

[p. 6] Improcedente. Volvemos a publicar el límpido razonamiento de Keating, a ver si alguien se da por aludido esta vez:

«Después de contar el caso del Papa Formoso (admitimos que es un caso realmente macabro), cuyo cuerpo fue desenterrado y puesto en el banquillo de los acusados durante un juicio póstumo, Woodrow reclama que «tan agudo desacuerdo entre papas es ciertamente un argumento en contra del ideal de la infalibilidad papal». Esto es evidencia de una confusión básica, desde que el asunto siempre debe ser expresado de esta manera: ¿Ha habido dos papas oficialmente en desacuerdo en lo que toca a cuestiones de fe y moral?. El caso del Papa Formoso no tuvo nada que ver con ninguna enseñanza ni desacuerdo de esa clase.
Formoso era el obispo de Porto (Portugal), y fue elegido Papa en un momento en que se consideraba impropio el traslado de un obispo de una diócesis a otra. Esto era meramente una regla disciplinaria y no invalida su elección. Su segundo sucesor, Esteban VII, a instancias de el emperador Lamberto, halló políticamente conveniente el declarar que Formoso había llegado al papado por medios impropios y que las ordenaciones hechas por él eran, en consecuencia, inválidas. De ahí surge el juicio ya mencionado. Formoso fue hallado «culpable» y sus ordenaciones fueron declaradas nulas. Así que, hubo ciertamente un desacuerdo (si tal cosa fuera posible) entre Formoso, que estaba muerto para ese entonces, y Esteban sin embargo el juicio póstumo, sin importar cuán repugnante nos parezca, no tuvo nada que ver con una definición de fe o moral, de modo que la cuestión de la infalibilidad papal no corresponde a este caso.» 
[10]

Quizás si Daniel Sapia publica esta historia unas mil veces más, el caso de Formoso se volverá una cuestión de enunciar asuntos de fe y moral a toda la Iglesia. De hecho, se refiere dos veces al asunto en su panfleto. El caso de Formoso por ahora queda como un momento triste y oscuro de la historia de esta Iglesia que sufre las consecuencias del pecado original tanto como cualquier otra, pues Jesucristo la fundó para que en ella entraran los pecadores y aprendieran los caminos de la santidad. La Iglesia no es un club de santos, es un hospital para pecadores.

Cuando Jesús declaró que «los enemigos de un hombre estarán en su propia casa» «os envío como ovejas en medio de lobos» «el enemigo sembró mala hierba» (Mateo 10:34 10:16 13:26-30) estaba declarando la persistente condición del pecado que afecta a Su Iglesia y a todos los humanos. Si la Iglesia fuera perfecta y angelical, no sería necesaria la gracia de Dios y nos mereceríamos el cielo, Jesucristo hubiera muerto en vano y podríamos gloriarnos de nuestra propia conducta. Pero no es así. ¿Está usted sorprendido de encontrar pecadores y disensiones en la Iglesia? Entonces usted no ha leído las Escrituras ni ha escuchado las palabras de Jesucristo. Sigamos…

7. Antes de que Pio IX abriera el Concilio Vaticano I, el 8 de diciembre de 1869, la oposición a la infalibilidad papal (que ahora todos sabían que el Papa trataba de impulsar a través del Concilio) había aumentado hasta alcanzar proporciones enormes entre los obispos y miembros laicos en general. [11]

8. Ya no era mas la Edad Media, con documentos falsificados para apuntalar la autoridad papal. Los obispos sabían bien que la infalibilidad papal nunca había sido aceptada por la Iglesia sino que había sido negada frecuentemente. Aceptarla ahora sería ir contra siglos de tradición de la Iglesia así como también de las Escrituras.

[pp. 7-8] Falso. Para analizar esta última declaración recordamos una cita de Jorge Luis Borges. Los sofismas siempre han existido, quienes proponen un problema que no existe no tienen ningún empacho en proponer soluciones falsas a falsos problemas. Borges habla de Plinio, el historiador romano, en estos términos: «A Plinio (Historia Natural, Libro Octavo) no le basta observar que los dragones atacan en verano a los elefantes: aventura la hipótesis que lo hacen para beberles toda la sangre que, como nadie ignora, es muy fría»[12] .

Es fácil para nosotros sonreír veinte siglos más tarde ante la inocente ignorancia de Plinio. Al menos, Plinio no intentaba denigrar a ningún ser humano con ese comentario que hoy hallamos tan risueño. Que los Doctores y Padres de la Iglesia (citamos ya dos veces a San Agustín y a San Cipriano) hubieran promulgado la primacía petrina en casos de fe y moral no tiene la menor importancia para el desconocido autor de la cita de Sapia.

Tampoco tiene importancia alguna la tormenta que tuvo que pasar la Iglesia al principio de su segundo milenio, cuando las desavenencias entre los obispos de Oriente y Occidente culminaron en el cisma de 1054. Es curioso que aun en el amargo cenit de esta disputa, ninguna de las iglesias orientales discutió la condición de «primus inter pares» del obispo romano, cuando hubiera sido fácil negarle esa autoridad para ganar la disputa. Algunos lo desobedecieron pero ninguno argumentó contra su primacía. Esto merece un tratamiento más extenso, pero sirva lo dicho como fondo contra el cual comparar éste párrafo que nos espetan con toda malicia. ¿Quiénes son los «todos» en el «todos sabían que el Papa trataba de impulsar a través del Concilio»? «Ya no era más la Edad Media» ¿Qué se quiere decir con eso? ¿Es «progresista» creer en algo sin revisarlo porque está impreso en letras de molde y es posterior a la Edad Media? Para verificar la falsedad de las afirmaciones de Sapia examinemos una nota del Concilio Vaticano I, donde se citan precedentes del Concilio II de Lyon (constituido en 1274):

«1834 [cf. n. 171 f.]. Además, con la aprobación del segundo concilio de Lyons, los Griegos han profesado «que la Santa Iglesia Romana retiene la más alta y completa primacía y la preeminencia sobre la Iglesia Católica universal, de la cual profesa verdadera y humildemente que ha recibido con plenitud el poder de Nuestro Señor Mismísimo en el bendito Pedro, el jefe o cabeza de los Apóstoles, de quien el Pontífice Romano es el sucesor, y, como tal está comprometido por sobre otros a defender su verdad [13]

La maliciosa impresión que trata de dar Sapia es que una especie de progresiva «liberación» de la «opresión papista» está ocurriendo en el mundo y para rematar el punto con otra mentira se nos asegura:

«Los obispos sabían bien que la infalibilidad papal nunca había sido aceptada por la Iglesia [14] sino que había sido negada frecuentemente. Aceptarla ahora sería ir contra siglos de tradición de la Iglesia así como también de las Escrituras».

Me basta para probar la falsedad de estas afirmaciones lo citado anteriormente de fuentes patrísticas y conciliares en nuestra exposición y en la exposición adjunta de Keating. La Iglesia afirmó la primacía romana en 1054 a costo no despreciable y con ella todos los padres y doctores de la Iglesia se han expresado a través de los siglos en términos bien claros.

Hasta la sangre fría de los elefantes de Plinio se calentaría al escuchar que «la infalibilidad papal nunca había sido aceptada por la Iglesia», especialmente ante la hipocresía de los que comienzan execrando las tradiciones y ahora se golpean el pecho porque, según dicen, aceptar las medidas del concilio «sería ir contra siglos de tradición de la Iglesia así como también de las Escrituras».

Vaya uno a saber cómo, en unos cuantos renglones, las tradiciones de la Iglesia pasaron de ser execrables a ser inviolables. La falta de rigor de este panfleto alcanza uno de sus peores momentos con este precario razonamiento, no solamente porque carece de coherencia aun con lo que declaran creer las así llamadas iglesias evangélicas sino que también miente, pues como puede fácilmente entender el lector la tradición de la Iglesia ha sostenido la infalibilidad desde tiempos apostólicos. Ver las citas que adjuntamos más adelante y lo expresado por escritores patrísticos en los primeros cinco siglos de vida del cristianismo. Repito, por fuentes históricamente acreditadas y no por un histérico anticlerical que se gana la vida publicando libros escandalosos de dudoso valor histórico.

Sapia presenta una versión infantilmente tergiversada y simplista del Concilio Vaticano I, basado como de costumbre en autores cuya finalidad no es por cierto la de descubrir la verdad, sino que pretenden presentar la definición del dogma como una lucha sucia por el poder. La mayoría de las «citas» son indemostrables, no hay modo de confrontarlas en los documentos conciliares, diarios de los obispos y demás material que suele usarse en estos casos. Ya tendría que saber Sapia que una afirmación no se vuelve automáticamente cierta por el solo hecho de que alguien la publicó en un libro. En estas cuestiones hay que ir a las fuentes, usar bibliografía decente o quedarse al margen de la discusión, de lo contrario se arriesga ser un mero repetidor de falsedades (Judas 10,11).

Esta presentación del Concilio por Sapia es totalmente insidiosa, y su objetivo es que el lector desprevenido alimente desprecio hacia la Iglesia. Como contraparte el lector interesado puede ver el artículo que trae la Enciclopedia Católica sobre el desarrollo del Concilio Vaticano I, escrito por un especialista, y compararlo con la presentación que hace Sapia (notar siempre la bibliografía que se usa en cada caso).

9. Los que estaban a favor de la infalibilidad, cuando comenzó el Concilio, eran una minoría. Sin embargo, tenían un plan concreto de acción para tomar el control de las posiciones claves en la burocracia del Concilio y de los medios noticiosos de la Iglesia. En esto fueron ayudados por el Papa, la mayoría de la curia y los Jesuitas. Para ganar votos, este grupo de presión «no se acobardó de las intrigas, las promesas y las amenazas» (August Bernhard Hasler, How the Pope Became Infallible (Doubleday & Co. Inc., 1981 – Pag. 64).

[p. 9] Falso, afirmación no documentada. ¿Existe aquí adosada alguna lista que nos demuestre que los que estaban a favor de la infalibilidad eran una minoría? No. No hay prueba alguna de esta aseveración. Pero, un momento, en el próximo párrafo se nos asegura que «el Papa, la mayoría de la curia y los Jesuitas» eran los que estaban a favor de la infalibilidad. Ahora, pregúntese el lector: ¿Quién hizo el censo y dónde están asentadas las cifras que respaldan esta peregrina afirmación? La lógica del párrafo es dudosa y sus aseveraciones contradictorias, como corresponde a cualquier sensacionalista anticatólico que quiere llevar agua para su molino.

10. «Todo está preparado aquí para la proclamación de la infalibilidad», escribió Lord Acton a William E. Gladstone, Primer Ministro de Gran Bretaña, el 24 de noviembre de 1869, dos semanas antes de que el Concilio se convocara formalmente.

[p. 10] Capcioso. Esta parte es realmente especial. Lord Acton fué un católico de tendencias liberales predispuesto públicamente en contra de la agenda del concilio. El hecho de que se supiera el temario dos semanas antes no lo vuelve una elección fraudulenta aun si se supiera de antemano que cierta doctrina iba a ser definida. Lo que hubiera sorprendido al mundo es que el concilio votara en contra de la infalibilidad, en contradicción de la opinión patrística declarada a través de los dieciocho siglos precedentes. Esta cita fuera de contexto quiere dar la impresión de que «hubo arreglo». Si tal era el caso: ¿dijo Lord Acton que «los que están a favor de la infalibilidad son una minoría» tal como lo declara por su cuenta Hasler el párrafo anterior? ¿En qué quedamos? ¿Había controversia o estaba ya todo preparado? ¿Por qué no se amplía el comentario de Lord Acton?

Vayamos al siguiente párrafo donde se nos quiere hacer tragar el anzuelo a la fuerza:

11. El chargé d’affaires inglés a la Santa Sede comentó que las preparaciones para hacer pasar a la fuerza la infalibilidad se habían organizado tan bien que : «…los obispos extranjeros hallaron que era perfectamente imposible expresar libremente sus opiniones. Van a recibir una sorpresa desagradable cuando se vean obligados a sancionar algo que ellos en realidad quieren condenar.» (Ibid., pp. 66-67)

[p. 11]Capcioso. Aquí también se cita a Lord Acton aparentemente (supongo que será sacado de la obra anteriormente citada) ¿Dónde está la cita completa y de dónde la sacó el autor? No se sabe. Parece que a él hay que creerle a pie juntillas. No he podido encontrar la cita que aquí se describe y que puede estar fuera de contexto (si es que existe). Llama mucho la atención que Acton se exprese forma tan descuidada, asignando intenciones a «los obispos extranjeros» que misteriosamente reunidos preconciliarmente «han hallado» que «era perfectamente imposible expresar libremente sus opiniones». ¿Cómo «hallaron» los «obispos» extranjeros» (suponemos aquellos que no eran italianos) esta «imposibilidad»? ¿Se reunieron todos a tomar un café en la Piazza Navona? ¡Vaya misterio! ¿Cómo estos cientos de obispos se comunican y llegan a conclusiones sin tener teléfono, ni fax, ni internet? Y luego, mansamente, van y votan en contra de sus propias convicciones como si tuvieran puesta una escopeta en la espalda.

El hecho de que Lord Acton tuviera una animadversión pública contra la Iglesia no se menciona como tampoco el hecho de que Acton, aun estando en desacuerdo con la Iglesia en muchos puntos, nunca dejó de ser católico ni de llevar una vida católica hasta el fin de sus días (ver nota biográfica más adelante). En esto la Iglesia exhibe una tolerancia ejemplar para con Acton, una voz liberal, discordante e inoportuna. Pero eso no se aclara en el panfleto, porque tal cosa quitaría de la mente del lector la Iglesia opresiva y amenazante que se quiere presentar. El solo hecho que un disidente, escritor, editor de un periódico [15] estuviera en los pasillos del concilio es prueba de la libertad de información que existía bastante amplia para la época.

Citar a Lord Acton, Döllinger, Küng y otros por el estilo es querer forzar la mente del que lee a una conclusión única. Por ejemplo: si yo quiero escribir la historia moderna de Israel y para eso entrevisto solamente a líderes palestinos ¿se puede creer en lo que yo escriba o se debe tomar como algo intencionalmente tendencioso? Esa es la técnica de los «investigadores» que estamos analizando. Si se cita a un católico es generalmente una cita forjada o errónea (como la que nos quiso hacer pasar a Karl Keating como un «antipapista») o bien de un descontento con la Iglesia (como Lord Acton) o bien un disidente a la violeta como el doctor Küng o un quasi-cismático como Döllinger. Como en el juicio de Jesús, la Iglesia no tiene testigos a su favor con este Sanedrín ( Juan 18:19-23).

Honestamente, ¿Qué clase de tontos cree este escritor que somos los lectores? ¿Dónde hay declaraciones documentadas de los conciliares con nombre y apellido, mayorías establecidas, registros de votos que prueben esto? En ninguna parte. Si los hubiera, ya se habrían publicado abundantemente como aquella «Carta del Obispo Strossmayer» que resultó ser un fraude y que es el único fruto de la miserable cosecha de «pruebas» que hasta ahora se nos vienen ofreciendo sobre los supuestos vicios de este concilio. De lo citado en este párrafo no hay una sola línea que uno pueda verificar en fuentes serias y universalmente aceptadas. A continuación leamos una breve reseña de la vida de John Emerich Edward Dalberg Acton, Barón Acton (Lord Acton). Juzgue el lector a la luz de esta nota biográfica.

Barón Acton, Profesor de Historia Moderna en Cambridge (Inglaterra), 1895-1902, nacido en Nápoles el 10 de enero de 1834, donde su padre, Sir Richard Acton, fuera titular de un importante cargo diplomático murió en Tegernsee, Bavaria, el 19 de junio de 1902. Su madre era la heredera de una distinguida familia bávara, los Dalberg.

La familia Acton, a pesar de ser de rancio abolengo Católico inglés, se habían adaptado a Nápoles, en donde el abuelo Lord Acton había sido primer ministro. El futuro historiador fue entonces cosmopolita en grado extremo y mucho de su maestría en literatura histórica puede ser atribuido al hecho de que los principales lenguajes de Europa le eran tan familiares como su propia lengua materna.

En 1843 siendo muchacho, fue enviado a estudiar a Oscott College, en Birmingham, donde el doctor (luego Cardenal) Nicholas Wiseman era entonces presidente. Después de cinco años en Oscott, Acton completó su educación en Munich, como alumno del célebre historiador Döllinger. Con él visitó Francia y ambos vivieron allí en términos muy cercanos con los más eminentes estudiosos de su tiempo. Retornó a Inglaterra, para dedicarse al cuidado de la propiedad ancestral en Aldenham Shropshire, en 1859, entró en el Parlamento como miembro de la bancada irlandesa y retuvo su butaca por seis años, votando con los Liberales pero sin tomar parte en los debates.

Mientras tanto se dedicó al trabajo literario y luego del retiro de Newman, en 1859, lo sucedió como editor de un periódico católico llamado «The Rambler» que después de 1862 fue tranformado en un trimestral titulado «The Home and Foreign Review». El tono ultraliberal de este jornal ofendió a las autoridades eclesiásticas y Acton, eventualmente juzgó necesario descontinuar su publicación en abril de 1864, cuando escribió, con respecto a ciertas creencias de él que no habían sido bien recibidas: » que los principios no han cesado de ser verdad ni las autoridades que los censuraron ha dejado de ser legítimas porque ambos estuvieran en desacuerdo» La publicación del «Syllabus» por Pio IX en 1864 tendió a alienar a Acton aun más de sus consejeros ultramontanos.

Entretanto había desarrollado una íntima amistad con el Primer Ministro Gladstone quien lo recomendó para el baronazgo en 1869, y al tiempo del Concilio Vaticano I, Lord Acton fue a Roma con el expreso objeto de organizar un partido de resistencia a la propuesta existente de definir la infalibilidad papal [16] . Cuando el decreto acaeció, parece haber tenido el efecto de amargar los sentimientos de Acton hacia la autoridad romana, pero aun asi no hizo como su amigo Döllinger quien formalmente cortó su conexión con la Iglesia en los últimos años de su vida. De hecho, Acton asistía regularmente a Misa en Cambridge y recibió la Extremaunción en su lecho de muerte en Tegernsee.

El profesorado de Historia Moderna de Cambridge le fue ofrecido por Lord Roseberry en 1895, y además de las disertaciones de su cátedra, concibió y organizó en parte la Historia Moderna, de Cambridge cuyo primer volumen viera la luz después de su muerte. Lord Acton nunca produjo algo que mereciera ser llamado un libro, sin embargo escribió muchos buenos comentarios y ocasionalmente algún artículo o disertación.

Como historiador fue probablemente más destacado por su conocimiento del detalle que por su juicio o intuición. Las «Cartas de Quirinius» publicadas por el Allgemeine Zeitung al tiempo del Concilio Vaticano I, atribuidas a Lord Acton, y también otras cartas dirigidas al periódico londinense «The Times», en noviembre de 1874 muestran una mentalidad predispuesta en contra del sistema romano. En «The «Letters to Mrs. Drew» (la hija de Gladstone) que hemos publicado recopiladas por Herbert Paul en 1903, son brillantes pero frecuentemente de tono amargo. Una impresión más placentera se obtiene de otra colección de cartas privadas de Lord Acton (publicadas en 1906) bajo la pluma editorial de Abbot Gasquet. Algunos de los mejores trabajos de Acton han sido contribuciones para el «English Historical Review».

Su artículo en «German Schools of History», en el primer volumen y «Döllinger’s Historical Work», en el quinto volumen son de particular mención. [17]

12. Gran parte de lo que sabemos de la siniestra intriga detrás de los bastidores y de la conclusión deshonesta del Concilio Vaticano I es debido a la obra del historiador y erudito suizo August Bernhard Hasler. Durante sus cinco años en el Secretariado para Unidad Cristiana del Vaticano, Hasler tenía acceso a los archivos secretos del Vaticano. De las cosas que se enteró acerca del Concilio Vaticano I fueron tan per turbantes («Todo el asunto resultó en una clara manipulación del Concilio») que se sintió impulsado a escribir la obra «Cómo el Papa se volvió infalible». Hasler sufrió una «muerte prematura» inmediatamente `después que terminara el manuscrito. Por haber escrito la introducción del libro, el teólogo católico Hans Küng fue «despojado de sus privilegios de enseñanza eclesiástica». (August Bernhard Hasler, How the Pope Became Infalible (Doubleday & Co. Inc., 1981 – Pag. 29 y solapa posterior de sobrecubierta)

Concilio Vaticano 1

[p. 12] Falso. El párrafo 12 es otra diatriba conspiratoria. Las afirmaciones de Hasler deben ser creídas al punto porque ha tenido acceso a los «archivos secretos» [18] , luego sufre un «muerte prematura». Y finalmente su amigo y prologuista Hans Küng es despojado de sus privilegios de enseñanza eclesiástica mientras tanto estas «pobres víctimas» de la «inicua Iglesia Católica» engrosan sus cuentas bancarias vendiendo libros escandalosos.

En esto quisiera hacer una aclaración importante. Hans Küng no es católico y muy probablemente, sus ideas no serían aceptadas en las principales confesiones protestantes ya que, entre otras cosas, Küng se declara en contra o en duda sobre una variedad de dogmas cristianos aceptados por la Iglesia desde el mismo principio y por la mayoría de las confesiones protestantes de envergadura. Hans Küng es menos católico que el mismo Daniel Sapia. Y si concluyéramos que la Iglesia tiene que aceptar entre sus filas a aquellos que niegan públicamente sus dogmas, bien puede el señor Sapia aceptar al catolicismo como una opinión más. Si Sapia estuviera de acuerdo con Küng en todo, muy probablemente no sería aceptado en su propia iglesia evangélica. Küng está fuera de la iglesia y mientras piense como piensa y declare lo que declara, se queda afuera por más católico que lo declaren los que no son católicos para nada.

En cuanto a la muerte prematura de Hasler: que se nos aclare cómo fue que murió… ¿Lo atropelló un auto misterioso? ¿Lo mató un sicario? Encuentre el lector por si mismo cómo murió este hombre y saque sus propias conclusiones, porque yo no he encontrado nada, aparte del hecho de que el hombre ciertamente murió. Si era necesario matar al señor Hasler por haber visto los «archivos secretos» ¿Para qué mostrárselos en primer lugar? ¿Es que ahora los mafiosos invitan policías a su casa y luego los matan, porque «saben demasiado»? ¿Quién puede creer semejante patraña?

Juego a tratar de pensar como el doctor Küng por un momento: estoy prologando el libro de un amigo que (sospecho) fue «eliminado» por divulgar secretos sucios de la Iglesia, luego, yo mismo sigo publicando libros de corte similar sin amilanarme por el peligro que corro. No tengo guardaespaldas, no vivo en un lugar secreto como Salman Rushdie (a quien sus enemigos religiosos realmente quieren matar). Todo lo contrario, voy por el mundo y por Italia (sede principal de la «mafia» a la que estoy exponiendo) dando conferencias y seminarios con pingües ganancias que me permiten darme una buena vida. Mientras tanto la Iglesia es malvada porque no aprueba mis experimentos en teología escandalosa.

Esto me suena al conocido argumento protestante de que «los católicos siempre han querido destruir la Biblia». Curiosa conclusión que sacan de la Iglesia, que ha invertido el trabajo de incontables vidas humanas en copiar y conservar manuscritos originales a lo largo de veinte siglos, para luego traducir, estudiar y publicar el libro que se le acusa de querer destruir. Los «defensores» de las Escrituras, en este caso, comienzan por desmembrar la Biblia católica quitándole varios libros en el siglo XVI, ¡vaya defensa!.

Conclusión: la Iglesia Católica es tan culpable de intentar destruir la Biblia después de conservarla, como de asesinar a Hasler después de haberle abierto las puertas de los archivos como vilmente sugiere Hans Küng sin tener la decencia de, al menos, declarar para quién va la pedrada.

Veamos lo que tiene que decir sobre este libro («Cómo el Papa se Volvió Infalible», de Hasler) el comentarista John O’Malley, del Weston School of Theology, Cambridge, Massachusetts, negrillas nuestras.

«Esto es historia partidista que historiadores profesionales pueden considerar con cierto escepticismo. De todas maneras ambos volúmenes han levantado una considerable controversia. Aunque marcado por debilidades de método , el libro presenta evidencias que encienden un asunto que simplemente no parece apagarse. Copiosamente ilustrado y escrito en estilo casi periodístico es además fácil de leer». [19]

13. Los católicos devotos de hoy han creído sinceramente la engañosa impresión de que la declaración de infalibilidad del Concilio Vaticano I representaba la mente y voluntad de los obispos que asistieron. Por el contrario, muchos obispos se opusieron firmemente a afirmar la infalibilidad, tanto debido a fundamentos bíblicos como tradicionales. Algunos salieron en protesta antes de que se llevara a cabo el voto final y solo lo afirmaron mas tarde debido a las amenazas del Vaticano.

[p. 13] Falso, faltan pruebas. A éste párrafo le caben las generales de la ley que expresáramos anteriormente. Ni una gota de declaraciones comprobables. Nada sale a la luz sino estas afirmaciones sin base alguna que podamos comprobar. Esto sigue y sigue, paciencia buen lector…

14. El obispo Lecourtier se sintió tan deprimido por el fraude que «arrojó sus documentos conciliares al río Tíber y se fue de Roma…». Por ese acto lo despojaron de su obispado. (Ibid de la introducción, por Hans Küng, pp. 14)

15. Los obispos asistentes eran virtuales prisioneros. Las visas de salida fueron deliberadamente negadas. Entre los que huyeron de Roma fueron dos obispos armenios, uno de los cuales era Plácido Casangian. Del otro lado de la frontera romana, fuera de la jurisdicción papal, él le escribió al Papa y al Concilio que «bajo la constante amenaza de encarcelamiento y debido a su seria enfermedad, había temido por su vida y pensó que su única seguridad estaba en huir». (Ibid, pp. 97-98)

16. «No debía haber discusión en pequeños grupos… Los discursos del Concilio no podían imprimirse… A los obispos se les prohibió, bajo pena de pecado mortal, decir cualquier cosa acerca de lo que sucedía en el gran salón del Concilio…» (Ibid., pp. 68-69, 78)

[pp.14-16] Capcioso y muy probablemente falso. Obispos deprimidos o en fuga, despojados de su obispado, prisioneros virtuales de las fuerzas del mal que controlan el concilio… amenazas de instituir un nuevo pecado mortal… esta pintura del Concilio Vaticano I es más digna de la Unión Soviética bajo Stalin que una reunión universal de obispos católicos. Cierto es que desde tiempos apostólicos ha habido disensiones y desacuerdos, recordemos otra vez el primer concilio de Jerusalén según nos llega a través de los Hechos de los Apóstoles (Hechos cap. 15). Lo milagroso hubiera sido que no hubiera desacuerdos, miembros mal informados o mal dispuestos hacia cierta agenda por millares de posibles motivos. Lo cierto es que una vez que el concilio hubo votado, toda la Iglesia aceptó sus conclusiones, incluidos aquellos que no estaban de acuerdo al principio. La Iglesia Católica establece así su unidad y unicidad algo francamente faltante en las super divididas confesiones «evangélicas» que hoy suman más de veinticinco mil y entre las cuales no faltan amargas y enconadas disensiones que alimentan sus continuos cismas y divisiones.

Vea por sí mismo el lector como Lord Acton y dos obispos en desacuerdo siguieron viviendo como católicos y aceptaron la conclusión de sus pares [20] . Aún si el concilio hubiera sido la lucha por imponer voluntades humanas que se nos presenta en el panfleto de Sapia aun así, no hubiera sido diferente de las discusiones entre los doce Apóstoles. La Iglesia está integrada por humanos y nada de lo que es humano le es ajeno. Mayor gloria va a Dios por lograr con estas débiles herramientas la magna obra de la conservación de la fe. La obra de Dios se hace perfecta en la debilidad (2Cor 12:9).

17. Los católicos sinceros creen que la infalibilidad papal fue pasada desde Pedro a sus sucesores. Pero en realidad, se la impusieron a la Iglesia a la fuerza, porque un grupo de jefes dentro del Vaticano conspiró para impedir la discusión, manipuló fraudulentamente las elecciones, y literalmente intimó a los obispos a votar, de miedo, por una propuesta a la que estos se oponían.

[p. 17] Falso. Con respecto a esto: creo ser un católico sincero pero también católico informado que deseo saber la verdad sobre la Iglesia. He buscado confirmaciones para este material que analizamos y sólo he podido confirmar que las declaraciones de Hasler son falsas, incompletas o inverificables.

Concluyo, luego de examinar el abundante material que tengo, que la Iglesia ya creía en la infalibilidad y que la doctrina se expresa de diversas maneras, con claridad (caso de las citas de Cipriano de Cartago y Agustín de Hipona) y en innumerables casos en forma indirecta. Mi honesta impresión es que la doctrina siempre estuvo allí y los conciliares del Vaticano I la votaron porque se caía de maduro que no se podía negar, aunque algunos pensaran que definirla era un tanto inoportuno. Lord Acton, el Obispo Darboy, y el Obispo Dupanloup confirmaron su obediencia a la Santa Sede por medio de mantenerse dentro de la Iglesia y (en el caso de los obispos al menos) retractarse de las declaraciones opuestas hechas en tiempos del Concilio Vaticano I (ver mas adelante). En eso la obra de Hasler es tendenciosa pues deja a sus lectores en la oscuridad con respecto a estas importantes retractaciones. Claro que eso es uno de los vicios menores que vamos descubriendo.

18 «Las elecciones son deshonestas», fue lo que el arzobispo Georges Darboy anotó en su diario del 20 de diciembre de 1869. Otro obispo se quejó de «la total invalidez de estas elecciones». (Ibid.,71-72)

[p. 18] Falso, no documentado. Esta mención del Obispo Darboy, un verdadero mártir, fue uno de la minoría de obispos en el Concilio Vaticano I que consideró inoportuno el votar la infalibilidad. Nótese la diferencia: no es lo mismo considerar algo cierto pero inoportuno que considerarlo falso y manipulado. Conste que Mgr. Darboy dió su vida por esa misma Iglesia. Creo que eso es señal de que no la despreciaba como nos lo asegura Hasler. Para mejor entender la compleja posición de Mgr. Darboy lea por favor el comentario completo que incluyo a continuación (negrillas nuestras):

Darboy, Georges (1813-1871), Arzobispo de Paris y escritor eclesiástico, nacido en Fayl-Billot, cerca de Langres, en 1813 asesinado por los comunistas en París, el 24 de mayo de 1871. Ordenado sacerdote en 1836, sirvió durante algún tiempo como cura en Notre-Dame, en Saint-Dizier, y como profesor en el Seminario Mayor de Langres posteriormente, fue adscrito a Mgr. Affre en París, en 1845, donde de «prêtre auxiliaire à la maison des carmes» («sacerdote auxiliar en la casa de los carmelitas») y capellán del Liceo Henri-IV, pronto alcanzó la posición de canónigo de Notre-Dame, vicario general y archidiácono de Saint-Denis, habiendo sido previamente creado protonotario apostólico. En 1859 fue designado para la Sede de Nancy. Durante sus tres años al servicio de esa sede, se tomó un especial interés en las materias educacionales, estableció la Ecole-Saint-Léopold, amplió el Seminario Mayor y escribió (en 1862) su famosa carta «Sur la nécessité de l’étude». Promovido por un decreto imperial, de fecha 10 de enero de 1863, al Arzobispado de París, vacante por el fallecimiento de Mgr. Morlot, a él le correspondió consagrar, en ese mismo año, la basílica de Notre-Dame, que acababa de ser completamente restaurada, y fue honrado con los títulos de Gran Limosnero, Senador y Concejal Imperial. Aunque careciendo de la independencia de Mgr. Affre, así como de la habilidad administrativa de Mgr. Sibour o de la afabilidad del Cardenal Morlot, Darboy era un versado, concienzudo y considerado prelado. Con la ayuda de hombres como Buquet, Isoard, Langénieux, Meignan, y Foulon, dio un nuevo ímpetu, a la, de alguna manera descuidada, administración de su anciano predecesor. El galicanismo de Darboy hizo de él un indudable servidor de los deseos imperiales y le llevó a asumir contra las inmunidades del clero una actitud la cual Roma le compelió abandonar. Éste fue el motivo principal que le llevó a marginarse, durante el Concilio Vaticano I, junto con la minoría que juzgaba inoportuna la definición de la infalibilidad papal, siendo sus razones más políticas que de naturaleza teológica. Darboy fue uno de los que sugirieron una intervención diplomática como medio de allanar obstáculos. Abandonó Roma antes de la votación final del 18 de julio de 1870 y expresó opiniones de las cuales, sin embargo, generosamente se retractó cuando, varios meses después de la definición, la suscribió. [21] Durante el asedio de Paris, Darboy se mostró como un verdadero pastor y se ganó la admiración de todos. Detenido el 4 de abril de 1871 por orden de la Comuna y confinado en la Prisión de Mazas, los esfuerzos de sus amigos fueron inútiles para salvarle fue fusilado en la Roquete el 24 de mayo y murió bendiciendo a sus verdugos [22] .

19. J. H. Ignaz von Dollinger, historiador y teólogo católico, maestro durante 47 años de teología e historia católica romana, fue excomulgado por haber escrito y publicado, justo antes del Concilio Vaticano I, su obra monumental «El Papa y el Concilio». Su crimen había sido señalar que la pretensión del Papa a la infalibilidad carecía de apoyo tanto en la Escritura como en la Tradición de la Iglesia. Esta obra fue inmediatamente colocada en el índice de lecturas prohibidas.

20. El obispo Joseph Hefele de Rottenberg, un ex profesor de historia eclesial, dijo al Concilio Vaticano I: «Perdónenme si hablo llanamente. Estoy familiarizado con las antiguas fuentes documentales de la historia y enseñanza de la Iglesia, con los escritos de los Padres, y las actas de los Concilios, de forma que puedo decir… los he tenido en mis manos noche y día. Pero en todos estos documentos jamás he visto la doctrina [de infalibilidad papal de una fuente fidedigna] [23]

[p. 19-20] Falso. Quise agregar las negrillas para que el lector compare estas «citas» con lo que este católico de a pie que les escribe ha encontrado sin mucho esfuerzo entre las obras de los Padres de la Iglesia y otras fuentes. Y a propósito, la cita entre corchetes (párrafo 20 al final) es agregada a un documento cuyo origen no se aclara y expandiendo una declaración personal de manera más bien capciosa. Nuestra investigación de la vida y declaraciones de Mgr. Von Hefele revelan que se opuso a la definición de la doctrina considerándola inoportuna pero no tuvo inconveniente en obedecer las conclusiones del concilio según declara a su obispo coadjutor en 1890:

«Es cierto que me planté del lado de la oposición. Sin embargo lo hice haciendo uso de mis derechos ya que la cuestión fue presentada para discusión [24] . De todas maneras, una vez que la decisión hubo sido tomada, el retardarme en la oposición hubiera sido inconsistente con mi entera trayectoria. Habría reemplazado con mi propia infalibilidad a la infalibilidad de la Iglesia»[25]

Esta cita prueba la malicia del material que estamos analizando. Para desmentir las palabras que son puestas en boca de Mgr. Von Hefele de que los Padres de la Iglesia nunca habían hablado de la infalibilidad, vamos a dejarlos hablar a ellos un poco más. No vamos a citar a «cierto obispo» o a «un obispo» cuyas palabras no se pueden corroborar en ningún lado. Vamos a dejar hablar a la Tradición de la Iglesia tal cual la expresan sus primeros Padres en documentos de aceptación universal.

Esto requiere leer y pensar. Nótense especialmente las fechas. La obras de estos autores patrísticos están disponibles al público en muchos idiomas. En la mayoría de los casos traduzco de obras en inglés y refiero al lector a la publicación que poseo y a sus fuentes. Estas obras existen, son verificables y académicamente aceptadas en todos los casos.

San Ireneo de Lyon

San Ireneo de Lyon (140 A.D.- ca. 202 A.D.) Sobre la Infalibilidad de la Iglesia

Segundo Obispo de Lyon (Francia) sucesor de San Potino (Mártir), discípulo de San Policarpo que fuera discípulo del Apóstol San Juan. Según William Jurgens autor de «Fe de los Primeros Padres» [26] 

«San Ireneo, autor del ‘Adversus Haereses’ es ciertamente el teólogo más importante del segundo siglo».

«Cuando por lo tanto, tenemos tales pruebas, no es necesario buscar entre otros la verdad que se obtiene fácilmente de la Iglesia. Pues los Apóstoles, como lo hace un hombre rico con un banco, depositaron en ella en forma copiosísima todo aquello que pertenece a la verdad y el que así lo desea bebe de ella el agua de la vida (Apo.22:17) Por eso es ella la entrada a la vida mientras que los demás son ladrones y bandidos. Es por eso que es necesario evitarlos, mientras atesoramos con la mayor diligencia las cosas que pertenecen a la Iglesia y nos aferramos a la tradición de la verdad. ¿Y entonces? Si hubiera una disputa respecto de alguna cuestión: ¿No debiéramos referirnos a las iglesias antiguas con las que los apóstoles se familiarizaron, y sacar de ellas lo que es claro y cierto en referencia a tal cuestión? Y si los Apóstoles no hubieran dejado sus escritos con nosotros ¿no es verdad que sería necesario el seguir el orden de la tradición que fue entregada a aquellos a quienes fueron confiadas esas iglesias?»

Quintus Septimius Florens Tertullianus, (ca. 155/160 A.D. – ca. 240/250 A.D.)

Nacido en Cartago de padres paganos. Abogado de considerable fama, se convirtió en 193 A.D. Su experto conocimiento de leyes se volvió una poderosa arma en defensa de la fe cristiana. Demuestra aqui el punto de la infalibilidad de la Iglesia por el absurdo, pues nos propone que si las Iglesias se han desviado, ¿Cómo es posible que se desviaran todas de la misma manera?

Sobre la Infalibilidad

«Supongamos que todos han estado equivocados que el Apóstol estaba errado al dar el testimonio y que el Espíritu Santo no tuvo interés por llevar a la verdad a Iglesia alguna, aunque fuera para ese propósito que Cristo lo envió y Quien le pidió al Padre que lo hiciera el Maestro de la Verdad que el Mayordomo de Dios y Vicario de Cristo fuera negligente en su oficio y permitiera que las Iglesias malentendieran por un tiempo y creyeran por un tiempo otra cosa que la que El predicó a través de los Apóstoles… veamos: ¿Es posible que tantas y tan grandes Iglesias se desviaran unidamente de la fe? [27]

Sobre la Transmisión De La Autoridad Apostólica En Roma

Además si hay herejes lo suficientemente atrevidos como para plantarse en medio de la edad apostólica, de tal manera que parezca que han recibido sus enseñanzas de los Apóstoles porque vienen de esa época, entonces nosotros le podemos decir: que muestren el origen de sus iglesias, que abran el registro de sus obispos que han corrido en sucesión desde el principio, de tal manera que cada obispo tenga un autor y predecesor, alguno de los Apóstoles o alguno de los hombres de formación apostólica que fielmente sirvieron con los Apóstoles. Porque de esta manera es que las Iglesias Apostólicas transmiten sus listas: como la Iglesia de los Esmirneos cuyos registros indican que Policarpo fue puesto allí por Juan como la Iglesia de los Romanos en la cual Clemente fue ordenado por Pedro. De esta misma manera las otras Iglesias dan evidencia de ser brotes de la semilla apostólica, habiendo sido establecidas en el episcopado por los Apóstoles. [28]

Continúa Sapia:

21. El Papa Pío IX fue quien usó el poder de su despótico cargo a fin de forzar a los obispos para que aprobaran un dogma al que la mayoría de ellos se oponía. El obispo Dupanloup anotó el 15 de Abril de 1870, que varios obispos le habían dicho «…preferiría morir antes de ver esto». Algunos obispos «se amargaron de disgusto y aflicción, o cayeron enfermos». Para muchos el Concilio lucía como un juego degradante.

22. Como hemos notado, muchos miembros abandonaron con disgusto el Concilio antes que finalizara. El 17 de Julio de 1870, el día antes que se votara, 55 obispos que se oponían declararon que «por reverencia al Santo Padre no deseaban tomar parte [en la votación]. Luego se fueron de Roma en señal de protesta». (Ibid., pp. 189)

23 El obispo Dupanloup escribió en su diario el 28 de Junio de 1870: «No voy a ir mas al Concilio. La violencia, la desvergüenza, además de la falsedad, la vanidad y el continuo mentir, me obligan a mantenerme distanciado».

24. El 18 de Julio de 1870, el último día del Concilio, solo había 535 votos afirmativos, MENOS DE LA MITAD DE LOS 1.084 miembros originales con derecho a votar. Sin embargo, los periódicos del Vaticano engañosamente lo publicaron como si la aprobación hubiera sido unánime. Mediante amenazas de democión, pérdidas de trabajo y otras presiones, el Papa finalmente se las arregló para obtener la sumisión de la mayoría de los que se oponían.

[p. 21-24] Falso. El Obispo Dupanloup murió en acuerdo completo con el Concilio Vaticano I. Aparte de los vituperios y anécdotas para las que no se ofrece ni una sola referencia o prueba Sapia dice, sin probarlo, que en el día de la votación final sobre el dogma de la infalibilidad «solo había 535 votos afirmativos, menos de la mitad de los 1084 miembros originales con derecho a votar».

Lo que el lector no sabe es que no había 1084 votantes, esos eran, más o menos, los prelados con derecho a votar en todo el mundo, muchos de los cuales no vinieron al concilio por motivos diversos. [29]

-Asistieron 774 votantes, no todos a todas las sesiones y votaciones

-los votantes reales que participaron el día de la definición eran 435

-de los cuales 433 votaron afirmativamente (todos, menos dos) [30]

Es cierto que muchos obispos que se oponían a la oportunidad del dogma, no a la doctrina, se retiraron y no participaron de la votación. Hubiesen podido participar y votar que no, si hubiesen estado en contra terminantemente. Lo que quiero hacer notar es la falsa presentación de los hechos, cosa que demuestra el nivel de deshonestidad del panfleto.

25. El 26 de Agosto de 1879, 14 teólogos alemanes declararon: «La libertad de toda suerte de coerción moral y de influencias mediante fuerzas superiores es un sine qua non para todos los Concilios ecuménicos. Dicha libertad estaba ausente en esta reunión…» (Ibid., pp. 136, 143-144)

26. Esa fue la manera anti-bíblica y escandalosamente deshonesta en que la infalibilidad se convirtió en dogma de la Iglesia Católica Romana. Lamentablemente, muy pocos católicos conocen los hechos.

[pp. 25-26] Supongo que la «manera bíblica» de resolver los desacuerdos del concilio hubiera sido un cisma general, a la manera de las sectas protestantes, en las que todo el mundo parte y se forma su propia Iglesia «basada en la Biblia». Eso es especialmente impropio pues presenta un panorama de confusión y división a los que no son cristianos.

En las palabras de C.S. Lewis, célebre apologista del protestantismo, que dice en su libro «Mero Cristianismo»: «las divisiones entre cristianos son un pecado y un escándalo y los cristianos debieran contribuir a la unión en todo tiempo aunque más no fuera por medio de oraciones» [31] .

En la Iglesia se discute y expone, a veces con fuerza y sentimiento, tal cual se hizo en los primeros tiempos entre los Apóstoles. Es por eso que existen dos cosas que son muy católicas:

– la disciplina de los obispos que una vez expuesto y discutido el punto, votan sobre el asunto y

-la última palabra, que corresponde al Obispo de Roma y que todos acatan y obedecen una vez que se toma una decisión. Para corroborar lo que afirmamos, ver las biografías de los disidentes en este concilio, a quienes ha mal citado Sapia: von Hefele, Darboy y Dupanloup. Las publicamos aquí.

Referencias

[1] Esta palabra se ha traducido en diversas ocasiones como «base», «fundación», «cimiento», «basamento», «apoyo». Es obvia la alusión a un edificio, lo que llama la atención a las palabras de Jesús en el Apocalipsis «Al vencedor lo pondré de columna en el templo de mi Dios» (Apocalipsis 3:12).

[2] Del Gr. Anathema, «sea maldito» o «quede bajo una maldición».

[3] Sapia repite aquí una gran verdad sin creerla.

[4] Nota Del Autor: Como el resto del panfleto la gramática de este párrafo es bastante irregular, la reproducimos tal cual está publicada en el sitio conocereislaverdad.ORG.

[5] Según cita Daniel Sapia: [La ascensión y la caída de la Iglesia Católico-Romana», pag. 179 – «Italia Medieval», pag. 39 ] . No se aclara qué párrafo corresponde a qué obra, ni la edición de cada obra ni sus autores lo cual nos da lugar a pensar que, como en el caso de las anteriores acusaciones (Carta del Obispo Strossmayer, Taxa Camarae, etc.) que se trata de alguna obra parcialista de claro corte anticatólico o de una cita espuria.

[6] «A medida que los conceptos de la autoridad magistral de la Iglesia y de la primacía papal se hicieron más claros a los cristianos, también se les hizo más clara la noción de la infalibilidad papal. Esto ocurrió temprano en la historia de la Iglesia. En 433 el Papa Sixto III declaró que «el estar de acuerdo con las decisiones del Obispo de Roma es estar de acuerdo con Pedro, quien vive en sus sucesores y cuya fe no falla». San Cipriano de Cartago, que escribiera alrededor del año 256, preguntó: «¿Se atreverían los herejes a acercarse a la misma silla de Pedro de la cual se deriva la fe apostólica y desde la cual no puede emanar error?” San Agustín de Hipona resumió este antiguo concepto remarcando, «Roma ha hablado; el caso está cerrado.» (Karl Keating, «Catolicismo y Fundamentalismo, EL ATAQUE DE LOS «CRISTIANOS BÍBLICOS» AL «ROMANISMO» Ignatius Press) Ver nuestra traducción del original en inglés en este mismo sitio en la red.

[7] Ver en el cuerpo de notas al final de este artículo la breve biografía de un obispo que se opuso a la definición de esta doctrina por considerarla inoportuna para formarse el lector una idea cabal de la actitud de obediencia y respeto al papado que exisitía aún entre los obispos «disidentes». Re. Nota sobre Mgr. Georges Darboy en la sección de referencias.

[8] Ver comentario de John O’Malley más adelante en este mismo artículo.

[9] Envoy Magazine, Vol. 7 Núm 3 p. 57 pp. 3-4 ‘G. K. Chesterton, Oversized Apologist in an Underfaithed World’, por Dale Ahlquist citando a G.K. Chesterton. Traducción del Autor.

[10] Negrillas nuestras. (Karl Keating, «Catolicismo y Fundamentalismo, EL ATAQUE DE LOS «CRISTIANOS BÍBLICOS» AL «ROMANISMO» Ignatius Press) Ver nuestra traducción del original en inglés.

[11] Negrillas nuestras.

[12] Jorge Luis Borges. «Otras Inquisiciones» (1952) Obras Completas, Emecé Editores 1974 p. 653, pp. 1.

[13] “1834 [cf. n. 171 f.] . Moreover, with the approval of the second council of Lyons, the Greeks have professed, “that the Holy Roman Church holds the highest and the full primacy and pre-eminence over the universal Catholic Church, which it truthfully and humbly professes it has received with plenitude of power from the Lord Himself in blessed Peter, the chief or head of the Apostles, of whom the Roman Pontiff is the successor; and, just as it is bound above others to defend the truth of » . Vatican I’s Decree: ““Chap. 4. The Infallible “Magisterium” of the Roman Pontiff. Traducción del Autor.

[14] Negrillas nuestras. Mas adelante citamos copiosamente de los Padres de la Iglesia desde el siglo II en adelante, probando más allá de toda duda la falsedad absoluta y vergonzosa de estas aseveraciones hechas en el sitio «Conoceréis la Verdad».

[15] Lord Acton fue editor del periódico «The Rambler» que fuera en untiempo dirigido por John Henry Newman.

[16] Negrillas nuestras.

[17] Enciclopedia Católica Edición disponible en el Internet. Traducción del Autor.

[18] Cualquier historiador profesional debidamente acreditado tiene acceso a los Archivos Vaticanos.

[19] «This is partisan history that professional historians can regard only with a certain skepticism. Yet both volumes have aroused considerable controversy. Though marred by weaknesses in method, the present book nonetheless marshals evidence once again to spark an issue that just will not go away. Copiously illustrated and written in almost journalistic style, it is also easy to read.» John W. O’Malley; Weston School of Theology Cambridge, Mass. Publicado segun aparece al 5-ABR-2004 en http://theologytoday.ptsem.edu/oct1981/v38-3-booknotes1.htm. Traducción del Autor. Negrillas nuestras.

[20] Ver las biografías de Lord Acton, el Obispo Darboy y el Obispo Dupanloup en este mismo artículo.

[21] Negrillas nuestras.

[22] Edición corriente de la Enciclopedia Católica en castellano bajo ‘Darboy, Georges’.

[23] Negrillas nuestras.

[24] Por palabras de un opositor y testigo presencial vemos que hubo un debate y la definición no fue votada por la fuerza como nos quiere hacer creer el panfleto que estamos desmenuzando.

[25] De un discurso del Obispo Reiser en el funeral del Obispo Hefele (Rottenburg, 1893), p. 11] . Ver nota biográfica de la Enciclopedia Católica, edición corriente en inglés bajo: Karl Joseph von Hefele Bishop of Rottenburg.

[26] William A. Jurgens, «Faith of the Early Fathers». Lithurgical Press, Collegeville Minnesota, Vol. I p.84 ¶ 213. Edición de 1970.

[27] William A. Jurgens, «Faith of the Early Fathers». Lithurgical Press, Collegeville Minnesota, Vol. I p.84 ¶ 295. Edición de 1970.

[28] William A. Jurgens, «Faith of the Early Fathers». Lithurgical Press, Collegeville Minnesota, Vol. I p.121-122. Ed. de 1970.

[29] Ver dos casos que documentamos en este artículo de Obispos que refrendaron el acta conciliar después del Concilio, los obispos Dupanloup y Darboy que originalmente juzgaban inoportuna la definición de la doctrina.

[30] Conciliorum Oecumenicorum Decreta, Bologna (1996)

[31] «God in the Dock». Answers to Questions on Christianity, p.60, re. 14. Traducción del Autor.

Autor: Carlos Caso-Rosendi

Fuente: Voxfidei.com

CONTINUA…

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