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Las Pruebas del nueve

Joven pensando

Llamo «pruebas del nueve» a una serie de argumentos que algunos autores consideran verdaderas pruebas concluyentes de la existencia de Dios y, en cambio, otros, igualmente competentes, consideran que no son demostrativas por suponer implícita o previamente lo que se pretende demostrar, que Dios existe. Supongamos que no sean concluyentes. A mí me parece que en todo caso, algunos de estos argumentos son como una «prueba del nueve», mediante la cual se comprueba que las demostraciones rigurosas, ciertamente lo son. En el artículo «Si Dios no existiera», he hecho algunas sugerencias al respecto.

No es pequeño argumento el elenco que podría hacerse de cosas y acontecimientos que resultarían inexplicables, contradictorios o angustiosos si Dios no existiera. Y en esto, me parece, estriba la fuerza de los argumentos aludidos: en que, a partir de la existencia de Dios, se explican los interrogantes más acuciantes del pensamiento y de la vida humana en general. La famosa frase «si Dios no existiese habría que inventarlo», es una ironía con un fondo de verdad. Karl Marx, por ejemplo, pensó que Dios es una invención del hombre, una idea alienante, una proyección de lo que el hombre quiere ser: el verdadero sol para sí mismo (Feuerbach). No se daba cuenta de que no se trata de una invención sino de un descubrimiento, que puede realizarse por multitud de sendas. Porque muchas son las que ha de andar el hombre y no se entienden si se excluye Dios de la explicación.

Tales «pruebas» requieren, como todas, unos presupuestos, una premisas, porque nunca puede comenzarse de cero. En Filosofía hay que remontarse siempre a alguna certeza pre-filosófica, aunque sea necesario con frecuencia someterla a un cierto análisis crítico para no fallar en el punto de partida. Las premisas que podemos ahora establecer para seguir adelante, pueden reducirse a unas pocas:

-La capacidad humana de conocer verdades con certeza
-La inteligibilidad fundamental de la realidad; con otras palabras: la descalificación del absurdo como explicación de lo real.

Puede objetarse que con tales premisas se descalifican muchas filosofías. Y es cierto. Pero pienso que, en rigor, no es demasiado para empezar. Decir como Sartre que «el hombre es una pasión inútil» no me parece de recibo. Gastar horas y horas, páginas y páginas para llegar a tal conclusión sólo tiene una ventaja, que quizá no sea pequeña: comprobar que el argumento es falso desde su principio. El cual, por cierto, es, en la obra de Sartre, prácticamente un dogma: que Dios no existe.

Si el hombre es una pasión inútil, inútil será cualquier búsqueda de sentido al vivir; inútil será tanto defender la existencia como la inexistencia de Dios; inútil vivir e inútil morir, inútil amar u odiar, engendrar o clonar seres humanos, respetar a la persona o estrangularla. No puede ser, no se puede admitir que seamos entes «tan» inútiles. Pero el existencialismo sartreano es una «prueba del nueve», comprueba que un ateísmo coherente, como pretende ser el de Sartre, comienza con la negación de Dios y concluye en la negación del hombre. Principia con una reivindicación de libertad absoluta para el hombre y culmina en la interpretación de la libertad como una condena. -Eso es lo que yo quería demostrar, nos diría Sartre. En efecto, ha conseguido una «lógica del ateísmo» con la se concluye la inutilidad de esa «pasión» que es el hombre. Ahora bien esa lógica, con sus peculiares premisas, no explica nada, en rigor no es racional, porque con ella no se entiende nada de las cuestiones fundamentales, sobre el origen y el sentido de la existencia. Si la conclusión es el absurdo, la lógica misma se manifiesta como una no-lógica, es decir, como una contradicción que atraviesa todo el argumento y lo falsea de principio a fin. Más que discurso racional parece un enorme paralogismo, es decir, un sofisma digno de los mayores sofistas presocráticos.

Autor: Pbro. Dr. Antonio Orozco Delclós

Fuente: Encuentra.com

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