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Michel Viot: de «obispo» luterano a sacerdote católico

Michel Viot

Primer caso que se da en Francia desde la Reforma

Michel Viot, Inspector eclesiástico (rango equivalente a Obispo) de la Iglesia evangélica luterana en Francia, se convirtió al catolicismo el 28 de junio, en el transcurso de una ceremonia presidida por el obispo de Chartres (Palabra 447-448, VII-IX-01, p. 21). Dos semanas después, se hacía pública la noticia y la intención de Viot de ordenarse sacerdote católico, lo cual constituye el primer caso que se da en Francia. Viot, que nació en París en 1944, llevaba treinta años en cargos de responsabilidad dentro de la Iglesia luterana.
Por Dominique Le Tourneau. París

El hecho no ha cogido por sorpresa a quienes le conocían o seguían sus sermones en la iglesia de Billetes, en París, donde era el pastor. Michael Viot dio el paso definitivo hacia el catolicismo a raíz de la declaración conjunta luterano-católica sobre la justificación y poco después de que el Sínodo de la Iglesia reformada francesa resolviera en mayo permitir la comunión eucarística también a los no bautizados.

—Señor Viot, ¿cuál va a ser su itinerario personal a partir de ahora?
—De momento, me he incorporado como laico al servicio de la parroquia de Chateaudun y de la diócesis de Chartres. Tendré un tiempo de reflexión, de estudio y de prueba. Pero deseo volver al pleno ejercicio del ministerio de la Palabra y de los sacramentos, como he venido haciendo en estos treinta y cinco años.

—¿Es feliz con la decisión que ha tomado?
—Soy feliz de la elección que he hecho, pero seré plenamente feliz cuando haya sido ordenado sacerdote, porque es en el ejercicio del ministerio sacerdotal donde podré satisfacer los compromisos que he asumido en mi vida.

POR QUÉ ME CONVERTÍ

—¿Cuál ha sido el motivo de su conversión?
—Siempre me he situado entre los luteranos que no se resignaban al cisma definitivo con Roma. He seguido con mucho interés el diálogo teológico entre la Santa Sede y la Federación Luterana Mundial. Conforme iban pasando los años, he ido viendo el acercamiento de posiciones y he seguido la evolución de la reflexión luterano-católica sobre la justificación por la fe. En 1989, una obra colectiva cofirmada por el Cardenal Ratzinger llegaba a la conclusión de que ya no eran válidos, respecto al luteranismo contemporáneo, los anatemas del Concilio de Trento. A partir de ese momento, en mi opinión, debía haberse cuestionado el mantenimiento del cisma del XVI y también debía de haberse ofrecido una respuesta al reto planteado por Juan Pablo II en la encíclica Ut unum sint sobre el ejercicio del ministerio de Pedro. No me pareció que los luteranos europeos estuvieran suficientemente preparados para afrontar ese reto. Tampoco tengo la impresión de que la Federación Luterana se haya apresurado a responder a la cuestión del papado. Por tanto, decidí dar yo el paso hacia adelante, porque siempre he creído que la unidad completa no se dará nunca sin la comunión con el Obispo de Roma, reconocido éste como primado.

acuerdo luterano-católico

—La declaración común luterano-católica sobre la justificación ha permitido dar un paso adelante en el camino del ecumenismo. Pero, tratándose de los católicos, ¿no le parece que esta doctrina ya se encuentra en el Concilio de Trento?
—En efecto, la doctrina de la justificación por la fe se encuentra en los artículos del Concilio de Trento publicados en 1547. Pero no está de más recordar algunos extremos para comprender porqué no se pudo llegar entonces al acuerdo. Lutero había muerto un año antes, y su grey ya empezaba a desmembrarse. Habrá que esperar hasta el año 1580 y a la publicación de la Fórmula de Concordia para restablecer la paz entre ellos. Por otra parte, el texto del Concilio de Trento lanzaba anatemas contra formulaciones doctrinales en las que no todos los luteranos se reconocían, con el consiguiente sentimiento de injusticia. Los políticos también contaban, ¡y no todos estaban a favor de la vuelta a la unidad! Pienso también que a partir del debate sobre la Confesión de Ausburgo de 1530-1531, los dos bandos ya no se entendían y caían fácilmente en la trampa de las palabras. De ahí la necesidad de la nueva y actual formulación.

—Entonces, ¿qué es lo que separa todavía a luteranos y católicos?
—Existen distintas sensibilidades en el luteranismo, que van desde una casi identificación con el pensamiento reformador, hasta la tendencia denominada «Alta Iglesia», que concede un gran valor a la Confesión de Ausburgo, a su Apología y a la Fórmula de Concordia de 1580. Pertenecía a ésta corriente de pensamiento antes de convertirme. Para este sector del luteranismo, las diferencias con el catolicismo se encuentran en la formulación de las doctrinas eclesiológicas y mariológicas. Espero que ambas partes se esfuercen en hacer una nueva lectura a la luz de la declaración común firmada el 31 de octubre de 1999. Los luteranos deben descubrir que los dogmas marianos y eclesiológicos no afectan para nada a la mediación salvadora única y universal de Jesucristo. Al contrario, encuentra en ellos su sentido más pleno.

declaración «dominus iesus»

—En un contexto más general, la declaración Dominus Iesus precisa que no puede utilizarse el término «Iglesia» para referirse a confesiones que no tienen ni todos los sacramentos ni la sucesión apostólica. ¿Cómo percibe esta puntualización, que ha levantado reacciones contrastadas?
—Antes de nada querría rebelarme contra el auténtico «linchamiento mediático» al que ha sido sometida esta declaración. La consecuencia ha sido ocultar su objetivo principal –el diálogo interreligioso–; y es una pena, ya que un buen número de protestantes habría podido, e incluso debido, suscribir lo que afirma sobre la excelencia del cristianismo. En cuanto al uso de la palabra «Iglesia», me parece que nada ha cambiado sustancialmente desde el Vaticano II. No se puede hablar de marcha atrás por parte de Roma; sólo se refleja la realidad actual, pues no se ha firmado ningún acuerdo católico-protestante en materia de Eclesiología o sobre ministerios eclesiales. La Iglesia católica no reconoce a los ministros protestantes, y viceversa, de manera que la intercomunión se ve muy limitada. En semejantes condiciones, Roma está obligada a seguir con la formulación del Vaticano II, que designa a los protestantes como «comunidad eclesial», no como Iglesia. Para que se diera un cambio, los protestantes habrían de volver a los siete sacramentos y al reencuentro con la sucesión apostólica.

—¿Qué aspectos destacaría usted de la doctrina y vida católicas?
—Gracias a su Magisterio, la Iglesia católica cuenta con una doctrina oficial. Mantiene una Cristología fundada en la Escritura y la Tradición, pero también ilustrada por la veneración mariana, como por ejemplo ocurre en el modo de enfocar el misterio de la Navidad. Estoy convencido de que la mayor parte de las grandes herejías, por no decir todas, provienen de errores en Cristología. Ahora bien, para acertar en Cristología hace falta no separar a Jesús de su Madre, la Bienaventurada Virgen María. La Iglesia católica recomienda la piedad mariana, lo cual constituye un elemento esencial más con respecto al protestantismo que permite hablar con más exactitud de Cristo y de la fe. También la doctrina sobre los siete sacramentos me parece capital. A pesar de la crisis de la penitencia en el catolicismo, no es comparable con la ausencia de su práctica en la mayor parte de las confesiones protestantes. Al menos, en el catolicismo se cuenta con una doctrina clara que puede enderezar la situación.
Por otra parte, el hecho de que la ordenación sacerdotal sea un sacramento católico ha impedido toda desviación en la celebración de la Eucaristía. Sólo quien ha sido ordenado sacerdote puede consagrar el pan y el vino. Nunca jamás, a pesar de la falta de sacerdotes, se podrá dar una «delegación pastoral» a un laico para practicarlo, cosa que se hace en un número muy elevado de comunidades eclesiales protestantes.
Finalmente, el ministerio del Papa ha de considerarse como un precioso fruto de la gracia de Dios.

magisterio

—¿Cuál es, en su opinión, el papel del Magisterio eclesiástico?
—Quisiera antes de nada recordar que para mí el Magisterio eclesiástico no es un accidente de la historia. Es una institución de derecho divino. Las promesas hechas a Pedro en los Evangelios, los discursos de despedida del Señor prometiendo la asistencia del Espíritu Santo a los Doce para mantenerles en la Verdad, el funcionamiento de la Iglesia primitiva como lo describe Hechos de los Apóstoles y luego la Tradición muestra la antigüedad y legitimidad del Magisterio. La historia nos indica también el papel capital que desempeña para defender la fe frente a las herejías.

—En un Sínodo celebrado recientemente en Soi ssons, la Iglesia reformada de Francia ha acordado admitir no bautizados a la recepción de la Eucaristía. ¿Cómo interpreta esta decisión?
—La Iglesia reformada de Francia plantea cuestiones de particular gravedad. Al permitir que no bautizados puedan participar en la Santa Cena (aunque a título excepcional), el Sínodo, lo quiera o no, pone en tela de juicio la misma naturaleza del Bautismo y de la Santa Cena. De modo que uno se pregunta: ¿Qué pasa entonces con la creación del hombre nuevo por el Bautismo y su crecimiento mediante la participación a la Eucaristía? ¿Qué carácter de necesidad tendría entonces el Bautismo y qué especificidad la Eucaristía?
La Iglesia reformada de Francia tenía firmados varios acuerdos doctrinales con los luteranos: la Concordia de Leuenberg, de 1973, y otros textos elaborados en encuentros periódicos. La cuestión decidida en el Sínodo de Soissons ya fue abordada en 1994. Allí la asamblea se pronunció negativamente. Por tanto, la Iglesia reformada se queda ahora sola en esta cuestión, en claro desacuerdo con el grupo de Leuenberg. Tendrá que explicar sus razones. En cualquier caso, introduce una nueva y grave dificultad en el diálogo protestante-católico, ya que jamás había existido conflicto sobre esta cuestión.

masonería

—Usted ocupaba altos grados en la masonería francesa. El año pasado dimitió de todos ellos.
—He dejado todos los grados de la masonería, altos y menos altos, por el juicio negativo que la Iglesia católica tiene sobre la masonería. En efecto, mi deseo es llegar a ser sacerdote y creo que un sacerdote debe evitar ser motivo de división entre sus feligreses. Como la cuestión de la masonería sigue suscitando hoy polémicas y fuertes encontronazos y siempre he dado prioridad al servicio a los fieles, he preferido dejar la masonería para evitar así todo lo que estorbe el ejercicio del ministerio sacerdotal.

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