Algunas denominaciones protestantes de corte adventista sostienen que la Iglesia cristiana apostató al sustituir el sábado por el domingo como día del Señor. Alegan que los primeros cristianos guardaban el sábado, pero que a raíz de la conversión del Emperador Constantino en el siglo IV, éste, cambió el día de reposo del sábado a domingo, para hacer el cristianismo más aceptable para los paganos que en dicho día adoraban al Dios sol. Como se verá a continuación, esto no es cierto.
La observancia del sábado en el Nuevo Testamento
El día de la resurrección de Cristo (el domingo) fue para los primeros cristianos el cumplimiento de la palabra profética del Salmo del Antiguo Testamento, en donde el Mesías, luego de ser rechazado por su propio pueblo, se convertiría en la piedra angular de la Iglesia, y nos liberaría del pecado y de la muerte:
“La piedra que los constructores desecharon en piedra angular se ha convertido; esta ha sido la obra de Yahveh, una maravilla a nuestros ojos. ¡Este es el día que Yahveh ha hecho, exultemos y gocémonos en él!”[1]
A raíz de eso vemos cómo los primeros cristianos comienzan a reunirse y a celebrar la Eucaristía el domingo, primer día de semana, tal como se observa en Hechos 20,7; 1 Corintios 16,2. No se menciona ni una sola vez en todo el Nuevo Testamento, que los primeros cristianos luego de la resurrección de Cristo guardaran el sábado[2].
Otro dato importante lo encontramos en el capítulo 15 del libro de los Hechos de los Apóstoles, donde se narra el primer gran conflicto que tuvo la Iglesia primitiva. Este ocurre cuando llegaron judíos creyentes a la comunidad de Antioquía, que se escandalizaron al ver que los miembros conversos no habían sido circuncidados, ni cumplían otros preceptos de las leyes judías. Estas personas comenzaron a predicar que era necesaria la circuncisión y la asunción de toda la Torá, causando así un gran estupor entre los primeros creyentes griegos. Por esta razón, se realiza lo que se conoce como el Concilio de Jerusalén, en el cual los Apóstoles se reúnen a tratar el asunto para luego tomar las siguientes decisiones disciplinarias:
“Que hemos decidido el Espíritu Santo y nosotros no imponeros más cargas que éstas indispensables: abstenerse de lo sacrificado a los ídolos, de la sangre, de los animales estrangulados y de la impureza. Haréis bien en guardaros de estas cosas. Adiós.”[3]
No hubo ninguna mención a mantener el sábado como día de reposo, ni encontramos ninguna otra orden en todo el Nuevo Testamento que reitere que es necesario seguir guardándolo, más bien ocurre todo lo contrario, ya que al parecer la insistencia de los judíos cristianos conversos no desapareció inmediatamente y San Pablo tiene que insistir:
“Por tanto, que nadie os critique por cuestiones de comida o bebida, o a propósito de fiestas, de novilunios o sábados.”[4]
“Este da preferencia a un día sobre todo; aquél los considera todos iguales. ¡Aténgase cada cual a su conciencia!”[5]
La observancia del sábado en la Iglesia primitiva
A continuación, algunos testimonios importantes de la Iglesia primitiva respecto al domingo como día del Señor.
La Epístola de Bernabé (96 – 98 d.C.)
En este tratado cristiano de 22 capítulos[6] tradicionalmente atribuido a San Bernabé, quien aparece en el libro de Hechos de los Apóstoles como colaborador y compañero de San Pablo de Tarso, encontramos una explicación detallada de la visión cristiana primitiva de cómo para los cristianos el día del Señor era el domingo, por ser el día de la resurrección de Cristo.
“Por último, les dice [El Señor]: «Vuestros novilunios y vuestros sábados no los aguanto» (Isaías 1,13). Mirád cómo dice: No me son aceptos vuestros sábados de ahora, sino el que yo he hecho, aquel en que, haciendo descansar todas las cosas, haré el principio de un día octavo, es decir, el principio de otro mundo. Por eso justamente nosotros celebramos también el día octavo con regocijo, por ser día en que Jesús resucitó de entre los muertos, y después de manifestado, subió a los cielos.”[7]
La Didaché o doctrina de los doce Apóstoles (65 – 80 d.C.)
Es una obra de capital importancia por ser uno de los más antiguos escritos cristianos no-canónicos del grupo de los padres apostólicos, considerado anterior a muchos escritos del Nuevo Testamento. Fue escrito entre el año 65 y 80 de la era cristiana[8]. Encontramos en él una breve mención a la celebración continua de la Eucaristía durante cada día del Señor, como el sacrificio perpetuo agradable a Dios profetizado por el profeta Malaquías:
“Reunidos cada día del Señor, romped el pan y dad gracias, después de haber confesado vuestros pecados, a fin de que vuestro sacrificio sea puro.
Todo aquel, empero, que tenga contienda con su compañero, no se junte con vosotros hasta tanto no se hayan reconciliado, a fin de que no se profane vuestro sacrificio. Porque este es el sacrificio del que dijo el Señor: En todo lugar y en todo tiempo se me ofrece un sacrificio puro, porque yo soy rey grande, dice el Señor, y Mi nombre es admirable entre las naciones (Malaquías 1,11)”[9]
Ignacio de Antioquía (107 d.C.)
Es un importante testimonio por tratarse de un discípulo de Pedro y Pablo, segundo obispo de Antioquia y mártir aproximadamente en el año 107 d.C. Cuando escribe a los magnesios explica que los cristianos no guardaban el sábado sino el domingo:
“Ahora bien, si los que se habían criado en el antiguo orden de cosas vinieron a la novedad de esperanza, no guardando ya el sábado, sino viviendo según el domingo, día en que también amaneció nuestra vida por gracia del Señor y mérito de su muerte, misterio que algunos niegan, siendo así que por él recibimos la gracia de creer y por él sufrimos, a fin de ser hallados discípulos de Jesucristo, nuestro solo Maestro, ¿Cómo podemos nosotros vivir fuera de Aquel a quien los mismos Profetas, discípulos suyos que eran ya espíritu, le esperaban como su Maestro?. Y por eso, el mismo a quien justamente esperaban, venido que fue, los resucitó de entre los muertos… Absurda cosa es llevar a Jesucristo entre vosotros y vivir judaicamente. Porque no fue el cristianismo el que creyó en el judaísmo, sino el judaísmo en el cristianismo, en el que se ha congregado toda lengua que cree en Dios.”[10]
Justino Mártir (100 – 165 d.C.)
En los escritos de San Justino también quedaron evidencias de que para las primeras comunidades cristianas el día del Señor era el domingo. Uno de estos testimonios se encuentra en su apología primera[11], carta dirigida al emperador romano de su tiempo, en defensa de los cristianos que eran perseguidos.
“El día que se llama del sol [domingo] se celebra una reunión de todos los que moran en las ciudades o en los campos, y allí se leen, en cuanto el tiempo lo permite, los Recuerdos de los Apóstoles o los escritos de los Profetas. Luego, cuando el lector termina, el presidente, de palabra, hace una exhortación e invitación a que imitemos estos bellos ejemplos. Seguidamente nos levantamos todos a una y elevamos nuestras preces, y éstas terminadas, como ya dijimos, se ofrece pan y vino y agua, y el presidente, según sus fuerzas, hace igualmente subir a Dios sus preces y acciones de gracias, y todo el pueblo exclama diciendo «amen». Ahora viene la distribución y participación, que se hace a cada uno, de los alimentos consagrados por la acción de gracias y su envío por medio de los diáconos a los ausentes.”[12]
Otra de sus obras, Diálogo con Trifón, recopila uno de sus debates con uno de los sabios judíos de la época, y en ella éste último le echa en cara que los cristianos no guardaban ni la circuncisión ni el sábado: “ni guardáis las fiestas y sábados ni practicáis la circuncisión”[13], y aconseja seguido obedecer la ley judía:
“Si quieres, pues, escuchar mi consejo, pues ya te tengo por amigo mío, en primer lugar circuncídate, luego observa, como es costumbre nuestra, el sábado, las fiestas y los novilunios de Dios y cumple en una palabra, cuanto está escrito en la ley, y entonces, tal vez, alcances misericordia de parte de Dios.”[14]
“¿Hay alguna cosa más que nos reprochéis, amigos, o sólo se trata de que no vivimos conforme a vuestra ley, ni circuncidamos nuestra carne, como vuestros antepasados, ni guardamos los sábados como vosotros?”[15]
“Necesaria es ya la segunda circuncisión, y vosotros seguís con vuestro orgullo de la carne. La nueva ley quiere que guardéis el sábado continuamente, y vosotros con pasar un día sin hacer nada, ya os parece que sois religiosos…”[16]
“Porque también nosotros observaríamos esa circuncisión carnal y guardaríamos el sábado y absolutamente todas vuestras fiestas, si no supiéramos la causa por la que os fueron ordenadas… No los observamos porque esa circuncisión no es necesaria para todos, sino sólo para vosotros… Y sin sábado también agradaron a Dios todos los justos anteriormente nombrados, y después de ellos Abraham y los hijos todos de Abraham hasta Moisés… También, pues, el sábado os lo ordenó Dios para que tuvierais memoria de Él.”[17]
“Porque si antes de Abraham no había necesidad de circuncisión, ni antes de Moisés del sábado, de las fiestas ni de los sacrificios, tampoco la hay ahora, después de Jesucristo, Hijo de Dios, nacido sin pecado de María Virgen del linaje de Abraham”[18]
No queda pues duda, en base a este antiguo diálogo entre un cristiano y un judío del siglo II, como ya para ese entonces, los judíos conocían perfectamente que los cristianos no guardaban el sábado y los cristianos reconocían que no lo hacían.
Tertuliano (160 – 220 d.C.)
Tertuliano menciona expresamente el descanso dominical en virtud de que ese día resucitó el Señor:
“Nosotros, sin embargo, (según nos ha enseñado la tradición) en el día de la Resurrección del Señor debemos tratar no sólo de no arrodillarnos, sino que debemos dejar todos los afanes y preocupaciones, posponiendo incluso nuestros negocios, a menos que queramos dar lugar al diablo”[19].
Cipriano de Cartago (200 – 258 d.C.)
En una carta dirigida a Fido que trata sobre el tema del bautismo de niños, menciona el domingo como día del Señor por ser el día en que resucitó Cristo:
“Como el día octavo, esto es, el inmediato al sábado era el día en que había de resucitar el Señor, y nos había de dar la vida con la espiritual circuncisión, por eso en la ley antigua se observó dicho día.”[20]
Adicionalmente a estos y otros testimonios, se suma el Concilio Local de Elvira celebrado en el año 300, que en su canon 21 demuestra que el día en que la Iglesia se reunía era el domingo: “Si alguien en la ciudad deja de venir a la iglesia por tres domingos, que sea excomulgado por un corto tiempo para que se corrija”.
Conclusiones
El emperador Constantino decretó la libertad de culto en el Edicto de Milán en el año 313, pero ya se han visto testimonios de más de 250 años atrás de que los cristianos celebraban la Eucaristía el domingo y no guardaban el sábado. No es cierto, por lo tanto, que fue Constantino quien hizo este cambio.
Notas
- Salmo 118,22-24 ↩
- Frecuentemente se observa a San Pablo entrar en las sinagogas los sábados, pero para evangelizar a los judíos que sí guardaban el día sábado y se congregaban ese día (Cf. Hechos 13,14.44; 15,21; 18,4). ↩
- Hechos 15,28-29 ↩
- Colosenses 2,16 ↩
- Romanos 14,5 ↩
- Puede leer esta carta en la Web en http://escrituras.tripod.com/Textos/EpBernabe.htm ↩
- Carta a Bernabé, XV, 8-9
Ibid., p. 803 ↩ - Puede leer la traducción protestante de esta carta en la Web en http://escrituras.tripod.com/Textos/Didache.htm ↩
- Didaché, XIV,1-3
Ibid., 91 ↩ - Ignacio de Antioquía, Carta a los Magnesios, IX; X,3
Ibid., p. 464-465 ↩ - Puede leer esta carta en la Web en http://multimedios.org/docs/d002610/ ↩
- Justino Mártir, Apología I, 67
Daniel Ruiz Bueno, Padres Apologetas Griegos, Biblioteca de Autores Cristianos 116, Madrid 1996, p.258 ↩ - Justino Mártir, Diálogo con Trifón, 10,3
Ibid. p. 318 ↩ - Justino Mártir, Diálogo con Trifón, 8,4
Ibid., p. 315-316 ↩ - Justino Mártir, Diálogo con Trifón, 10,1
Ibid., p. 317 ↩ - Justino Mártir, Diálogo con Trifón, 12,3
Ibid., p. 321 ↩ - Justino Mártir, Diálogo con Trifón, 18,2; 19,2.4
Ibid., p. 331-333 ↩ - Justino Mártir, Diálogo con Trifón, 23,4
Ibid., p. 340 ↩ - De orat., XXIII; cf. “Ad nation.”, I, XIII; “apology.”, XVI
Enciclopedia Católica, Domingo ↩ - Cipriano de Cartago, Carta LVIII, A Fido sobre el bautismo de niños
Obras de San Cipriano Obispo y Mártir, Tomo I, Arámburu y Roldán, Valladolid 1807, p. 262 ↩