IntroducciónLa DidachéSan Clemente RomanoSan Ignacio de AntioquíaSan Policarpo de EsmirnaCarta de BernabéFragmentos de PapíasEl Pastor de HermasEpístola a DiognetoSan Justino MártirSan Ireneo de LyonTertulianoSan Cipriano de Cartago

Página del Codex Balliolensis (s. XIII)

Quinto Septimio Florente Tertuliano nació en Cartago hacia el año 155. Abogado de profesión, se convirtió al cristianismo hacia el año 197 y se convirtió en el primer gran escritor eclesiástico en lengua latina. Su producción literaria es vastísima: abarca apologética, polémica antiherétical, moral cristiana y tratados dogmáticos. Hacia el final de su vida se adhirió al montanismo, una secta rigorista, lo cual mato a su voz como Padre de la Iglesia en sentido estricto; sin embargo, sus escritos del periodo católico son de un valor incalculable. A el se debe, entre otras cosas, la formulación trinitaria ‘una sustancia, tres personas’, que sigue siendo hoy la formula oficial de la teología cristiana sobre la Trinidad. Su importancia para el debate con el protestantismo radica especialmente en su argumentación sobre la relación entre Escritura y Tradición.

La Escritura pertenece a la Iglesia, no a los herejes

En su obra De Praescriptione Haeréticorum (Sobre la prescripción de los herejes), Tertuliano aplica al debate doctrinal una técnica jurídica romana llamada “prescripción”: antes de debatir el contenido de un litigio, se establece si la parte contraria tiene derecho a reclamar lo que reclama. Aplicado al debate con los herejes: antes de discutir el sentido de las Escrituras con ellos, hay que preguntarse si los herejes tienen algun derecho sobre las Escrituras que les permita invocarlas como argumento. La respuesta de Tertuliano es rotunda:

“Que los herejes traten primero de establecer quienes son los apóstoles, de donde vienen los que hacen de Dios o de Cristo o del espíritu Santo lo que les place; de donde procede la regla de la fe y del bautismo y de la Eucaristía; y si esto no pueden establecerlo, si nuestra prescripción prevalece, entonces que no se les permita siquiera avanzar a la cuestión de las Escrituras. Pues las Escrituras no son de ellos: para ellos son ajenas, porque no son cristianos… La Escritura pertenece a aquellos a quienes pertenece la sucesión de los que la transmitieron, es decir, a nosotros, a quienes corresponde tanto la sucesión como la Escritura.” (Tertuliano, De Praescriptione Haeréticorum 37)

El argumento de Tertuliano tiene una validez que trasciende su contexto original antignóstico y alcanza de lleno al protestantismo. Los reformadores del siglo XVI pretendieron interpretar las Escrituras de manera independiente de la Iglesia que las había producido, conservado y transmitido durante quince siglos. Para Tertuliano, esto es jurídicamente inadmisible: las Escrituras pertenecen a la Iglesia apostólica y solo ella tiene el derecho y la capacidad de interpretarlas auténticamente. Quien invoca las Escrituras sin tener la sucesión apostólica que le habilite para ello, las esta usando sin titulo legitimo.

Las Tradiciones no Escritas

Tertuliano proporciona además un testimonio inapreciable sobre la existencia de tradiciones no escritas en la Iglesia primitiva que sin embargo tienen plena autoridad normativa para los fieles. Esto contradice directamente la doctrina protestante de que todo lo que el cristiano debe creer y prácticar se encuentra en la Escritura. En su tratado De Corona, al defender la costumbre de que los militares no lleven corona de laurel, enumera diversas prácticas de la Iglesia que no tienen fundamento escrito en las Escrituras pero que son obligatorias por la tradición:

Del autor

Los Padres de la Iglesia hablan por sí mismos

Este artículo forma parte de Cristianismo primitivo: En la búsqueda de los orígenes de la Iglesia de Cristo, un recorrido documentado por la fe de los primeros siglos y sus respuestas a las preguntas que aún dividen a católicos y protestantes.

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“Si buscas un precepto legal para esto en las Escrituras, no lo encontrarás. La tradición te lo dará como origen, la costumbre como confirmación, y la fe como guardiana. Que la razón te convencerá de que la tradición y la costumbre y la fe han de ser observadas, lo comprenderas si reflexionas en que ninguna otra razón debes aducir para rechazarlas que la de que no están escritas… Hagamos una recopilación de estas cosas si queremos discutirlas: No nos quitara poco trabajo si tenemos que buscar en la Escritura una autorización para cada una de ellas. El Señor dijo en su Evangelio que el Espíritu Santo enseñaría muchas cosas cuando viniese sobre los apóstoles; y el Espíritu Santo ha venido.” (Tertuliano, De Corona 3-4)

Este texto de Tertuliano es fundamental. El padre africano afirma con toda claridad que hay prácticas y doctrinas en la Iglesia que no tienen fundamento en la Escritura pero que son validas porque las garantiza la tradición apostólica. La ausencia de un texto escrito no invalida una práctica cristiana: lo que la valida es su pertenencia a la tradición viva de la Iglesia. Esta es exactamente la posicion que el protestantismo rechaza con la Sola Scriptura, y que los Padres de la Iglesia del siglo II y III afirman con unanimidad.

La Oración por los Difuntos y el Estado Intermedio

Hay una doctrina que el protestantismo rechaza de manera particularmente vehemente y que sin embargo hunde sus raíces en los testimonios más tempranos del cristianismo: la oración por los difuntos y la existencia de un estado intermedio de purificación —lo que la Iglesia llama el purgatorio— entre la muerte y el gozo pleno de la visión beatífica. Lejos de ser una invención medieval, esta doctrina está documentada en el siglo II con una regularidad que no admite explicación si no era ya una práctica universalmente establecida en la Iglesia primitiva. Tertuliano, una vez más, es el primero en atestiguarla explícitamente. En su tratado De Corona, en la misma lista de tradiciones no escritas de origen apostólico que ya hemos citado, menciona las ofrendas por los difuntos como algo que todos practican:

«Hacemos ofrendas por los difuntos en los aniversarios de su fallecimiento.» (Tertuliano, De Corona 3)

La importancia de esta frase es precisamente su brevedad y su tono. Tertuliano no presenta las ofrendas por los difuntos como una novedad ni como una práctica controvertida que necesite justificación: las menciona de pasada, junto con el signo de la cruz y la renuncia al demonio en el bautismo, como costumbres apostólicas que todos conocen y nadie discute. Esta actitud presupone que la práctica es ya universalmente aceptada y de larga data. En su tratado De Monogamia, dirigido a una viuda cristiana, añade todavía más:

«Una esposa verdadera ora por el alma de su marido y pide para él el refrigerio en el intervalo, y participación en la primera resurrección; y ofrece en los aniversarios de su sueño.» (Tertuliano, De Monogamia 10)

El término “refrigerio” (refrigerium en latín) es el mismo que aparece grabado en centenares de inscripciones en las catacumbas romanas del siglo II, donde los primeros cristianos pedían para sus muertos: “Deus tibi refrigeret” —Que Dios te refresque—. Esta convergencia entre los textos escritos y la arqueología es reveladora: la práctica de orar por los difuntos, solicitando para ellos un estado de alivio o purificación, era tan universal en la Iglesia del siglo II que se expresaba tanto en los escritos de los teólogos como en la piedra tallada de los sepulcros. Si la oración por los difuntos fuera inútil —como sostiene el protestantismo, para quien el destino eterno queda sellado en el momento de la muerte sin posibilidad de intercesión—, los primeros cristianos habrían incurrido desde los orígenes en una práctica vana y supersticiosa. Pero si los escritos de los Padres y las inscripciones de las catacumbas dicen algo claro, es que ninguno de ellos lo entendió así.

El Martirio de Perpetua y Felicidad, escrito en el norte de África hacia el año 203, ofrece quizás el testimonio más conmovedor. Perpetua, catecúmena en vísperas de su martirio, tiene una visión de su hermano Dinócrates, muerto en la infancia de una enfermedad: lo ve en un lugar oscuro, sediento, incapaz de alcanzar el agua que tiene ante sí. Perpetua ora por él insistentemente, y en una segunda visión lo ve transfigurado, en un lugar luminoso, bebiendo del agua libremente. El relato no deja duda sobre lo que su autora pretende expresar: la oración de los vivos puede ayudar a los difuntos que se encuentran en un estado intermedio. Este testimonio, anterior a Nicea por más de un siglo, forma parte de un consenso patrístico que incluye a Tertuliano, Cipriano, Clemente de Alejandría y más tarde a Agustín y Juan Crisóstomo. El protestantismo, al suprimir la oración por los difuntos en el siglo XVI, no restauró el cristianismo primitivo: se separó de él.