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El Buen Pastor, fresco de las catacumbas romanas (s. III)

El Pastor de Hermas es una de las obras más populares del cristianismo primitivo y una de las más leídas fuera del canon del Nuevo Testamento. Escrita en Roma en el siglo II, fue considerada durante mucho tiempo como texto casi canónico por diversas comunidades cristianas, y el historiador Eusebio de Cesarea la incluye entre los libros debatidos. Su autor, conocido como Hermas, era un liberto de Roma que describe en la obra una serie de visiones, mandatos y similitudes recibidas de dos figuras celestiales: una anciana que representa a la Iglesia, y un ángel con aspecto de pastor que encarna el espíritu de la penitencia. Precisamente por su énfasis en la conversión, la penitencia y la pureza moral, El Pastor es de un valor excepcional para comprender la fe y la práctica de los primeros cristianos en las materias que el protestantismo más disputa.

La Preexistencia de la Iglesia

Una de las afirmaciones más características de El Pastor de Hermas es la que atañe a la naturaleza y antigüedad de la Iglesia. En la segunda visión, Hermas recibe de la anciana —figura que representa a la Iglesia— una revelación sobre su origen que resulta de enorme importancia apologética. A la pregunta de por qué la Iglesia se le aparece bajo la forma de una mujer anciana, la respuesta es de una rotundidad que no admite equívocos:

«Porque fue creada la primera de todas las cosas. Por eso es anciana; y por ella fue creado el mundo.» (El Pastor de Hermas, Visión 2,4,1)

La Iglesia, para los primeros cristianos, no era una institución humana que hubiera nacido en un momento determinado de la historia como resultado de las necesidades religiosas de los hombres. Era, antes al contrario, la realidad más antigua de la creación, aquella para la cual el mundo mismo había sido hecho. Esta convicción contrasta radicalmente con la visión protestante de la Iglesia, que en sus distintas versiones tiende a concebirla como una realidad meramente histórica, variable en su forma y nunca identificable plenamente con ninguna institución eclesial concreta.

Esta preexistencia de la Iglesia se visualiza de forma especialmente elocuente en la gran visión de la torre que ocupa el centro de la obra. Una torre se construye sobre las aguas, y el material con que se edifica son piedras que representan a los fieles bautizados. Cuando Hermas pregunta a la anciana el sentido de la visión, ella le responde:

«La torre que ves que se está edificando, soy yo misma, la Iglesia, la que te aparecí ahora y también antes.» (El Pastor de Hermas, Visión 3,3,3)

«¿Por qué está la torre edificada sobre las aguas? — Porque vuestra vida se ha salvado y se salvará por el agua; mas el fundamento sobre el que se asienta la torre es la palabra del Nombre omnipotente y glorioso, y se sostiene por la virtud invisible del Señor.» (El Pastor de Hermas, Visión 3,3,5)

La imagen de la Iglesia construida sobre el agua es una alusión transparente al bautismo como puerta de entrada a la Iglesia. Los fieles son las piedras del edificio, y este edificio —la Iglesia— es la realización visible en la historia del eterno designio de Dios. Detrás de la imagen se encuentra una eclesiología robusta: la Iglesia es una, santa, y gobernada por una autoridad legítima; y la unidad de la Iglesia es condición necesaria para la salvación. No hay lugar en esta visión para una pluralidad de iglesias igualmente válidas, como supone el protestantismo en todas sus ramas.

La Segunda Penitencia y la Confesión

El tema teológico central de El Pastor de Hermas es la doctrina de la penitencia. La obra entera es, en cierto sentido, un tratado sobre la misericordia de Dios y la posibilidad de conversión para los que han pecado después del bautismo. Esta enseñanza resulta de particular importancia en el contexto del debate con el protestantismo, dado que los reformadores rechazaron el Sacramento de la Penitencia como institución de la Iglesia, sustituyéndolo por la convicción de que el cristiano puede obtener el perdón de sus pecados directamente de Dios mediante un acto interior de fe y contrición, sin necesidad de mediación eclesiástica alguna.

Del autor

Los Padres de la Iglesia hablan por sí mismos

Este artículo forma parte de Cristianismo primitivo: En la búsqueda de los orígenes de la Iglesia de Cristo, un recorrido documentado por la fe de los primeros siglos y sus respuestas a las preguntas que aún dividen a católicos y protestantes.

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Los primeros cristianos pensaban de manera radicalmente distinta, como lo prueba el testimonio de Hermas. El ángel-pastor, figura central de la obra, instruye a Hermas sobre la existencia de una segunda penitencia posterior al bautismo y sobre las condiciones necesarias para obtener el perdón de los pecados cometidos después de haber recibido la gracia bautismal. La doctrina que se expone es inequívocamente eclesial: no se trata de una reconciliación puramente privada entre el alma y Dios, sino de un proceso de conversión que se verifica en el interior de la comunidad de la Iglesia, mediado por la autoridad del espíritu de la penitencia:

«Señor, he oído de algunos maestros que no hay otra penitencia sino la de cuando bajamos al agua. Me respondió: Bien has oído, que eso es lo cierto. El que recibió la remisión de sus pecados no debía ya volver a pecar, sino quedarse en la pureza. Pero conociendo el Señor que el hombre es delicado por naturaleza y es asediado por el diablo astuto, tuvo misericordia del hombre y estableció esta penitencia, y el dominio de esta penitencia se me ha concedido a mí. Mas yo digo que si alguno, después de aquella magna y santa vocación, es tentado por el diablo y peca, tiene una sola penitencia; y si peca de continuo y se arrepiente, no le aprovecha a semejante hombre la penitencia, pues con dificultad vivirá.» (El Pastor de Hermas, Mandato 4,3,1-3)

El contenido doctrinal de este pasaje es de una riqueza notable. En primer lugar, Hermas enseña que el bautismo perdona todos los pecados anteriores y que el cristiano bautizado no debería volver a pecar. En segundo lugar, reconoce que, dada la debilidad humana y la astucia del diablo, Dios ha establecido una segunda oportunidad de penitencia para los bautizados que han caído en el pecado. En tercer lugar —y esto es crucial—, esta segunda penitencia está directamente vinculada al ‘ángel de la penitencia’, es decir, a una figura de autoridad espiritual que la media y la administra. La estructura es exactamente la misma que la del Sacramento de la Penitencia tal y como lo enseña la Iglesia Católica.

Cabe también preguntarse: ¿no sería la doctrina de Hermas sobre la penitencia aquella que los mismos protestantes defenderían? ¿No bastaría con un acto sincero de contrición interior para obtener el perdón? La respuesta que da El Pastor es clara: la penitencia no es un asunto puramente interior y privado. El arrepentido debe manifestar su conversión, someterse a la guía espiritual del ángel-pastor, y reintegrar su vida en la pureza moral dentro de la Iglesia. La mediación eclesial no es un añadido posterior a la fe cristiana primitiva: es el modo mismo en que Dios, desde los primeros siglos, ha querido dispensar su misericordia a los pecadores.

El Bautismo como Sello de la Vida

En la Similitud 9, una de las parábolas más extensas y teológicamente ricas de toda la obra, El Pastor de Hermas expone con notable claridad la doctrina sobre el bautismo y su necesidad para la salvación. El texto describe la visión de una enorme torre con una sola puerta grande; para entrar en ella —la Iglesia— es necesario pasar por esa puerta, que representa el bautismo. La explicación que ofrece el ángel no deja margen a interpretaciones espiritualistas que redujeran el bautismo a un mero símbolo exterior de una fe ya existente:

«Antes de que el hombre lleve el nombre del Hijo de Dios, está muerto; mas cuando recibe el sello, deja la muerte y recibe la vida. Ahora bien, el sello es el agua; así que bajan al agua muertos y suben vivos. También a ellos se les predicó este sello, y de él se valieron para entrar en el reino de Dios.» (El Pastor de Hermas, Similitud 9,16,2-4)

La claridad de este texto difícilmente puede ser mayor. Antes del bautismo, el hombre está muerto espiritualmente; después del bautismo, vive. El agua es el sello por el cual el hombre pasa de la muerte a la vida. Esta es la fe cristiana primitiva sobre el bautismo, compartida sin excepción por todos los Padres Apostólicos: el bautismo no es un símbolo o una declaración pública de una fe ya existente, como enseñan muchas tradiciones protestantes, sino el sacramento eficaz por el cual Dios comunica su vida al hombre y lo incorpora a la Iglesia.

El testimonio de Hermas cierra el círculo de la fe bautismal que hemos ido encontrando a lo largo de todos los escritos apostólicos: desde la Didaché, que regula las modalidades del bautismo con notable detalle, hasta San Ignacio, que identifica sin vacilación el bautismo con la entrada en la Iglesia; desde San Clemente, que lo vincula a la sucesión apostólica, hasta el propio Hermas, que lo describe como el sello de la vida divina. En ninguno de estos textos aparece la doctrina protestante de la ‘sola fe’ como principio suficiente y autónomo de salvación; en todos ellos, la fe bautismal y la pertenencia a la comunidad de la Iglesia son inseparables.