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Ruinas de Hierápolis (Pamukkale, Turquía) — sede episcopal de Papías

Según reseña San Jerónimo, Papías fue obispo de Hierápolis en Asia, y por San Ireneo de Lyon sabemos que fue discípulo del apóstol Juan y compañero de San Policarpo. Se le atribuye la primera exégesis conocida del Nuevo Testamento a la que tituló Explicación de sentencias del Señor, de la que se conservan algunos fragmentos, gracias a que fueron recogidos en sus obras por el historiador católico Eusebio de Cesarea.

La Tradición Oral frente a la Sola Scriptura

Uno de los principios más fundamentales del protestantismo es la doctrina conocida como Sola Scriptura: la convicción de que la Sagrada Escritura es la única fuente y norma infalible de la fe cristiana. Según esta doctrina, todo lo que debe creer un cristiano se encuentra contenido en la Biblia y puede ser conocido a partir de ella sola, sin necesidad de ninguna tradición oral, magisterio eclesiástico, o autoridad docente de la Iglesia. Esta posición es históricamente insostenible, y los propios escritos de los Padres Apostólicos lo demuestran con claridad. Papías de Hierápolis ofrece en este punto un testimonio de particular importancia.

En el prefacio de su obra Exposición de los Oráculos del Señor, conservado por Eusebio de Cesarea en su Historia Eclesiástica, Papías revela de manera explícita cuál era la actitud de los primeros cristianos ante la relación entre los textos escritos y la tradición oral apostólica. Sus palabras no dejan lugar a dudas:

«No dudaré en añadir también a las interpretaciones lo que en otro tiempo aprendí bien de los presbíteros y recordé bien, garantizando su verdad. Pues no me complacía en los que dicen mucho, como la mayoría, sino en los que enseñan la verdad; ni en los que traen mandamientos ajenos, sino en los que refieren los mandamientos dados por el Señor a la fe y derivados de la verdad misma. Y si alguna vez llegaba alguien que había seguido a los presbíteros, me informaba de los dichos de los presbíteros: qué dijo Andrés, o qué Pedro, o qué Felipe o Tomás o Santiago, o qué Juan o Mateo, o algún otro de los discípulos del Señor; también qué dicen Aristión y el presbítero Juan, discípulos del Señor. Pues yo no pensaba que las cosas sacadas de los libros me aprovechasen tanto como las procedentes de la voz viva y permanente.» (Papías de Hierápolis, Exposición de los Oráculos del Señor, Prefacio; en Eusebio de Cesarea, Historia Eclesiástica 3,39,3-4)

Este texto es de una importancia capital para comprender la mentalidad de los primeros cristianos. Papías, que fue discípulo del apóstol Juan y compañero de Policarpo, no desprecia las Escrituras, pero reconoce abiertamente que la voz viva de los testigos apostólicos vale más que los libros escritos. Esta convicción no es en modo alguno marginal: es la convicción de un hombre que conoció personalmente a discípulos directos de los apóstoles, y que entendía la fe cristiana como algo recibido y transmitido de persona a persona, en una cadena ininterrumpida que arrancaba de los propios apóstoles.

La doctrina de la Sola Scriptura hubiese resultado incomprensible para Papías. Para él, como para todos los Padres Apostólicos, la autoridad suprema no residía en los textos escritos considerados aisladamente, sino en la tradición viva transmitida por los apóstoles y sus discípulos. Esta tradición oral es precisamente lo que la Iglesia Católica llama la Tradición Apostólica, y lo que el protestantismo, en su rechazo de toda autoridad fuera de la Escritura, no puede explicar satisfactoriamente. La pregunta que queda pendiente para cualquier cristiano evangélico que lea a Papías es obvia: ¿cómo puede ser fiel al espíritu de los primeros cristianos quien rechaza precisamente aquella tradición viva que estos consideraban superior a los textos escritos?

Del autor

Los Padres de la Iglesia hablan por sí mismos

Este artículo forma parte de Cristianismo primitivo: En la búsqueda de los orígenes de la Iglesia de Cristo, un recorrido documentado por la fe de los primeros siglos y sus respuestas a las preguntas que aún dividen a católicos y protestantes.

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Portada del libro Cristianismo Primitivo

La Transmisión del Evangelio y la Sucesión Apostólica

Los fragmentos de Papías conservados por Eusebio de Cesarea incluyen además testimonios de extraordinario valor sobre el origen de los Evangelios escritos. Estos testimonios son doblemente importantes para nuestro propósito: por un lado, arrojan luz sobre cómo nacieron los propios textos evangélicos; por otro, confirman que incluso las Escrituras fueron transmitidas a través de una cadena de autoridad apostólica, y no de manera independiente de ella.

Sobre el Evangelio de Marcos, Papías transmite el testimonio del presbítero Juan, discípulo directo del Señor:

«El presbítero decía esto también: Marcos, que había sido el intérprete de Pedro, escribió con exactitud, aunque no en orden, todo cuanto recordaba de lo que el Señor había dicho y hecho. Pues él ni oyó al Señor ni le siguió; pero posteriormente, como he dicho, siguió a Pedro, quien adaptaba sus enseñanzas a las necesidades del momento, pero sin intención de componer un relato ordenado de los dichos del Señor. Por tanto, Marcos no erró en modo alguno al escribir así algunas cosas tal como las recordaba. Pues sólo se preocupaba de una cosa: no omitir nada de lo que había oído y no decir nada falso.» (Papías de Hierápolis, Exposición de los Oráculos del Señor; en Eusebio de Cesarea, Historia Eclesiástica 3,39,15)

Y sobre el Evangelio de Mateo añade:

«Mateo ordenó los oráculos en lengua hebrea, y cada uno los interpretó como pudo.» (Papías de Hierápolis, Exposición de los Oráculos del Señor; en Eusebio de Cesarea, Historia Eclesiástica 3,39,16)

Lo que Papías describe en estos fragmentos es una cadena de transmisión que funciona tal y como la Iglesia Católica siempre ha enseñado que funciona la transmisión de la Revelación: de Cristo a los apóstoles, de los apóstoles a sus colaboradores y discípulos, y de estos a las comunidades que ellos fundaron y gobernaron. El Evangelio de Marcos no surgió de manera espontánea a partir de un individuo que leyó las Escrituras del Antiguo Testamento: es el testimonio apostólico de Pedro, recogido y ordenado por su discípulo y colaborador Marcos. La autoridad del texto escrito deriva de la autoridad apostólica que lo respalda.

Esto tiene implicaciones directas sobre el debate con el protestantismo. Incluso los Evangelios, que son la base sobre la que el protestante afirma construir toda su fe, llegaron a nosotros gracias a una cadena de autoridad apostólica que los precedía y los sustentaba. Pretender luego que esos mismos textos pueden ser comprendidos y aplicados de manera independiente de la tradición apostólica que los produjo es incurrir en una contradicción difícilmente sostenible. Papías lo entendía perfectamente: sin la voz viva de la tradición, ni siquiera los Evangelios escritos podían ser comprendidos correctamente.

La Resurrección de la Carne

Entre los fragmentos de Papías que nos han llegado a través de los escritos de San Ireneo de Lyon, encontramos también un testimonio elocuente sobre la doctrina de la resurrección de los muertos. Papías afirma con energía la resurrección corporal, es decir, la resurrección de la carne, frente a toda interpretación meramente espiritualista o alegórica de esta doctrina fundamental.

Al referir lo que los ancianos oyeron del Señor sobre la plenitud de los tiempos, San Ireneo de Lyon transmite el siguiente texto atribuido a Papías:

«Los días vendrán en que nacerán viñas que producirán cada una diez mil sarmientos, y en cada sarmiento diez mil ramas, y en cada rama diez mil pámpanos, y en cada pámpano diez mil racimos, y en cada racimo diez mil uvas, y cada uva al ser estrujada dará veinticinco medidas de vino. Y cuando alguno de los santos tomase un racimo, el racimo vecino gritará: Yo soy mejor, tómame a mí, bendice por mí al Señor.» (Papías de Hierápolis, Exposición de los Oráculos del Señor; en Ireneo de Lyon, Adversus Haereses 5,33,3)

Es importante señalar que este pasaje refleja una visión de carácter milenarista —la expectativa de un reino terreno de Cristo de mil años antes del fin definitivo— que la Iglesia no adoptó como doctrina y que el propio Eusebio de Cesarea consideró ya en su tiempo como una interpretación problemática, fruto de un error de Papías en la comprensión de los textos apostólicos. En este punto, Papías estuvo equivocado, y la tradición posterior de la Iglesia así lo reconoció. Sin embargo, detrás de la exuberante imagen que utiliza, el substrato doctrinal es perfectamente ortodoxo: la afirmación categórica de que la resurrección es corporal y material, que el hombre es salvado como totalidad —alma y cuerpo— y no como mero espíritu desencarnado.

En este punto, Papías coincide plenamente con la fe católica proclamada desde los orígenes del cristianismo. El Símbolo de los Apóstoles lo expresa con claridad meridiana: creo en la resurrección de la carne y en la vida eterna. Muchas corrientes teológicas protestantes de orientación más espiritualista han tendido a desembarazar la esperanza cristiana de su dimensión corporal, reduciendo la salvación a una inmortalidad del alma sin mayor relación con el cuerpo. Papías, representando la fe de los primeros discípulos, nos recuerda que la esperanza cristiana no es de esa naturaleza: es la esperanza de una restauración plena del hombre, que incluye la carne.