San Bernabé Apóstol — Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, Madrid
Bernabé fue uno de los discípulos más cercanos a los Apóstoles. Oriundo de Chipre y levita de nacimiento, es presentado en los Hechos de los Apóstoles como un hombre de gran generosidad y fe, al que los propios apóstoles llamaron «hijo de la consolación» (Hechos 4,36). Fue él quien introdujo a Pablo recién convertido ante la comunidad de Jerusalén cuando todos le temían, y quien lo acompañó en su primer viaje misionero por Asia Menor y Grecia.
La Epístola de Bernabé es uno de los textos más antiguos del período posapostólico, datada entre los años 70 y 132 d.C. Aunque la tradición antigua la atribuyó al Bernabé de los Hechos, la mayoría de los estudiosos modernos consideran que fue escrita por otro autor cristiano que adoptó su nombre como autoridad. Sea cual sea su autoría, el texto fue muy estimado en la Iglesia primitiva: el propio Códice Sinaítico —uno de los manuscritos bíblicos más antiguos del mundo— la incluía junto al Nuevo Testamento.
La carta tiene un fuerte carácter catequético y teológico: su objetivo central es mostrar que el Antiguo Testamento se cumple plenamente en Cristo, y que la Iglesia es la verdadera heredera de las promesas hechas a Israel. Su lectura es un testimonio elocuente de cómo los primeros cristianos comprendían la relación entre ambos Testamentos.
Cristología
Aunque no es la intención de Bernabé dar un completo tratado dogmático sobre la divinidad de Cristo, en su exposición expone algunas verdades de fe que son parte de la doctrina de la Santísima Trinidad, como la preexistencia de Cristo. Para Bernabé Cristo no solo estaba antes de la creación, sino que participó en ella:
“Consideremos, otrosí, este punto, hermanos míos: Si es cierto que el Señor se dignó padecer por nuestra alma, siendo como es Señor de todo el universo, a quien dijo Dios desde la constitución del mundo: Hagamos al hombre a imagen y semejanza nuestra, ¿cómo, digo, se dignó padecer bajo la mano de los hombres? Aprendedlo” (Carta de Bernabé 5,5)
Cristo es para Bernabé, tanto creador, como aquel que hizo posible su salvación al haberse hecho hombre por voluntad propia:
“Porque de no haber venido en carne, tampoco los hombres hubieran podido salvarse mirándole a Él como quiera que mirando al sol, que al cabo está destinado a no ser, como obra que es de sus manos, no son capaces de fijar los ojos en sus rayos… Él mismo fue quien quiso así padecer” (Carta de Bernabé 5,10.13)
Justificación y Salvación
Se mantiene en el consenso de los padres apostólicos, sosteniendo sin lugar a dudas que la obediencia a los mandamientos es condición para salvarse, y recuerda a los fieles que Dios juzgará a todos los hombres por sus obras, conforme señala la Escritura.
“a nosotros nos dice de esta manera: Sacrificio para Dios es un corazón contrito; olor de suavidad al Señor, un corazón que glorifica al que le ha plasmado. Debemos, por ende, hermanos, andar con toda diligencia en lo que atañe a nuestra salvación, no sea que el maligno, logrando infiltrársenos por el error, nos arroje, como la piedra de una honda, lejos de nuestra vida” (Carta de Bernabé 2,10)
“Por lo tanto, atendamos a los últimos días, pues de nada nos servirá todo el tiempo de nuestra fe, si ahora, en el tiempo inicuo y en los escándalos que están por venir, no resistimos como conviene a hijos de Dios, a fin de que el Negro no se nos infiltre.” (Carta de Bernabé 4,9)
“Porque dice la Escritura: ¡Ay de los prudentes para si mismos y de los sabios ante sí mismos. Hagámonos espirituales, hagámonos templo perfecto para Dios. En cuanto esté en nuestra mano, meditemos el temor de Dios y luchemos por guardar sus mandamientos, a fin de regocijarnos en sus justificaciones.
El Señor juzgará al mundo sin acepción de personas: Cada uno recibirá conforme obró. Si el hombre fue bueno, su justicia marchará delante de él; si fuere malvado, la paga de su maldad irá también delante de él. Recordémoslo, no sea que, echándonos a descansar como llamados, nos durmamos en nuestros pecados, y el príncipe malo, tomando poder sobre nosotros, nos empuje lejos del reino del Señor.
Además, hermanos mios, considerad este punto: cuando estáis viendo que, después de tantos signos y prodigios sucedidos en medio de Israel y que, sin embargo, han sido de este modo abandonados, andemos alerta, no sea que, como está escrito, nos encontremos muchos llamados y pocos escogidos.” (Carta de Bernabé 4,11-14)
“Y así dice la Escritura: No se tienden injustamente las redes a los volátiles. Lo cual quiere decir que con razón se perderá el hombre que, teniendo conocimiento del camino de la justicia, se precipita a si mismo por el camino de las tinieblas.” (Carta de Bernabé 5,3)
Bautismo
No se ve en Bernabé ni ápice de la concepción protestante respecto al bautismo, donde este no es más que un símbolo. Por el contrario, es un sacramento que “trae la remisión de los pecados”, y en el cual por un lado “bajamos al agua” llenos de pecados, y salimos regenerados “llevando fruto en nuestro corazón”.
“Mas inquiramos si tuvo el Señor interés en manifestarnos anticipadamente algo acerca del agua y de la cruz. Ahora bien, acerca del agua se dice contra Israel cómo no habían de aceptar el bautismo, que trae la remisión de los pecados, sino que se construirían otros lavatorios para sí mismos… Daos cuenta cómo definió en uno el agua y la cruz. Pues lo que dice es esto: Bienaventurados quienes, habiendo puesto su confianza en la cruz, bajaron al agua; porque su recompensa dice que será en el tiempo debido. Entonces—dice—daré la paga. Lo que luego añade sobre que las hojas no caerán significa que toda palabra que saliere de vuestra boca en fe y caridad, será para conversión y esperanza de muchos.
Además, otro profeta dice: Y era la tierra de Israel celebrada sobre toda otra tierra. Lo que quiere decir: El Señor glorifica el vaso de su Espíritu. ¿Qué dice seguidamente? Y el río fluía por la derecha y brotaban de él hermosos árboles; y quien comiere de ellos vivirá para siempre. Esto quiere decir que nosotros bajamos al agua rebosando pecados y suciedad, y subimos llevando fruto en nuestro corazón, es decir, con el temor y la esperanza de Jesús en nuestro espíritu. Y el que comiere de ellos, vivirá para siempre, quiere decir: quien escuchare, cuando se le hablan estas cosas, y las creyere, vivirá eternamente.” (Carta de Bernabé 11,1.8-9)
Imágenes
“Y otra vez, en ocasión que Israel también caía, fabrica Moisés una figura de Jesús, figura de cómo Él tenía que padecer, y Él, otrosí, vivificar, cuando ellos creían que había perecido en el signo. En efecto, el Señor hizo que les mordieran toda clase de serpientes, y morían de sus mordeduras; serpientes, justamente, pues la transgresión en Eva se debió a la serpiente, para convencerlos de que por su transgresión serían entregados a tribulación de muerte. En resolución, Moisés, que había establecido por mandamiento: No tendréis imagen esculpida ni fundida para Dios vuestro, la fabrica él mismo para mostrar una figura de Jesús. Así, pues, manda hacer Moisés una serpiente de bronce y la levanta gloriosamente y, a voz de pregón, convoca al pueblo.
Reunidos que estuvieron, suplicaban a Moisés que ofreciera oraciones por la curación de ellos. Y Moisés les respondió: «Cuando alguno de vosotros—dice-—fuere mordido, venga a la serpiente colocada sobre el madero y confíe con viva fe que ella, aun siendo muerta, puede darle la vida y al punto quedará sano». Ahí tienes otra vez, en estos nuevos símbolos, la gloria de Jesús, pues todo está en Él y todo es para Él.” (Carta de Bernabé 12,5-7)
La importancia apologética de este pasaje en el debate con el protestantismo sobre las imágenes sagradas es considerable. La tradición reformada —desde Calvino y Zuinglio hasta buena parte del evangelicalismo contemporáneo— rechaza el uso de imágenes religiosas en el culto, invocando el segundo mandamiento: “No te harás imagen esculpida ni ninguna semejanza de lo que hay arriba en los cielos” (Éxodo 20,4). Sin embargo, la propia Escritura relata que Dios mismo ordenó a Moisés fabricar la serpiente de bronce como instrumento de sanación para quienes la miraran con fe (Números 21,8-9), aparente contradicción con la prohibición precedente. La Carta de Bernabé no solo conoce este episodio: lo emplea como catequesis tipológica central, reconociendo en la serpiente de bronce elevada sobre el madero una prefiguración de Cristo crucificado. Si el uso de esta imagen fue mandato divino y prefigura la salvación cristiana, la prohibición absoluta de toda imagen sagrada resulta exegéticamente insostenible. El autor de Bernabé, que escribe en un ambiente profundamente consciente de la ley mosaica, no ve contradicción entre el segundo mandamiento y el uso tipológico de la imagen: lo que la Escritura prohíbe es la idolatría —adorar a la imagen como si fuera Dios—, no el empleo de imágenes como signos que apuntan a realidades divinas. Esta distinción, que el catolicismo mantiene desde sus orígenes, es la misma que la Carta de Bernabé presupone en el año 100 sin considerarla problemática.
Domingo con el día del Señor
Añade otro tanto para refutar el rechazo de sectas sabatistas sobre el domingo como día del Señor, explicando por qué los cristianos comenzaron a guardar el domingo en vez del sábado como los judíos.
“Les dice [el Señor]: Vuestros novilunios y vuestros sábados no los aguanto. Mirad cómo dice: No me son aceptos vuestros sábados de ahora, sino el que yo he hecho, aquél en que, haciendo descansar todas las cosas, haré el principio de un día octavo, es decir, el principio de otro mundo. Por eso justamente nosotros celebramos también el día octavo [el domingo] con regocijo, por ser día en que Jesús resucitó de entre los muertos y, después de manifestado, subió a los cielos.” (Carta de Bernabé 15,8-9)
Aborto
Aunque en este tema casi todos los cristianos estamos de acuerdo (a excepción de un creciente número de denominaciones protestantes que han abrazado el modernismo teológico), la posición de Bernabé junto con toda la Iglesia primivia sobre el aborto es clara: es mandato divino respetar la vida, incluyendo la del no nacido.
“No matarás a tu hijo en el seno de la madre ni, una vez nacido, le quitarás la vida” (Carta de Bernabé 19,5)
