Mosaico de San Cipriano de Cartago, Sant’Apollinare Nuovo, Rávena (s. VI)
Tascio Cecilio Cipriano nació hacia el año 200 en Cartago, en el norte de África. Retórico de profesión, se convirtió al cristianismo hacia el año 246 y fue elegido obispo de Cartago apenas dos años después. Gobernó su Iglesia con energia durante una época de grandes tribulaciones: la persecución del emperador Decio (250-251), la plaga que asoló el Imperio, y una grave crisis interna sobre el modo de tratar a los lapsi, es decir, los cristianos que habían apostatado durante la persecución y luego pedían readmisión. Fue martirizado en el año 258. Sus escritos, especialmente el tratado De Unitate Ecclesiae (Sobre la Unidad de la Iglesia) y sus numerosas Epistolas, son un testimonio irrefutable de la eclesiología de la Iglesia primitiva.
La Unidad de la Iglesia y la Cátedra de Pedro
El tratado De Unitate Ecclesiae de Cipriano fue escrito hacia el año 251, en plena crisis provocada por los cismas que amenazaban la unidad de la Iglesia de Cartago. Su argumento central es de una claridad y una fuerza que no han perdido un ápice de su vigencia. Para Cipriano, la unidad de la Iglesia es inseparable de la unidad del episcopado, y esta tiene su fundamento y su origen en la Cátedra de Pedro. El protestantismo, con su multitud de denominaciones sin conexión orgánica entre sí, representa exactamente el tipo de fragmentacion eclesial que Cipriano denunciaba:
“El Señor dice a Pedro: Yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Te daré las llaves del reino de los cielos… Sobre uno solo el Señor edifica su Iglesia, y aunque después de la resurrección da el mismo poder a todos los apóstoles diciéndoles: Como el Padre me envió a mí, así os envío yo a vosotros: Recibid el espíritu Santo, si perdonareis los pecados, perdonados serán; si los retuviereis, retenidos serán, sin embargo, para manifestar la unidad, con su autoridad dispuso que esta unidad tuviese origen en uno solo. Los demás apóstoles eran lo mismo que Pedro, dotados de igual dignidad y poder, pero el principio parte de la unidad, para que se muestre que es una la Iglesia de Cristo.” (Cipriano de Cartago, De Unitate Ecclesiae 4)
Cipriano usa el texto de Mateo 16 exactamente como lo usa la teología católica: la primacía conferida a Pedro no excluye la igualdad esencial de todos los apóstoles en dignidad y poder, pero establece el principio de unidad de la Iglesia en una sola cabeza. La Iglesia es una porque Cristo quiso que tuviese un principio de unidad visible. Esta es la doctrina del Primado Petrino, que el protestantismo rechaza, y que Cipriano atestigua en el siglo III como doctrina ya establecida y unanimemente aceptada.
Fuera de la Iglesia no hay Salvación
Acaso la formula más famosa y contundente de toda la patrística sobre la necesidad de la Iglesia para la salvación es la que se encuentra en el propio tratado de Cipriano. La expresion latina Extra Ecclesiam nulla salus (Fuera de la Iglesia no hay salvación), que se ha convertido en uno de los principios fundamentales de la eclesiología católica, tiene su formulación más antigua y directa precisamente en Cipriano. Este principio es radicalmente incompatible con la visión protestante, que convierte la adhesion a la Iglesia en algo opcional para la salvación individual:
“No puede tener a Dios por Padre el que no tiene a la Iglesia por madre. Si pudo escapar quien estaba fuera del arca de Noe, también escapará el que esté fuera de la Iglesia. El Señor nos advierte diciendo: El que no está conmigo esta contra mi, y el que conmigo no recoge, desparrama. Quien rompe la paz y la concordia de Cristo obra en contra de Cristo. Quien recoge en otro lugar distinto de la Iglesia, desparrama la Iglesia de Cristo. Esta es la Iglesia única a la que el Señor miró hacia la cual no está ni su promesa ni su misericordia.” (Cipriano de Cartago, De Unitate Ecclesiae 6)
La comparación con el arca de Noe es una de las imágenes más antiguas y profundas del pensamiento cristiano sobre la salvación: así como solo quienes estaban dentro del arca pudieron sobrevivir al diluvio, solo quienes están dentro de la Iglesia pueden esperar la salvación eterna. Esta visión no es una exageración de Cipriano: es la expresion de una convicción que hemos encontrado en todos los Padres Apostólicos y Apologistas que hemos recorrido: Ignacio de Antioquía, Clemente Romano, Hermas, Justino, Ireneo. La Iglesia no es una de las muchas opciones posibles para el creyente: es el único hogar en el que Cristo ha depositado su gracia y su verdad.
El recorrido por los escritos de los Padres Apostólicos y Apologistas del siglo II y III nos permite extraer una conclusión inequívoca: la fe cristiana que ellos vivieron y expresaron es estructuralmente idéntica a la fe que profesa la Iglesia Católica. La jerarquía episcopal con el primado de Roma, los sacramentos del bautismo y la Eucaristía como instrumentos eficaces de la gracia de Dios, la tradición apostólica como fuente normativa de la fe junto con las Escrituras, la necesaria pertenencia a la Iglesia visible para la salvación: todo esto esta presente en los textos más antiguos del cristianismo, mucho antes de que surgiera ninguna de las polémicas que el protestantismo invocaría como justificación de su ruptura con Roma. El protestantismo, lejos de ser un retorno al cristianismo primitivo, es una ruptura con el.
Ahora bien, lo expuesto hasta aquí sobre las enseñanzas de Cipriano debe leerse con la precisión que el magisterio posterior de la Iglesia ha aportado. El dogma Extra Ecclesiam nulla salus es inmutable: la Iglesia, como cuerpo de Cristo y sacramento de salvación, es el camino que Dios ha instituido para conducir a los hombres a la vida eterna. Sin embargo, el desarrollo de la doctrina cristiana —que no altera el dogma, sino que profundiza en su comprensión— ha clarificado con mayor precisión a quiénes se aplica este principio en su sentido más riguroso.
El Catecismo de la Iglesia Católica enseña que «quienes, sin culpa suya, no conocen el Evangelio de Cristo y su Iglesia, pero buscan a Dios con sincero corazón e intentan, bajo el influjo de la gracia, cumplir con obras su voluntad conocida a través de lo que les dicta su conciencia, pueden conseguir la salvación eterna» (CCC 847). Este principio —conocido teológicamente como el de la ignorancia invencible— reconoce que Dios, cuya misericordia no está atada por los límites visibles de la institución que Él mismo fundó, puede salvar a quienes no son responsables de no pertenecer a ella. La condenación que Cipriano fulminaba se dirigía, en su contexto histórico, a quienes conociendo la Iglesia la abandonaban deliberadamente o la dividían con plena conciencia.
Esto tiene una consecuencia directa en la forma en que la Iglesia considera a los «hermanos separados»: aquellos que nacieron dentro de las comunidades surgidas de las rupturas históricas y que, por tanto, no son causantes de esas divisiones. El Concilio Vaticano II los distingue explícitamente de los cismáticos originales, y afirma que la Iglesia los «abraza con respeto y amor fraternos» (Unitatis Redintegratio, 3). No se trata de relativismo ni de abandono del dogma: se trata del reconocimiento de que la misericordia de Dios actúa también más allá de las fronteras visibles de la Iglesia, aunque siempre a través de ella y en orden a ella, pues es en Cristo y en su Iglesia donde se halla la plenitud de los medios de salvación.
La doctrina de Cipriano, por tanto, no ha sido superada ni suavizada: ha sido precisada. El principio sigue siendo verdadero: quien rechaza voluntaria y conscientemente la Iglesia de Cristo rechaza a Cristo mismo. Pero la Iglesia, fiel a ese mismo Cipriano que tanto insistió en la unidad, lleva siglos orando y trabajando para que todos los bautizados —sus hijos separados— retornen a la comunión plena de la única Iglesia que Cristo edificó sobre Pedro.
