Ícono de Justino Mártir, Teófanes el Cretense (ca. 1546)
San Justino nació en Flavia Neapolis, la antigua Siquem de Samaria, hacia el año 100. Filósofo de formación, recorrió varias escuelas del pensamiento antiguo antes de convertirse al cristianismo, al que reconoció como la verdadera filosofía. En Roma fundó una escuela cristiana y escribió sus dos Apologías, dirigidas al emperador Antonino Pio, y el Diálogo con Trifón, una larga disputa con un judío culto. Murió Mártir hacia el año 165. Sus escritos son de un valor inestimable para la apologética católica, pues describen con detalle la vida litúrgica y doctrinal de los primeros cristianos de mediados del siglo II.
La Eucaristía: Presencia Real de Cristo
El testimonio de San Justino Mártir sobre la Eucaristía es uno de los más claros y contundentes de toda la literatura patrística. Los protestantes, en sus distintas versiones, rechazan la doctrina católica de la presencia real de Cristo en la Eucaristía: para Lutero, el pan y el vino coexisten con el cuerpo y la sangre de Cristo (consubstanciación); para Calvino, Cristo esta presente de manera espiritual pero no corporal; para Zuinglio y buena parte del protestantismo evangelico, la Eucaristía es un simple memorial simbólico. Frente a todas estas posiciones, el testimonio de Justino, escrito apenas cien años después de la muerte de los apóstoles, es terminante.
En el capítulo 65 de su Primera Apologia, Justino describe la celebración de la Eucaristía inmediatamente después del bautismo, y en el capítulo 66 explica de manera inequívoca que comprenden los cristianos que es el pan y el vino consagrados:
“Este alimento es llamado entre nosotros Eucaristía, y a nadie le es lícito participar de ella sino al que cree ser verdaderas las cosas que enseñamos, y ha sido lavado en el baño para remisión de los pecados y regeneración, y vive como Cristo mandó. Porque no los tomamos como pan común ni como bebida común; sino que, así como Jesucristo nuestro Salvador se hizo carne por la Palabra de Dios, tomando carne y sangre por nuestra salvación, así también nos fue enseñado que ese alimento del que se nutren, mediante su transformación, nuestra sangre y nuestra carne, es la Carne y la Sangre de aquel Jesús encarnado.” (San Justino Mártir, Primera Apologia 66)
La formulación de Justino no admite lecturas simbólicas o meramente memoriales. El alimento eucarístico es la Carne y la Sangre de Jesús encarnado, del mismo modo que Jesús tomó carne y sangre en la Encarnación. La expresión “mediante su transformación” apunta directamente a lo que la teología posterior llamará transustanciación: el pan y el vino se transforman en la Carne y Sangre de Cristo por virtud de la oración consagratoria. No hay en este texto el menor rastro de una interpretación simbólica. Justino escribe esto en una Apologia dirigida al emperador romano, es decir, para un público pagano, y usa el lenguaje más claro y directo posible. Dice lo que dice.
Justino añade además una condición significativa: solo pueden participar de la Eucaristía los que han sido bautizados y viven según los mandamientos de Cristo. Esta condición confirma que no se trata de un mero acto simbólico que cualquiera pueda realizar, sino de un sacramento que exige plena comunión con la Iglesia. La Eucaristía, para Justino como para la Iglesia Católica, es inseparable del bautismo, de la fe profesada y de la vida moral conforme al Evangelio.
Un argumento de singular valor apologético que San Justino añade a su testimonio eucarístico es la demostración de que la Eucaristía cumple la profecía de Malaquías 1,10-12 de la que ya hemos hecho mención. En su Diálogo con Trifón, un debate imaginado con un interlocutor judío, Justino cita explícitamente al profeta Malaquías para demostrar que los sacrificios del Antiguo Testamento eran sombras de la Eucaristía cristiana. La cita profética es aquella en la que Dios anuncia que rechazará los sacrificios de Israel y en su lugar recibirá una ofrenda pura ofrecida en todo lugar por los gentiles. Y Justino la aplica sin rodeos a la Eucaristía:
«Del mismo modo Dios habla por Malaquías […] sobre los sacrificios que nosotros, los gentiles, ofrecemos en todo lugar, es decir, el pan de la Eucaristía y también el cáliz de la Eucaristía, diciendo: ‘Desde el oriente hasta el occidente es grande mi nombre entre las naciones, y en todo lugar se ofrece a mi nombre incienso y una ofrenda pura; porque grande es mi nombre entre las naciones, dice el Señor’.» (San Justino Mártir, Diálogo con Trifón 41)
Este pasaje hace visible la coherencia y la antigüedad de la doctrina eucarística católica. Para Justino, la Eucaristía no es una práctica religiosa inventada por la comunidad cristiana: es el cumplimiento de una profecía del Antiguo Testamento. Si la Misa fuera, como sostiene el protestantismo, una corrupción tardía y pagana del evangelio, sería necesario explicar por qué los apologistas más antiguos del siglo II —los más cercanos a los apóstoles en tiempo y en formación— la identificaban ya como cumplimiento de la Escritura hebrea. La Didaché había citado a Malaquías sin nombrarlo; Justino lo nombra y lo aplica. Dos voces independientes, de los documentos más tempranos del cristianismo, convergen en la misma interpretación. El protestantismo del siglo XVI tendría que esperar quince siglos para contradecirla.
El Bautismo y la Regeneración
San Justino es también uno de los testimonios más antiguos y precisos sobre la doctrina del bautismo como sacramento eficaz de regeneración espiritual. Esta doctrina es directamente contraria a la posicion de aquellas tradiciones protestantes que reducen el bautismo a un signo exterior de la fe ya existente en el individuo, negando que el agua bautismal confiera por si misma la gracia de Dios. Para Justino, el bautismo es el ‘baño de regeneración’, la puerta de entrada a la vida cristiana:
“Los que se convencen y creen que son verdaderas estas cosas que nosotros enseñamos y decimos, y prometen poder vivir conforme a ellas, se les enseña que oren y pidan con ayuno a Dios la remisión de sus pecados precedentes, orando y ayunando también nosotros con ellos. Luego los llevamos adonde hay agua y son regenerados del mismo modo que nosotros mismos fuimos regenerados: en el nombre de Dios Padre y Señor del universo, y de nuestro Salvador Jesucristo, y del espíritu Santo, reciben entonces el baño del agua, porque Cristo dijo: Si no renacéis no entráis en el reino de los cielos.” (San Justino Mártir, Primera Apologia 61)
El texto es de una claridad perfecta. El bautismo es “el baño de regeneración”: mediante el agua bautismal, el creyente es regenerado, renace espiritualmente. Justino cita explícitamente las palabras de Cristo a Nicodemo en Juan 3,5 como fundamento de esta doctrina. La regeneración bautismal no es una metáfora: es el modo en que Dios, por el agua y el espíritu, da vida nueva al hombre. Esta convicción es constante en todos los escritos primitivos, desde la Didache hasta Hermas, desde Ignacio hasta el propio Justino, y no deja lugar a la interpretación meramente simbólica que adoptaran siglos después muchas tradiciones protestantes.
La Liturgia del Domingo
Otra contribución inestimable de San Justino es la descripción más antigua que se conserva de la celebración litúrgica de los cristianos en el día del Señor. En el capítulo 67 de su Primera Apologia, describe con notable detalle como se celebraba la Eucaristía en Roma hacia el año 155. Esta descripción confirma que la liturgia eucarística de los primeros cristianos tenía una estructura que reconocemos como idéntica a la de la Misa Católica:
“El día que se llama ‘del Sol’, todos los que viven en las ciudades o en el campo se reúnen en un mismo lugar. Se leen las memorias de los apóstoles o los escritos de los profetas, tanto tiempo como es posible. Luego, cuando el lector ha terminado, el presidente toma la palabra para amonestar y exhortar a la imitación de esas cosas buenas. A continuación nos levantamos todos juntos y elevamos nuestras oraciones… Cuando acabamos de orar, se trae pan y vino y agua; el presidente eleva igualmente preces y eucaristías cuanto puede, y el pueblo asiente diciendo el Amen; y se hace la distribución y la participación de los [alimentos] sobre los que se ha pronunciado la acción de gracias, y se los llevan los diáconos a los ausentes.” (San Justino Mártir, Primera Apologia 67)
La estructura que describe Justino es la siguiente: Liturgia de la Palabra (lectura de los Apóstoles y los Profetas, homilía del presidente), Oración de los fieles, Liturgia Eucarística (presentación del pan y el vino, oración eucarística del presidente, respuesta del pueblo con el Amen, comunión y llevar la comunión a los ausentes). Es exactamente la estructura de la Misa Católica tal y como la conocemos hoy. Diecinueve siglos de tradición litúrgica continua separaban a los protestantes del siglo XVI de esta realidad cuando rompieron con Roma. La liturgia que rechazaron como invención medieval era la misma que Justino describió hacia el año 155.
