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Virgen con el Niño, Catacumba de Priscilla (s. III) — imagen mariana más antigua

La Epístola a Diogneto es uno de los documentos más bellos y profundos de toda la literatura cristiana primitiva. Escrita probablemente a fines del siglo II o comienzos del III, es una carta apologética dirigida a un pagano llamado Diogneto que había preguntado por la naturaleza del cristianismo: en qué Dios creen los cristianos, cómo practican su religión, y por qué ha aparecido este nuevo pueblo en el mundo con tanta fuerza. El autor, cuya identidad se desconoce, responde con una argumentación de extraordinaria elegancia teológica y literaria. Por su cercanía espiritual y temática con los Padres Apostólicos, la tradición ha incluido esta carta en las colecciones de escritos apostólicos primitivos. Su importancia para el debate con el protestantismo radica en tres puntos que serán objeto de análisis: la doctrina de la justificación, la naturaleza de la Iglesia y la transmisión apostólica del misterio cristiano.

La Justificación y el Admirable Intercambio

El debate sobre la justificación es, históricamente, el núcleo doctrinal de la ruptura protestante con la Iglesia Católica. Como ya hemos dicho, la tesis de Lutero —que el hombre es justificado únicamente por la fe, sin obras, y que la justicia de Dios se imputa al pecador de manera meramente forense sin transformarlo interiormente— choca con la enseñanza católica de que la justificación es una transformación real del alma, que involucra tanto la gracia de Dios como la cooperación libre del hombre mediante la fe y las obras. Este debate, que pareciera introducido solo en el siglo XVI, tiene en realidad raíces muy anteriores; y la Epístola a Diogneto ofrece en este punto un testimonio de singular valor.

En el capítulo noveno, el autor describe de manera admirable el misterio de la redención y la justificación del pecador. El pasaje, conocido en la tradición como el admirable intercambio, es uno de los textos más citados de toda la literatura patrística:

«Cuando nuestra iniquidad estaba ya consumada y se había hecho patente que el castigo y la muerte nos aguardaban como su salario, llegó el tiempo que Dios había establecido de antemano para manifestar en adelante su bondad y su poder —¡oh soberana benignidad y amor de Dios!—: no nos tuvo odio ni nos rechazó ni se acordó de nuestras injusticias; al contrario, fue paciente y sufrido, y él mismo, cargando sobre sí nuestros pecados, dio a su propio Hijo como rescate por nosotros: al Santo por los pecadores, al Inocente por los malhechores, al Justo por los injustos, al Incorruptible por los corruptibles, al Inmortal por los mortales. ¿Qué otra cosa podía cubrir nuestros pecados sino su justicia? ¿En quién podíamos nosotros, los malvados e impíos, ser justificados sino solo en el Hijo de Dios? ¡Oh dulce intercambio! ¡Oh insondable obra! ¡Oh beneficios inesperados! Que la iniquidad de muchos quedara oculta en el único Justo, y que la justicia de uno solo justificara a muchos inicuos.» (Epístola a Diogneto 9,2-5)

Este extraordinario texto ha sido invocado tanto por teólogos católicos como por protestantes, cada cual interpretándolo desde su propia perspectiva. Los protestantes de tradición luterana y reformada suelen ver en él una confirmación de la doctrina de la justicia imputada: Cristo carga con nuestra iniquidad, y su justicia se aplica al creyente de manera forense. Sin embargo, una lectura atenta y contextualizada del texto no apoya esa interpretación. En primer lugar, la pregunta central no es ‘¿cómo se aplica la justicia de Cristo al individuo?’ sino ‘¿quién puede cubrir nuestros pecados?’, y la respuesta señala la persona del Hijo de Dios, no un mecanismo jurídico de imputación. En segundo lugar, el autor continúa inmediatamente el argumento exhortando al lector a imitar a Dios y a amar al prójimo, lo que supone una transformación real del creyente, no una mera declaración jurídica de inocencia.

Del autor

Los Padres de la Iglesia hablan por sí mismos

Este artículo forma parte de Cristianismo primitivo: En la búsqueda de los orígenes de la Iglesia de Cristo, un recorrido documentado por la fe de los primeros siglos y sus respuestas a las preguntas que aún dividen a católicos y protestantes.

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El capítulo diez, que sigue directamente al pasaje citado, es de una claridad luminosa al respecto. El autor exhorta: ‘Si también tú deseas esta fe, recibe primero el perfecto conocimiento del Padre… Entonces amarás a los que te tratan mal, como los amas a ellos mismos el que te trató mal a ti; y siendo amado, quedarás hecho imitador de su bondad.’ La justificación no culmina en una declaración forense sino en una transformación de vida que convierte al creyente en imitador de Dios. Esta es la doctrina católica de la gracia justificante, que no solamente perdona al pecador sino que lo transforma interiormente mediante la caridad.

La Iglesia como Alma del Mundo

Una de las imágenes más célebres de toda la literatura cristiana antigua es la que el autor de la Epístola a Diogneto utiliza para describir la relación de los cristianos con el mundo que los rodea: la imagen del alma en el cuerpo. Esta comparación, contenida en los capítulos quinto y sexto, no solo es de gran belleza literaria, sino que expresa una eclesiología —una doctrina sobre la Iglesia— de enorme relevancia para la discusión con el protestantismo.

«Para decirlo en pocas palabras, lo que el alma es en el cuerpo, eso son los cristianos en el mundo. El alma está dispersa por todos los miembros del cuerpo; así también los cristianos se encuentran dispersos por todas las ciudades del mundo. El alma habita en el cuerpo, pero no procede del cuerpo; así los cristianos viven en el mundo, pero no son del mundo. El alma invisible está encerrada en el cuerpo visible; así también los cristianos son conocidos en el mundo, pero su culto a Dios permanece invisible. La carne aborrece al alma y le hace la guerra, sin haber recibido ningún agravio de ella, porque le impide darse a los placeres; así también el mundo odia a los cristianos, sin haber recibido de ellos ningún agravio, porque se oponen a sus placeres. El alma ama a la carne que la odia, así como a sus miembros; así también los cristianos aman a los que los odian… Dios los ha puesto en un cargo tan grande, del que no les es lícito desertar.» (Epístola a Diogneto 6,1-10)

Lo que este texto revela sobre la visión que los primeros cristianos tenían de la Iglesia es de gran importancia. La Iglesia no es, para ellos, una realidad invisible e intangible que no puede identificarse con ninguna institución concreta —como tienden a sostener muchas corrientes protestantes con la doctrina de la ‘Iglesia invisible’—. Por el contrario, los cristianos son visibles en el mundo, están ‘dispersos por todas las ciudades’, forman una comunidad reconocible con un culto específico y un estilo de vida distinto del mundo. Son, precisamente en cuanto comunidad organizada y visible, el alma del mundo.

Más aún: el autor afirma que “Dios los ha puesto en un cargo tan grande, del que no les es lícito desertar.” La pertenencia a la comunidad cristiana, a la Iglesia visible, no es algo optativo ni secundario para la vida cristiana: es una misión confiada por Dios que no puede ser abandonada. En este sentido, la Epístola a Diogneto afirma implícitamente lo mismo que San Ignacio de Antioquía afirmaba de manera explícita: fuera de la Iglesia no hay salvación, porque es la Iglesia —y solo ella— la encargada de dar vida espiritual al mundo.

El Misterio Transmitido por la Tradición Apostólica

Los últimos dos capítulos de la Epístola a Diogneto —los capítulos once y doce, que muchos estudiosos consideran un apéndice añadido posteriormente— abordan directamente el tema de la transmisión del misterio cristiano. En ellos, el autor se presenta como discípulo de los apóstoles y enseñante de las naciones, y describe la fe cristiana como algo recibido de la tradición apostólica y transmitido fielmente de generación en generación. Este testimonio es de singular importancia para el debate sobre la Sola Scriptura.

«El Verbo apareció y se manifestó; fue rechazado por el pueblo, pero proclamado por los apóstoles y creído por las gentes. Este es el que desde el principio, el que apareció como nuevo y se encontró que era antiguo, y siempre nace de nuevo en el corazón de los santos. Este es el Eterno, el que hoy es tenido por Hijo, por quien la Iglesia es enriquecida y la gracia se despliega y se multiplica en los santos, la gracia que da inteligencia, que manifiesta los misterios, que anuncia los tiempos, que se alegra en los creyentes.» (Epístola a Diogneto 11,3-5)

El texto asocia explícitamente la transmisión del misterio cristiano con la Iglesia: es ella la que “es enriquecida” por el Verbo eterno, y es a través de ella que “la gracia se despliega y se multiplica en los santos”. No hay aquí el menor rastro de la idea de que cada fiel pueda acceder de manera independiente y autosuficiente a la verdad revelada mediante la sola lectura de las Escrituras. Antes al contrario, la verdad revelada es un misterio que viene del Verbo, es transmitido por los apóstoles, y llega a los creyentes a través de la Iglesia que el Verbo enriquece.

La Epístola a Diogneto, así, confirma con su testimonio lo que hemos encontrado en todos los escritos apostólicos examinados a lo largo de este libro: la fe cristiana primitiva es estructuralmente católica. No en el sentido de que todos los dogmas estén ya explícitamente formulados con la precisión técnica que alcanzarán siglos después —el proceso del desarrollo homogéneo de la doctrina que estudiamos en la introducción da razón de esa diferencia—, sino en el sentido de que la estructura fundamental es la misma: una Iglesia visible, jerárquica, apostólica, sacramental, que transmite la Revelación a través de la tradición viva, y en la que el creyente encuentra la gracia que lo transforma y lo justifica. Este es el catolicismo que los primeros cristianos vivieron y que los grandes conversos de todos los tiempos, desde Newman hasta Alex Jones, han encontrado al estudiar honestamente sus escritos.