Slider

Jesús hizo muchos milagros

Jesucristo

–El sábado pasado, el segundo de Pascua, el párroco nos dijo en la homilía que «Jesús no anduvo sobre las aguas del lago»; que se trata sólo de un relato literario. Y lo mismo dice siempre que el Evangelio trae algún milagro.

–Qué miseria. En una entrevista que hacía recientemente un periodista al profesor Andrés Torres Queiruga le preguntó: «Usted rechaza “los milagros e incluso la resurrección de Jesucristo como milagro susceptible de pruebas empíricas”. ¿Su pensamiento continúa dentro del cristianismo?». Respuesta: «Sin duda. Como yo piensan hoy la mayoría de los teólogos actualizados».

Habrá que tratar de la realidad de los milagros de Cristo, para confirmar la fe cristiana en ellos.

La negación de los milagros de Cristo es relativamente reciente, al menos como convicción cultural. A partir del Siglo de las Luces, en el XVIII, la Ilustración posterior, difundiendo el Liberalismo, introduce progresivamente en las naciones de Occidente un naturalismo cerrado a toda sobrenaturalidad. No necesariamente niega la existencia de Dios y de lo sobrenatural, pero niega que puedan intervenir en este mundo visible, herméticamente cerrado en sí mismo. Hay en el fondo una negación del misterio de la Encarnación y un cierto modo de gnosticismo. La negación de los milagros parte en esos siglos de escuelas de pensamiento que, aunque tengan formulaciones muy diversas, y aun contrarias entre sí, vienen a tener un mismo espíritu: racionalismo, deísmo, agnosticismo, filosofía idealista, materialista, marxista, etc. Todos niegan los milagros. Recordaré aquí solamente algunos nombres.

Reimarus (+1768), «Acerca del objetivo de Jesús y sus discípulos» (1778), libro póstumo publicado por su discípulo Lessing (+1781). –Kant (+1804), «La religión dentro de los límites de la razón» (1793). –Strauss (+1874), la «Vida de Jesús» (1835), discípulo de Schleiermacher (+1834). –Feuerbach (+1872), «La esencia del cristianismo» (1848). –Renan (+1892), «Vida de Jesús» (1863). –Bultmann (+1976), «Jesús» (1926). El modernismo, desde finales del XIX hasta nuestros días, niega o pone en duda –viene a ser lo mismo– los milagros y todo lo que en los Evangelios se presente como sobrenatural. Introduce así en el campo católico el pensamiento de esos autores, ya asimilados en la exégesis crítica racionalista e historicista por los protestantes liberales. Así lo denunciaba San Pío X, sintetizando sus errores:

«En muchas narraciones los evangelistas no tanto refirieron la verdad, cuanto lo que creyeron más provechoso para los lectores, aunque fuera falso». Concretamente, «las narraciones de Juan no son propiamente historia, sino una contemplación mística del Evangelio… El cuarto Evangelio exageró los milagros, no sólo para que aparecieran más extraordinarios, sino también para que resultaran más aptos para significar la obra y la gloria del Verbo Encarnado… Juan vindica para sí el carácter de testigo de Cristo; pero en realidad no es sino testigo eximio de la vida cristiana, o sea, de la vida de Cristo en la Iglesia al final del siglo primero» (1907, decreto Lamentabili 14,16-18).

Jesús hizo muchos milagros. Como dice San Juan al final de su Evangelio: «muchas otras obras, que no están escritas en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos» (Jn 20,30); «si se escribieran una por una, pienso que ni el mundo entero podría contener los libros que habría que escribir» (21,25). Ya sabemos que Jesús «recorría toda la Galilea enseñando en sus sinagogas, predicando el evangelio del reino y curando todas las enfermedades y dolencias del pueblo» (Mt 4,3). Y expulsando los demonios. Y sabemos también que ni sus contemporáneos, ni Herodes, ni sus peores enemigos fariseos y sanedritas pusieron en duda los milagros de Jesús: «¿qué hacemos, que este hombre hace muchos milagros?» (Jn 11,47). No es, pues, excesivo afirmar que quien hoy niega los milagros de Cristo no es cristiano. No cree en los Evangelios, pues los milagros forman parte esencial de ellos.

San Marcos. De los 666 versículos, 209 (un 31%) se refieren a milagros. Y esta proporción aumenta si nos fijamos en los diez primeros capítulos, los que llegan hasta el inicio de su Pasión: de 425 versículos, 209 (47%) describen milagros. René Latourelle, comenta este dato diciendo que «el evangelio de Marcos sin los milagros sería como el Hamlet de Shakespeare sin el príncipe» (Milagros de Jesús y teología del milagro, Sígueme, Salmanca 1990, 68).

San Juan. También su Evangelio, y en clave muy teológica, presta especial atención a la fuerza epifánica de los milagros obrados por Jesús. El escriturista protestante Charles Dodd, en su obra The Interpretation of the Fourth Gospel (1953), divide en dos partes el Evangelio de Juan, el libro de los signos, los doce primeros capítulos, y el libro de la pasión. Son muy pocos los milagros referidos por el Apóstol evangelista, si lo comparamos con los Sinópticos, pero casi todos los describe y testifica con mucho detenimiento, en un modo minucioso, notarial, como en la resurrección de Lázaro. Su intención redaccional es patente: las palabras formidables de Jesús y sus hechos milagrosos se iluminan y se autorizan entre sí. Jesús se dice «pan vivo bajado del cielo» y «verdadera comida» después de multiplicar los panes (Jn 6); se confiesa «luz del mundo» tras dar la vista a un ciego de nacimiento (9); se proclama «resurrección y vida de los hombres» después de resucitar un muerto de cuatro días (11). Si se niegan los milagros referidos por San Juan, su Evangelio queda prácticamente eliminado. Y lo mismo sucede con los otros Evangelios.

Los Evangelios unen inseparablemente en Cristo las palabras y las obras. Es norma vigente en todas las Escrituras: «La revelación se realiza por obras y palabras intrínsecamente ligadas: las obras que Dios realiza en la historia de la salvación manifiestan y confirman la doctrina y las realidades que las palabras significan; y a su vez, las palabras proclaman las obras y explican su misterio» (Vat. II, Dei Verbum 2).

En los Evangelios son inconcebibles y también son ininteligibles e increíbles las palabras de Jesús si no están iluminadas y garantizadas por sus obras. La epifanía plena de Dios entre los hombres se hace al modo bíblico, en palabras y en obras. Por eso «Jesús Nazareno fue varón profeta, poderoso en obras y palabras ante Dios y ante todo el pueblo» (Lc 24,19). Los Evangelios refieren las palabras y los milagros de Jesús tal como fueron «vistos y oídos» por sus testigos elegidos. Negar la veracidad histórica de los milagros equivale a negar la veracidad histórica de las palabras de Cristo.

Los milagros son motivos fundamentales para llegar a la fe. Los Apóstoles tienen sin duda una cierta fe en Cristo desde el principio, cuando lo dejan todo y lo siguen. Pero se nos dice que después de su primer milagro, el realizado en Caná, «manifestó su gloria y creyeron en Él sus discípulos» (Jn 2,11). Su segundo milagro en Galilea tuvo el mismo efecto: «Tu hijo vive… y creyó él y toda su casa» (4,53). Acontecimientos semejantes (milagro > fe) se refieren continuamente en los Evangelios. Cuando Jesús camina sobre las aguas, sube a la barca, se calma el viento, y «los que en ella estaban se postraron ante Él diciendo: verdaderamente, tú eres el Hijo de Dios» (Mt 14,33).

Jesús reprocha a veces al pueblo su incredulidad: «si no viéreis señales y prodigios, no creéis» (Jn 4,48). Pero al mismo tiempo aduce sus milagros como motivos para creer en Él: «os he hablado, y no creéis. Las obras que yo hago en nombre de mi Padre, ésas dan testimonio de mí… Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis; pero si las hago, aunque no me creáis a mí, creed a las obras, para que comprendáis que el Padre está en mí y yo en el Padre» (Jn 10,25.37-38).

Los Apóstoles, ya en seguida de Pentecostés, al predicar el Evangelio, muestran los milagros de Cristo como motivos de credibilidad realmente convincentes. «Varones israelitas, escuchad estas palabras: Jesús de Nazaret, varón acreditado por Dios entre vosotros con milagros, prodigios y señales que Dios hizo por él en medio de vosotros, como vosotros mismos sabéis»… (Hch 2,22; cf. 10,37-39).

Y téngase en cuenta que antes del año 70, cuando se produce la destrucción de Jerusalén –no queda piedra sobre piedra–, los Evangelios sinópticos difunden ya los hechos milagrosos de Jesús, dando a veces detalles bien circunstanciados y localizados (Naím, etc.) del suceso. Todavía en esos años viven muchos testigos presenciales de los milagros referidos, y también muchos otros judíos que hubieran podido negar la veracidad de los relatos, si éstos no dieran cuenta de hechos realmente acontecidos. Los Apóstoles, San Pedro, San Juan con especial insistencia, aseguran con toda firmeza que ellos dan testimonio de lo que han «visto y oído» (Hch 4,20; Jn 19,35; 1Jn 1,1-3; cf. 5,32;Catecismo 126 y 515).

Por otra parte, cuando el Señor envía a los Apóstoles a predicar el Evangelio, también ellos cumplen su misión con palabras y milagros, al igual que Jesús: «se fueron, predicando en todas partes, cooperando con ellos el Señor y confirmando su palabra con las señales que los acompañaban» (Mc 16,20).

La Iglesia cree en los milagros y enseña que son motivos de credibilidad. Sabe que en la vida de Jesús se hacen «creíbles» sus palabras más «increíbles» –yo soy anterior a Abraham, Señor del sábado, Luz del mundo, Pan de inmortalidad– por medio de sus milagroshechos prodigiosos que son formidables «motivos de credibilidad». El Concilio Vaticano II afirma que Cristo «apoyó y confirmó su predicación con milagros para excitar y fortalecer la fe de los oyentes» (Dignitatis humanae 11). «Los milagros de Jesús confirman que el reino ya llegó a la tierra [como Él mismo argüía]: “si expulso los demonios por el dedo de Dios, sin duda que el reino de Dios ha llegado a vosotros” (Lc 11,20; cf. Mt 12,28)» (Lumen gentium 5; cf. 58; Dei Verbum 4).

El Concilio Vaticano I en la constitución Dei Filius (1870) enseña: «para que el obsequio de nuestra fe fuera conforme a la razón [Rm 12,1], quiso Dios que a los auxilios internos del Espíritu Santo se juntaran argumentos externos de su revelación, a saber, hechos divinos y, ante todo, los milagros y las profecías que, mostrando en coincidencia luminosa la omnipotencia y ciencia infinita de Dios, son signos ciertísimos y acomodados a la inteligencia de todos, de la revelación divina» (Denz 3009). Por eso, «si alguno dijere que no puede darse ningún milagro y que, por tanto, todas las narraciones sobre ellos, aun las contenidas en la sagrada Escritura, hay que relegarlas entre las fábulas o mitos, o que los milagros no pueden nunca ser conocidos con certeza y que con ellos no se prueba legítimamente el origen divino de la religión cristiana, sea anatema» (3034).

El Catecismo de la Iglesia: «Los milagros fortalecen la fe en Aquel que hace las obras de su Padre: éstas testimonian que él es el Hijo de Dios» (n. 548). Es evidente que si Cristo había de llevar a los hombres al conocimiento de su divinidad era necesario que hiciera milagros. Y los hizo en gran número. «A través de sus gestos, sus milagros y sus palabras, se ha revelado que “en él [Jesús] reside toda la plenitud de la Divinidad corporalmente” (Col 2,9). Su humanidad aparece así como el “sacramento”, es decir, el signo y el instrumento de su divinidad y de la salvación que trae consigo: lo que había de visible en su vida terrena conduce al misterio invisible de su filiación divina y de su misión redentora» (n. 515).

La exégesis desmitizadora, sin embargo, ha penetrado no poco en el campo católico. La desconfianza en la historicidad de las palabras y de los hechos de Cristo, tal como vienen escritos en los Evangelios, afecta a muchos escrituristas y teólogos católicos. La Comisión Episcopal para la Doctrina de la Fe denunció este error, por ejemplo, en la Nota (18-VI-2008) que publicó sobre el libro de José Antonio Pagola, Jesús. Aproximación histórica (PPC, Madrid 2007). La desconfianza sistemática en la historicidad de los Evangelios lleva de suyo a la negación de su historicidad. La ruptura entre la investigación histórica de Jesús y la fe en Él, es decir, la interpretación de la Sagrada Escritura al margen de la Tradición viva de la Iglesia, pueden conducir a «un uso arbitrario de los evangelios, incompatible con la fe» (Nota 20). En varios artículos de este blog (76-79)estudié con algún detenimiento estos aspectos de la obra de Pagola. Pero veamos algunos otros ejemplos.

Tengo a mano el Comentario al Nuevo Testamento realizado por varios autores (Casa de la Biblia, Ed. Atenas-PPC, Madrid 1995, 745 pgs.). Y a propósito de la escena evangélica a la que aludía al principio, Jesús caminando sobre el lago (Jn 6,16-21), consulto la exégesis que le dedica el profesor Felipe Fernández Ramos al comentar el Evangelio según San Juan (263-339). Comienza por negar abiertamente que el autor del cuarto evangelio sea San Juan apóstol: «…su autor no ha podido ser Juan el Zebedeo… Más aún, creemos que su autor no pertenece al círculo de los Doce» (269). Y los milagros que refiere de Cristo, al menos algunos de ellos, no han de entenderse como hechos históricos, como tampoco los sucesos post pascuales.

Jesús camina sobre las aguas. «En cuanto a la historicidad, el hecho es más teológico que histórico. Esto significa que la marcha sobre las aguas no tuvo lugar de la forma que nos narran los evangelios» (288). Un hecho que no tuvo lugar de la forma contada en los Evangelios es un hecho que no se ha producido, que no ha tenido existencia ni de la forma narrada, ni de ninguna otra forma. Los hechos teológicos, que yo sepa, no existen. Los únicos hechos reales son siempre históricos, es decir, son acontecimientos sucedidos.

Y ya que estoy con el libro en la mano, me asomo a otros milagros de la vida de Jesús.

La resurrección de Lázaro. Se trata de «una parábola en acción… De cualquier forma, debe quedar claro que la validez del signo y de su contenido no se ven cuestionados por su historicidad»; o para ser más exactos, por su no-historicidad. Al parecer, que el hecho se produjera o no realmente no afecta en nada a la significación del mismo. «El último de los signos narrados… debía ser un cuadro de excepcional belleza y atracción. El evangelista ha logrado su objetivo. Nos ha ofrecido un audiovisual tan cautivador… Quedarse en la materialidad del hecho significaría el empobrecimiento radical del mismo» (303-304). El hecho, pues, el presunto milagro, quede claro, es lo de menos; lo importante es la significación que el relator quiere expresar a través del hecho narrado. Aunque en realidad, piensa uno, es muy difícil explicar el significado que pueda tener un hecho que no ha sucedido.

La resurrección de Cristo y sus apariciones a los discípulos reciben en esa obra el mismo tratamiento exegético. La resurrección: «las cosas no ocurrieron así. Estamos en el mundo de la representación» (329). Las apariciones, en las que los discípulos ven, oyen, tocan a Jesús, comen con Él: «el contacto físico con Jesús no pudo darse. Sería una antinomia. Como tampoco es posible que él realice otras acciones corporales que le son atribuidas, como comer, pasear, preparar la comida a la orilla del lago, ofrecer los agujeros de las manos y del costado para ser tocados… Este tipo de acciones o manifestaciones pertenece al terreno literario y es meramente funcional; se recurre a él para destacar la identidad del Resucitado, del Cristo de la fe, con el Crucificado, con el Jesús de la historia» (330). Según esta interpretación, se trata de relatos de unos hechos muy significativos, pero que no son históricos, ya que no sucedieron en modo alguno: ni como son referidos por los Evangelios ni de ninguna otra manera. Son hechos simplemente imposibles, y por tanto no pudieron ser reales.

Perdonen, pero cuando oigo decir lo que puede y lo que no puede hacer Dios en este mundo creado, me viene a la memoria lo del Salmo: «el que habita en el cielo sonríe, el Señor se burla de ellos. Luego les habla con ira, los espanta con su cólera» (2,2-3).

Si los hechos milagrosos de Jesucristo han de ser entendidos no partiendo de su objetividad histórica –negada o puesta en duda–, sino mirando sólo su sentido y significación, entonces también las palabras de Cristo que leemos en los Evangelios habrán de ser entendidas en un sentido no real, sino puramente simbólico y alegórico: «yo soy anterior a Abraham», «nadie llega al Padre si no es por mí», «yo soy el camino, la verdad y la vida», «mi cuerpo es verdadera comida», etc. Consiguientemente estas palabras no son roca firme en las que pueda fundamentarse la fe de la Iglesia. Y dando un paso más: ¿por qué no negar también la historicidad de las palabras, si se niega la historicidad de los hechos?… No faltarán algunos que podrían responderme: «es que, efectivamente, no sólo negamos la historicidad de los milagros de Jesús, sino también la de sus palabras».

¿Jesucristo anduvo sobre las aguas? El relato de este milagro lo hallamos antes del 70, año de la ruina total de Jerusalén, en el evangelio de San Mateo (14,22-23) y en el de San Marcos (6,45-52); y a fines del siglo es confirmado por el evangelio de San Juan en el fragmento ya citado (6,16-21).

–Mateo. La barca de Pedro navega muy alejada de la orilla, y el mar enfurecido la pone en peligro. Es de noche, «en la cuarta vigilia», entre las 3 y las 6 horas. «Jesús vino hacia ellos caminando sobre el mar», lo que solamente es posible para Yahvé (Job 9,8; Hab 3,15; Sal 76,20; Is 43,16; Sab 14,1-4). Los discípulos, «al ver» a Jesús caminando sobre las aguas, dicen que «es un fantasma», y «por el miedo dan gritos». Jesús les tranquiliza con palabras que le identifican con Yahvé: «Yo soy, no temáis». Todos se arrodillan y confiesan: «Verdaderamente tú eres el Hijo de Dios».

Marcos. La barca en «la cuarta vigilia» está ya en medio del mar, y el viento es contrario. «Al verle caminar sobre el mar, creyeron que era un fantasma y se pusieron a gritar, pues todos le vieron y se asustaron», sin haberle reconocido. Como en Mateo, la escena se produce «en seguida» de la multiplicación de los panes. En esta fase de la vida pública de Jesús necesitaban los discípulos estos milagros. «Subió con ellos a la barca y cesó el viento. Ellos estaban en el colmo del estupor, pues no habían comprendido lo de los panes, porque tenían la mente embotada».

Juan. Es ya «noche cerrada», se han alejado mucho de la orilla, el viento sopla fuerte y el lago se va encrespando. «Ven a Jesús, que se acerca a la barca, caminando sobre el mar, y se asustaron». No lo reconocen. Y él se identifica: «Yo soy; no temáis». El «Yo soy» del evangelio de San Juan expresa una soberanía absoluta, un poder ilimitado, que solo Yahvé posee sobre todo lo creado, también sobre las aguas del mar. El mar, en su movimiento continuo, poderoso, amenazante, significa muchas veces en la Biblia el caos, la fuerza del Maligno (Is 57,20; Jer 5,22; Jud 1,13). De el mar surge la Bestia que, potenciada por el Dragón infernal, seduce y domina el mundo (Apoc 13,1). Cuando vuelva finalmente Cristo, y establezca un cielo nuevo y una tierra nueva, «el mar ya no existirá» (21,1): ya no habrá sitio para el mal… Y los discípulos «vieron a Jesús que caminaba sobre el mar y se acercaba a la barca».

La historicidad de la escena es cierta. Es cierta porque lo afirma «el Evangelio, la palabra [de Dios], el mensaje de la verdad» (Col 1,5). Pero muchos otros argumentos pueden ayudar a creer en ese milagro. –Los testimonios son múltiples y concordantes. –El hombre Jesús, caminando sobre las aguas, es inimaginable para el monoteísmo judío: sólo Yahavé puede hacerlo. –Los apóstoles representan un papel lamentable: no reconocen a Jesús, creen ver un fantasma, se llenan de pánico, dan gritos descontrolados, no entienden nada. Nunca un cronista su hubiera atrevido a contar eso de ellos si no fuera la verdad sucedida. Los hubiera descrito simplemente como discípulos lúcidos, llenos de gozo y entusiasmo. –La salida de noche en la barca y la brusca tempestad son episodios connaturales a la vida de los discípulos. –En el curso del ministerio público de Jesús, la escena se produce en la transición entre la predicación del Reino y la revelación creciente de su identidad personal. –Si la Iglesia hubiera inventado el suceso, habría tenido más cuidado en poner de acuerdo a los relatores en algunos pequeños detalles discordantes.

Jesús caminó sobre las aguas del mar. El acontecimiento es histórico. El paso de Dios entre los hombres es en Cristo unas veces humilde y sencillo, otras veces fascinans et tremendum. Como debe ser. El Señor domina sobre toda la creación, también sobre el poder oscuro y maligno del mar enfurecido. Los milagros, es decir, los hechos como éste, del que los Apóstoles y evangelistas dan testimonio porque «lo han visto y oído», dan motivo racional a nuestra fe y la confirman.

La exégesis que niega los milagros o los pone en duda –lo que viene a ser lo mismo–, aunque ha sido reprobada hartas veces por la Iglesia, se ha generalizado tanto entre los escrituristas católicos, que ya ha venido a ser predicada y enseñada frecuentemente en las parroquias, catequesis y grupos. De hecho, un Comentario como el que he citado, que tiene sin duda otros aspectos muy valiosos, no suscita ya ni alarmas ni resistencias. Obras como ésta se difunden amplia y pacíficamente a través de las editoriales y librerías católicas, sin que apenas nadie las denuncie. Los profesores que durante muchos años vienen enseñando estos errores siguen en sus cátedras porque sus Obispos o Superiores religiosos no los retiran. Y son muy pocos los profesores católicos ortodoxos que impugnan públicamente las obras de esos autores. La prepotencia de los «teólogos actualizados», que esgrimen científicamente la exégesis crítica e histórica liberal, ha producido en muchos profesores católicos un temor paralizante a parecer anticuados y superados, sumidos en el «sehol» de la exégesis verdadera, fiel al Magisterio. Se han quedado sin habla.

Llamado a párrocos y catequistas que en algunos temas enseñan en contra de la doctrina de la Iglesia. En la presencia del Señor, deténganse a pensar en lo que hacen, concretamente, cuando niegan un milagro. Como decía San Pedro, «ya sé que por ignorancia habéis hecho esto» (Hch 3,17), sin mala intención, por una mala docilidad a las modas ideológicas, que se presentan como el último grito de la verdad. Pero, en la presencia del Señor, miren lo que hacen: no sean ya «como niños, que fluctúan y se dejan llevar de todo viento de doctrina por el engaño de los hombres, que para engañar emplean astutamente los artificios del error» (Ef 4,14). Reciban la enseñanza de la Iglesia, Mater et Magistra, pues solo ella conduce a la fe adulta, a la condición de «hombres perfectos, en la medida de la plenitud de Cristo» (4,13). Conozcan la maldad de lo que hacen y sus consecuencias:

El que niega un milagro del Evangelio, como el caminar de Jesús sobre las aguas, niega o se autoriza a negar todos los demás. ¿Por qué no?… Y recuerden lo que enseña la Iglesia: «si alguno dijere que no puede darse ningún milagro», que los del Evangelio han de entenderse como simples relatos literarios, o que «nunca pueden ser conocidos con certeza», sea anatema (Vaticano IDenz 3034). Tengan piedad de la gente que les ha sido confiada, y tengan piedad de sí mismos.

Autor: P. José María Iraburu

Entradas Relacionadas

La Iglesia es sagrada

La Iglesia es sagrada

–Sagrado, secular, secularización, secularismo… Todo eso se discutió hace años, pero ya no es una cuestión actual. –Es una cuestión muy actual, porque influye mucho en la vida de la Iglesia, aunque se hable y escriba menos de ella. La Iglesia, que en...